Opinión
‘Un poeta’, los renglones torcidos de la cultura
“¡Yo soy un poeta!”. “Usted es un desempleado”. Vivimos en las últimas semanas debates en torno a Santiago Segura, Pedro Almodóvar, el Festival de Cannes, Fernando Tejero, Lucrecia Martel, las ventas de libros o la concesión de determinados premios que dejan claro hasta qué punto las hegemonías ideológicas y sus agentes culturales están sumidos en una grave crisis de legitimidad, que empieza a denunciarse incluso desde la propia burbuja en la cual se habían instalado con la intención de perpetuar sus privilegios a cualquier precio.
La cultura se ha convertido en el último refugio de infinidad de vagos, mediocres y arribistas, cuya voluntad compra el poder con migajas y palmaditas en la espalda
De hecho, quien se haya visto obligado a tratar de cerca los aparatos estructurales e institucionales que vampirizan, sobredimensionan y desfiguran hoy por hoy la cultura —véanse, por ejemplo, los correspondientes al cine y el cómic— sabe de sobra que la pudrición lleva teniendo lugar desde hace años; más aun, que ha multiplicado exponencialmente sus efectos perversos a medida que van quedando a la vista sus vergüenzas. Como si los embates crecientes de la realidad solo fuesen capaces de instigar una desfachatez todavía mayor, una autocomplacencia y una arrogancia moral más descaradas, siempre al amparo de una retórica intelectual y artística vacía: a estas alturas, cada lamento, cada golpe de pecho, cada causa que abrazan los creadores, sus señores y sus palmeros, tan solo constituye una máscara histriónica tras la cual supura lo mucho que tienen que esconder. La cultura se ha convertido en el último refugio de infinidad de vagos, mediocres y arribistas, cuya voluntad compra el poder con migajas y palmaditas en la espalda.
En la última edición del Festival de San Sebastián, películas como Los domingos, Las corrientes, Bugonia, Limpia o Ungrateful Beings pusieron en evidencia esta situación, aunque ninguna de ellas alcanzase los extremos de crueldad —lucidez— en que se abisma y nos abisma Un poeta, sensacional tragicomedia del director colombiano Simón Mesa Soto tras cortometrajes como Leidi (2014), premiado en Cannes, y su primer largo, Amparo (2022). Es importante subrayar la nacionalidad de Mesa Soto porque, compárese la rotundidad de Limpia y Las corrientes frente a la ambigüedad de Los domingos o la tosquedad de Altas capacidades (2026), el cine latinoamericano es hoy por hoy bastante más honesto que el producido en España a la hora de abordar los temas apuntados, y no tiene tanto miedo a recurrir al género de la sátira, idóneo para señalar los vicios de los individuos y los colectivos, por lo cual se ha visto lógicamente desterrado de un tiempo a esta parte del panorama cultural.
En palabras de Mesa Soto, “después de años de trabajar en tus películas, conoces ese universo áspero, oportunista, mercantil del arte y te vas alejando de esos principios bellos, hermosos, poéticos que son por los que haces cine, por los que haces arte [...] los artistas debemos plantearnos la ética, preguntarnos cómo hacemos nuestro arte: si soy utilitarista, si soy oportunista o no. Hay que buscar lo genuino [...] Hay películas que carecen de profundidad, tratan simplemente ciertos temas por una necesidad de exposición y validación [...] Hay que tener claro qué buscan los fondos, los financiadores de las películas”.
El realizador sublima todos estos argumentos en torno a la creatividad desde la honestidad y la posibilidad de una ilusión renovada en la cultura a través de las peripecias grotescas de Óscar (Ubeimar Ríos), un poeta que alcanzó el éxito en su juventud y 15 años después alterna borracheras con presentaciones patéticas de libros ajenos y discusiones con su madre, en cuya casa malvive. Óscar está separado, apenas tiene trato con su hija Daniela (Alisson Correa), no trabaja… Es un parásito, aunque el mayor perjudicado por su vida de bohemio subvencionado por la familia es él mismo, pues sus ensoñaciones líricas, sus aires de superioridad, su afán de perdición tardoadolescente inspirado en figuras literarias como José Asunción Silva o Charles Bukowski, no invalidan la infelicidad verdadera, profunda, que le corroe y amenaza con destruirle.
‘Un poeta’ es una gran película, y, además, una experiencia terapéutica para quienes hemos llegado a pensar en ocasiones que habíamos perdido la razón, que estábamos malinterpretando el hedor a pudrición evidente que desprenden los próceres de La Cultura en muchas de sus actividades
“¿Eres melancólica? ¿También vives sumida en una profunda tristeza?”, le pregunta significativamente Óscar a Yurlady (Rebeca Andrade), una joven estudiante en la que cree detectar un potencial inusual para la poesía. Óscar emprende una cruzada para poner en valor a Yurlady en la escena cultural de Medellín, lo que supone de forma indisimulada un intento de redimirse personalmente y reencontrarse con la poesía. A partir de ese momento, Un poeta deja de lado el análisis clínico de un pequeñoburgués que se ha creído un maldito, un tipo tan inmaduro como es habitual en los entornos creativos, para diseccionar una sociedad sin escrúpulos, aferrada al victimismo y los discursos para eludir sus responsabilidades, y un mundillo cultural, académico y activista laminado por los intereses creados y la miseria moral.
Frente a ese panorama colectivo digno de Solana o Berlanga, salen ganando repentinamente la figura de Óscar, cuyas acciones responden al menos a su carácter, no a la hipocresía, y, sobre todo, la nueva generación encarnada en Yurlady y Daniela, que esquivan el dejarse engañar por las imposturas de sus mayores y aún tienen una visión sin adulterar de la lírica y la trascendencia latentes en lo cotidiano. La película, por lo demás, no deja títere con cabeza, sustentada en un naturalismo sucio —filmación en 16mm, restos de emulsión, cortes agresivos de montaje, disrupciones sonoras y fotográficas— que, poco a poco, en sintonía con el empeño de la ficción por recuperar una dimensión poética para la realidad, cristaliza en una estética povera de considerable belleza, de la que participan las localizaciones y una labor extraordinaria de casting: las fisonomías de los actores y las actrices son tan peculiares como hermosas, y entre ellas destaca por supuesto la del protagonista, el docente de filosofía Ubeimar Ríos, que se interpreta en cierta medida a sí mismo con un resultado asombroso.
Por otra parte, bajo la sensación de inmediatez que transmiten las imágenes se percibe un profundo trabajo de escritura con las mismas. Cada inserto de un rostro, cada barrido de cámara, cada salto brusco de escena, satisfacen con acierto pleno tres objetivos: que nunca podamos sentirnos cómodos en lugares comunes dramáticos y narrativos, al hacerlos saltar por los aires Mesa Soto a cada tanto; que el ejercicio de la crítica cale en el espectador a través de la risa, propiciada por gags continuos y una larga secuencia —el recital de poesía y el traslado de una Yurlady inconsciente a su casa— absolutamente memorable en su gradación de situaciones incómodas, patéticas y absurdas; y que de la farsa se deduzca finalmente un humanismo creíble, doloroso y al tiempo esperanzador, donde terminan por armonizar, como escribió José Asunción Silva, “la realidad penosa (y) los paisajes de lo ideal”.
Un poeta es una gran película, y, además, una experiencia terapéutica para quienes hemos llegado a pensar en ocasiones que habíamos perdido la razón, que estábamos malinterpretando el hedor a pudrición evidente que desprenden los próceres de La Cultura en muchas de sus actividades. Simón Mesa Soto constata que nuestro olfato se había quedado corto.
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