Opinión
‘28 años después: El templo de los huesos’ y ‘El mal’: una misma generación, miradas divergentes
Pasan los años, y cierto sector de la crítica y la cinefilia empieza a asemejarse al doctor Kelson (Ralph Fiennes) cuando, en una escena de 28 años después: El templo de los huesos, se encierra a escuchar un disco del grupo Duran Duran en un búnker. Kelson lleva décadas erigiendo sobre dicho refugio un osario monumental que pretende homenajear a los dos bandos, infectados y supervivientes, en lucha por el control del posapocalipsis desde que estalló en 28 días después (2001) una pandemia global que transformaba a sus víctimas en homicidas rabiosos. Pero el templo de huesos que edifica Kelson es también, sea él consciente de ello o no, un monumento faraónico a sí mismo, en tanto (pen)último integrante de una sociedad y una cultura que se desvanecen ante nuestros ojos a terrible velocidad. La actuación musical (sic) postrera de Kelson, digna de un videoclip realizado antaño por Russell Mulcahy, ratifica la condición del templo de huesos como (auto)homenaje crepuscular.
Aunque la película viene firmada por Nia DaCosta, se percibe con claridad que, lejos de la retórica formal —todo lo discutible que se quiera— aplicada en relación con la arquitectura en Candyman (2021) y la insatisfacción existencial en Hedda (2025), la directora afroamericana ha afrontado en esta ocasión la labor con el piloto automático, como un encargo, algo que tampoco se molestó en disimular cuando dirigió The Marvels (2023). Esto, unido a un guion de Alex Garland que no acierta a justificar el papel desempeñado por 28 años después: El templo de los huesos como secuela de 28 años después (2025) —propuesta más creativa a todos los niveles— y nudo de la trilogía que culminará con un filme de producción y fecha de estreno todavía por determinar, hace de 28 años después: El templo de los huesos una experiencia decepcionante para el espectador. Más allá de alguna escena insólitamente cruel —las torturas y el posterior incendio en un granero—, multitud de citas bíblicas y apuntes alegóricos —especialidad de Alex Garland—, y un par de reflexiones apreciables sobre los peajes psicológicos e ideológicos exigidos por cualquier nueva normalidad, las idas y venidas de Kelson, el infectado Sansón (Chi Lewis-Parry) y el psicópata Jimmy (Jack O'Connell) y su ejército de niños perdidos se agotan en sí mismas, debido a que fluyen con la falta de objetivo y proyección propias de la narrativa televisiva. Estamos ante uno de los episodios centrales de una trilogía más prescindibles de los que tenemos memoria.
Ahora bien, la nostalgia del doctor Kelson, su inadecuación ilustrada a un presente de monstruos y bárbaros, las referencias a grupos musicales de los años 80 y 90, los Teletubbies y la estrella de la BBC Jimmy Savile, confieren a 28 años después: El templo de los huesos una dimensión sociohistórica no tan subrayada como en 28 años después pero reveladora asimismo de las inquietudes del otro gran responsable junto a Alex Garland de esta saga de terror: Danny Boyle, aquí solo productor pero director del filme que inauguró la franquicia —28 días después—, el que la ha reiniciado —28 años después— y, presumiblemente, el que la cerrará en 2027.
A quien haya atendido a las realizaciones de Boyle no le chocará que el personaje de Jamie (Aaron Taylor-Johnson) fabule en 28 años después con una mitología heroica para legitimar ciertas decisiones, ni que Jimmy haga lo propio con la religión en 28 años después: El templo de los huesos para sustentar su liderazgo. Tampoco le chocará la tensión continua en este relato en tres partes entre la melancolía por una Inglaterra gloriosa que ni existe ni nunca existió, y la realidad de unos seres humanos abocados a la autarquía y el ocaso como especie. Boyle —y Garland— contrastan una sociedad arcádica que trata de perpetuar la idea de una moral que nunca fue verdadera, a la necesidad amoral de cambiar para adaptarse a nuevas formas de vida y organización colectiva. Todos ellos son aspectos omnipresentes en la filmografía inequívocamente posmoderna, agridulce, quizá cínica, de Boyle, desde los tiempos de Tumba abierta (1994) y Trainspotting (1996) a los de la excelente secuela de esta, T2: Trainspotting (2017) y 127 horas (2010), pasando por Sunshine (2007) —escrita también por Alex Garland— y la célebre Slumdog Millionaire (2008).
Si Boyle ha resistido durante tres décadas en los engranajes del cine ha sido por compartir el talante pragmático y posibilista de sus personajes en el marco de coyunturas injustas en términos económicos y de clase, a través de una experimentación continua con los rasgos formales: 28 años después fue en ese sentido una de las películas comerciales más atrevidas del año pasado en clave fotográfica y sonora. Boyle nunca ha dejado de jugar con el medio, de testar sus posibilidades, haciendo honor así al espíritu que animó durante los años 90 su irrupción en el mundo del cine en compañía de otros muchos directores europeos, estadounidenses y asiáticos que intentaron reinventar el medio en aquella época inoculando en su ADN cualidades procedentes de las artes plásticas, la publicidad, el cómic, la televisión o los videoclips. La mayor parte de ellos ha desaparecido en combate o sobrevive con una presencia marginal en una industria devoradora y devorada por medios, pantallas y formatos.
Caso evidente de ello es el director Juanma Bajo Ulloa, que ha elegido por oposición a la naturaleza mutante de Doyle una fidelidad a sí mismo, a lo que fue, que a estas alturas igual no supone otra cosa que remitirse a un espejismo. Bajo Ulloa estrena estos días su séptima película en casi 40 años de trayectoria: El mal, que define a la perfección uno de sus diálogos: “Estoy horrible”. “Cierto. Pero, horrible, estás genial”. Se trata, como es habitual en el director vasco y fue común en el cine cuando él daba sus primeros pasos con mediometrajes como El reino de Víctor (1989) y su ópera prima, Alas de mariposa (1991), de un cuento de hadas retorcido, en cuyas imágenes se confunden la fantasía alucinada y las vertientes más siniestras de la realidad.
La protagonista de El mal es Elvira (Belén Fabra), una periodista y ensayista de repercusión menguante frente al predicamento editorial que tienen en la actualidad influencers como Mila (Natalia Ruiz). Elvira, sin embargo, es abordada por una inquietante mujer, Martin (Natalia Tena), que admira su obra y le hace un regalo peculiar, una historia de crímenes tan auténtica como inconcebible, con el potencial de procurar a Elvira el éxito que tanto anhela. Durante sus minutos iniciales, El mal es una película perturbadora, con un trabajo de planificación a contracorriente y una apuesta expresionista por el color y escenarios hoy por hoy inusuales —iglesias, parques, bibliotecas— que parecen confirmar el buen estado de forma de su autor tras Baby (2020), con la cual tiene además algunos puntos en común. Contribuye también a la extrañeza que transmite El mal un trabajo de ambientación y vestuario premeditadamente anacrónico: los hechos acontecen en 2026 pero la película parece filmada en 1991, lo que acrecienta la sensación de tiempo fuera del tiempo en que transcurre el relato.
Sin embargo, mientras en Baby el menosprecio a los modos y maneras de nuestro mundo se cimentaba en una política del otro lado del espejo firme, un discurso de autor traducido por Bajo Ulloa en la invocación de un universo feérico, misterioso, que funcionaba al mismo tiempo como reflejo desapacible de numerosas miserias de nuestro presente, la querencia de su nueva película por disociarse del siglo XXI suena a mera vendetta, a diatriba viejuna contra nuevos tiempos que no se pueden ni se quieren entender.
Bajo Ulloa deja pronto de lado su preocupación por analizar y vincular diversas manifestaciones de ese mal —fisiológico, moral, social— que las sociedades contemporáneas se han negado a explorar en el seno de sí mismas, para las cuales siempre encuentran un chivo expiatorio fuera de ellas, y, en paralelo, abandona las vertientes audiovisuales más sugerentes del relato. Como consecuencia, El mal queda reducida durante la mayor parte de su metraje a la condición de película rara, a veces estrafalaria y a veces visionaria, escrita con renglones torcidos, sometida a caprichos narrativos, torpes exposiciones de motivos y brochazos weird que no pueden ocultar exabruptos políticamente incorrectos en el peor de los sentidos.
La película es tan deficiente a niveles elementales que, como decíamos, puede caerse en algunos momentos en la tentación de calificarla de extraordinaria. En cualquier caso, frente a la creencia de Danny Boyle en que, dentro y fuera de la pantalla, “hay que salir de tu zona de confort, operar en lo existente como si nunca hubieras estado antes y desconocieses sus reglas”, Bajo Ulloa ha optado por atrincherarse, por ofrecer resistencia al cambio, convencido de tener razón en su visión de las cosas. Dos actitudes antagónicas ante la creación y cuanto nos rodea, saldadas en corpus cinematográficos de signo muy diferente. Bajo Ulloa prefiere, como el doctor Kelson, sacrificarse en el altar de sí mismo, Boyle es consciente de que las cenizas derivadas de esa inmolación son idóneas para que germinen otras perspectivas, otros imaginarios, otros mundos. La tercera entrega de 28 años después apunta en esa dirección.
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