Opinión
‘Hamnet’: la (r)evolución del cine de época

Se estrena en España ‘Hamnet’, una de las películas más esperadas de la temporada, especulación en torno al dramaturgo William Shakespeare y su esposa Agnes Hathaway que escribe y dirige Chloé Zhao.
Hamnet
Foto: Agata Grzybowska.

Inglaterra, finales del siglo XVI. William Shakespeare, tutor con aspiraciones literarias, y Agnes Hathaway, una joven experta en hierbas medicinales de la que se rumorea es hija de una bruja del bosque, se enamoran locamente y forman una familia. Años después, William trata de abrirse paso como dramaturgo en Londres. Agnes queda al cuidado de sus tres hijos en la localidad natal de toda la familia, Stratford, pero uno de ellos, Hamnet, muere a causa de la peste bubónica. El hecho abre una grieta casi insalvable entre Agnes, que ha sacrificado en el altar del matrimonio sus creencias panteístas, y William, que ha cifrado la conexión con sus seres queridos y cuanto le rodea en el éxito mundano de sus obras teatrales y una en particular, Hamlet (1600), de título, eso sí, misteriosamente similar al nombre de su hijo fallecido.

Los rasgos del costume drama o drama de época, un tipo de película que suele estrenarse en otoño e invierno de cara a la temporada anual de premios que ya se cierne sobre nosotros, han cambiado en los últimos años. Todo hay que decirlo, apenas lo justo para simular ser propuestas radicales, a contracorriente, cuando, en el fondo, no hacen otra cosa que amoldarse a lo que espera de ellos en cada momento el sector de la cinefilia y la opinión más respetable y los votantes de estatuillas doradas varias.

“Nada que ver con el cine de época que le encantaba a tu madre”, nos vendió cierto sector de la crítica cuando se estrenó otro costume drama que iba a cambiarlo todo para que todo siguiese igual, La favorita (2018). Ocho años después ya ha quedado claro que el director de aquel filme, Yorgos Lanthimos, es tanto o más conservador que venerables practicantes del drama de época como James Ivory o William Wyler, y lo mismo pasará probablemente con Hamnet cuando, dentro de unos años, tengamos la perspectiva suficiente como para compararla con plena justicia a El último acto (2018) o Shakespeare enamorado (1998), anteriores fabulaciones sobre la vida del bardo de Avon.

La máxima novedad de ‘Hamnet’ es que hace pasar las peripecias de Shakespeare no por los constructos dramáticos habituales sino a través de los cuerpos deseosos, dolientes, creadores y recreados de los personajes

La máxima novedad de Hamnet, que Chloé Zhao ha escrito y dirigido en estrecha colaboración con la autora de la novela homónima, Maggie O'Farrell, es que hace pasar las peripecias de Shakespeare (Paul Mescal) y Agnes (Jessie Buckley), desde que se enamoran hasta que tratan de superar 12 años después la muerte de su hijo Hamnet (Jacobi Jupe), no por los constructos dramáticos habituales sino a través de los cuerpos deseosos, dolientes, creadores y recreados de los personajes, como ponen de manifiesto ya en una escena temprana las caricias que intercambian Will y Agnes.

“¿Es verdad —le pregunta él admirado— que puedes saberlo todo de una persona apretando su mano?”. William habrá de convertir su escritura en un auto profano, transformar su teatro en materia orgánica, para alcanzar y transmitir esa sabiduría. La piel de los intérpretes deviene así en Hamnet el instrumento de una agitación performativa destinada a provocar que el espectador sea consciente de que el William Shakespeare que (apenas) conocemos es en sí mismo una ficción, planteada en el marco de ecosistemas culturales y sociopolíticos nada inocentes; una representación ante la cual pueden y deben oponerse otras, como la que brinda la especulación acerca de una figura tan desatendida como la de Agnes Hathaway, codificada sin duda por Chloé Zhao y Maggie O'Farrell desde un punto de vista femenino y feminista como madre coraje y fuerza de la naturaleza en comunión con las esencias de la existencia, frente a la paternidad dubitativa y negligente de William Shakespeare y sus ansias de notoriedad.

Otras películas recientes, como Die My Love (2025) y La cronología del agua (2025), firmadas asimismo por directoras a partir de novelas de autoras, han incidido en esa dicotomía entre lo asignado interactual para los hombres y lo que la crítica Ina Karkani ha definido como weird bodies, una expresión en pantalla de los personajes y, en especial los femeninos, ajena a los constructos establecidos, que desemboca en un interrogante, planteado en estos términos por la escritora Sara Torres en El pensamiento erótico: “¿Es posible comenzar a desear desde un afuera radical respecto a las imágenes que aprendimos como deseables? Tal vez el camino del deseo sea más posible si se realiza desde la familiaridad hacia la extrañeza. Del fetiche a la pulsión bruta y misteriosa”.

Es una pena que, como en las dos anteriores películas de Chloé Zhao, Nomadland (2020) y Eternals (2021), se produzca en las imágenes de Hamnet una tensión sin resolver satisfactoriamente entre la mirada weird, antisistema, bruta y misteriosa de la directora —“me siento una outsider a todos los niveles”, le gusta decir— y el anhelo de entrar, como señalábamos al comienzo, en el molde del drama de prestigio hollywoodense, versión cultura del trauma o trauma porn, como está de moda hoy en día. El fruto de ese desequilibrio se deja notar en la cantidad de argumentos en torno a los personajes únicamente apuntados y desechados de inmediato, la torpeza de muchas elipsis, la pésima caracterización de William —una sombra que aparece y desaparece del relato a capricho—, y, en línea con ello, la abúlica interpretación de Paul Mescal y su contraste desafortunado con el histrionismo de Jessie Buckley.

‘Hamnet’ parece en muchas partes del metraje el primer borrador de una historia merecedora de una elaboración mucho más profunda, y Chloé Zhao hace poco con la cámara para disimularlo o sublimarlo

Hamnet parece en muchas partes del metraje el primer borrador de una historia merecedora de una elaboración mucho más profunda, y Chloé Zhao hace poco con la cámara para disimularlo o sublimarlo. A medida que la película se precipita en su desenlace, la suma de todos estos inconvenientes da lugar a algunos momentos francamente ridículos: el enunciado nocturno por William del “ser o no ser”, la reacción narcisista, muy típica de nuestra época, de Agnes a la representación de Hamlet, o la inclusión facilona del tema musical de Max Richter “On the Nature of Daylight” para forzar el clímax, sí, dramático, de Hamnet, que le granjeará algún que otro Oscar y hará que en unos años nos preguntemos por qué.

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