Opinión
‘El mago del Kremlin’: de zares y maquiavelos
Como en otra película reciente de prestigio basada en hechos reales, Núremberg (2025), hay mucho de grotesco en El mago del Kremlin. Su adaptación de la novela homónima del politólogo italiano Giuliano da Empoli deja a un lado las reflexiones más ensayísticas del protagonista, Vadim Baranov —inspirado en el ideólogo y propagandista ruso Vladislav Surkov—, sobre el ejercicio del poder en tiempos de nostalgia, posverdad y simulacro, para otorgar al Baranov de la pantalla (Paul Dano) y su voz en off la condición sobre todo de guía cínico y desenfadado por los eventos más destacados en la Rusia abocada, tras la caída del Muro de Berlín, al capitalismo oligárquico y los mandatos autócratas de Vladimir Putin.
Los flashbacks confesionales de un Surkov retirado a Rowland (Jeffrey Wright), periodista estadounidense que le entrevista en su dacha, ostentan un carácter enunciativo y didáctico que hace de la película una suerte de narración periodística, un reportaje dramatizado. La ironía puesta de manifiesto por el director Olivier Assayas a la hora de retratar los horrores sociopolíticos de la hipermodernidad en Viaje a Sils Maria (2014) y Personal Shopper (2016) y la presencia como coguionista del orfebre de la no ficción Emmanuel Carrère suponen al respecto toda una declaración de principios.
Assayas y Carrère se lo han pasado en grande recreando los imaginarios del underground artístico en la Unión Soviética que pasaba a ser Rusia, los excesos mediáticos y económicos de los salvajes noventa, y la llegada y perpetuación en el poder de Putin a través de hitos como la Segunda Guerra Chechena (1999-2009), el hundimiento del submarino Kursk (2000) o la masacre en la escuela de Beslán (2004); siempre, desde la perspectiva entre bastidores del mago Baranov, cuya gestión del neozar Putin ante la ciudadanía rusa pasa por sustentar su liderazgo en “un misterio que alienta la veneración, un mito más allá de la política cuya mejor cualidad es la de aprovechar toda circunstancia a su favor, de modo que su agenda no la marque nunca el respeto a la trascendencia de los hechos, sino el relato complaciente para su audiencia que pueda deducirse de ellos”.
El mayor fracaso del entretenimiento tan logrado como superficial —y en el fondo cínico— que procura ‘El mago del Kremlin’ radica en no atreverse a concluir que Vladimir Putin está lejos de ser en la actualidad una excepción como líder político
El viaje de Baranov a la sombra de Putin, amenazado siempre por la posibilidad de que su esfera personal y su propia vida sean sacrificadas antes o después, pues “en el mundo del Zar todos existimos en clave de amigos, cortesanos y enemigos implacables, en ocasiones a la vez”, está marcado como adelantábamos por tonalidades estrafalarias, caricaturescas, dignas en alguna escena de Armando Iannucci o un euro trash de falso relumbrón, que atañen a la caracterización de los personajes —en particular el Putin encarnado por Jude Law—, la mecánica de los diálogos, y la resolución de cada arco argumental con punch lines. Es un recurso tan válido como otro cualquiera, pero desustancia muchas de las ideas planteadas en su libro por Giuliano da Empoli sin aportar a cambio nada realmente significativo, y acaba por sonar a claudicación ante lo que (no) representa Vladimir Putin hoy por hoy.
En efecto, como Donald Trump o, en menor medida, Xi Jinping, Putin ha devenido, en especial tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, una figura elusiva para el Occidente audiovisual, pagado moralmente de sí mismo y obsesionado con no dar cancha a cuanto considera El Mal a fin de que no cuestione su propia propaganda, que llegó a calificar al presidente ruso como “el hombre más peligroso del mundo”. La estrategia, como explica Vadim Baranov en El mago del Kremlin, ha servido únicamente para transformar a supuestos monstruos que se comen niños en criaturas fascinantes, mientras el común de los mortales humaniza sus rasgos a golpe de chistes, memes y animaciones generadas por IA.
El mago del Kremlin se desenvuelve con dificultad entre ambas visiones, el miedo a la incorrección política y la curiosidad, hasta que Putin acaba por asemejarse a un vampiro de despacho, un cowboy sin horizonte moral, un idiota en coche oficial, a quien le vienen un poco grandes las dotes maquiavélicas de Baranov y sus aseveraciones acerca de la política como manifestación artística suprema de nuestro tiempo. Esa falta de mordiente afecta también a la lectura inevitable que deducirá el público europeo o norteamericano con un mínimo de conciencia crítica mientras disfruta de la película. Cuando miramos al abismo de las imágenes, estas nos devuelven la mirada, y, por lo tanto, cuando un espectador de Ámsterdam, Chicago o Barcelona asista a los desmanes de Putin y las artimañas de Baranov, no le quedará otra que preguntarse por las que llevan a cabo los dirigentes de sus propios países.
Al fin y al cabo nos hallamos sin distinción de fronteras en tiempos de pospolítica: la politización extrema de las cosas no se corresponde con consecuencias políticas de ningún tipo a largo plazo. La economía de la atención, manipulada a su conveniencia por magos y zares de todo pelaje y condición, nos incita a perdernos en la ficción, el espectáculo, inspirados por cada suceso, desechando sus repercusiones auténticas en la esfera pública, las vidas de quienes nos rodean y nuestra conciencia. Cuando la gestión lamentable de una catástrofe natural, la actitud opaca y miserable tras un accidente ferroviario, las agresiones indiscriminadas contra otros países, las mentiras y corrupciones más flagrantes, se saldan con la exigencia de los fans para que los responsables vuelvan al escenario a interpretar nuevos temas, poca autoridad moral nos queda para cuestionar a otros.
El mayor fracaso del entretenimiento tan logrado como superficial —y en el fondo cínico— que procura El mago del Kremlin radica en no atreverse a concluir que Vladimir Putin está lejos de ser en la actualidad una excepción como líder político. Vadim Baranov aconseja a Putin en un momento dado que persista en un cierto error, dado que “la primera regla del poder es perseverar en los errores”; un consejo que habla también de nuestros próceres… y nuestra querencia por apoyarlos a cualquier precio.
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!