Ecologismo
Hablando con mi madre sobre centros de datos
En el último año, un nuevo tema ha recorrido las sobremesas familiares y las discusiones de bar: los centros de datos. Se trata de un tema hasta ahora desconocido del que, al intentar informarse en Internet, es difícil encontrar voces críticas entre tanto contenido patrocinado. Esas voces, en cambio, existen y están creciendo cada día.
Hace dos meses, el movimiento aragonés contra los centros de datos publicó un fanzine titulado «Hablando con mi madre sobre centros de datos». En él, se trataba de ofrecer de manera accesible algunas claves para entender los proyectos que aterrizan en su territorio.
Hoy, con ánimo de subvertir el relato mayoritario y patrocinado, nos hacemos eco de este fanzine y mapeamos las razones para oponerse a estas nuevas instalaciones. Pero comencemos por el principio.
Nuestro uso cotidiano de las tecnologías digitales
Nuestra relación con las tecnologías digitales no es nueva, pero sí inocente: sabemos cómo hacerlas funcionar, pero no por qué lo hacen. Sabemos ver películas en streaming, enviar mensajes por una red social o hacer preguntas a una inteligencia artificial, pero desconocemos qué sucede desde que pulsamos el botón hasta que la información solicitada aparece en nuestras pantallas. No es una cuestión de ingenuidad: detrás hay todo un entramado corporativo que nos ha enseñado cómo usar Internet, al tiempo que evaporaba en una «nube» la infraestructura que lo sostiene. Pero esa infraestructura no son gotas de agua suspendidas en el aire: la nube es una red de más de trece mil centros de datos situados en todo el mundo y conectados a través de cables de fibra óptica. ¿Y qué es un centro de datos?
Bueno, los centros de datos son grandes edificios o conjuntos de edificios, que pueden alcanzar una extensión equivalente a la de cientos de campos de fútbol, donde se acumulan los servidores que procesan, almacenan y distribuyen la información en la «nube», es decir, aquella a la que tenemos acceso, pero no está almacenada dentro de nuestros dispositivos. La mayor parte de estos centros de datos pertenecen a unas pocas compañías —Amazon Web Services, Microsoft Azure, Google Cloud Platform...—, que proveen de infraestructura y servicios digitales al resto de empresas e instituciones con las que tratamos en el día a día. Los centros de datos, por tanto, pueden entenderse como “el ordenador de otro”, en concreto, el de una gran compañía.
Ahora bien, ¿por qué han emergido movimientos y resistencias en contra de los centros de datos? La mayor parte de las críticas surgen, en última instancia, por algo trivial: un centro de datos, como cualquier ordenador, consume grandes cantidades de electricidad. Al decir «grandes», realmente podríamos decir «grandísimas». De instalarse en Aragón los 6.263 MW de potencia de los 31 proyectos solicitados por la industria de los centros de datos con el apoyo del Gobierno de Aragón, el consumo potencial de los centros de datos sería seis veces el consumo actual de toda la región, llegando a consumir hasta el 90% de la electricidad en 20351. Esto tendrá consecuencias muy graves sobre la economía local, además de impactos ecológicos irreparables dentro del territorio y fuera de él. Sigamos por esto último.
Impactos ecosociales de los centros de datos
Los centros de datos dicen alimentarse, salvo en momentos de mantenimiento y emergencia —en que emplean generadores diésel— con energía renovable gracias a los llamados PPAs (Power Purchase Agreement). Estos son acuerdos con compañías energéticas para la compra a precio fijo de energía de fuentes renovables, a las que se conectan a través de la red pública. Sin embargo, al producir un aumento tan alto de la demanda eléctrica, su conexión al mix energético impide que las energías renovables cubran a otros sectores. De esta forma, no reducen las emisiones por MWh consumido, sino que secuestran los avances en energía renovable y obligan a otros sectores a alimentarse con energía fósil. Los centros de datos arruinan así, y como ya han hecho en otros países como Irlanda, cualquier transición energética que queramos construir.
Pero volvamos a nuestro ordenador. Es una experiencia común que, al usarlo con mucha intensidad y durante mucho tiempo, éste se caliente. En un centro de datos sucede igual, y para no superar el rango óptimo de temperatura, éste cuenta con potentes sistemas de refrigeración. Esa refrigeración funcionaba tradicionalmente con aires acondicionados, pero en los inmensos centros de datos actuales no son suficientes y deben utilizar grandes cantidades de agua: cientos de millones de litros. No es un consumo desorbitado en comparación con la agricultura, pero su mayor uso en los días más calurosos del año y la ubicación de los centros de datos en zonas con estrés hídrico, suponen el último clavo en el ataúd para las comunidades y ecosistemas con los que comparte cauce.
Vistos los problemas, ahora hay nuevos modelos que funcionan sin agua, pero multiplican su consumo de energía, por lo que el ahorro de agua se traduce en emisiones e, indirectamente, en mayores daños sobre los ecosistemas. Ecosistemas que, por la misma instalación de estos centros, ya se ven alterados: los centros de datos necesitan de la ocupación de decenas de hectáreas asfaltadas y los refrigeradores producen un fuerte ruido constante, además de la generación de un efecto de isla de calor, lo que puede afectar gravemente tanto a la biodiversidad como a las comunidades vecinas a través de cambios en el uso del suelo, del agua y del aire.
La economía está integrada en la ecología, por lo que las degradaciones ecológicas derivan, directamente, en un empeoramiento de la economía. Pero los impactos económicos no solo discurren por esa vía. A nivel económico, la industria de los centros de datos promete tres cosas: empleo, impuestos e impulso sobre la economía de la región. Es por ello que los gobiernos regionales los consideran «Proyecto de Interés General/Singular/Empresarial/...», lo que permite recalificar a demanda suelos no urbanizables para uso industrial, reducir a la mitad los plazos administrativos, exentar algunos impuestos municipales y expropiar terrenos a dedo. Los movimientos en contra, en cambio, denuncian que, incluso a nivel económico, su impacto será negativo y tienen buenos motivos para hacerlo.
Las promesas económicas, señalan, son un fraude. En un centro de datos medio, los empleos directos son entre 60 y 100 puestos por centro. De estos empleos, aquellos que se pueden cubrir a nivel local son puestos precarios de limpieza y seguridad, siendo además, fácilmente sustituibles en el actual contexto de automatización del sector. El empleo local, por el contrario, sufre el coste de oportunidad de la riqueza que genera fuera de sus fronteras. Los centros de datos originan, al menos, tres problemas económicos regionales: la gentrificación energética, el aumento del gasto en electricidad y el acaparamiento de tierras.
El aumento del consumo de electricidad no sólo requiere fuentes de energía, sino una red eléctrica capaz de sostenerlo. La red eléctrica pública está saturada, por lo que acoplar centros de datos supone expulsar o desplazar a otras industrias que podrían generar más riqueza local fuera del territorio en un proceso llamado «gentrificación energética». Para contener este efecto, habría que multiplicar la capacidad de la red eléctrica, una inversión mil-millonaria de recursos públicos para uso exclusivo de las corporaciones tecnológicas que no se ve ni lejanamente compensada por su poca contribución fiscal. Por otro lado, la firma de PPAs, como decíamos, secuestra la energía renovable, que es la más barata, de forma que el resto de hogares e industrias deben pagar más caro por la energía restante al tener una mayor proporción de energía fósil, que es la más cara. Los centros de datos aumentan así la factura de la luz para el resto de usuarios de la red eléctrica. Finalmente, el consumo de agua y de suelos —tanto por el propio centro como por los parques renovables que necesita— empeora la situación de los agricultores españoles: reduce la disponibilidad de agua en tiempos de sequía y aumenta el precio del suelo agrícola. ¡Tengamos en cuenta que al considerarse consumos industriales, se les dará prioridad sobre usos hídricos como los agrícolas y, de instalarse todos los proyectos de Aragón, necesitarían cubrir el 28% de las tierras agrícolas de la región con parques renovables!2
Resistencias a la implantación de centros de datos
Como decía, hay buenos motivos económicos y ecológicos para oponerse a los centros de datos: ahora hay que ver cómo. En el movimiento aragonés, remarcan, hay que movilizar tres vías para llevar a cabo una oposición real: la lucha inmediata contra la instalación descontrolada de centros de datos en el territorio, políticas públicas en defensa de otro modelo de digitalización y la transformación de nuestros modos de vida hacia un decrecimiento digital. Lo más urgente, señalan, sería instalar una moratoria al desarrollo de centros de datos, limitar las exenciones fiscales y subsidios corporativos que les otorgan los gobiernos regionales, exigir medidas de transparencia en su consumo de recursos, obligar a que cubran los costos de expansión de la red eléctrica y establecer procesos de participación pública, en lugar de imponerse en regímenes de excepción. ¡Nada menos!
Antes de acabar, cabe hacer un apunte: esto no es una crítica al uso de tecnologías digitales para algoritmos médicos o científicos, a la mensajería con seres queridos o al acceso de libros y noticias en red. Sencillamente, estos usos no requieren grandes centros de datos —donde se mezclan con cortos adictivos o hechos con inteligencia artificial, publicidad personalizada, pornografía mainstream o criptomonedas—, bastaría con centros de datos más pequeños y distribuidos. La lucha contra los megacentros de datos es, por tanto, una crítica a la escala, a la falta de transparencia y, en definitiva, a la falta de un control democrático sobre los procesos que tienen lugar en la nube: una nube que amenaza con sacrificar nuestras tierras para alimentar a unas compañías tecnológicas que sacrifican o, al menos, no terminan de mejorar nuestras vidas...
En agradecimiento al movimiento aragonés contra los centros de datos, dejo por aquí su fanzine y redes sociales como web, IG y Mastodon.
Notas al pie:
1. Comparación obtenida a partir de los datos ofrecidos por el “Plan Energético de Aragón 2024-2030”
2. Información obtenida del reciente artículo “The digital and green transition dilemma: Is there room for everything? Insights from the next decade (2025–2035) in Aragón (Spain)”
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