Sequía
Lo llamaron sequía pero era negocio

En Catalunya el gobierno corta el agua para los ríos, pese a que sí dispone para proveer a macrogranjas y hoteles. El actual modelo productivo socava las reservas de agua a costa del deterioro de ecosistemas y de socializar las pérdidas.
Sequía
Sequía Anónima

Ecologistes en Acció de Catalunya

@Ecologistes
9 feb 2024 09:15

Durante estos últimos meses se ha hecho recurrente ver noticias sobre la sequía a lo largo y ancho de la península. El mensaje es claro: no llueve y, por lo tanto, no hay agua. Pero esta afirmación es inexacta y, de hecho, hasta errónea, puesto que obvia muchos otros factores que contribuyen en la escasez hídrica que estamos padeciendo.

En cada esquina nos acechan las amenazas de trasvases, reducción de los caudales de los ríos por debajo de los mínimos ecológicos y multiplicación del número de desalinizadoras. Cabe preguntarse entonces, cuáles son los motivos que nos han llevado a este estadio de urgencia -a día de hoy, con los embalses por debajo del 16% de su capacidad-, qué es lo que no se ha hecho bien, y cuáles son las alternativas.

La sequía no es solo falta de lluvia: es mala gestión

En Catalunya, la economía se sustenta en el uso intensivo del agua. Un agua que se ha estado ofertando de forma infinita a cualquier actividad económica que se prestara a incrementar el PIB catalán – es decir, a asegurar beneficios para unos pocos sin asegurar una redistribución de estos beneficios-. Macrogranjas, pelotazos urbanísticos, grandes explotaciones de regadío para exportación y macroproyectos turísticos, por citar algunos, han sido el tipo de actividades beneficiadas por estas políticas de crecimiento. Proyectos que no solamente implican un consumo elevadísimo de agua, sino que en muchas ocasiones acaban contaminando pozos y acuíferos. Recordemos que el 57% de los acuíferos de las cuencas internas de Catalunya están contaminados, la mayoría a causa de los nitratos que provienen de los purines de los cerdos. Masas de agua que se hacen imprescindibles en momentos de sequía y con las que, a día de hoy, no es posible contar.

El turismo, otro de los sectores más priorizados por estas políticas, ha disfrutado también de grifo abierto para promover hoteles, piscinas y parques acuáticos. Proyectos que han tenido un claro impacto hídrico, teniendo en cuenta que un turista de lujo consume 5 veces más agua que un habitante de Barcelona, y que el turista medio consume 60 litros más por persona y día que los habitantes de la ciudad. Esta tendencia de regalar agua al turismo no ha frenado ni tan solo durante la peor sequía de la que se tiene constancia. Hace menos de dos meses, el Conseller d’Acció Climàtica, David Mascort, anunciaba que hay suficiente agua para tirar adelante el macroproyecto Hard Rock, un macrocasino rodeado de hoteles que incluirá la piscina más grande del sur de Europa. De hecho, declaraciones de este tipo no son un hecho aislado. El turismo siguió contando con carta blanca incluso cuando las restricciones de agua se empezaron a aplicar: mientras centenares de agricultores perdían sus cosechas, parques acuáticos y piscinas de hoteles siguieron a pleno rendimiento. Pese a que actualmente este sector no cuenta con ningún tipo de restricción específica de relevancia, la Agència Catalana de l’Aigua, sí ha visto como prioritario reducir el caudal ecológico de los ya maltrechos ríos catalanes, socavando así la vida en ecosistemas fluviales, forestales e incluso marinos. Algunos pescadores nos han contactado para comentar sobre la baja productividad que se encuentran en las desembocaduras de los ríos.

Pero este modelo de explotación de los recursos hídricos se ha dado de bruces con la realidad climática: temperaturas elevadas y falta de precipitaciones durante 3 años consecutivos. Como resultado, una dura y prolongada sequía, la peor desde que se tienen registros de los embalses. Sí: efectivamente, el cambio climático ya está aquí.

Se trata de un problema que afecta directamente a uno de los elementos más esenciales para la vida de personas y ecosistemas. Y no solo afecta al sostenimiento y la reproducción de la vida, sino también de nuestras economías y medios de producción. Salta a la vista el impacto que tendrá en generaciones venideras la perpetuación del actual modelo de producción y consumo. Sin cambios estructurales, este modelo nos aboca a la desertificación, la escasez y la extinción de nuestros ecosistemas. Como reza la campaña D’on no n’hi ha, no en raja, nos están secando el futuro.

Las desalinizadoras no son la solución

La necesidad de hacer decrecer el consumo de agua se ha hecho patente como nunca antes. Aún así, y pese a haber topado de golpe con los límites biofísicos, dirigentes políticos y técnicos siguen mirando para otro lado. En esta situación, las desalinizadoras se están celebrando como la gran solución, el elixir mágico que nos permitirá consumir agua independientemente de la lluvia que caiga. De hecho, como nos recuerda el eslógan que ha promovido la Generalitat para concienciar sobre la sequía, “El agua no cae del cielo”: una afirmación que, según declaraciones del propio director de la Agencia Catalana del Agua, Samuel Reyes, significa que solución a esta sequía será la tecnología y las grandes infraestructuras, no la lluvia. En realidad, las grandes infraestructuras y milagros tecnológicos están lejos de ser la solución. La misma desalinización, tan celebrada en el presente, acarrea graves consecuencias tanto a nivel social como ambiental.

En un momento en que la transición energética y la disminución del consumo de energía se plantean como una condición urgente, las desalinizadoras de Catalunya son el segundo consumidor eléctrico de Catalunya, por delante de toda la red de hospitales públicos. Esta electricidad, además, proviene en mayor parte de Endesa, la quinta empresa más contaminante de Catalunya, contribuyendo a la emisión de miles de toneladas de gases de efecto invernadero. Irónicamente, pues, las desalinizadoras contribuyen de manera indirecta a empeorar el cambio climático y, en consecuencia, la sequía que pretenden solucionar. Ambientalmente, estas infraestructuras también afectan al ecosistema a través del vertido de residuos: altísimas concentraciones de sal que se vierten de manera constante al mar, afectando gravemente los ecosistemas locales.

Pero este no es el único problema: desalar el agua resulta seis veces más caro que la potabilización procedente de ríos. Este incremento del coste no lo pagan los beneficios multimillonarios de las empresas de gestión del agua, por supuesto: sale del bolsillo de los consumidores, que verán un encarecimiento progresivo de las facturas. Mientras tanto, un 10% de las personas del área metropolitana padecen pobreza hídrica: es decir, tienen dificultades para pagar el recibo del agua, o si pueden hacerlo, es a costa de no poder cubrir otras necesidades. Una situación que no hará sino empeorar si las facturas se incrementan en un 30% este año, tal y como se prevé. No puede ser que una gestión de la sequía que presume de ejemplar no haga sino empeorar las desigualdades en el acceso al agua y empeorar la situación de la clase trabajadora.

Horizontes de futuro: reimaginando nuestra relación con el agua

Pero existen alternativas, por mucho que los dirigentes pretendan no verlas y los poderes tácitos prefieran ahogarlas. ¿Qué pasaría si aprovechásemos esta situación de emergencia para transformar nuestro modelo en algo mejor, en lugar de recortar el caudal de los ríos y construir más desalinizadoras?

¿Qué pasaría si…?

Si apostamos por una cultura del agua que busque utilizar los recursos disponibles en la cuenca en la que se encuentra sin importar recursos de otros territorios.

Si incentivamos un modelo de producción agraria basado en la soberanía alimentaria, la agroecología y la agricultura regenerativa, poniendo fin a la ampliación de regadíos de la agroindustria.

Si promovemos un modelo de consumo de alimentos de kilómetro cero con condiciones dignas para sus trabajadoras.

Si transformamos nuestros hábitos de consumo de carne y hacemos desaparecer las macrogranjas, grandes contaminantes y fuentes de sufrimiento animal, dando paso a la ganadería extensiva.

Si dejamos de lado las políticas del ladrillo y el cemento, para dar paso a la conservación de la naturaleza.

Si el turismo de masas se convirtiera en un vestigio del pasado, dando paso a ciudades más justas y resilientes.

El momento de incidir, de imaginar, de articular futuros, es ahora. No dejemos que las falsas soluciones hegemónicas nos tapen el futuro que deseamos. Uno donde el agua sea un derecho, no un lujo ni un capricho para ricos. Donde los ríos, acuíferos e incluso los mares sean vistos como ecosistemas valiosos por sí mismos, no como tuberías de donde extraer toda el agua que se nos antoje. Donde las ciudades sean también captadoras de agua y no solo sumideros. Donde los campos de golf se conviertan en grandes huertas o en cultivos de secano. Donde el acceso al agua no sea controlado por grandes empresas en búsqueda de beneficio económico.

En una situación de crisis como la que vivimos hacen falta políticas valientes. Éstas deberían estar encaminadas a cambiar un modelo de gestión claramente insostenible y no a promoverlo con propuestas surrealistas como llevar agua en barco a Barcelona. Mientras dirigentes políticos venden falsas promesas y panaceas tecnológicas, desde la sociedad civil y desde #NoEnRaja seguiremos reclamando una gestión justa y sostenible del agua. Porque creemos que una nueva cultura del agua no solo es necesaria, sino que es posible.

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Saltamontes es un espacio ecofeminista para la difusión y el diálogo en torno al buen vivir. Que vivamos bien todas y todos y en cualquier lugar del mundo, se entiende. También es un espacio para reflexionar acerca de la naturaleza, sus límites y el modo en que nos relacionamos con nuestro entorno. Aquí encontrarás textos sobre economía, extractivismo, consumo, ciencia y hasta cine. Artículos sobre lugares desde donde se fortalece cada día el capitalismo, que son muchos, y sobre lugares desde donde se construyen alternativas, que cada vez son más. Queremos dialogar desde el ecofeminismo, porque pensamos que es necesario anteponer el cuidado de lo vivo a la lógica ecocida que nos coloniza cada día.
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