Opinión
La empatía como acto político: cómo comprender al otro modifica la forma en que distribuimos poder y recursos

Cuando no nos sentimos en el lugar del otro justificamos la violencia, toleramos la precariedad y normalizamos la exclusión, es por ello que la empatía desestabiliza sistemas de desigualdad anclados en nuestro presente.
Donald Trump operación resolución absoluta - 1
El presidente de los EEUU, Donal Trump, junto al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu.

@garnelo_psico

19 mar 2026 05:00

Esta mañana, mientras me tomaba el primer café del día, escuchaba en la radio una de esas tertulias políticas que se sirven a primera hora para entender la realidad de la que disponemos. En un momento, uno de los tertulianos alertaba sobre la deriva a la que estamos expuestos en tanto los oligarcas que nos gobiernan lo sigan haciendo como si de un tablero de ajedrez se tratase, ajenos al sufrimiento colectivo de la humanidad. “Estamos cogidos entre dos autócratas a los que les interesa que Europa esté en guerra”, decía. Mientras me bebía ese café, me preguntaba, aun intuyendo la respuesta, por qué el poder y las hostilidades tienden a ir siempre de la mano.

También me preguntaba quién corrompe a qué, si es el poder, o las ansias de llegar a ello; el que corrompe a las personas o si son las personas, pervertidas previamente, quienes alcanzan el poder haciendo un uso errado de su estatus. Entre una y otra pregunta, pensé en cómo sería un mundo donde lo prioritario fuese la atención y el cuidado hacia el otro, la empatía y el respeto como reglas principales para un funcionamiento comunitario inclusivo.

Normalmente, las personas atendemos y actuamos en función de nuestros intereses, incluso cuando estos no esperan retorno. Cuando escuchamos a los demás, en mayor o menor grado, también prestamos nuestra atención. La escucha nunca es completamente neutral, sino que está dirigida por aquello que esperamos recibir de ella. Seleccionamos, filtramos y priorizamos aquello que, de algún modo, conecta con lo que buscamos, tememos o necesitamos.

En este proceso, intervienen la atención, la percepción y la memoria, algunos de los conocidos como procesos psicológicos básicos. Se trata de mecanismos fundamentales que nos permiten percibir, interpretar e interactuar con el mundo y que están en la base de todo lo que hacemos, ya sea pensar, sentir, decidir, recordar o simplemente relacionarnos entre nosotros.

Esto explica de dónde salen nuestras interpretaciones, juicios y relaciones con los demás. Si los procesos psicológicos básicos son los mecanismos con los que construimos la experiencia, entonces lo que pensamos del mundo, y de los otros, no es un reflejo directo de la realidad, sino el resultado de cómo funcionan esos procesos. Entre lo que vemos a nuestro alrededor y lo que concluye nuestro cerebro sobre lo que percibe, se dispara un filtro que somete a interpretación todo lo que ocurre. Si tenemos en cuenta que la atención es selectiva, la percepción no es neutra y la memoria no solo almacena hechos sino que los interpreta y los reorganiza, podemos concluir que el mundo que creemos observar, dice tanto de nosotros como de aquello que pretendemos mirar.

Es aquí cuando surge la empatía como herramienta de conexión y adaptación. Como una forma de equilibrar el filtro automático que se dispara ante lo que percibimos. Un recurso que resulta básico para comprender y, en cierta medida, compartir el estado emocional de otra persona, percibiendo cómo se siente y entendiendo por qué se siente así.

La capacidad emocional de empatizar es un bien aprendido mediante el que conectamos con los demás. Como sociedad aprendemos a interactuar y nos modelamos como una inteligencia natural, una fuerza orgánica que nos ayuda a sobrevivir como especie. Cuando no nos sentimos en el lugar del otro justificamos la violencia, toleramos la precariedad y normalizamos la exclusión, es por ello que la empatía desestabiliza sistemas de desigualdad anclados en nuestro presente.

La empatía aumenta el radar de percepción al respecto de las desigualdades y convierte problemáticas individuales en cuestiones colectivas

La empatía puede ampliar el círculo de reconocimiento, haciendo que personas o situaciones que antes nos resultaban ajenas entren en el campo de nuestra atención y consideración. Aumenta el radar de percepción al respecto de las desigualdades y convierte problemáticas individuales en cuestiones colectivas, poniendo el foco en las necesidades estructurales y haciendo visible el sufrimiento que antes era ignorado.

Sin embargo, empatizar no implica estar de acuerdo con el otro en todo. Reconocer el desacuerdo puede ser un primer paso para para evitar la confrontación y comenzar un diálogo siempre que decrezca la dimensión psicológica del miedo, integrando la idea de que la polarización social aumenta la amenaza identitaria y nos deshumaniza.

El uso de la empatía, más en los tiempos revueltos que vivimos, tiene un marcado carácter político. Al igual que la autoestima, la zona de confort, o la resiliencia, son conceptos cada vez más presentes en nuestro lenguaje, términos que han acabado por engullir otras definiciones más precisas acerca de los sentires del individuo. Nos encontramos así, ante otra forma de gentrificación, en este caso lingüística, para definir los límites entre el bien y el mal, entre lo que se supone que se espera de nosotros y la divergencia ante ello. No es extraño señalarnos los unos a los otros como faltos de empatía si lo político difiere. Lo divergente se transforma así en una carencia emocional.

En un contexto donde la empatía opera como vara moral y política, o como criterio de legitimidad, en plena crisis inmobiliaria, vemos como la Casa de Alba destina sus propiedades al uso turístico a costa de expulsar a vecinas que llevan cuatro décadas habitándolas. En estos casos, ejemplos de una estratificación social crítica, el foco rara vez se sitúa en quienes ejecutan la medida, más bien, cuando se cuestionan los designios de propietarios o dirigentes, la sospecha recae sobre quien disiente, a quien se acusa de falta de empatía por no plegarse a la lógica del mercado. De este modo, la discrepancia se patologiza y el debate sobre derechos, ciudad y convivencia se diluye en una supuesta insuficiencia emocional del disidente.

Siendo críticos con la adaptación del uso de conceptos psicológicos por la sociedad, pensar el modo en que se habita la lengua también es un acto político de primer grado. Una forma de cuestionar el uso de lo emocional como agente gentrificador. El aprendizaje de lo emocional no supone, en sí mismo, un problema para la sociedad, al contrario, puede ser valioso y necesario; sin embargo, el riesgo asoma ante la generalización de ciertos conceptos que se difunden de forma acrítica y terminan reduciendo al sujeto a una figura cerrada sobre sí misma, como si fuera un artefacto autosuficiente que solo se vincula con los demás a través de conexiones superficiales, casi mecánicas, como un muñeco clausurado de sí mismo.

Allí donde hay empatía, suele haber mayor equidad. Por el contrario, allí donde falta, el poder tiende a concentrarse y a blindarse

Sin embargo, si reciclamos la mirada crítica hacia la palabra empatía, sin perder esto de vista y atendiendo a la responsabilidad del uso del lenguaje en función del contexto y las necesidades, y la convertimos en un agente transformador globalizado, puede convertirse en un recurso para comprender el sufrimiento del otro, no es solo como acto moral o emocional sino también, tal y como apuntábamos antes, como un acto político. Allí donde hay empatía, suele haber mayor equidad. Por el contrario, allí donde falta, el poder tiende a concentrarse y a blindarse. De esta forma, la manera en la que percibimos el dolor ajeno influye directamente en cómo distribuimos poder, recursos y derechos. En este sentido, en las altas esferas de decisión, la empatía y la perversión pueden entenderse como dos polos opuestos del ejercicio del poder. La primera por conciencia de su dignidad, la segunda por exceso de instrumentalización del otro. Cuando el poder se ejerce desde la frialdad estratégica y la deshumanización, las personas se convierten en medios, no en fines. Pero cuando se ejerce desde la empatía, el foco se desplaza. Ya no se trata de conquistar, acumular o dominar, sino de equilibrar, sostener o reparar. Si la mirada se centra en lo que el otro necesita, emplearemos esta emoción para favorecer el equilibrio.

Si una persona proyecta su capacidad de influencia para intimidar y apropiarse de recursos, muy propio de nuestros días, estamos ante un uso expansivo y competitivo del poder. Sin embargo, si esa misma capacidad se orienta a reducir desigualdades, fomentar la cohesión social y proteger a los más vulnerables, estaríamos hablando de un uso empático del poder. La diferencia no está en la fuerza, sino en la dirección de la mirada. Cuando esa mirada se amplía, cuando incluye al diferente, al extranjero, al vulnerable e incluso también al propio planeta, la empatía deja de ser un rasgo individual y se convierte en principio organizador y una herramienta de equilibrio.

El uso de la empatía tiene la virtud de ampliar derechos, humanizar políticas y crear comunidad. Si esto es así, practicar la empatía es intervenir directamente en la forma en la que organizamos la convivencia. Por ejemplo, cuando se visibiliza el sufrimiento asociado a la violencia de género, se modifican las prioridades legislativas y presupuestarias, cuando se empatiza con personas en situación de pobreza o exclusión social, cambia la narrativa y el foco se traslada de la falla individual hacia lo estructural. Esto hace que el uso de la empatía se transforme en un agente integrador, un motor de cambio hacia una sociedad más equilibrada e igualitaria.

Hace tiempo que el malestar se vive como un problema individual y el compromiso ha pasado a ser una sensación de reemplazabilidad constante, en un imaginario social donde la abundancia de opciones promueve la optimización constante, priorizando el resultado a las personas, más propia de un contexto empresarial. El neoliberalismo del que somos coetáneos, influye de manera definitiva sobre las relaciones con los demás, fomentando la individualización de los vínculos, el rendimiento y la productividad de la lógica del mercado. Esta forma de hostilidad nos convierte en personas menos cuidadosas con el otro, menos empáticas. El otro se convierte así en un objeto que nos satisface, que calma nuestra angustia.

El devenir de los días ha pasado a convertirse en una extraña forma de supervivencia en la que los cuidados hacia los demás, el prestar atención, y cuidados sin esperar nada a cambio, son una extrañeza. Es por ello que, de un tiempo a esta parte, las personas no solo vivimos para vivir, si no para trascender, ya sea mediante el trabajo, el arte o las propias relaciones. La experiencia ya no es suficiente, y la necesidad de reconocimiento y de atención ha escalado hasta límites todavía indefinidos. El mundo virtual que nos acompaña tampoco ayuda, y mucho menos cuando lo que proyectamos hacia los demás es la mejor versión de nosotros mismos.

Esta mañana, mientras me terminaba ese primer café, pensaba en lo complicado, pero esperanzador que sería que, no solo en las altas esferas, la autoridad estuviera vinculada con emociones inclusivas, enfocadas a la integración global de las diversas comunidades del mundo y que por fin se rompiese esa relación autodestructiva con la humanidad, entre poder y hostilidad.

Quizá, un primer paso sería, simplemente, imaginar la empatía, como si de un acto político se tratase. Una forma de acercarnos un poco más a la posibilidad de que exista y un movimiento para posicionarnos ante cualquier forma de hostilidad, aunque no seamos nosotros quienes ocupemos las altas esferas de poder. Y así, precisamente desde lo que está a nuestro alcance, transformar la esperanza en acción.

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