Opinión
“Me gusto”: sobre la necesidad de trascendencia y el culto al yo como timón de la vida

En un mundo que celebra la velocidad y teme la pausa y el silencio, quizás el verdadero acto revolucionario sea detenerse a analizar, escuchar y resistir la tiranía del aplauso digital.

@garnelo_psico

12 feb 2026 07:00

Vivimos tiempos hiper-acelerados. Otra vez, somos el coyote detrás del correcaminos.

En una época donde el silencio y la pausa son penalizadas, la proliferación de contenido ha pasado a convertirse en un nuevo síntoma de una sociedad enferma, convirtiendo la información y el dinamismo productivo en algo singularmente patológico.

Existe hoy, más que nunca, una necesidad de triunfalismo, de reconocimiento y fanatismo de uno mismo, un individualismo desacerbado que se expande en multitud de ámbitos y situaciones y que podría interpretarse como un indicio de desesperanza ante la incertidumbre de un futuro en crisis.

Somos partícipes de una época donde la búsqueda constante de autorrealización dirige nuestra conducta y nuestros pensamientos y nos obliga a participar de esta contrarreloj por la búsqueda de certezas y de sentido hacia nuestra existencia, ante un mundo cada vez más volátil diluido entre el exceso de información y la necesidad de reconocimiento.

Corre por nuestras venas, de un tiempo a esta parte, una forma de melancolía que promete dar sentido y ordenar nuestra identidad. Hace tiempo que la necesidad de trascendencia se nos presenta como una suerte de nostalgia del absoluto, una huida hacia adelante, dirección futuro, hacia un deseo irreprimible, algo que dé sentido a nuestra vida; surgiendo así nuevos malestares psicológicos característicos de nuestros tiempos, como la sensación de vacío, resultado del exceso de estímulos, de la ausencia de silencio y del ruido permanente que impide toda elaboración subjetiva. Esa sensación difusa de insatisfacción constante, de vida en suspenso, donde nada termina de llenarnos. ¿Y si este es el futuro que nos espera? Parece que nos dice nuestra voz interior, que a su vez nos invita a evadirnos ante cualquier estímulo y despistar a la atención, el último deseo por el que suspiran los mercados.

La ambición y la proliferación de nuevas necesidades intensifican los excesos, dando forma a ese persistente sentimiento de vacío y a un catálogo cada vez más amplio de malestares psicológicos

Mientras tanto, la ambición y la proliferación de nuevas necesidades intensifican los excesos, dando forma a ese persistente sentimiento de vacío y a un catálogo cada vez más amplio de malestares psicológicos. Todo ello parece orientado a sostener la ilusión de que nuestra vida posee un sentido singular, de que somos protagonistas dentro de un relato compartido que nos legitima.

Quizá uno de los rasgos más característicos de nuestro tiempo sea ese miedo desmesurado a no existir, a pasar inadvertidos, que funciona como una nueva estrategia para conjurar el miedo originario que supone el miedo a la muerte. En este intento compulsivo por afirmarnos, por dejar huella a cualquier precio, se abre paso paradójicamente la pulsión de muerte freudiana, no como deseo de desaparecer, sino como una deriva autodestructiva que se manifiesta en el exceso, la aceleración y la imposibilidad de detenerse. En un mundo a tanta velocidad, no es extraño que las consecuencias psicológicas se disparen dando paso a la aparición de lo que se conoce como nuevas adicciones. La exponente necesidad de hiperconectividad plantea un horizonte en el que proliferan las burbujas de sentido inmediato. En lugar de dirigirnos a un horizonte compartido, existe una tendencia a la individualización motivada por la visibilidad y el reconocimiento.

Dice la psicoanalista Teresa Sánchez en Tendencias y dolencias psicológicas del Siglo XXI que en este sentido, el fanatismo se presenta como la plaga del  siglo XXI, como una enfermedad social que se aprecia en multitud de ámbitos y situaciones de la política, la vida científica, artística, deportiva y religiosa. Presentando así la “nostalgia del absoluto” como el eje de la sedición total que requiere de la militancia fanática.

Un artículo reciente, Redes sociales y bienestar subjetivo: el papel moderador de los rasgos de personalidad publicado en 2025 por la revista Journal of Happiness Studies, subraya tanto el exceso de tiempo como el poco tiempo dedicado a las redes sociales, percibido como un déficit incluso siendo cuarenta y cinco minutos al día el que predijo el menor afecto negativo, como predictores de un mayor afecto negativo.

Otra revisión sistemática, llamada Los efectos de la retroalimentación social a través de la función “Me gusta” en la actividad cerebral: una revisión sistemática y publicada también en 2025 por la editorial científica MDPI concluye que la retroalimentación social mediante la función “Me gusta” activa regiones cerebrales vinculadas a la recompensa, el placer y la motivación. Esta activación puede influir en la autoestima y el comportamiento social, reforzando la búsqueda de validación. Sin embargo, también se asocia con posibles efectos negativos como la dependencia y la ansiedad social.

La exposición repetida a los “Me gusta” puede generar una especie de tolerancia, donde cada vez se necesita una validación más frecuente o intensa para sentir el mismo nivel de afecto o aprobación

La velocidad de nuestros tiempos marida mal con los vínculos pausados, con las relaciones que requieren tiempo para asentarse y crecer de forma orgánica, como si de una planta se tratara. En este escenario, no es de extrañar que cada vez necesitemos de una urgencia mayor para sentir el afecto y la aprobación de los demás. En este sentido, y atendiendo al efecto de la recompensa y la motivación, la exposición repetida a los “Me gusta” y otros estímulos similares pueden generar una especie de tolerancia, donde cada vez se necesita una validación más frecuente o intensa para sentir el mismo nivel de afecto o aprobación. Como si el umbral de placer no dejase de aumentar, alejándose de nosotros mismos, cada vez que nos exponemos a la inmediatez. Esta situación puede llevarnos irremediablemente a una necesidad perpetua de reconocimiento externo y validación infinita, como elementos principales de nuestra identidad, convirtiendo así nuestros deseos en los deseos de los demás, en las necesidades de un sistema que nos exprime y nos convierte en productos de mercado con tal de rentabilizar la experiencia de nuestras vidas.

Si atendemos a la aceleración global y a la necesidad de pertenencia y validación, existen estudios que alertan de que más de 210 millones de personas en todo el mundo sufren de adicción a las redes sociales e Internet. Según los resultados de estas investigaciones, la satisfacción vital tiene efectos significativos tanto en la adicción generalizada a internet como en la adicción específica a las redes sociales. Según esto, cuando las personas presentan bajos niveles de satisfacción con su vida, tienden a recurrir con mayor frecuencia a las tecnologías digitales como vía de escape o compensación emocional, lo que refuerza el uso compulsivo pudiendo desembocar en conductas disruptivas con tendencia al riesgo.

La adicción no solo responde al atractivo de las redes o del entorno digital, sino también a carencias emocionales o a problemas personales profundos que reducen el bienestar y perpetúan el ciclo de dependencia tecnológica. Las personas con mayor motivación de búsqueda de aprobación y comparación social se muestran emocionalmente vulnerables cuando reciben pocos “likes” generando efectos negativos en su estado emocional. Otras investigaciones revelan que un 43% de los adolescentes eliminan sus publicaciones porque no obtuvieron la cantidad de likes que esperaban y otro 43% se siente absolutamente desolado porque a nadie le gustan sus actualizaciones. Aunque el dato más alarmante que presenta este último estudio es que el 35% de los adolescentes dijeron haber sido acosados en las redes sociales. Otro informe sobre hábitos de consumo indicaba que la frecuencia media en la que consultamos el móvil es de unas 205 veces al día, que equivaldría a la friolera una vez cada cinco minutos. Estos datos muestran un incremento del 42% con respecto a los datos del 2024.

El rechazo y el abandono son dos de los miedos más comunes en consulta en los últimos tiempos. Las nuevas aplicaciones de citas han dado paso a una nueva forma de vincular basada en la imposibilidad de conectar mediante los sentidos, si no a través de los intereses y características personales, las expectativas sobre el tipo de vínculo que buscas o que quieres, y otros datos básicos como el trabajo, el estado civil o la altura. En este sentido, recientemente han surgido investigaciones académicas al respecto de cómo el uso de aplicaciones de citas como Tinder se relacionan con la forma en que las personas establecen este tipo de vínculos afectivos. No solo el contenido que compartimos, si no las características de diseño de estas apps —por ejemplo, la rapidez del “swipe”, el enfoque en imágenes y la disponibilidad de muchas opciones— pueden correlacionarse con una interacción más superficial o fragmentada para algunos usuarios y contextos.

Esta nueva forma de seducirnos los unos a los otros, exige mostrar una versión optimizada de nosotros mismos, perfecta y sin fisuras a ojos de los demás, de quien buscamos ese reconocimiento a través de un match, la unidad mínima de validación, que no garantiza conversación, encuentro ni vínculo, pero confirma visibilidad y deseabilidad. La imagen que proyectamos refuerza pues, la picaresca hacia nosotros mismos, y afecta a nuestra identidad, certificando aspectos sobre quiénes somos, qué buscamos, pero sobre todo cómo estamos dispuestos a conseguirlo, favoreciendo dinámicas más superficiales o instrumentales.

Si situamos la seducción dentro de esta lógica, el siguiente peldaño sería el acceso inmediato al sexo y, en su forma más despersonalizada, a la pornografía. Ambos quedan inscritos en la misma dinámica de satisfacción rápida y consumo del goce, donde el deseo ya no se construye ni se espera, sino que se descarga. Se trata de una vía de escape que opera como anestesia frente a la monotonía y al malestar cotidiano. Un alivio momentáneo que promete intensidad, pero que raramente transforma el vacío que intenta silenciar.

Prácticas como el chemsex han sacado a la luz las tensiones estructurales de una cultura marcada por la urgencia, la sobreestimulación y el cansancio subjetivo, evidenciando los altos costes físicos, psíquicos y vinculares que esta lógica impone a quienes participan en ellas. Lejos de ser fenómenos aislados, funcionan como un síntoma extremo de la búsqueda de intensidad sostenida en un contexto donde el límite, la espera y el deseo han quedado erosionados. En estos escenarios, el sexo se muestra como un vehículo de validación y de huida a la vez, a través del goce y el placer instantáneo, mientras que, al mismo tiempo, se transforma en algo material que se consume para evitar los nuevos sentimientos de vacío y angustia. Surge así una sexualidad líquida e inagotable como síntoma del agotamiento de la hiper-sociedad, donde a través del consumo sexual apaciguamos la nostalgia del absoluto.

Otros síntomas de nuestra sociedad cansada e hiper productivista se sustentan en la necesidad de cuantificación de nuestra presencia. No importan nuestros procesos psíquicos, ni siquiera nuestro razonamiento sobre la experiencia o la autoexposición permanente, sino que es la tendencia que rige nuestros deseos como sociedad la que nos empuja a la acumulación de vida social, a la optimización constante de nuestro cuerpo, al posicionamiento socio político, no tanto para transformar, sino para ser visto como moralmente correcto. Cada vez más, la no presencia es señalada como inauténtica, como una falta de compromiso contra la humanidad. No podemos parar, al igual que en la cultura, donde el silencio o la pausa equivale a la inexistencia.

De manera similar a cómo actúan las benzodiacepinas, esta validación externa brinda una calma pasajera y estabiliza el presente, pero no aborda ni soluciona lo que permanece sin resolver

En definitiva, todos estos fenómenos convergen en un mismo punto, un yo frágil, sostenido más por la mirada ajena que por una consistencia propia. En una época que no tolera la pausa ni el vacío, no hay tiempo para elaborar la falta ni para construir sentido; solo queda la urgencia de ser reconocido. La validación externa aparece entonces como un alivio momentáneo, una prótesis que promete estabilidad, pero cuya eficacia es siempre limitada.

De manera similar a cómo actúan las benzodiacepinas en las sociedades más medicadas, esta validación externa brinda una calma pasajera y estabiliza el presente, pero no aborda ni soluciona lo que permanece sin resolver.

En un mundo que celebra la velocidad y teme la pausa y el silencio, quizás el verdadero acto revolucionario sea detenerse a analizar, escuchar y resistir la tiranía del aplauso digital y la capitalización de nuestros alientos. Desde ahí, en ese espacio de quietud, podría comenzar una verdadera reconstrucción de nuestra identidad y sentido de pertenencia.

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