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¡Y qué pasa con...!

Kissinger fue un símbolo, un sirviente. También fue un fracaso. Se jactaba de que el objetivo de su política exterior era el orden, no la justicia. El mundo que se le atribuye haber conformado no tiene ni orden ni justicia.
Henry Kissinger retrato
18 dic 2023 17:21

Estamos en 1988, en Santiago. Chile está inmerso en el vórtice del repudio popular al mundo que Henry Kissinger contribuyó a hacer gritar de dolor y terror. Multitud de observadores internacionales han venido a verificar el plebiscito sobre la dictadura de Augusto Pinochet. Formo parte de la delegación estadounidense organizada por la National Lawyers Guild. En la primera reunión celebrada en nuestro barrio, los vecinos se presentan por su nombre e identificación política, demasiadas tendencias socialistas para recordarlas ahora. Están de buen humor, optimistas, organizados para salir a votar. Como se viene diciendo desde que comenzaron las protestas masivas en la capital, «la gente ha perdido el miedo». En un cine del centro de la ciudad se proyecta El gran dictador, de Charlie Chaplin, y la marquesina ilumina el título con grandes letras.

Los colaboradores de Pinochet abandonan sus filas cada día. Nada de esto debía ocurrir. El golpe de 1973 contra Salvador Allende, respaldado por Estados Unidos, fortificado por los prestamistas internacionales y dotado de forma por el programa de violencia económica elaborado por los Chicago boys, había sido diseñado para permanecer. Se suponía que el terror de Estado se encargaría de la oposición interna. El propio plebiscito –Sí o No, ¿aprueba nuestra obra?– se ha concebido como una especie de entramado legitimador. Pero tras años de asesinatos, desapariciones, encarcelamientos y torturas, los planes de la derecha han caído ante la afición de la historia por las sorpresas. «¡La alegría ya viene!», anuncia el eslogan de la campaña del No.

Me alojo en casa de una familia trabajadora que milita en uno de los partidos socialistas. Todas las noches se va la luz. Todas las mañanas, una niña llamada Alejandra viene a mi habitación, disciplinada, con la intención de enseñarme español. Se sube a mi cama y me señala los dibujos de su cartilla, indicándome que pronuncie las palabras de los animales, los utensilios de cocina, las cosas comunes. Por la tarde, su abuela me lleva al centro en transporte público. Estas vías, dice, pasan por encima de fosas comunes.

Tras el golpe, unos hombres armados llegaron una noche a su casa y se llevaron a su hijo. Allí mismo, en la cocina, por la misma puerta que usamos para entrar y salir de casa, en las mismas condiciones de apagón que ahora parecen un recuerdo o una amenaza cada vez que se va la luz. Durante mucho tiempo fue un desaparecido. Durante mucho tiempo su madre vagó por las puertas de comisarías, prisiones, hospitales, tanatorios. Finalmente, un centinela de la prisión –¿harto de verla? ¿movido por la compasión?– le entregó una lista de presos. Encontró a su hijo, vivo pero marcado por la tortura. De algún modo lo sacó de allí; de algún modo él huyó del país.

En 1975 el ministro de Asuntos Exteriores de Pinochet visitó a Kissinger para discutir un problema. La Junta militar había liberado a un par de centenares de presos conflictivos, pero no encontraba países dispuestos a quitárselos de encima a Chile. «Usted sabrá qué hacer», le dijo Kissinger, según consta en documentos oficiales desclasificados años después. Mi anfitriona no necesita conocer las cifras, que en 1990 ascenderán a 3.216 personas asesinadas, 38.254 encarceladas o torturadas según el recuento oficial, y miles más exiliadas. De algún modo, salvó a su hijo. De algún modo, otras mujeres y hombres como ella se armaron de valor para desafiar al régimen. La abuela de Alejandra tiene planeado su atuendo para el 5 de octubre, día del plebiscito, el rojo y negro de su partido.

En sus memorias, White House Years (1979), Kissinger describe los primeros meses de 1970 ­­–el año en que la elección de Allende aceleró el contraataque de Washington contra la izquierda latinoamericana, Nixon invadió Camboya y la Guardia Nacional mató a tiros a cuatro estudiantes que protestaban contra los bombardeos de este país en la Kent State University de Ohio– como «aquellos lejanos días de inocencia». Bueno, sí, hubo un poco de «propaganda» y de «actividades de desprestigio» antes de la elección de Allende, pero ello no fue suficiente: «Debería haber estado más vigilante», afirma Kissinger. Naturalmente Estados Unidos husmeó entre los militares chilenos para comprobar la viabilidad de un golpe antes de la toma de posesión de Allende, pero fue una chapuza. En todo caso, «no jugamos ningún papel» en la «concepción, planificación y ejecución» del golpe perpetrado tres años después. Realmente, Estados Unidos es víctima de su propia incompetencia benigna:

Por supuesto, las operaciones encubiertas tienen sus dificultades filosóficas y prácticas y especialmente para Estados Unidos. Nuestro temperamento y tradición nacionales son inadecuados para ellas. Nuestro sistema de gobierno no se presta espontáneamente ni al secretismo ni a la sutileza que se requieren para ejecutarlas. Quienes deseen desmantelar nuestro aparato de inteligencia tendrán pocas dificultades para encontrar ejemplos de acciones que fueron diletantes o transparentes.

En Santiago nadie albergaba dudas sobre la inocencia de Estados Unidos. Un buque de guerra estadounidense navega frente a la costa. «Yakarta», dicen algunos, ha empezado a aparecer garabateado en las paredes de la ciudad, como en 1973, aunque yo misma no he visto esta profecía de exterminio. En una rueda de prensa celebrada en la embajada de Estados Unidos, Shirley Christian, de The New York Times, prototipo de colaboracionista de la política estadounidense en América Latina, hace una pregunta sobre posibles planes de sabotaje del referéndum plebiscitario de 1988 apoyados por Cuba. Inmediatamente, otros plumillas de tres al cuarto preguntan: «¿Qué sabemos de los saboteadores cubanos?». Este es el escenario que la antigua amante de un general cercano a Pinochet relató sin aliento la noche anterior a una reunión de activistas contrarios a Pinochet en un edificio de clase media: si el resultado le es adverso, Pinochet organizará algún tipo de explosión, culpará a Cuba y a los izquierdistas chilenos y consolidará su posición como líder supremo. Antiguos exiliados, recientemente retornados, toman tranquilizantes en un almuerzo con Bianca Jagger. Algunos se alojan en pisos francos custodiados por hombres con gafas de sol, que nos conducen a través de confusos pasadizos para reunirnos con ellos.

Guerra fría
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Sólo hay un problema con el plan de Pinochet respecto al cual la clase trabajadora que ha perdido a sus hijos es más sabia: las condiciones han cambiado. En prácticamente todos los sectores de la población bulle la oposición a la Junta, incluso lo hace en el seno de la propia Junta. El ejército está fracturado. Reagan se halla apurando impotente la última fase de su mandato, su gobierno todavía se tambalea por el escándalo Irán-Contra. Los probables herederos del gobierno chileno no son radicales. El orden neoliberal mundial ha restringido el margen de maniobra económica, al menos por ahora. A primera hora de la mañana, la Casa Blanca convocó al embajador chileno; parece que Pinochet está acabado. Si este no es el caso, los militantes de La Victoria y de otros barrios pobres han estado preparando cócteles molotov.

*

Years of Upheaval [Años de convulsión], el segundo volumen de las memorias de Kissinger, se publicó en 1982. Habían pasado cinco años desde que dejó el gobierno y Kissinger no paraba de dar vueltas por el mundo ofreciendo su opinión sobre los asuntos mundiales. Alexander Cockburn escribió entonces en The Wall Street Journal: «Yo había pensado que la fórmula elegida por Kissinger, el de superestrella internacional, el de oráculo preferido de los ricos y famosos, no duraría mucho, que el declive sería rápido, pasando de asesor especial de la NBC a invitado del programa de Johnny Carson para rematar la apoteosis final en The Hollywood Squares. No fue así». El volumen tres, Years of Renewal [Años de renovación], llegó en 1999. Su publicación bien pudo haber sido la ocasión de mi único encuentro con Kissinger.

Es de noche frente a la librería de Barnes and Noble de Union Square, justo en el epicentro de Manhattan. Kissinger va a ser entrevistado, ante las cámaras, por Charlie Rose. Se ha convocado a los grupos militantes para que distribuyan octavillas. Somos un grupo pequeño pero animado. Los folletos son de colores vivos y ofrecen un contrapunto a los engaños de Kissinger sobre la política exterior estadounidense. Cuando empieza el acto, pensamos que es absurdo quedarnos en la calle hablando entre nosotros y entramos a ver qué sucede.

«No puedo creer que una potencia de cuarta categoría como Vietnam del Norte no tenga un punto de ruptura», se afirma que Kissinger dijo a sus colaboradores

Dentro, la segunda planta de la librería se ha convertido en el escenario de Rose: una mesa redonda con sillas sobre una tarima, los dos hombres bajo luces brillantes, algunas filas de sillas debajo para el público y, sorprendentemente, una multitud considerable de personas sentadas en el suelo y de pie entre las largas estanterías. Me sitúo entre los libros y me subo al nivel más bajo de una estantería, de modo que mi barbilla apenas alcanza la parte superior.

Las cámaras ruedan y Rose se inclina, untuoso como siempre. Kissinger es absurdo. Lleva demasiado tiempo fuera del juego: la pelota no circula entre ellos, no hay guiños, «No me gusta hablar de operaciones encubiertas, pero solo por esta vez, porque me lo pide usted...» (aunque ello no ha impedido las obsequiosas súplicas de candidatos, presidentes y de sus asesores, de «intervencionistas humanitarios» e incluso de supuestos rivales políticos en busca de su consejo). Cada respuesta es una perogrullada o el correspondiente galimatías de un espurio arte de gobernar. Todas las preguntas son absurdas. Siento un cosquilleo que me sube desde los dedos de los pies, un creciente temblor eléctrico e involuntario.

Y entonces Kissinger dice algo así como «Estados Unidos es el país más honorable de la historia de la humana» y como si estuviera moviéndome en una película a cámara lenta me doy cuenta de que he levantado las manos para formar un megáfono alrededor de mis labios y que en ese momento me siento realmente furiosa y estoy gritándole: «¿Y qué pasa con Chile... con Vietnam... con Camboya... con Laos...? ¿Y que pasa con... Bangladesh... con Timor Oriental... con Argentina... con Angola... ¿Y qué pasa con...?». Estoy citando fechas y estadísticas e incidentes sangrientos en una cadena ininterrumpida de cosas que realmente han pasado.

Es difícil verme, con mi cabeza apenas visible entre tantas otras cabezas en tantas filas de estanterías. Otra voz, procedente de otro lugar de la sala, empieza a corear en voz baja y constante, como un tambor de la muerte: «Criminal de guerra... Criminal de guerra...». Sólo cuando los guardias de seguridad me han acompañado, todavía despotricando, hasta la escalera mecánica, me doy cuenta de que la línea de bajo correspondiente al tono agudo de mi acusación procede de un amigo, que también está siendo expulsado y que no había caído en la cuenta que la otra voz era la mía.

*

La política de la protesta, heroica o, en actual estado de las cosas, insignificante, mereció dos frases en los obituarios de primera página que The New York Times dedicó a Kissinger en los días sucesivos: «Eh, eh, Henry K., ¿a cuántos niños has matado hoy?»; y «Aunque los increpadores en sus charlas disminuían...» Daniel Ellsberg no recibe mención alguna. La publicación de los Papeles del Pentágono por el propio periódico no sirve sino para ilustrar la furia de Kissinger y su obsesión por las filtraciones. Los pueblos del Tercer Mundo sólo cuentan a granel: 300.000 muertos en lo que se convertiría en Bangladesh; 10 millones de refugiados expulsados a la India; 100.000 timorenses orientales asesinados o muertos de hambre; 50.000 civiles camboyanos asesinados por bombardeos en alfombra (silencio sobre el genocidio que ello desencadenó); de 3 a 4 millones de vietnamitas muertos, cuyos ejércitos y determinación, al menos, el periódico no puede ignorar. «No puedo creer que una potencia de cuarta categoría como Vietnam del Norte no tenga un punto de ruptura», se afirma que Kissinger dijo a sus colaboradores.

Los «críticos» abundan en estos homenajes siempre dispuestos a comentar los «defectos» del hombre y desde luego su «brillantez», así como sus estrategias para supuestamente gestionar la Guerra Fría y «todo lo demás», es decir, el mundo más allá de las superpotencias. Fue precisamente «todo lo demás lo que le causó problemas». Ello no es sorprendente (aunque un editorialista perspicaz podría haber previsto que los lectores se acoquinarían de miedo al saber que precisamente era él quien tenía problemas), pero es importante reconocer, sin embargo, que por detestable que fuera el hombre este nunca fue el principal objetivo de sus oponentes en la izquierda, al igual que la Guerra Fría nunca versó esencialmente sobre las superpotencias, sino sobre «todo lo demás». Kissinger fue un símbolo, un sirviente, un moderno «truhan del capitalismo», dicho en palabras del general de Marines Smedley Butler. También fue un fracaso. Se jactaba de que el objetivo de su política exterior era el orden, no la justicia. El mundo que se le atribuye haber conformado no tiene ni orden ni justicia.

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