Opinión
Respuestas y propuestas cooperativistas para este 1 de Mayo
Presidente de la Confederación Española de Cooperativas de Trabajo Asociado (COCETA).
Se aproxima el 1 de Mayo y, como cada año, la agenda laboral, política y social nos convoca a poner en el centro a las personas trabajadoras. En mi caso, como cooperativista y presidente de COCETA, lo hago en nombre de 20.000 empresas y, sobre todo, de las más de 335.000 personas que las hacen posibles cada día.
Al repasar las reivindicaciones recientes de sindicatos, organizaciones empresariales, ministerios y entidades internacionales, se aprecia un diagnóstico compartido. Y también, desde el cooperativismo, una propuesta distinta para afrontarlo.
La pérdida de poder adquisitivo encabeza las preocupaciones en este Primero de Mayo. En un contexto de inflación persistente, impulsada por tensiones geopolíticas y el encarecimiento de la vivienda, los salarios crecen, sí, pero en muchos casos por debajo del coste real de la vida. Frente a esta desconexión entre beneficios y trabajo, el modelo cooperativo propone otra lógica: redistribución del excedente, transparencia y decisiones democráticas sobre salarios y retornos.
Nuestra experiencia aporta evidencia: las empresas participativas resisten mejor las crisis, sostienen el empleo y generan compromiso, incluso en entornos complejos
España arrastra, además, una brecha estructural de productividad respecto a Europa, incluso en etapas de fuerte creación de empleo. Unos señalan al absentismo; otros, a la falta de inversión en capital humano y organización. Nuestra experiencia aporta evidencia: las empresas participativas resisten mejor las crisis, sostienen el empleo y generan compromiso, incluso en entornos complejos.
Persisten también problemas estructurales como la parcialidad involuntaria, los falsos autónomos o el empleo informal. Aunque la reforma laboral ha reducido la temporalidad, la calidad del empleo sigue siendo un reto. Las cooperativas de trabajo actúan aquí desde la raíz, eliminando la separación entre capital y trabajo y generando relaciones laborales más estables y equitativas.
No somos, sin embargo, una solución mágica ni el bálsamo de Fierabrás. Compartimos desafíos globales. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte del estancamiento del trabajo decente; la Unión Europea (UE) alerta de los riesgos de la doble transición ecológica y digital; y la Organización de Naciones Unidas (ONU) insiste en que sin empleo digno no hay cohesión social ni democracia sólida. La transformación económica en curso puede ampliar las desigualdades si no se gestiona con criterios de justicia social.
Ahí es donde el cooperativismo puede marcar la diferencia: como anclaje territorial frente a la deslocalización, como propiedad compartida frente a la concentración, como gobernanza democrática frente a la exclusión.
Avanzar hacia formas de democracia económica no es una opción accesoria, sino una condición necesaria para garantizar entornos laborales justos, transparentes y sostenibles
Por todo ello, desde COCETA planteamos este 1 de Mayo una reflexión más profunda sobre el tipo de modelo laboral y productivo que necesitamos consolidar. Hablar de trabajo decente implica ir más allá de la mejora salarial. Tal y como viene señalando la OIT, la calidad del empleo está estrechamente ligada a la participación de las personas trabajadoras en las decisiones que afectan a su actividad. En este sentido, avanzar hacia formas de democracia económica no es una opción accesoria, sino una condición necesaria para garantizar entornos laborales justos, transparentes y sostenibles. Se resume en una frase: no hay trabajo decente sin democracia económica.
La mejora de la productividad es otro de los grandes retos señalados, tanto a nivel nacional como internacional. Sin embargo, esta no puede construirse a costa de las personas trabajadoras. La evidencia recogida por diversos organismos apunta a que los modelos empresariales participativos, donde existe implicación real de la plantilla, generan mayores niveles de compromiso, innovación y resiliencia. Incorporar a las personas en el centro de la estrategia productiva no es solo una cuestión ética, sino también de eficiencia económica. Es decir, productividad con las personas dentro, no a su costa.
En paralelo, la transición ecológica y digital plantea desafíos de enorme calado. La UE ha advertido de los riesgos de que estos procesos incrementen las desigualdades si no se gestionan con criterios de equidad. Por ello, resulta imprescindible asegurar que la transformación verde tenga una base social sólida, con arraigo en los territorios y capacidad de generar empleo de calidad, evitando dinámicas de exclusión o concentración de riqueza: transición verde con raíz social y control local.
La cuestión no es solo qué trabajo queremos, sino qué sociedad estamos construyendo a través de él. Y ahí el cooperativismo no es una nota a pie de página, es una respuesta de fondo
A todo ello se suma la necesidad de reforzar la estabilidad laboral en un contexto global marcado por la incertidumbre. La ONU ha subrayado que el empleo digno es un pilar esencial para la cohesión social y el fortalecimiento democrático. En este marco, entender el trabajo como un bien común —y no únicamente como un coste o una mercancía— permite replantear las prioridades del sistema económico, orientándolo hacia el bienestar colectivo.
Porque, en el fondo, la cuestión no es solo qué trabajo queremos, sino qué sociedad estamos construyendo a través de él. Y ahí el cooperativismo no es una nota a pie de página, es una respuesta de fondo. Una respuesta que no enfrenta eficiencia y justicia, sino que las reconcilia. Que no enfrenta economía y democracia, sino que las articula como partes de un mismo proyecto. Y que evidencia que, cuando el trabajo se organiza colectivamente, el futuro deja de ser individual para convertirse en una construcción compartida.
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