Opinión
El puente del “no”

Cuando compartes discurso con el mismísimo secretario general de Naciones Unidas o con el Papa de Roma, y aun así eres reprimido por exigir un planeta habitable o señalar con acciones pacíficas a los culpables de este desastre, todo toma tintes surrealistas.

Responsable de la campaña de Energía y Cambio Climático de Greenpeace.


14 may 2026 11:20 | Actualizado: 14 may 2026 12:24

Dice el escritor Manuel Rivas que siempre hay un primer “no”, que a veces surge de personas rebeldes de manera imprevisible y que, por eso, desequilibra aún más al poder. Aquella mañana del 7 de octubre de 2019, más de trescientas personas dijimos ese primer “no”: basta ya, la inacción política frente a la amenaza existencial de la crisis climática era insoportable y esto tenía que cambiar. Adrenalina, rabia y esperanza se concentraron en aquel puente. Sentíamos que era el momento, que una ola de cambio nos llevaba en volandas hacia un futuro más verde y en equilibrio con el planeta… y casi cualquier futuro parecía mejor que ese presente fósil.

Esa ola de cambio quizás estaba desprovista de una estrategia política aterrizada, pero daba igual, la dinámica climática y el reloj acuciante de las emisiones nos unieron pacíficamente aquella mañana sobre aquel puente en Madrid, muy cerca de Nuevos Ministerios. 2019 fue el auge de la protesta masiva. Fridays for Future o Extinction Rebellion (XR) unieron fuerzas a movimientos más convencionales como Greenpeace, Ecologistas en Acción o Amigas de la Tierra. Era un contexto de huelgas mundiales: la semana de acciones y de movilizaciones en la COP25 en Madrid, incluida la manifestación masiva que reunió a unas 500.000 personas. La situación de emergencia climática era ya tan evidente que el Grupo de Expertos para el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) no podía decirlo más claro: se podía salvar la sociedad frente a un caos climático desbocado, pero solo con políticas valientes y coordinadas para reducir las emisiones de manera inmediata.

Reprimir al mensajero de una realidad incómoda suele ser la reacción natural del poder

Aquella mañana, fruto de la violencia policial, algunas compañeras resultaron heridas —incluso con algún hueso roto—, muchas fueron identificadas y tres personas, Jorge Riechmann, Marina Martínez y yo, fuimos detenidas aleatoriamente y acusadas de resistencia grave a la autoridad.

No dejo de pensar que, igual que el resto de las compañeras, aquella mañana toda nuestra “resistencia” fue para protegerse ante la desmedida acción policial de levantarnos de una sentada pacífica en una calle. Ahora, en mayo de 2026, casi siete años después, con un mundo patas arriba por la guerra por petróleo en Irán, con un genocidio en Palestina como ruido blanco en nuestros oídos, tenemos la constatación de que se van haciendo realidad esas predicciones: danas, trenes de tormentas, incendios demoledores, olas de calor…

Con el paso de los años, la respuesta policial y judicial contra el movimiento ecologista se fue endureciendo en todo el Estado

Iremos a juicio corriendo el riesgo de sufrir una condena de prisión de diez meses. En mi caso, esta acusación llueve sobre mojado: en febrero me enfrenté a otra condena en Barcelona, de la que, afortunadamente, fui absuelto, por una reivindicación en el “Cercle de economía” en junio de 2021 y a otra en septiembre, por una protesta en la planta de gas de Sagunto (València) en octubre de 2021. En este caso también está involucrado el buque de Greenpeace Esperanza, su capitán y parte de su tripulación por desobediencia civil.

Más allá de mi experiencia personal, lo ocurrido en aquel puente no fue un episodio aislado. Con el paso de los años, la respuesta policial y judicial contra el movimiento ecologista se fue endureciendo en todo el Estado. Entre 2022 y 2023, se ha documentado una intensificación sin precedentes de la represión contra el movimiento ecologista. Solo en 2022 se registraron 27 detenciones y 16 procesos judiciales abiertos contra activistas climáticos. Pero fue en 2023 cuando la escalada represiva se hizo evidente: al menos 74 personas fueron detenidas en acciones climáticas, convirtiendo por primera vez al ecologismo en el movimiento social con más vulneraciones registradas en el Estado. En 2024 todavía se registraron 116 identificaciones, 85 multas y 33 encausamientos vinculados al movimiento ecologista, además de sanciones desproporcionadas.

Deseo sinceramente que estos calvarios de juicios y abogados sienten precedentes para ayudar a los siguientes

Con el tiempo, esa presión constante acaba dejando huella. En 2025 el informe de Defender a quien Defiende concluye que el descenso de protestas ecologistas no responde a una desaparición de las causas que las motivaron, sino al chilling effect (efecto desaliento), generado tras años de criminalización, desgaste judicial y persecución sostenida que, a fuego lento, va haciendo mella en los movimientos climáticos desde entonces.

Reprimir al mensajero de una realidad incómoda suele ser la reacción natural del poder. Pero cuando compartes discurso con el mismísimo secretario general de Naciones Unidas o con el Papa de Roma, y aun así eres reprimido por exigir un planeta habitable o señalar con acciones pacíficas a los culpables de este desastre, todo toma tintes surrealistas. Solo espero que estos juicios generen ejemplos de sentencias favorables al activismo pacífico que nos eviten ser acusados de tipos penales vagos con penas desproporcionadas y por delitos definidos de forma tendenciosamente imprecisa. 

Deseo sinceramente que estos calvarios de juicios y abogados sienten precedentes para ayudar a los siguientes. Jurisprudencia necesaria que, como tabla de náufrago, permita refugiarse de los exabruptos policiales, y las tormentas judiciales a todos aquellos que digan no a la injusticia. Que proteja a todos esos primeros noes y a los que vengan después, que al fin y al cabo construyen una sociedad mejor en un mundo más habitable.

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