Opinión
Unidad sí, pero ¿con quién y para qué?
Las manifestaciones tras el desahucio de Maricarmen y las acampadas han abierto un escenario de movilización que no veíamos desde antes de la pandemia, permitiendo abrir una brecha tras un verano marcado por la proliferación de discurso racista y nacionalista en torno a los sucesos de Ceuta.
Las protestas por la vivienda han convergido con las luchas en educación y sanidad culminando en la convocatoria de una huelga general impulsada por el Sindicato de Inquilinas de la mano del sindicalismo de clase y combativo. Una huelga general que el gobierno ha decidido significar como el pitido inicial de su campaña electoral.
En Europa el malestar se está traduciendo en estallidos por la degradación de los servicios públicos, la austeridad, la devaluación de los salarios ante la inflación o el militarismo. Son síntomas de una misma crisis que atraviesa el viejo continente y que quieren cargar sobre nuestros hombros. En todas partes se impone la misma pregunta: ¿cómo transformar el malestar en una alternativa política revolucionaria?
La huelga general es una oportunidad para que recuperemos una de nuestras herramientas y retomemos una cultura de la confrontación y lucha contra la patronal y el Estado
La convocatoria de la huelga, tras más de catorce años de inacción por parte de los sindicatos de concertación pese al deterioro de las condiciones de vida de la clase trabajadora, es algo a celebrar. Es una oportunidad para que recuperemos una de nuestras herramientas y retomemos una cultura de la confrontación y lucha contra la patronal y el Estado.
La propia construcción de la huelga, a través de los comités de empresa y territoriales unitarios, puede servir para que distintas organizaciones trabajen mano a mano; para incorporar a más sectores de la clase trabajadora a la vida política activa y para extender una conciencia clara sobre la situación en la que nos encontramos y los medios para hacerle frente.
Sin embargo, la orientación de la huelga es un terreno en disputa. Ha sido convocada por iniciativa del Sindicato de Inquilinas con el apoyo del sindicalismo combativo y distintas organizaciones políticas de clase. Pero también se han sumado a la convocatoria las organizaciones sindicales mayoritarias, CCOO y UGT, que durante los últimos años han servido básicamente cómo una correa de transmisión del Ministerio de Trabajo en el movimiento obrero, manteniendo a la clase trabajadora desmovilizada. La propia María Jesús Montero ha definido esta huelga como una huelga contra la oposición; contra quienes tumbaron los decretos de vivienda, como si los gobiernos progresistas de las últimas legislaturas no fuesen responsables de la situación actual. Un argumento que nadie en estos sindicatos mayoritarios se ha molestado en desmentir y que obviamente comparten.
Así, la huelga general ha sido desvirtuada por el tándem formado por los partidos del gobierno y los sindicatos de concertación al formularse prácticamente como una huelga contra la oposición. Han asumido que su mejor baza para remontar las encuestas y evitar un futuro gobierno del PP y Vox es montarse sobre una movilización social que no controlan ni impulsan, pero les favorece al quitar de la agenda pública aquellas cuestiones que les hacen más débiles. En palabras de Unai Sordo, “intentar que, en un periodo electoral tan relevante como el que se avecina para nuestro país, la conversación pública pivote, al menos en buena parte, sobre los problemas de la clase trabajadora a la que organizamos y representamos”.
El relato es más o menos el siguiente: España va bien, crecemos, creamos empleo, hemos reducido la temporalidad y aumentado el SMI un 66%. Estamos haciendo los deberes, pero hay que ser más ambiciosos: aumentar los salarios regulados por convenio, construir más vivienda y regular sus usos turísticos y especulativos. No haría falta mucho más.
El objetivo de esta maniobra es claro. Instrumentalizar la huelga para volver a situar bajo el ala de los partidos del gobierno y del sindicalismo de concertación las incipientes organizaciones y movimientos
Un diagnóstico que choca con la experiencia de las trabajadoras que a duras penas pueden pagar el alquiler y tienen que escuchar por parte de quienes dicen organizarlas y representarlas que los discursos catastrofistas sobre nuestro presente son un invento de la derecha. Un diagnóstico endulzado que omite el estancamiento del salario neto real. Un diagnóstico que olvida mencionar que el IPC ni siquiera refleja la devaluación efectiva de los salarios por la infrarrepresentación del alquiler en el gasto de las familias. Un diagnóstico que pone entre paréntesis la situación global que vivimos, donde la crisis ecológica y el militarismo están a la orden del día.
El objetivo de esta maniobra es claro. Instrumentalizar la huelga para volver a situar bajo el ala de los partidos del gobierno y del sindicalismo de concertación las incipientes organizaciones y movimientos que han surgido a su izquierda durante las últimas dos legislaturas. Las protestas contra la complicidad de nuestro Estado con el genocidio en Palestina, contra el aumento del gasto militar, contra la represión —sirviéndose de la Ley Mordaza que esos mismos partidos prometieron derogar— y las infiltraciones policiales y por la vivienda y la educación pública se han articulado desde un bloque de clase emergente que, aunque carece aún de una orientación política clara y organizaciones consolidadas, ha crecido sin subordinarse a quienes estaban en el Consejo de Ministros o pactando con la patronal.
Por tanto, en esta huelga nos encontramos con un dilema táctico fundamental. Bien profundizamos la ruptura del bloque de clase con el ala progresista de la burguesía y sus correas de transmisión en el movimiento obrero y popular, o bien volvemos bajo su ala.
Ante esta situación muchas organizaciones están priorizando la unidad. Nos dicen que necesitamos a los sindicatos mayoritarios para hacer de la huelga general una huelga efectiva; y que, por tanto, tenemos que asumir sus requisitos: marchar con sus dirigentes, rebajar nuestro discurso y no señalar su responsabilidad ni la del gobierno. Lo importante sería sumar todas las energías, sacar a sus aparatos del inmovilismo y acumular fuerzas y organización para las luchas que vendrán. Esta actitud conciliadora es adoptada por algunas organizaciones políticas revolucionarias que intervienen en CCOO y por sectores del Sindicato de Inquilinas, que están haciendo de enlace entre el sindicalismo combativo y el de concertación.
El problema es que los sindicatos mayoritarios y sus socios en el gobierno no quieren construir la huelga, una huelga que realmente paralice la producción: quieren una manifestación que sirva como acto de precampaña del PSOE, Frente Amplio y compañía. Son decenas las denuncias que señalan la inactividad de sus Comités de Empresa y sus Secciones Sindicales y la resistencia a convocar asambleas en los centros de trabajo y sumarse a los comités unitarios. Por todo ello, plegarse a su agenda no solo es contribuir al blanqueamiento de esos partidos y su papel en el gobierno estos años: es matar la propia huelga.
La pregunta que debemos hacernos es: ¿unidad con quién y para qué? ¿Unidad con los dirigentes de los sindicatos que han hecho del inmovilismo y la conciliación la única táctica sindical o unidad con aquellos sectores de trabajadores descontentos con el papel que han jugado estos partidos y sindicatos? ¿Unidad para construir la huelga general desde abajo con todos los trabajadores dispuestos a ello —estén fuera o dentro de estas estructuras— o unidad para salir en la foto el día de la huelga en una manifestación por la tarde junto a los partidos del gobierno?
Y es en este punto en el que no nos basta con ir “más allá de la autonomía”. En este artículo, el Sindicato de Inquilinas señala correctamente como las grandes movilizaciones e insurrecciones del ciclo político surgido tras la crisis del 2008 generaron vacíos de poder que, sin embargo, no pudieron llenar. Esos vacíos, en cambio, eran llenados por otros agentes: fuerzas políticas o religiosas previamente existentes (a veces incluso de carácter reaccionario), militares, etc. Resulta contradictorio que, tras hacer ese diagnóstico, su propuesta sea la de omitir la organización política y poner todos los huevos en la cesta del sindicalismo. Porque la organización sindical, un tipo de organización necesaria pero defensiva, no ofrece una alternativa integral ante un vacío de poder. No plantea un nuevo modelo de sociedad, ni una nueva forma en que esta pueda gobernarse, es decir, una forma de tomar decisiones y hacerlas vinculantes para el conjunto. Y porque la construcción de un “contrapoder que pueda arrancar conquistas a cualquier gobierno”, pero que renuncia a disputar el poder mismo, implica dejar intacta y dar por buena la forma de gobierno existente. Un gobierno y una forma de Estado que no es un instrumento neutral, y que sabemos a quién sirve.
Con las derrotas sufridas por el movimiento obrero desde los años setenta y la desintegración del bloque socialista al final de los ochenta, no sólo se impusieron modelos organizativos informales e inestables, bajo una retórica de democracia y horizontalidad. También se descartó el ABC de la política socialista: la necesidad de grandes organizaciones obreras dedicadas a la lucha económica, política e ideológica que tengan por horizonte construir un nuevo orden político, un Estado propio, una verdadera democracia en que mande la mayoría trabajadora, y que permita acabar con la explotación y las opresiones.
Sin esta orientación política, la recuperación del sindicalismo puede servir para integrar las demandas de la clase trabajadora en el Estado y reforzar a los partidos que le son leales, en lugar de para realizar un paciente proceso de acumulación de fuerzas en torno a un programa revolucionario. No dejemos que sean los aspectos más grises de la historia del sindicalismo laboral durante el siglo XX los que sirvan para comprender el destino del sindicalismo de vivienda en el siglo XXI.
Un sindicalismo sin una orientación política de clase y revolucionaria tenderá a la conciliación; una priorización absoluta de una supuesta efectividad inmediata frente a la claridad política y un plan de lucha y acumulación de fuerzas independiente, también. La clase trabajadora necesita recuperar sus organizaciones: sindicatos, prensa, ateneos, cooperativas y consejos. Sí, pero para poder emerger como sujeto político necesita también no dejarse instrumentalizar por quienes nos atan a los intereses de los sectores pretendidamente progresistas de la oligarquía. Por eso es necesaria también una organización política revolucionaria, un partido.
Con todo, las organizaciones de clase —del tipo que sean— no necesitamos compartir de principio a fin este marco estratégico para estar de acuerdo en que, ante un previsible gobierno reaccionario, lo que necesitamos no es que el naciente bloque de clase se resitúe bajo el ala de los sindicatos mayoritarios y los partidos reformistas, cuya gestión también ha alimentado a esa reacción.
No debemos rebajar nuestro discurso bajo el chantaje de la unidad de acción; tampoco debemos darles visibilidad bajo el mantra de la efectividad. Existe una oportunidad real de rebasar a estos sectores el día de la huelga
Necesitamos, por un lado, llevar a los sindicatos mayoritarios a la acción. Ya han convocado la huelga: el siguiente paso es poner en marcha su aparato para parar la producción. De lo contrario, mostrarán su debilidad ante un más que probable gobierno reaccionario, y su oportunismo ante los sectores conscientes de sus propias bases y el resto de la clase trabajadora.
Ahora bien, por otro lado, esta unidad de acción por la base para impulsar la propia jornada de huelga no debe implicar una unidad política con sus dirigentes ni con sus socios en el gobierno. Existe otro camino que en Euskal Herria, Zaragoza, Granada o Valladolid ya están recorriendo. No debemos rebajar nuestro discurso bajo el chantaje de la unidad de acción; tampoco debemos darles visibilidad bajo el mantra de la efectividad. Existe una oportunidad real de rebasar a estos sectores el día de la huelga. La mejor vía de prepararnos para las batallas futuras, a nivel sindical, pero también a nivel político, es construir un bloque de clase, independiente del rentismo, la patronal y sus gobiernos. Un bloque dispuesto a defenderse de sus ataques y darles la batalla, gane quien gane las próximas elecciones. La propia huelga nos da una valiosa oportunidad para avanzar en esa dirección. No la desperdiciemos.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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