Turismo
Turismo popular y lujo comunal: aprendiendo de Brasil
Historiador y redactor de
Nortes.me
BSK: @diegodiaz1981.bsky.social
Hace 80 años, en 1946, cuando todavía buena parte de la clase trabajadora de Europa y América estaba conquistando el derecho a las vacaciones, nacía en el Brasil el Serviço Social do Comércio (SESC), una institución privada sin ánimo de lucro, cuyo objetivo era, y sigue siendo, mejorar el bienestar de los trabajadores del sector servicios a través de programas de salud, cultura, educación y ocio. Dentro de esa oferta, el turismo ocupa un lugar destacado, lo que convierte al SESC, a nivel internacional, en una de las experiencias más importantes y masivas de una rareza nacida a principios del siglo XX, el “turismo social”.
El turismo social, del que en España el IMSERSO es su principal, y casi única expresión, se desarrolló desde principios del siglo XX a través de dos grandes vías: el Estado y los sindicatos. Lo pusieron en marcha, en cada lugar a su manera, estados fascistas, comunistas y democráticos, en un momento en el que el deseo de las clases populares por acceder al turismo, esa cosa que por entonces solo hacían los ricos, contrastaba con el enorme desinterés del sector privado por ofrecer servicios turísticos a las clases trabajadoras. La originalidad brasileña con respecto a otros países consistió en ofrecer turismo social desde la parte del empresariado. Esta semana Denise de Souza Baena y Marcos Laurenti, gerentes del SESC Sao Paulo, estuvieron en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona invitados por la asociación Alba Sud para hablar sobre este modelo singular de acceso al turismo por parte de las clases populares.
Brasil, 1946
Retrocedamos al Brasil de los años 40, marcado por los gobiernos del populista Getulio Vargas, fundador del Partido Laborista Brasileño, algo así como el “el Perón brasileiro”. En un contexto de crecimiento de la izquierda, y en concreto de las opciones revolucionarias, los propios empresarios brasileños, o al menos la parte más lúcida de ellos, decide autoimponerse un impuesto para sufragar el bienestar de sus empleados, y de paso comprar su paz social. Nacen así, con el patrocinio del Estado y de la burguesía, los SESC, una institución sin ánimo de lucro repartida por todo Brasil, que ofrece desde piscinas, gimnasios, pista deportivas y actividades culturales, hasta espacios infantiles, excursiones, cafeterías, restaurantes y servicios de odontología.
Los complejos turísticos son un ingrediente clave de esta oferta, destacando entre el ellos el Sesc Bertioga, de 1948, una de las joyas de la corona de esta institución, con más de 400.000 metros cuadrados de extensión, más de 1.000 camas, restaurantes, cafeterías, bibliotecas, instalaciones deportivas y escenarios para actividades culturales.
Resulta casi revolucionario un modelo de turismo popular como el del SESC
A pesar de los periódicos intentos de la derecha política y empresarial por recortar y desmontar los SESC, el modelo ha resistido gracias a su gran prestigio, y a que está incluso blindado por la Constitución brasileña.
Lo que en 1946 podía ser una práctica paternalista y anticomunista del empresariado más avanzado, hoy, en tiempos neoliberales, cuando el sector público se ha desentendido casi por completo de proveer oferta turística a las clases populares, resulta casi revolucionario un modelo de turismo popular como el del SESC, en el que una semana para dos personas con pensión completa (desayuno, comida y cena) puede oscilar entre los 200 y 400 euros.
Lujo comunal e interclasista
Lo llamativo de los SESC no es solo el coste reducido, sino también el tipo de experiencia que se ofrece, muy alejada de los típicos paquetes turísticos que ofrecen las grandes operadoras del sector. En los complejos vacacionales del SESC se ofertan actividades deportivas, talleres artísticos, conciertos, teatro, excursiones, y un estilo vacacional muy alejado del modelo del “resort burbuja”, ya que en ellos conviven los turistas con población local que va a pasar el día en sus instalaciones y vuelve luego a sus casas a dormir.
“El turismo en el SESC no se entiende únicamente como descanso o evasión, sino como un espacio con potencial formativo, donde las personas pueden ampliar su horizonte cultural” explica Denise de Souza, responsable de Educación y Sostenibilidad de la institución en Sao Paulo, que estuvo esta semana en Barcelona para hablar del giro que los SESC han dado en los últimos años hacia la educación ambiental y las cuestiones relacionadas con la sostenibilidad.
Otra de las singularidades del modelo, es la apuesta por el interclasismo. “En el SESC existe una decisión explícita de no segmentar la programación en públicos cerrados, sino de promover la mezcla entre personas de distintas edades, trayectorias y condiciones sociales, entendiendo que esa convivencia diversa es en sí misma una experiencia educativa” explica De Souza.
En los complejos vacacionales veranean así personas con diferente poder adquisitivo. Desde empleados de los servicios con baja cualificación y personas jubiladas, hasta puestos directivos, ya que incluso se oferta siempre un número de plazas libres, más caras, para quienes no son trabajadores de comercio pero quieren veranear en un SESC.
Una de las cosas más llamativas de los SESC, destaca Cañada, es su apuesta por “el lujo comunal”, la calidad de las instalaciones y la cuidada estética de los espacios
Ernest Cañada, especialista en turismo, y coordinador de Alba Sud, resume que el éxito del modelo consiste en ofrecer una experiencia de tanta o más calidad que la de los operadores privados pero con precios mucho más asequibles, que si bien dejan fuera a los sectores más precarios de las clases populares, los trabajadores de la economía informal, permiten acceder a las vacaciones a amplios sectores de la clase trabajadora.
Una de las cosas más llamativas de los SESC, destaca Cañada, es su apuesta por “el lujo comunal”, la calidad de las instalaciones y la cuidada estética de los espacios. Ya durante los años 60 algunos de los mejores arquitectos del movimiento moderno brasileño diseñaron varios de los SESC más emblemáticos, y a día de hoy se mantiene esta búsqueda de construir espacios atractivos para el visitante, evitando así la “guetificación” del turismo social.
Cañada apunta como otros puntos fuertes del modelo las condiciones laborales de las trabajadoras y trabajadores de los SESC, mejores que en la mayoría de hoteles, así como la sostenibilidad de las instalaciones desde el punto de vista ambiental.
En un momento en el que coinciden la preocupación por los impactos sociales y ambientales de la turistifación, con el final del turismo barato que ofrecía desde el mercado privado vacaciones “low cost” a las clases populares, los SESC brasileños ofrecen pistas en España para pensar cómo podría ser otra política turística pensada desde la izquierda, y con el bienestar de las personas y no los beneficios empresariales, como principal preocupación.
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