Marcha Maricarmen - 3
Movilizaciones tras el desahucio de Maricarmen en Madrid. Bruno Thevenin
20 oct 2026 06:00

Hoy salgo de mi consulta en el Centro de Salud y pienso, ¿cómo es posible que haya personas que no vean que la salud es imposible sin un techo? El clamor social de estas semanas me acompaña cada día mientras paso consulta. Como siempre, son muchas las personas que se sientan frente a mí para compartir su dolor, su pena, su malestar. Nada me gustaría más que poder brindarles una solución real. Ojalá sus historias fueran la excepción, ojalá fuera coincidencia encontrarme cada semana vidas rotas. La realidad supera nuestra imaginación. Todos los nombres que usaré son ficticios, para proteger a las personas a las que asisto en mi consulta, pero necesito compartir los relatos que me han acompañado estos días en mis caminos a casa. Necesito a través de ellos poner cara y palabras a las desigualdades.

Veo a Andrea, de 46 años. Hace años que vive con su expareja, no se ha podido cambiar de casa porque económicamente no se lo puede permitir. Él la maltrata verbalmente desde que se conocen. Ahora ella duerme en la habitación, él en el salón. Se gira sobre la silla, mira la sala en la que estamos y me dice que su casa es más o menos del mismo tamaño que mi consulta. Con las manos dibuja en el aire los tabiques que forman las diferentes estancias. No tiene ganas de vivir. Migró a España hace 26 años, desde entonces no ha dejado de trabajar. Me dice que da igual el tiempo que pase, nunca le harán sentir acogida. En el trabajo siente que tiene que demostrar más que las demás. Nunca ha cogido una baja laboral. Tiene que aguantar, no puede dejar que hablen o comenten, porque ella ha venido aquí a trabajar, a buscarse la vida, a ser honrada. Su madre murió en su país y no la pudo despedir. A su hermana le acaban de diagnosticar dos tumores cerebrales y le preocupa su sobrino, se queda allí solo si a su hermana le pasa algo. No puede evitar desbordarse de la emoción. A mí me cuesta contener las lágrimas. Esta noche le despertaron a las dos de la madrugada para decirle que unas inundaciones habían arrasado la casa de su hermana. No puede dormir, está nerviosa. Siente que no tiene vida, siente que lo que le queda de vida no tiene sentido. Contenta me comparte que da las gracias cada día porque su expareja no le fuerza a tener relaciones sexuales. Respira tranquila por ello. Los días que no le increpa, insulta o grita son días buenos. Es mejor no salir de la habitación para no tentar a la suerte.

La consulta es el reflejo de la sociedad que nos está quedando. El acceso a una vivienda digna es salud. Debemos evitar la medicalización de todos los procesos de la vida

Lucía ha comprado junto a su pareja una vivienda este verano a través de un fondo del que no me da detalles. Le ha salido mucho más barata que si hubiera comprado una vivienda al uso. Lleva seis meses con problemas legales para poder vivir en ella. Se ha encontrado que tiene que hacer muchas más reformas de las que pensaba. Les echaron de la casa en la que estaban viviendo de alquiler y no les quedó otra alternativa. No podían acceder a ninguna otra vivienda. Decidieron arriesgarse. Está muy nerviosa, no duerme. Le duele mucho el cuerpo. No sabe qué le pasa. Se arrepiente de haber tomado esta decisión pero, pregunta al aire, “¿qué más podía hacer? Tenemos que vivir en algún lado, ¿no?”.

Julián de 62 años y Carmen de 75 años están casados desde hace más de 30. Les desahuciaron de su hogar hace 8 meses. Nunca dejaron de pagar el alquiler. Desde entonces no han encontrado donde vivir. Un amigo les acogió un tiempo, pero ya han tenido que irse. Ahora llevan unos meses viviendo en una pensión de un pueblo cercano. Juntos me echan las cuentas. Pagan 38 euros al día, al mes invierten 1.140 euros. Ellos podrían pagar un alquiler, pero no les cogen en ningún sitio. No se fían de sus ingresos. Julián nunca ha dejado de trabajar, es autónomo. Este verano tuvo una lesión en una mano y estuvo dos meses parado. Los pocos ahorros que tenían, que les podrían haber facilitado acceder a un alquiler, se les fueron en el hostal. Les toca volver a empezar de cero. No pierden la esperanza de encontrar una vivienda donde poder reconstruir su hogar. Carmen está triste, llora. Le duele el cuerpo. Le duele la vida. Quiere encontrarse mejor. Julián tiene un brote de psoriasis que abarca todo su cuerpo. Se alegra de que haya llegado el frío, así no tendrá que enseñar las piernas y brazos. Le receto una crema para mejorar sus lesiones, echamos las cuentas de si la podrá pagar esta semana con lo que tienen. Piensan que sí. 

Ojalá llegue el día en que la consulta se llene de conversaciones sobre las flores que habéis plantado en vuestras macetas, de lo que os gusta salir a pasear con las amigas y del bien que os hace pasar la tarde con los nietos

¿Los trabajadores se aprovecha de las bajas laborales o llevan sus cuerpos al límite para no perder parte de sus ingresos?, ¿la gente deja de pagar los alquileres y por eso les desahucian o trabajan sin cesar y, pese a ello, se les priva de una vivienda digna?, ¿las mujeres están protegidas en casas con sus maltratadores?, ¿tenemos que sentirnos aliviadas porque no abusan de nosotras, porque no nos fuerzan, porque hoy, simplemente, no nos hayan gritado?, ¿qué hay detrás de tantos y tantos antidepresivos, benzodiacepinas, analgésicos?, ¿qué estamos haciendo?

La consulta es el reflejo de la sociedad que nos está quedando. El acceso a una vivienda digna es salud. Debemos evitar la medicalización de todos los procesos de la vida y, más bien, acompañar y ayudar a todas las personas que tenemos el orgullo de escuchar cada día. Las médicas no nos podemos quedar a un lado. Tenemos que salir a las calles el 11 de noviembre. Si nos preocupa la salud nos preocupa el acceso a una vivienda diga. Nos preocupan las mujeres vulnerables, mayores y migrantes para las que, a veces, somos el último refugio. La atención primaria tiene que estar del lado de las personas, tiene que estar en las calles. La atención primaria tiene que estar del lado de la transformación social. No podemos dejar que las historias de vida que escuchamos a diario se queden ahí, entre nuestras cuatro paredes, porque, aunque nuestras puertas siempre estarán abiertas y siempre tendremos un abrazo y un pañuelo para consolar, la solución a los problemas de nuestras consultas pasan por construir colectivamente una sociedad mejor. Ojalá llegue el día en que la consulta se llene de conversaciones sobre las flores que habéis plantado en vuestras macetas, de lo que os gusta salir a pasear con las amigas de la casa de cultura y del bien que os hace pasar la tarde con los nietos. No os dejaremos solas, somos vuestras médicas de familia. No os dejaremos solas.

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