Del tupper al fogón: las familias del CEIP Peñaflor se rebelan ante el abandono institucional

Las familias del colegio público de Peñaflor, que llegaron a ocupar la cocina del centro, denuncian desigualdad educativa y mantienen la presión tras llevar 17 años sin servicio de comedor.
Madres y padres del alumnado ocuparon la cocina del CEIP Peñaflor el pasado 13 de febrero para denunciar que sus hijos, 17 años después, la cocina sigue sin funcionar pese a estar lista para ello.
Madres y padres del alumnado ocuparon la cocina del CEIP Peñaflor el pasado 13 de febrero para denunciar que sus hijos, 17 años después, la cocina sigue sin funcionar pese a estar lista para ello.

Mientras el 44% de los colegios públicos de la provincia de Zaragoza dispone de cocina propia, a apenas 15 kilómetros de la capital las familias de un colegio deben organizarse de madrugada para preparar la comida de sus hijos. Cada mañana, niños de entre tres y 12 años llegan al colegio con tuppers en la mochila, llenos de comida casera que consumirán horas después en el comedor escolar. En el CEIP Peñaflor, esta escena se repite desde hace 17 años. Durante los últimos cuatro años, además, esa situación se ha mantenido pese a la existencia de una cocina que permanece sin uso; un espacio habilitado que, en la práctica, se limita a servir de lugar para abrir recipientes traídos de casa. 

“A los peques, los monitores les van calentando la comida en dos microondas”, cuenta Celia Ciprés, miembro de la Asociación de Familias del Alumnado (AFA). En el comedor, la hora de la comida avanza a distintos ritmos: mientras algunos niños ya han terminado, otros esperan todavía su turno con el tupper en la mano, pendientes de que llegue el momento de recalentar su comida.

Dos monitores se encargan de atender a todo el alumnado durante ese tiempo. Por este servicio, las familias pagan 85 euros mensuales, una cantidad que no incluye ni el menú ni la atención personalizada para aquellos estudiantes que requieren cuidados especializados. En otros centros, sin embargo, ese mismo precio sí cubre estas prestaciones.

Cansadas de lo que consideran un trato desigual por parte de Educación, el pasado 13 de febrero, coincidiendo con la celebración de Carnaval, las familias decidieron ocupar la cocina del comedor del centro y cocinar para los niños y niñas

Día a día, a través de un grupo de WhatsApp, las familias se organizan para preparar menús similares para evitar comparaciones entre los propios niños durante la comida. Este sistema de comunicación es “una red de apoyo” muy importante: por ejemplo, si un niño olvida su comida y sus padres no pueden llevársela, los familiares de sus compañeros se acercan para ayudarle. 

Cansadas de lo que consideran un trato desigual por parte de Educación, el pasado 13 de febrero, coincidiendo con la celebración de Carnaval, decidieron ocupar la cocina del comedor del centro para reclamar los mismos derechos que existen en otros colegios. Se dejaron los tuppers a un lado y se cocinó en las instalaciones macarrones con verduras para el centenar de niños. Madres y padres se encargaron de inaugurar, por fin, la cocina del colegio. Celia Ciprés rememora que fue un día de “mucha ilusión y alegría” de por fin ver la cocina funcionar, tanto por parte de los niños como de los padres.

Esta jornada se documentó a través de la cuenta de Instagram @ampapenaflor que crearon el pasado mes de enero. Allí explican la problemática y actualizan las novedades que va habiendo. Esta situación límite les ha llevado a alzar la voz para que llegue a más personas con el fin de que las instituciones responsables actúen lo antes posible.

SOS educativo

“Todo empezó con la promesa de una cocina licitada este curso, y cuando nos enteramos en enero de que no salimos en la licitación de los pliegos de este año para el curso que viene, dijimos que ya era hora de actuar —expone Celia Ciprés—. Fue ahí cuando ocupamos la cocina, no como un acto de rebeldía, sino como una llamada de socorro”.

Los primeros en acudir a ese llamamiento fueron los miembros de la Confederación General del Trabajo (CGT), quienes asistieron, según informa la portavoz del sindicato Cristina Vallés, con el fin de ayudar “a que la protesta de las familias tuviera repercusión y se escuchara”. La agrupación considera que la acción realizada por las familias consistió “simplemente en inaugurar una cocina que llevaba años en proyecto”.

Desde CGT recuerdan que la comunidad educativa del CEIP Peñaflor lleva 17 años reclamando el uso del comedor, pese a que el centro cuenta con una cocina definitiva, con las infraestructuras instaladas y las inspecciones superadas. “Entendemos que lo más costoso es montar el espacio y las instalaciones. Una vez hecho eso y con todos los informes favorables, esa cocina debería haberse puesto en marcha”, añade Vallés.

Ante esta presión, saltaron las alarmas en la Dirección Provincial. Tras una reunión con la Asociación de Familias del Alumnado (AFA), se les planteó una alternativa: implantar un servicio de línea fría durante lo que queda de curso y poner en marcha la cocina in situ a partir del próximo. Sin embargo, la mayoría de las familias no han aceptado la propuesta, tras varias promesas incumplidas en ocasiones anteriores. En primer lugar, temen que se instaure la cocina fría de forma permanente. Y en segundo lugar, señalan una discrepancia de este trámite intermedio al ser el mismo proceso de licitación. 

Las familias que se oponen a la cocina fría exponen que ya está completada la instalación de la cocina después de una inversión pública de 73.000 euros y ya se han producido las inspecciones pertinentes en el espacio

La propuesta del Servicio Provincial se sometió a votación entre las familias, de las cuales el 65% se posicionó en contra. Al no haber un consenso de más del 90% en esta decisión, se desestimó. Las familias que se oponen a la cocina fría exponen que ya está completada la instalación de la cocina después de una inversión pública de 73.000 euros y ya se han producido las inspecciones pertinentes en el espacio. Esta decisión se tomó así para evitar menús basados en ultraprocesados y con exceso de alimentos con azúcares.

Ante esta respuesta, el Servicio Provincial aún no ha elaborado otra posible solución. Así que las familias vuelven a quedarse a la espera para que esta larga lucha termine y que los niños puedan dejar el tupper recalentado por comida recién hecha.

El experimento de utilizar la cocina por parte de las familias del centro fue todo un éxito y demostró que las instalaciones están preparadas para ello.
El experimento de utilizar la cocina por parte de las familias del centro fue todo un éxito y demostró que las instalaciones están preparadas para ello.

Una lucha interminable

La demanda de derechos básicos no es algo nuevo para las familias de Peñaflor de Gállego. Veinte años atrás, el centro ni siquiera existía como un colegio autónomo; dependía íntegramente del CEIP Hermanos Argensola, ubicado en Montañana, a diez kilómetros del barrio rural zaragozano. 

“Anteriormente solo existía un edificio de dos aulas donde había muy poquitos niños. En el momento que empieza a haber más alumnos, se consolida como un colegio independiente, aunque instalado en barracones”, cuenta Celia Ciprés. Las familias comenzaron a luchar por un colegio “en condiciones” y, gracias a esto, dejaron atrás los barracones para dar lugar al actual CEIP Peñaflor. 

El centro, si bien contaba con espacio suficiente para todos los alumnos, no tenía las infraestructuras necesarias. Fue en ese momento en el que los niños comenzaron a comer de tupper y las familias continuaron con su reivindicación, esta vez por la habilitación de una cocina y un comedor. Anteriormente, las familias crearon la Asociación de Familias del Alumnado para poder contratar a alguien que cuidara de los niños a mediodía mientras sus progenitores tenían que trabajar. Primero se hizo a través de un taller que llamaron “cocina saludable”, para que se pudieran quedar en un espacio público. De tal modo que requería del traslado de los niños hasta el pabellón. Celia Ciprés recuerda: “Si llovía o hacía un clima muy malo, teníamos que apoyar con furgonetas para llevar a los más pequeñitos”. 

Fue hace cuatro años, en 2022, cuando la esperada cocina llegó al CEIP. Desde entonces, permanece instalada, pero sin uso. Familias que vivieron los comienzos del colegio siguen sufriendo por que, inevitablemente, siguen latentes en las nuevas generaciones. “En la sensación de cabreo que generan estas circunstancias, se esconde una gran tristeza —admite Celia Ciprés—. A pesar del sentimiento de abandono que sentimos, el concepto de la autogestión que tiene el barrio es muy valioso”. El apoyo de los habitantes de Peñaflor es constante.

Durante estos 17 años han pasado por el centro numerosas familias que nunca llegaron a ver la cocina en funcionamiento. “Muchas entraban con la ilusión de que cuando sus hijos llegaran a sexto ya estaría en marcha, pero han pasado los años y no ha ocurrido”, añade.

Ya no solo son las familias actuales, son las pasadas, las futuras, y todas las que ven que el CEIP Peñaflor tiene que quedarse rezagado mientras ve como los demás colegios avanzan. 

Los habitantes de Peñaflor sienten que siempre van un paso atrás: mientras otros barrios o pueblos mejoran en servicios y recursos, ellos siguen esperando. Al mismo tiempo que se les decía que no podían abrir la cocina por no llegar al mínimo de alumnos, otros colegios con ocho niños estaban disfrutando de este servicio. La cocina de su colegio representa todo aquello por lo que han luchado durante años. Es un reclamo por la igualdad de oportunidades, el derecho a servicios esenciales y a dejar de sentirse “un ciudadano de segunda por, en este caso, vivir en un barrio rural”.

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