Adelanto editorial
Ana, su hija y la grabadora en el calcetín
Reproducimos en exclusiva un capítulo del libro Hija, yo sí te creo (Libros del K.O., 2026) que cuenta las historias de aquellas madres que, en vez de mirar a otro lado y perpetuar los silencios y los secretos, decidieron escuchar a sus hijos e hijas cuando denunciaron violencia sexual por parte de sus padres.
Mis padres se divorciaron cuando yo era un bebé. Desde muy pequeña sabía lo que me hacía mi padre cuando le veía y no sabía cómo contárselo a mi madre. Además, él me decía que eran cosquillas y que era un juego. A mí no me gustaba lo que me hacía, pero él me decía eso. Cuando tenía 6 años o así se lo conté a mi madre. Me acuerdo de que estábamos en el salón y le dije: “Mamá, te lo juro”. Mi madre me creyó y denunció, pero no nos creyeron. Después de que se lo conté a mi madre, un día vinieron a recogerme al cole mi padre y mis abuelos paternos. Me llevaron a un parque al que iba muchas veces con mis amigos al salir del colegio. De repente vino mi madre y mi abuelo materno para que me fuera con ellos. Y yo, obviamente, me fui con ellos. Mi abuela paterna estuvo tirando de mí hasta hacerme daño en un hombro. Ese fue el momento exacto en el que empecé a darme cuenta de todo lo que estaba pasando.
Ana María Bayo se asoma a la ventana y da la espalda a la cámara. El fotógrafo aprieta el botón. Ana María Bayo no puede dar la cara. En estos momentos está acusada de pertenecer a una organización criminal. La organización se llama Infancia Libre, hace apenas unas semanas la policía acudió para detenerla a las puertas del hospital donde trabaja en medio de una nube de periodistas. El sentimiento de incredulidad es el que predomina en la vida de Ana en esos momentos. También durante la sesión de fotos que tiene lugar en la sede de El Salto. ¿Por qué hay que hacer una foto de espaldas a una mujer que lo único que ha hecho es creer a su hija y protegerla de la violencia sexual que afirma sufrir por parte de su padre, tal y como se describe en su testimonio, con el que empieza este capítulo? Desde 2019 hasta principios de 2026 ya hemos publicado una veintena de casos de mujeres que acaban criminalizadas por sus estrategias para proteger a sus hijas e hijos de la violencia sexual que denuncian sufrir por parte de sus padres. En este capítulo vamos a detenernos en la historia de una de estas madres, que ejemplifica el laberinto en el que entran una vez que denuncian a sus ex.
Te dicen que denuncies
Mi padre aparecía en la puerta del colegio y yo me negaba a ir con él. Venía hasta la policía. Yo sabía que en algún momento me tendría que ir con él. Un día que me tocaba irme con él, antes de que acabara la última hora de clase, le dije a la profesora que si podía ir al baño y me escondí una grabadora en el calcetín. Y le grabé. Y a pesar de que en la grabación admite lo que hacía, no sirvió para nada. Cuando dijeron que las visitas con mi padre deberían realizarse en un Punto de Encuentro mi madre me llevaba, pero yo me negaba rotundamente a entrar. Las trabajadoras no me escuchaban, querían que entrase. Decían que tenía que entrar y ya está. Me acuerdo de que una vez de las que fui me dejaron en una sala aparte y escuché a mi padre desde fuera dando gritos. Yo estaba superasustada y obviamente encima viendo eso, ¿cómo voy a entrar?
Aquel día en la redacción, y antes de la breve sesión de fotos, Ana María Bayo nos contó su historia. “Me separé en 2008, cuando la niña aún no tenía un año. En 2009 firmamos un convenio de visitas que se fue ampliando. Eso se cumplió rigurosamente hasta que puse la denuncia”, explica Bayo.
En 2014, mientras Bayo estaba de posparto en el hospital porque acababa de tener otro hijo de otra relación, cuenta que la niña refiere a la abuela que siente escozor al orinar desde que su padre le había clavado la uña. La abuela, asustada, la lleva al pediatra. En los informes médicos de esos días se recogen “síntomas miccionales” de infección de orina. “Ahí fue cuando empezó a decir que su padre le hacía cosquillas. Yo le llamé para decirle que no la tocara, que la niña se lavaba sola. Me dijo que él le hacía cosquillas donde le daba la gana”, asegura Bayo.
Ese mismo año, en agosto, después de que la niña pasara diez días con su padre, Bayo y su hija acabaron en Urgencias Pediátricas del Hospital del Sureste de Madrid. “Venía con marcas en la cara, nos dijo que su padre le había dado un bofetón y que le escocía el chichi porque su padre le seguía haciendo cosquillas”. “Sospecha de abuso sexual”, se puede leer en el diagnóstico del informe pediátrico del hospital, que también indica que “se pone en conocimiento de Servicios Sociales”.
La madre asegura que desde Servicios Sociales le recomendaron denunciar. Pero, ante el miedo a la reacción del padre, desistió: “El padre llevaba toda la vida diciendo que iba a ir a por mí, pero la denuncia era la única opción que me daban en Servicios Sociales”, describe. Hasta el fin de semana del 15 de marzo de 2015. Un fin de semana que la menor compartió con su padre y que marcó un antes y un después. “Mi hija regresó diciendo que habían estado en un hotel y que la había vuelto a tocar mientras veía la televisión. Cogió la mano y se la metió dentro del pijama para enseñarme lo que le hacía su padre. Al día siguiente fui a poner la denuncia”.
Tras esto, comenzaron las visitas a comisaría, pruebas periciales, juzgados y cuestionarios a los que no esperaban enfrentarse. Cuestionarios en los que se dudó de la versión de su hija. Visitas al Servicio de Atención a la Mujer (SAM) en los que la menor declaraba “escondida, abrazada a mí y con la cabeza tapada”. La menor repetía una y otra vez que su padre “le mete la mano por debajo de sus braguitas y le toca el chichi”. El padre lo negaba categóricamente, según reflejan los informes policiales del SAM. “Ese Día del Padre, yo ya no la entregué a su padre. Tenía miedo de que le hiciera algo por haber ido a denunciar. Y empecé a incumplir. Me dijeron que fuera a pedir una orden de alejamiento al juzgado de guardia. Me la denegaron. En enero de 2016 archivan los abusos. Dijeron las técnicas del equipo de psicosocial que su testimonio era psicológicamente increíble y lo archivaron”, explica. “Nadie te protege, nadie te cree, nadie te ayuda. En los servicios sociales te dicen que denuncies. Lo que venga detrás ya te lo comes tú sola”, se queja.
Se abren los frentes judiciales
Tras la denuncia, no sé cuántas veces he tenido que contar lo mismo. En el juzgado, delante de psicólogas, trabajadoras sociales… pero no me han creído.
Hace un montón que no veo a mi padre, ya ha pasado tiempo pero al final es una cosa que sé que se me va a quedar para siempre. Es bastante difícil sobrellevarlo. Va a haber veces en las que lo lleve mejor, veces en las que lo lleve peor. Eso sí, después de todo lo que he vivido, me cuesta muchísimo más confiar en la gente y sobre todo en los hombres.
Tras el archivo de las denuncias por abusos sexuales, las madres suelen ver cómo la tortilla da la vuelta. Los padres acuden a los juzgados de familia para conseguir un cambio de visitas en base a esas “denuncias falsas” —que no han sido declaradas como falsas por los juzgados, simplemente han sido archivadas por falta de pruebas— que ha realizado la hija “influenciada por la madre”. Este es el falso Síndrome de Alienación Parental (SAP), del que hablaremos más adelante, que algunos equipos psicosociales y jueces abrazan y otros aplican de forma acrítica. Bajo este supuesto síndrome, los padres consiguen cambios en los regímenes de visitas y algunos consiguen arrebatarles la custodia a las madres. Jueces y juezas de este país dejan a niños y niñas en manos de sus agresores sexuales. Eso está pasando.
Ana María Bayo resopla al pensar que ese no fue su caso. Que aunque nunca les han creído, su hija ha permanecido siempre a su lado. En el caso de Bayo su batalla judicial ha tenido dos frentes: por un lado defenderse de las acusaciones de desobediencia por no entregar a su hija en un punto de encuentro con su padre y, por otro, conseguir justicia para su hija y que su testimonio fuera creído.
El primer frente tiene su origen en el régimen de visitas fijado para su hija, que consistía en una visita del padre cada quince días de dos horas de duración, en un espacio vigilado, los conocidos como Puntos de Encuentro Familiares. Bayo explica que este régimen de visitas se suspendió. “El miedo que siente de sufrir abusos por parte de su padre es real, equivalente a veraz, entendiendo por tales, su absoluta convicción de que ello ocurrirá”, se lee en un informe médico del 54 55Centro de Salud Mental de un hospital público de la Comunidad de Madrid. “En conclusión, forzar a la menor a tener visitas con el padre si ella no lo desea, constituye un grave riesgo para la salud de la niña”, concluye este informe.
“En el punto de encuentro mi hija lo pasó fatal. Allí lo que me dijeron es que no valía la pena que mi hija se llevara ese sofoco y enviaron un informe al juzgado. Lo siguiente que supe es que ese procedimiento se había archivado”, relata Bayo. Sin embargo, Bayo se ha enfrentado a varios procedimientos por desobediencia, derivados de la negativa de su hija a entrar en el punto de encuentro. Las estrategias de protección de las madres se transforman en delitos. El segundo frente tiene que ver con perseguir la verdad. Después de ver su denuncia archivada, el 7 de junio de 2016, y como ya explicamos en el primer capítulo, la menor agarró una grabadora y la introdujo en su calcetín. Ese día ella sabía que a la salida del colegio iría a buscarle su padre. En la cinta registró una conversación que acabó en el juzgado. Reproducimos a continuación un fragmento de la conversación:
Padre: ¿Cuándo has estado mal conmigo?
Hija: Muchas veces.
Padre: Pero muchas, ¡dime una!
Hija: Por ejemplo, cuando me tocas el…
Padre: Pero cariño, que eso es para jugar.
Hija: Para jugar… Es que no tienes que hacer eso nunca.
Padre: Bueno, y tú me lo decías y yo no te lo hacía.
Hija: Mi cuerpo es mío. Padre: Cuando tú me decías que no te tocara, ¿vale? Sabes que es verdad y yo paraba.
Hija: No.
Padre: Lo que no puede ser es lo que dijiste en el juicio, que yo me pegué veinte minutos allí tocándote, y eso es mentira. Porque yo lo único que te estaba haciendo era cosquillas, ¿eh? Y estaba jugando contigo.
Con esa grabación en la mano, Ana María Bayo volvió a poner una denuncia y los juzgados reabrieron el caso. Finalmente, en 2019 el padre fue condenado por un delito de maltrato familiar. La Audiencia Provincial de Madrid dicta contra él tres meses de prisión con una orden de alejamiento de un año y tres meses, pero le absuelve de abusos sexuales. Para los jueces, solo queda probado que el padre pegó un bofetón a la hija, la grabación no era una prueba contundente para revelar abusos sexuales pues “en dicha conversación no se puede inferir que el acusado reconociera haber hecho tocamientos libidinosos a la menor, sino que cuando dice que si la niña le pedía parar, paraba, se refiere a hacer cosquillas y además en ningún caso podemos entender siquiera que dichas cosquillas fueran en los genitales”, según se puede leer en la sentencia.
La infancia desprotegida
He decidido contar mi historia porque es algo a lo que no se da tanta visibilidad. Yo creo que a la gente le cuesta creer estas cosas porque está fuera de lo considerado como normal. Para la gente, lo normal es una familia, un padre, una madre con sus dos hijos felices, les llevan al cole por las mañanas, luego se van a trabajar y luego vuelven y cenan todos juntos viendo la tele. ¿Cómo un padre, que se supone que es la persona que tiene que querer más a su hijo, puede hacerle tal cosa?
La gente no lo ve tanto y yo creo que es bastante importante que lo vean y que se den cuenta de que lo que me ha pasado a mí le ha pasado a un montón de gente y es totalmente injusto. Ya no podemos más y se tiene que hacer justicia. Para nosotros y para los que lo estén pasando ahora mismo y que tampoco les crean.
Más allá de estos largos y duros procesos judiciales, están los procesos psicológicos que dejan secuelas imborrables en esta infancia. Y también la sensación de desprotección. Hay un mantra instalado en la opinión pública que incita a pensar que la infancia es lo más protegido en el Estado. Nada más lejos de la realidad. “Pensamos que la infancia está superprotegida, pero no es así. Yo hice lo que me dijeron que tenía que hacer para proteger a mi hija y mira a lo que hemos llegado”. Después de atravesar en soledad este complicado laberinto, Bayo cuenta que se unió a Infancia Libre para pelear por los derechos de sus hijos e hijas, buscando la fuerza que da la unidad.
Bayo asegura que para lo único que ha servido el proceso de Infancia Libre es para que “a mi hija la señalen con el dedo en el colegio. Su padre se ha presentado en la puerta del colegio con la policía y los medios de comunicación. Han dado mi nombre completo, dónde trabajo, hasta el nombre de mi hija. Llega al colegio y los niños le dicen: es que tu madre es una secuestradora, te ha secuestrado tu madre. Mi hija se ha tenido que esconder en el baño a llorar. Y eso no se puede consentir”.
Recuerdo cómo la policía, a la salida del colegio, me veía llorando porque no me quería ir con mi padre, con un ataque de ansiedad en medio de la calle, pero como lo decía la ley, pues me tenía que ir con él sí o sí. Al final la justicia no ha hecho nada a mi favor ni en el de mi madre. Por mucho que digan, la infancia no es lo más protegido de este país, si fuese así me hubiesen protegido de mi padre la primera de las veces que lo conté.
A una peque que esté pasando por esto le diría que no tenga miedo de contar por lo que está pasando. Que al final todos vamos a crecer. Y si no te creen ahora, cuando tú seas mayor, vas a poder hacer justicia y todos te van a escuchar. Y que al final nosotros vamos a dejar de tener miedo y los que van a empezar a tener miedo son ellos.
Puedes conseguir el libro en la web de Libros del K.O. Las autoras estarán firmando el próximo jueves, 4 de junio, a las 18:00 en La Feria del Libro, en la caseta de Traficantes de sueños (número 40). También el día 7 de junio en la caseta de La Imprenta (número 81) y el día 14 en la de Libros del K.O. (número 298).
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