Argentina
Milongas de tango queer: cuidado y resistencia en la Argentina de Milei
En un rincón de la sala donde una vez al mes se celebra la milonga de tango queer La Fuga, en el barrio de Almagro en Buenos Aires, la artista trans La Fifí Tango interpreta De mi barrio, una de las canciones más conocidas del repertorio tradicional argentino.
En la pista bailan varias parejas que no responden a un esquema binario ni heteronormativo. Es una escena difícil de imaginar en las milongas tradicionales de la ciudad, donde el baile sigue roles de género estrictamente definidos: el hombre guía y la mujer sigue. En el tango disidente, ese esquema se rompe para construir una cultura igualitaria: quienes bailan colaboran para crear movimientos compartidos y expresar deseos, desarmando las categorías establecidas.
“Frente a la marea de violencia de la extrema derecha, las milongas queer son un hogar hecho de abrazos que nos hace sentir cuidadas”, dice Liliana Furió, autora del documental Tango queerido
Las milongas queer “siempre han sido un refugio para nuestra comunidad, que crece cada vez más. Frente a la marea de violencia de la extrema derecha, son un hogar hecho de abrazos que nos hace sentir cuidadas”, dice Liliana Furió, autora del documental Tango queerido. En su origen y también hoy: en la Argentina gobernada por Javier Milei, la comunidad LGBTQ+ ha sido frecuentemente objeto de los discursos de odio del presidente ultraliberal.
En enero de 2025, durante el Foro Económico de Davos, el líder de La Libertad Avanza había vinculado la homosexualidad con los abusos infantiles. Estas declaraciones generaron una fuerte polémica y llevaron a una masiva marcha del orgullo en Buenos Aires y en otras ciudades del país.
Los ataques contra la llamada “ideología de género” y contra la cultura woke se han visto amplificados por la eliminación de políticas públicas destinadas a las diversidades, generando un contexto de creciente vulnerabilidad para quienes forman parte de la comunidad. Entre las medidas vinculadas al desmantelamiento del Estado y a la reducción del gasto público, el gobierno debilitó la aplicación de la Ley de Cupo Laboral Travesti Trans, que establece que el Estado nacional debe destinar al menos el 1% de su personal a personas travestis, transexuales y transgénero. También hubo medidas menos explícitas pero igualmente significativas, como la eliminación del lenguaje inclusivo en los documentos de la administración pública.
Tanto y Estado-nación
“Nuestros cuerpos están marcados por muchas historias que son imposibles de nombrar. Bailar tango es una experiencia somática muy poderosa: devuelve la posibilidad de disfrutar de un abrazo y de estar en paz”, dice a El Salto Maikel Dobarro, bailarín y docente, una de las personas que organiza La Fuga en el centro cultural El Batacazo. “Es un regalo para quien está dispuesto a recibirlo”, continúa Dobarro, que cuenta cómo su recorrido en el tango fue también central para comprenderse a sí mismo como masculinidad trans y persona no binaria.
El tango comienza a aparecer en el siglo XIX en los barrios populares de Buenos Aires y Montevideo, en Uruguay. Durante las primeras etapas de su expansión, era habitual ver bailar a parejas del mismo sexo. Pero en la Argentina de comienzos del siglo XX, el tango fue considerado incompatible con los requisitos del naciente Estado-nación.
El Estado argentino utilizó el tango como una herramienta para “disciplinar” los cuerpos y promover hábitos considerados “saludables”
Según sus detractores, representaba una “amenaza” para la moral porque favorecía la promiscuidad entre clases sociales. Como han señalado numerosos estudios, en el marco de sus programas para consolidar una identidad nacional, el Estado argentino utilizó el tango como una herramienta para “disciplinar” los cuerpos y promover hábitos considerados “saludables”. Este proceso llevó a la estandarización de coreografías precisas, reduciendo el margen para la improvisación. También estableció una división rígida de los roles: el hombre controla el espacio e indica la dirección que debe seguirse en la pista, mientras la mujer ejecuta los movimientos marcados. En las milongas tradicionales todavía permanecen códigos de vestimenta formales, como los tacones y los vestidos elegantes para las mujeres, y en la sala puede observarse una separación espacial entre géneros antes del baile.
Ese origen hace significativa la aparición de las milongas queer, que comenzaron a abrirse en Buenos Aires a inicios de los años 2000. Entre las primeras estuvieron La Marshall, fundada por Augusto Balizano, y Milonga Tango Queer, surgida a partir de un proyecto de Mariana Docampo. Se trata de espacios organizados por la comunidad LGTBIQ+ y la dimensión política es inseparable de su existencia.
En el tango queer, las posiciones dejan de entenderse como identidades fijas y pasan a convertirse en simples partes de la experiencia del baile
“Liberamos al tango de los elementos machistas que lo han caracterizado históricamente”, explica Furió. “La idea es que las personas de la pareja puedan desempeñar ambos roles y que los intercambien de manera elegante y respetuosa. Hay personas, por ejemplo, a las que les encanta bailar toda una tanda en un rol y después cambiar. No importa si bailan dos mujeres, dos hombres, personas trans o una pareja heterosexual”. Las posiciones dejan de entenderse como identidades fijas y pasan a convertirse en simples partes de la experiencia del baile. También se transforma la idea de que quien “sigue” está respondiendo a un papel de subordinación: en realidad, interpreta los movimientos propuestos por la otra persona.
“El tango queer se basa en la escucha mutua. Quien tiene un cuerpo no hegemónico o quien no responde a los cánones impuestos encuentra un lugar donde bailar sin ser discriminado”, continúa Furió, también fundadora de La Furiosa, una de las milongas queer históricas de Buenos Aires. “El nuevo lenguaje corporal produce una ruptura absoluta con los mandatos con los que crecí, como tantas otras personas. Y se derrumba precisamente uno de los mandatos sagrados del patriarcado: que quien sabe y decide es el hombre”.
No es casualidad que el desarrollo del tango queer haya coincidido con la aparición y el fortalecimiento de los movimientos feministas y transfeministas, con los que ha compartido prácticas y luchas. En 2018 se creó el Movimiento Feminista de Tango (MFT), que introdujo en las milongas un protocolo contra los acosos y las violencias y contribuyó a visibilizar situaciones de maltrato dentro del circuito.
La música también ha sido atravesada y transformada por prácticas artísticas que cuestionan el modelo patriarcal del tango tradicional. Orquestas y agrupaciones formadas por mujeres y subjetividades disidentes —como La Empoderada Orquesta Atípica, Chifladas Tango y La Fulana Tango— reescriben el repertorio clásico del tango: algunas piezas se interpretan únicamente en versión instrumental para evitar reproducir letras sexistas, mientras que otras son reinterpretadas modificando sus palabras desde una mirada feminista e irónica.
“Nos encontramos para bailar, así como nos encontramos y nos saludamos en las manifestaciones”, dice Maikel Dobarro, bailarín y docente en El Batacazo
Además, estas agrupaciones crean sus propias letras para hablar de autodeterminación y rechazo de los roles de género, impulsando nuevas sonoridades y formas de autorrepresentación. “Para mí, queer significa tener la posibilidad de cuestionar una regla y transformarla a través del consenso y de una convicción compartida desde la delicadeza. Es disrupción sin infraccionar”, cuenta la bailarina Marta de Baires, nombre artístico, que frecuenta las milongas queer desde que comenzaron a abrirse.
“Nosotras y nosotros solemos decir que compartimos no solo los espacios del baile, sino también los espacios de la lucha. Nos encontramos para bailar, así como nos encontramos y nos saludamos en las manifestaciones”, dice Maikel Dobarro, en referencia a las protestas contra el gobierno y sus políticas económicas. “Las milongas queer son lugares donde nuestros deseos y derechos son respetados y donde el cuidado es una práctica cotidiana. Siento que estoy entre personas que no solo cuidan de mí mientras bailamos un tango, sino a quienes realmente les importa cómo está el otro y cómo sobrevive nuestra comunidad”.Extrema derecha
Luciana Peker
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