Arte
‘Dolor exquisito’ de Sophie Calle: cómo convertir una ruptura en un duelo colectivo
Hay viajes que son geografías del desamor. El 25 de octubre de 1984, Sophie Calle sale de la Gare du Nord con una beca recién estrenada, un billete a Japón y enamorada de un hombre que fue amigo de su padre. Pero el destino —ese que ella misma eligió sobre el mapa— comienza a pesarle antes de llegar, así que toma la decisión de alargar el trayecto, acortar la estancia y demorarse en el tránsito. Para ello elige el tren, un medio de transporte cómodo que le permite una mirada lenta y cómplice. Y entonces se entrega a la línea interminable del Transiberiano, y después al Transmanchuriano, mientras Europa y Asia se deslizan tras el ventanal como un solo paisaje que se deshace.
Durante el viaje, le escribe a su todavía pareja los pormenores del periplo. Le cuenta cómo fotografía a los pasajeros que la acompañan en el vagón de primera clase, lo que habla con ellos, los objetos y los gestos que observa, cómo se va acercando a su destino. Fotografía camas deshechas, mesas llenas de comida de países distintos, la plaza de Tiananmen, algunas facturas, tickets. Ese archivo de gestos mínimos, casi obsesivo, es el germen de todo lo que vendrá después.
Así empieza Dolor exquisito, la segunda obra de la artista francesa publicada en castellano, traducida por Blanca Gago y editada en España por Ediciones Comisura. Y lo que sigue cuando el viaje termina y la ruptura llega de forma abrupta en un hotel de Nueva Delhi es un ejercicio de repetición casi ritual, no muy distinto en el fondo de lo que documentan ya los textos clásicos griegos.
En la Ilíada, Homero describe a Hécuba, madre de Héctor, arrancándose los cabellos ante la muerte de su hijo, mientras las mujeres de la casa entonan el treno, el canto ritual con el que se despedía a los muertos, a veces con ayuda de plañideras profesionales contratadas para el lamento. La función de ese llanto colectivo era la de expresar el dolor y convertir una pérdida privada en un duelo compartido por toda la comunidad, algo que en algunas zonas rurales de Grecia sigue practicándose incluso hoy en día, a través de las moirólogas, mujeres que improvisan cantos fúnebres reconstruyendo la vida del difunto ante el resto del pueblo.
Es la propia Calle quien pide a otros que le presten su dolor más agudo, renovando el gesto antiguo, para que ahora sean muchos duelos distintos los que acompañen al suyo
Calle hace, salvando las distancias de siglos y de contexto, algo parecido: repite la experiencia con una cadencia que imita la manera en que la historia de una relación y una ruptura se repite sin descanso en nuestra cabeza, y añade una capa más al hacer del proceso algo colectivo, la idea de que nuestro dolor es único y, a la vez, idéntico en su punzada al de los demás. Solo que aquí no hay plañideras llorando por ella, sino que es la propia Calle quien pide a otros que le presten su dolor más agudo, renovando el gesto antiguo, para que ahora sean muchos duelos distintos los que acompañen al suyo.
De vuelta en Francia, a finales de enero de 1985, decide, casi como un pacto consigo misma, contar su sufrimiento en lugar de narrar el propio viaje, y para ello empieza a preguntar a todos los que se cruzan con ella, amigos o desconocidos, cuál ha sido su peor momento de dolor. Por encima de todo, elige convertirlo en un duelo compartido, que se diluye de la misma manera en que empieza y que se extiende durante 99 días en total.
Los recuerdos del viaje que la separó de su amado se transforman en dolores, que Calle enumera uno a uno, como si fueran hitos, y también como forma de desprenderse de ellos
Una repetición que tiene, además, una lógica casi matemática. Los recuerdos del viaje que la separó de su amado se transforman en dolores, que Calle enumera uno a uno, como si fueran hitos, y también como forma de desprenderse de ellos, una manera de contabilizar el daño, si es que eso fuera posible, numerando los dolores a la inversa, haciendo una cuenta atrás hacia la ruptura.
Esa misma pulsión por convertir lo vivido en material, por dejar que la propia biografía se vuelva relato compartido, es la que atraviesa también la amistad de Calle con Hervé Guibert, otra de las presencias que recorren el libro. Es una relación que arranca a mediados de los años 80, por las mismas fechas en que Guibert coescribía con Patrice Chéreau el guión de L'Homme blessé, premiado con el César en 1984. Esa complicidad, mitad cariño mitad juego de espejos, reaparece dentro del propio Dolor exquisito: en la jornada 63 del viaje, ya en Tokio, Guibert se presenta ante Calle para devolverle una fotografía suya de la infancia que se había perdido, la misma imagen que había ilustrado un artículo sobre ella en Le Monde.
Pero el reencuentro no se queda en la ternura del gesto, y su relación parece llena de ambigüedades con las que juegan constantemente. Calle cuenta cómo esa misma noche, en el hotel de él, Guibert se mete en el agua donde ella acaba de bañarse y le suelta un discurso sobre la repugnancia de compartir el baño con cualquiera menos con ella. Cuando Calle, desnuda, abre la puerta para verlo, Guibert se tapa los ojos y luego se abalanza sobre ella y la estrangula. Esa escena, con su mezcla de devoción y violencia latente, no es una anomalía dentro de la obra de Calle, ni de la de Guibert, sino una muestra más de algo que la atraviesa entera. Ambos artistas se introducen en la vida de otras personas y nos dejan introducirnos en la suya, y ese intercambio rara vez es inocente del todo.
Es una suerte de voyerismo compartido que provoca, pero que también interroga, los límites entre lo privado y lo público, algo visible en piezas como Suite vénitienne (1980), donde sigue y observa a desconocidos por los que no siente ningún interés particular, o El detective (1981), en la que hace que su madre contrate a un investigador para seguirla a ella y así invertir el proceso, mostrando su propia vida a los demás. Aun así, Calle nunca convierte su vida ni la de los otros en puro exhibicionismo. En el noveno dolor, Calle nos presenta a una pareja a la que sigue “porque sí, por nostalgia, por rememorar viejas costumbres, gestos. Por el placer de seguirlos. Por los recuerdos. Y también por pasar el rato, ocuparme de algo, nueve días”.
Una naturalidad recorre toda su obra, y sigue siendo la norma en Dolor exquisito, incluso cuando lo que cuenta roza el límite de lo perturbador. Al final del libro, Calle da por terminado el proceso con una certeza casi clínica, como si el dolor fuera una enfermedad de la que efectivamente se hubiera curado en el tiempo que duró el ejercicio. Y, sin embargo, esa cura tardó en llegar mucho más de lo que el propio libro sugiere, porque la primera versión de Douleur exquise no se publicó en Francia hasta 2003, en Actes Sud, casi dos décadas después de aquel viaje en tren que lo puso en marcha. Como si Calle hubiera necesitado todo ese tiempo, ese mismo trayecto larguísimo entre París y Tokio, para poder por fin bajarse del todo.
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