Opinión
Ni en tu pueblo ni en el mío
Coordinador de Clima y Medio Ambiente en El Salto. @pablorcebo.bsky.social, pablo.rivas@elsaltodiario.com
Ha pasado en muchos lugares, demasiados. Suele ocurrir en una localidad pequeña, despoblada y poco boyante; fácil de seducir con visiones de un futuro de riqueza y repoblación. El cuento que se vende enumera pueblos solitarios que renacen tras un maná de puestos de trabajo y dinero. Habla de escuelas que reabren para revertir la debacle demográfica de la segunda mitad del siglo XX.
Por supuesto, entre muchas otras cosas, omite la factura, que en este caso viene en forma de mierda —literalmente— y contaminación a largo plazo, por no decir de por vida. De la vida de los que viven allí y los que vendrán. “Es un problema para el futuro próximo y las poblaciones venideras”, cuenta Begoña Izquierdo, profesora y bióloga, que se ha pasado un lustro largo peleando desde la asociación soriana Hacendera, centrada en la defensa del patrimonio natural y cultural de la provincia y la salud de quienes viven allí. “Les legamos una porquería de territorio que… En fin”.
Pasó primero en Europa, donde con el tiempo se dieron cuenta de lo que suponía y fueron endureciendo las leyes para frenarlo. Luego llegó al territorio ibérico, inicialmente con legislación más laxa, con inversores atraídos por los beneficios rápidos de la exportación de carne barata, principalmente a China. Catalunya y Aragón fueron los primeros grandes receptores. Más tarde, cuando el desastre ya estaba hecho, bajó hacia el sur: las Castillas, Murcia, Andalucía…
Hay que imaginar la cantidad de purines que generan al día 23.520 animales de 600 o 700 kilos. “Brutal”, responde Begoña
En Catalunya, el 40% de las masas de agua está contaminado por altos niveles de nitratos. Son compuestos que inundan los suelos provenientes de la agricultura intensiva, donde se usan como fertilizantes, y, especialmente en los últimos años, de los purines de la ganadería intensiva. Los purines son la mezcla de defecaciones, aguas de lavado y orines de las granjas. O macrogranjas para ser más exactos, porque si de lo que hablamos aquí es del problema del boom de la ganadería industrial que ha inundado el territorio ibérico, las dimensiones casi nunca son pequeñas, con plantas mecanizadas donde malviven miles de pollos, cerdos, o vacas. Estas esparcen (legal e ilegalmente) por los campos en torno a ellas sus desechos en forma de purines, que de manera moderada y no adulterada suponen abono para las cosechas. Pero cuando una proliferación bestial de nitratos se esparce en la tierra, además de agotarla, llega a los acuíferos. Esas grandes masas de agua subterráneas que dan la vida a árboles, cosechas y animales, incluidos los humanos, y que son clave para el futuro, aún más en la España de la crisis climática. Cuando los nitratos llegan allí es “imposible sacarlos”, dice Begoña.
A Noviercas (Soria, 178 habitantes) hasta el 2015 se lo conocía principalmente por ser uno de los pueblos a la vera del Moncayo, por su torreón árabe y por haber sido residencia del poeta Gustavo Adolfo Becquer, cuya esposa era de allí. Pero los planes de la empresa Valle de Odieta-HTN se cruzaron en su historia y ligaron un proyecto agroindustrial a su nombre en los buscadores de internet. A Noviercas le tocó ser el emplazamiento elegido para desarrollar nada más y nada menos que la mayor macrovaquería de España. Perdón, de Europa: 23.520 animales. Ahí es ná.
Ahora hay que imaginar la cantidad de purines que generan al día 23.520 animales de 600 o 700 kilos. “Brutal”, responde Begoña. Son purines que, además, vienen dopados con una buena carga de contaminantes extra en forma de antibióticos, entre otros. “Para verterlos de forma legal y que supusieron abono para el suelo habría que haber buscado un territorio de un tamaño enorme, y eso no es lo que iba a pasar”, prosigue. Me cuenta que en Soria ya hay una treintena de pueblos que no pueden beber agua del grifo por sobrepasar los límites legales de nitratos. La Asociación Soriana para la Defensa y Estudio de la Naturaleza añade que eso es solo una parte visible, pues en muchos otros no se hacen análisis, por no hablar de la falta general de control y ausencia de sanciones.
El boom de las macrogranjas trajo parejo un constante aumento de la organización contra ellas. Los habitantes de los lugares despoblados donde se presuponía que no habría resistencia se organizaron y crearon red con otros de otros pueblos bajo la misma amenaza. Nacieron organizaciones centradas en la defensa del patrimonio natural local y regional de cada lugar —en el caso de Noviercas la plataforma que nació fue Hacenderas, de ámbito provincial soriano— y plataformas de ámbito autonómico y nacional, hasta la coordinadora estatal Stop Ganadería Industrial. Y curraron. “Muchísimo, eso sí te lo puedo decir”.
El Supremo ratificó este 17 de octubre el real decreto. Es definitivo. La macrovaquería no se construirá
Entre lo que me cuenta Begoña de todos estos años llama la atención qué es lo que califica como su “principal herramienta” para frenar la macrovaquería: “Dar información veraz y rigurosa, siempre desde el punto de vista científico”. Recuerda cómo, frente al inicial apoyo generalizado en la zona al proyecto bajo el mantra del maná en forma de inversión, la gente fue cambiando de opinión cuando escuchó a técnicas, biólogos, ingenieras y activistas. La promesa de 150 puestos de trabajo directos y otro centenar indirectos pareció desinflarse cuando se relataron los modelos de macrogranjas mecanizadas gestionadas mediante sistemas de producción integrada, como ocurre en decenas de plantas a lo largo del país, especialmente en el sector porcino. “4.000 cerdos los llevan dos personas, y decían 150 puestos de trabajo…”.
También hicieron mella otros impactos. “Vinieron ganaderos de Cantabria y había una mujer que lloraba. Nos decía: ‘A mí este proyecto no me deja dormir’”. Temía no poder competir contra un monstruo así y los que pudieran surgir. Tampoco se entendía qué hacía una planta agroindustrial de estas dimensiones en las puertas del Moncayo, parque natural en su vertiente aragonesa, y con un proyecto de ley sobre la mesa para que lo sea también la vertiente soriana.
No las han parado todas, y como denuncia Begoña, aún no se va a la raíz del problema. Se siguen otorgando licencias de granjas intensivas en la España de los suelos y los acuíferos degradados por una agroindustria que mata al mundo rural, al contrario de lo que defienden algunos ultras especialistas en esparcir bulos con cierto tirón en los pueblos españoles. Pero en Noviercas ganaron muchas batallas, y hasta la guerra. Se escucha el orgullo que le produce las movilizaciones que montaron: “Mil personas en un pueblo de 150”, o la marcha para cubrir los tres kilómetros entre el pueblo y la parcela señalada: “Mayores de 90 años andando, vino gente de otros pueblos, autobuses de varios lugares de España…”. Aquellas movilizaciones fueron claves para que el Gobierno decidiese sacar un real decreto para limitar el tamaño máximo de animales en granjas de vacuno a 850 vacas. Por supuesto, la promotora de Noviercas recurrió. Pero perdió: el Supremo ratificó este 17 de octubre el real decreto. Es definitivo. La macrovaquería no se construirá.
En Hacenderas tienen un lema: “Ni en tu pueblo ni en el mío”. Sin más que decir.
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