1 ene 2026 06:00

“Otra vez la misma historia”, piensa Lucía al ver las monedas en la mesa cuando se acerca a recoger la taza de café vacía. “¡Espere, señor!”, grita al hombre encorbatado que está saliendo por la puerta. Este se da la vuelta y ve cómo la camarera se le aproxima y le devuelve el dinero. “Perdone, señorita, siempre se me olvida la manía que tienen de no aceptar propina”. Lucía se arma de paciencia y responde con una sonrisa: “No son manías. Aquí queremos derechos, no limosnas. Puede ir a la puerta de la iglesia a regalar sus monedillas”. El cliente se encoge de hombros y se marcha.

Lucía y los otros dos camareros que trabajan en esta pequeña cafetería cercana a la Gran Vía llevan meses devolviendo todas y cada una de las propinas que les dejan los clientes. En este local se cumple a rajatabla el acuerdo del jurado mixto de hostelería del 5 de julio de 1933, que marca un aumento de diez céntimos en el precio del café y añade, según el Heraldo de Madrid, “queda suprimida la propina en los cafés, bares, cafés-bares y similares (…) percibiendo como retribución el obrero camarero el 20%. Se ruega al público se abstenga de dar propinas”. La norma incluso contempla “severas sanciones” para los camareros que las acepten.

Una costumbre aristocrática

La abolición legal de la propina es fruto de la presión de las organizaciones sindicales. Critican esta costumbre desde dos aspectos. Uno es puramente económico, ya que la propina es la fórmula utilizada por la patronal del sector para ahorrarse una importante parte del coste salarial de la plantilla, incrementando además el porcentaje de beneficio empresarial que les generan los servicios ofrecidos.

El otro aspecto se sitúa en un plano más inmaterial, como sugiere la frase de Lucía. La oferta de servicios de hostelería es, en realidad, como cualquier otro sector económico: una empresa proporciona un bien de consumo a la clientela a cambio de un precio establecido previamente. Mediante la propina, se genera una ficción donde el cliente no es únicamente cliente de la empresa, sino que asume el papel de jefe del trabajador. El cliente del local, sea un millonario o un muerto de hambre, se cree ahora capacitado para tomar el rol del patrón y recompensar a su servidumbre, al trabajador “simpático”, “rápido” o “servicial”. O, por supuesto, no hacerlo en el caso de que le haya parecido “torpe”, “lento” o “maleducado”. Por estos motivos,el periódico El socialista celebra la nueva legislación “tanto por las ventajas materiales que reporta como por la elevación de moral que supone en la profesión”.

El origen de la propina parece remontarse a la Europa del siglo XVI, donde los aristócratas viajeros recompensaban así el trabajo de los empleados de sus anfitriones. Desde allí fue expandiéndose, aunque no permeó a otras culturas como la china o la japonesa, que en el siglo XXI siguen considerándola una costumbre, en el mejor de los casos, chocante y, en el peor, insultante. Sí hizo fortuna en Estados Unidos, cuyos primeros ricos quisieron imitar el supuesto refinamiento de sus homólogos del viejo continente. A esto se sumó posteriormente el tema racial. El fin de la esclavitud supuso que los negros trabajaran libremente. Sus antiguos amos no pensaban pagarles, pero les dejaron recibir propinas. “Los negros aceptan propinas, por supuesto, uno espera eso de ellos, es una señal de su inferioridad”, comentaba un periodista en 1902. La servidumbre continuaba. A pesar de que ha habido épocas donde la propina ha suscitado polémica pública, hoy en día está muy arraigada en el país, como no es de extrañar tratándose de un laboratorio ultraliberal.

Madrid sin cafés

El sábado 2 de diciembre de 1933, Lucía y todos los camareros de Madrid están llamados a la huelga. Como suele ser costumbre en la II República, el papel donde se reflejan los derechos suele estar mojado. La nueva normativa se incumple sistemáticamente y, salvo en establecimientos como el de Lucía, los camareros no solo no avanzan económicamente sino que salen perdiendo. Las propinas se reducen pero no reciben el porcentaje establecido sobre las ventas. El único efecto real de la medida son los lamentos descarnados de los periódicos burgueses, como La nación, que afirma que “algunos las seguiremos dando, aun cuando se enfade el Jurado mixto, si nuestro camarero no se niega en rotundo. Porque sería fatal que la sonrisa desapareciera de sus labios”.

En esta situación, el gremio se agita. El que más se ha movido ha sido el Sindicato Gastronómico, adherido a una CNT que pisa fuerte en Madrid a pesar de estar constituida allí desde hace muy poco tiempo. También convoca la huelga la Agrupación General de Camareros de la UGT. Se reclama un aumento salarial que, de paso, liquide definitivamente la propina.

El paro es un éxito desde el principio. “El cierre ha sido absoluto, pues salvo algún establecimiento aislado que conserva abiertas sus puertas y tiene los servicios atendidos por los dueños, todos se encuentran cerrados”, se narra en Luz. Comisiones de huelguistas recorren la ciudad desde por la mañana, instando a cerrar a los propietarios renuentes.Algunos locales de dueños recalcitrantes son atacados con piedras o petardos, pero los altercados son escasos, a pesar de lo cual es detenido el comité de huelga. Para sorpresa de nadie, la prensa (salvo la obrera) se centra en los perjuicios que sufre la clientela. Una columna en La voz se pregunta dramáticamente dónde pasar unas horas saboreando el moka o la caña con los amigos, con la familia o, si hay caso, con la novia, para a continuación concluir lo evidente: “Estos camareros tienen el demonio en el cuerpo”. Mundo gráfico, por su parte, muestra una serie de imágenes relacionadas con la huelga acompañadas por comentarios de esta guisa: “Esta sirvienta no quiso que estos clientes se quedaran sin café. Ellos, castizos, corresponden con unos piropos a la atención de esta señorita tan simpática”.

El 6 de diciembre, la huelga de camareros se extiende a más sectores, como los hoteles. La huelga se desarrolla en un clima de alta intensidad política a nivel nacional, tras la victoria derechista en las elecciones de noviembre. Las negociaciones no dan fruto y el día 7 el Gobierno decide intervenir en busca de un acuerdo entre las partes, con una revisión transitoria hasta ese momento. Sin embargo, la solución no llega, por lo que los trabajadores se impacientan. La asamblea convoca una nueva huelga a partir del 10 de febrero, ante lo que el nuevo ministro de Trabajo toma cartas en el asunto y garantiza un salario mínimo que satisface a los sindicatos. La movilización obrera madrileña por un salario justo y contra la propina ha triunfado. Esta seguirá siendo anatema para la clase obrera militante, como señala el escritor británico George Orwell, quien narra en Homenaje a Cataluña cómo durante su estancia en la España revolucionaria se ve obligado a “recibir un sermón” tras intentar dársela a un ascensorista. En la posguerra, cuando la caridad sustituye a la justicia, la propina resurge con fuerza.

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