9 oct 2026 15:43 | Actualizado: 9 oct 2026 17:16

Y me atrevo a empezar diciendo que incluso leer de forma sostenida es más importante ahora que hace veinte años, precisamente porque vivimos rodeados de medios digitales y redes sociales.

La cuestión no es que las redes nos hayan hecho incapaces de pensar. El problema es el tipo de atención que entrenan: saltar rápidamente entre estímulos, titulares, vídeos, comentarios, mensajes y notificaciones. Leer un libro —especialmente narrativa, ensayo o textos complejos— exige prácticamente lo contrario: permanecer, recordar lo anterior, tolerar momentos sin recompensa inmediata y construir significado durante decenas de minutos.

Prestar atención en este tipo de lecturas, nos ayuda a desarrollar ciertos puntos que son claves, por ejemplo: Leer durante 30–60 minutos sin interrupciones entrena la capacidad de mantener una misma línea de pensamiento. Un argumento de 200 páginas difícilmente puede reducirse a un reel de 40 segundos sin perder matices. Leer permite convivir con contradicciones y cambiar de opinión a medida que aparece nueva información. Cuanto más y mejor lees, mayor suele ser tu repertorio para nombrar lo que piensas y sientes. Y aquello que puedes nombrar también puedes examinar mejor. Una imagen ya viene construida. Un texto obliga al cerebro a participar en la construcción de personajes, espacios, voces y situaciones. Leer dentro de un estado de atención, no ayuda a generar mayo resistencia a la manipulación. No porque leer automáticamente vuelva a alguien más inteligente —también existen lectores crédulos—, sino porque una buena cultura lectora proporciona contexto y hace más fácil detectar simplificaciones, falsos dilemas y discursos diseñados únicamente para provocar una reacción.

Un libro no compite desesperadamente por retenerte. Puedes cerrarlo, pensar, volver atrás y releer. Tú controlas el ritmo.

Y hay una distinción importante: pasamos el día leyendo, pero eso no significa que practiquemos lectura profunda. WhatsApp, Instagram, noticias, subtítulos y comentarios son lectura, pero predominantemente fragmentaria. Leer muchas palabras no necesariamente equivale a permanecer mucho tiempo dentro de una misma idea.

Por eso no creo que libro y mundo digital sean enemigos. Internet ofrece un acceso al conocimiento extraordinario. El problema aparece cuando toda nuestra dieta intelectual adquiere la lógica del feed.

En ese sentido, sentarse con un libro durante una hora en 2026 tiene algo casi contracultural: durante ese tiempo nadie decide cuál será tu siguiente estímulo excepto tú.

Y quizá esa sea hoy una de las razones más poderosas para seguir leyendo.

Libros juego

Los fanzines son todavía más interesantes en este contexto porque no solo implican leer: implican escapar, aunque sea temporalmente, de la lógica de las plataformas.

Un fanzine tiene algo que Instagram, TikTok o incluso una web difícilmente pueden reproducir: alguien ha decidido qué decir, cómo ordenarlo, qué tamaño tendrá, qué papel utilizar, qué imagen colocar junto a qué texto y cuándo termina. No hay scroll infinito ni algoritmo reorganizando la experiencia. Hay una edición.

Además, el fanzine conserva características especialmente valiosas hoy: La desaceleración. Obliga a detenerse, tocar, pasar páginas y mirar. También tiene su autonomía. Tradicionalmente permite publicar sin esperar la legitimación de una editorial, institución o medio. Y gracias a esto, acepta la imperfección. Puede contener errores, fotocopias deficientes, tachaduras y contradicciones. Precisamente ahí puede aparecer una voz muy humana. Además que genera su propio discurso frente a la circulación de su tirada. Un fanzine puede pasar físicamente de una persona a otra. Su alcance quizá sea pequeño, pero el vínculo puede ser mucho más intenso; esto nos conduce a la memoria. Un post puede desaparecer en un feed en cuestión de horas; un fanzine puede acabar veinte años después en una caja, una biblioteca o una fanzinoteca y convertirse en documento de una época. Puede ser parte de un archivo sin importar su marco formal. Puede ser ensayo, diario, dibujo, collage, manifiesto, cómic, archivo o todo simultáneamente.

Pero hay algo todavía más importante: el fanzine convierte al receptor en potencial productor. Al ver uno puedes pensar: yo también puedo hacer esto. No necesitas una audiencia de diez mil personas, métricas de engagement ni aprobación algorítmica. Papel, una idea y algún mecanismo de reproducción pueden bastar.

Por eso creo que el fanzine no es simplemente un formato antiguo que sobrevive a internet. Internet ha vuelto a hacerlo pertinente. Frente a una cultura digital donde unas pocas plataformas determinan cómo producimos, distribuimos y consumimos imágenes y palabras, el fanzine propone otra escala: pequeña, física, imperfecta y autónoma.

Y existe una paradoja preciosa: su aparente limitación es precisamente su fortaleza. Un fanzine de 50 ejemplares puede ser culturalmente insignificante para un algoritmo y tremendamente significativo para las 50 personas que lo encuentran.

Quizá hoy hacer un fanzine no sea rechazar lo digital. Es recordar que la cultura también puede existir sin pedirle permiso a una plataforma.

libro y fanzine

Sobre este blog
Espacio dedicado al fanzine y al fenómeno que ha generado en el tiempo dentro de los medios de comunicación. La publicación independiente ha llegado para quedarse, la autoedición utilizada como herramienta o método decodificador del mundo y sus entresijos.
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