Crisis energética
México, cada vez más dependiente y expuesto energéticamente antes Estados Unidos
La agresiva política exterior de Estados Unidos ha devuelto la energía al centro de la disputa geopolítica. En un escenario donde Washington endurece posiciones y redefine alianzas con base a sus intereses estratégicos, la seguridad energética vuelve a convertirse en una valiosa moneda de cambio. Ante la posible reconfiguración del comercio del crudo en América Latina, impulsada por el renovado interés de Estados Unidos en el petróleo venezolano, México, quien durante décadas ha actuado como pieza central del engranaje energético estadounidense en la región, podría quedar en una situación especialmente vulnerable.
Sandra Kanety Zavaleta, coordinadora del Centro de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, apunta: “Estados Unidos tiene en México a su principal cliente”.La realidad de la relación entre ambos países es que está marcada por una profunda asimetría. “No podemos hablar de una relación equitativa o en términos de igualdad. Lo que tenemos es una profunda dependencia”, explica, asegurando que México está muy lejos de ser energéticamente soberano.
Para Luis Fernando Pérez, investigador de Geocomunes, esta situación no es accidental, sino el resultado de un proceso de integración que se consolidó a lo largo de décadas.“México configuró toda su explotación en base a las necesidades que la industria petrolífera estadounidense fuera requiriendo”, señala como pieza clave para entender cómo un país originalmente rico en reservas de combustibles fósiles terminó subordinando su modelo energético a las dinámicas del mercado estadounidense.
El origen de la dependencia
México sigue pagando a día de hoy los platos rotos de no haber sabido administrar su riqueza energética “Utilizamos el petróleo para pagar las deudas en las que solitos nos metimos, y Estados Unidos aprovechó esa circunstancia para poner condiciones complicadamente difíciles de cumplir”, explica Gonzalo Monroy, experto en energía y director de GMEC.
En la segunda década del siglo XX, México era ya segundo productor de petróleo más grande del mundo, solo por detrás de Estados Unidos. “La fiebre petrolera que había transformado los campos de Luisiana, Oklahoma y Texas cruzó la frontera y llegó a las costas de Veracruz y se dieron casos verdaderamente extraordinarios”,relata Gonzalo Monroy. El hallazgo de emanaciones naturales de crudo en la superficie despertó el interés de empresas privadas, principalmente británica y estadunidense, que a través de un régimen de concesiones se hicieron con el control técnico y de explotación.
“La Constitución de 1917 marcó el primer punto de inflexión”, asegura Monroy recogiendo el primer intento explícito del estado por proteger sus bienes naturales al decretar que “el petróleo que está en el subsuelo pertenece a la Nación Mexicana”. Sin embargo, y pese a haberse convertido en un productor relevante en el marco internacional y además el propietario formal del crudo, el control de la industria, la tecnología y las ganancias se mantuvo en manos privadas hasta 1938.
En los ochenta, la promesa de que los beneficios pagarían el agujero hecho en las finanzas nacionales se esfumó
Tras un conflicto laboral entre las compañías extranjeras y los trabajadores petroleros, el presidente Lázaro Cárdenas decretó la expropiación de la industria. “La expropiación es sobre los fierros, sobre la infraestructura, sobre los ductos, la refinería, no sobre el petróleo, porque ese ya era de los mexicanos”, matiza Monroy. El Estado recuperó así los activos físicos y pocos meses después se creó Pemex, la empresa petrolífera nacional. “El problema es que no tenía la especialización y conocimiento para hacer una compañía”, señala el director de GMEC. El conocimiento técnico, las redes comerciales y la capacidad financiera para operar seguía estando en manos extranjeras. "Ahí es donde nace una relación que todavía perdura hasta el día de hoy con la empresa de servicios petroleros Schlumberger” y que Monroy señala como inicio de la subordinación a Estados Unidos: “ha estado trabajando de la mano de Pemex desde su creación: enseñándole, dándole financiamiento y dándole crédito para continuar con las operaciones”.
El contexto global con el mundo a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, disparó la demanda de crudo y México se consolidó como productor estratégico en occidente. Pemex se convirtió en símbolo de soberanía, pero las vulnerabilidades de fondo seguían estando ahí y su operación dependía de empresas y capital extranjero.
En los 70, esta dependencia de lo exterior terminó de asentarse cuando México se endeudo en los mercados internacionales, principalmente con bancos estadounidenses, para la explotación de los recién descubiertos pozos de Cantarell. “La producción y las exportaciones se volvieron a disparar situando de nuevo a México en las grandes ligas”, asegura Gonzalo Monroy. En los ochenta, la promesa de que los beneficios pagarían el agujero hecho en las finanzas nacionales se esfumó. El precio internacional del barril cayó, las tasas de interés en estados unidos se dispararon y el modelo colapsó.
La deuda externa se volvió impagable y el petróleo pasó de ser promesa de desarrollo a garantía de rescate financiero. Las exportaciones de crudo se convirtieron en respaldo de reestructuraciones negociadas, en gran medida, bajo las necesidades del sistema financiero estadounidense. “México no estaba aprovechando su riqueza, era simplemente para pagar todo lo que habíamos hecho antes”, resume Monroy. La relación energética con Estados Unidos dejó de ser únicamente comercial y se convirtió en una relación de dependencia financiera.
El riesgo de volverse prescindible
Desde el último pico alcanzado por PEMEX en 2003, la producción ha caído de forma sostenida.“No hay ningún campo al que le pudiéramos dar la vuelta que le permitiera volver a tener siquiera dos millones de barriles”, asegura Gonzalo Monroy quien añade que es necesario examinar su pérdida de relevancia en el mercado internacional que va más allá de la cantidad. “México produce cada vez menos, pero además es principalmente crudo pesado”, señala como un limitante del crudo Maya en el mercado regional.
“El crudo maya ronda los 22–24 grados API, lo que lo convierte en un petróleo pesado, necesario para refinerías con plantas de coquización, que están especialmente en Texas y Luisiana”, explica comparando este petróleo con otros como el venezolano o el canadiense. “Estas refinerías tienen el negocio perfecto”, asegura, pues compran crudos pesados a precios muy baratos, pues saben que estos están limitados a cierto tipo de refinerías y procesos más complejos, y venden gasolina y diésel como si vinieran de crudos ligeros.
Existe un desfase evidente ente la infraestructura construida y la realidad productiva actual del país que más pronto que tarde afectará a la posición de México en el mercado internacional de petróleo
La mayoría de las refinerías nacionales también se diseñaron o adaptaron para procesar crudo pesado y responder así a la demanda de la producción interna. Sin embargo, México no extrae petróleo suficiente para alimentar a las seis instalaciones que ya tiene en marcha y eso sin tener en cuenta que la reciente planta de Dos Bocas, Tabasco, no operará al 100% de su capacidad hasta 2027. Existe un desfase evidente ente la infraestructura construida y la realidad productiva actual del país que más pronto que tarde afectará a la posición de México en el mercado internacional de petróleo. “México va a tener que enfrentar un dilema: o deja de exportar y sale del mercado, o va a tener que importar petróleo simplemente para mantener en funcionamiento sus refinerías”, advierte Monroy.
Ese desfase reduce el margen de negociación frente a Estados Unidos, que continúa siendo el principal destino del crudo mexicano. “El principal competidor del crudo venezolano hoy en día no es Estados Unidos, es Canadá”, asegura Monroy, recordando que lo que buscan las refinerías es mantener un suministro constante y a buen precio. De acuerdo con el experto en energía y director del GMEC, el crudo maya, de producción limitada, “se volverá fácilmente sustituible si Venezuela logra aumentar su oferta” y reingresar petróleo pesado al mercado norteamericano. Algo que parece cada vez más factible tras la reciente flexibilización de sanciones por parte de Estados Unidos y el anuncio de nuevas licencias que permiten a petroleras internacionales retomar operaciones en Venezuela.
Otra visión es la que ofrece Luis Fernando Pérez, quien apunta a que incluso en modelos extractivos alternativos y tan agresivos como el fracking, que podrían aumentar notablemente la producción, México sigue perpetuando su dependencia. “¿A quién le comprarían esa tecnología? ¿Con quién se tendría que asociarse? Pues evidentemente con empresas estadounidense”, plantea Pérez dejando a un lado en su hipótesis las problemáticas medioambientales de estos métodos extractivos y dejando constancia de la poca deseabilidad de un giro de la industria hacia ellos. “Quien invierte es Pemex, quien paga es el consumidor mexicano y quien no arriesga, pero siempre gana son los contratistas extranjeros, principalmente estadounidenses”, concluye.
Un sistema eléctrico ligado al norte
Hoy en día, el peso de la energía mexicana ya no reside en el crudo, sino en el gas. Alrededor del 60% de la electricidad del país se genera con este recurso y el 70% del mismo proviene de Estados Unidos. “Es una dependencia altísima que puede poner en jaque a la nación” explica Sandra Kanety Zabaleta.
Mientras que el impacto del petróleo suele percibirse en términos macroeconómicos o fiscales, el gas sostiene la vida diaria. “Hay que entender que, si mañana Estados Unidos decide cortar el suministro, el país se quedaría a oscuras, con todo lo que eso implica”, advierte Kanety. Hospitales, sistemas de agua, refrigeración de alimentos, transporte y hogares dependen de un flujo constante de gas que cruza la frontera norte del país y cuya estabilidad, advierte Kanety, “no podemos dar por sentada en el panorama geopolítico actual”.
Lo paradójico es que México contó durante décadas con importantes reservas de gas, especialmente en la zona de Campeche y la Cuenca de Burgos. Sin embargo, durante las de los 70 y 80, en pleno auge del petróleo, el gas natural fue tratado como un subproducto del crudo y no como un recurso estratégico para el consumo interno. “Lo que pasó fue que México se enfocó absolutamente en la parte del petróleo y dejamos de producir ese gas” explica Gonzalo Monroy. México no desarrolló una estrategia nacional para sus reservas y nunca consolidó una infraestructura gasífera a nivel nacional.
Como resultado de esto, en plena crisis financiera de mediados de los 90 el estado tuvo que reconocer su incapacidad económica para expandir por sí mismo la infraestructura y abre la puerta a la participación privada con el fin de que esta inyección económica acelerase la construcción de gaseoductos y modernizase el sistema sin comprometer aún más dinero público. “Permitió una mayor participación privada en el transporte de ductos y la distribución de gas natural. Esto no incluía la producción, pero si en todo lo que es comercialización y apertura de nuevos mercados” aclara Gonzalo Monroy sobre la reforma del Artículo 27 de la Ley Reglamentaria en materia de gas natural que entró en vigor en el año 97.
“La altísima dependencia que tiene México del gas es altamente beneficiosa para EEUU porque de muchas formas lo ayuda como potencia a consolidar su zona de influencia”, dice Sandra Kanety
Para Luis Fernando Pérez, miembro de Geocomunes, la dependencia no es resultado de una decisión aislada, sino de un proceso que “tiene 30 o 35 años construyéndose”. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte comenzó a consolidar un modelo energético orientado a abastecer de gas barato a la industria instalada en la frontera norte. “Para responder a ello México comenzó a gasificar el sector eléctrico”, explica. Para 2014, la Comisión Federal de Electricidad (CFE) ya había transformado buena parte de su parque de generación para operar centrales de ciclo combinado alimentadas por gas.
La estacada definitiva a las esperanzas de México de alcanzar algo de independencia energética a través de sus propias reservas llegó entonces, cuando el contexto internacional terminó de inclinar la balanza. “Empieza a florecer el fracking en Estados Unidos y vemos como crece desmedidamente su producción de petróleo hasta tal que el gas natural que sale es tanto que sus precios caen”, destaca Monroy como punto de inflexión para entender la relación actual. La abundancia de gas barato al otro lado de la frontera hizo que resultara más rentable importarlo que invertir en el desarrollo de las cuencas nacionales. “La CFE entendió que tenía que asegurarse el suministro de gas natural para poder asegurar el suministro” y, bajo esa lógica, amplió su papel más allá de la generación eléctrica para convertirse en un actor central en la contratación, transporte y comercialización del gas.
La seguridad eléctrica del país quedó atada estructuralmente a la disponibilidad y al precio de un insumo extranjero, especialmente al de su vecino del norte que en 2025 representó entre el 70 y el 75% del consumo nacional total de gas. “Creo que el ejemplo más claro y cercano de lo vulnerables que somos fue la tormenta invernal de Texas en 2021”, cuenta Luis Fernando Pérez. En febrero de ese año los pozos y sistemas de distribución de gas se congelaron y aunque el suministro a México no se detuvo por completo, se redujo notablemente y sacudió todo el sistema eléctrico. “En solo tres días se generó un caos y los precios se dispararon”, recuerda Pérez quien asegura que le problema no fue mayor debido a la gestión de la CFE: “Logró contener el impacto inmediato, pero los sobrecostos generados por aquella crisis aún aparecen en sus balances financieros”, asegura.
“La altísima dependencia que tiene México del gas es altamente beneficiosa para Estados Unidos porque de muchas formas lo ayuda como potencia a consolidar su zona de influencia en lo que históricamente ha considerado su área de influencia más cercana” explica Sandra Kanety quien advierte de la altísima situación de vulnerabilidad en la que esto coloca a México. “Si Estados Unidos decidiera negociar temas como migración o armas usando su poder sobre el gas natural, México estaría completamente subordinado a los intereses de Washington”, asegura.
Transición energética sin ruta y menos cartas para negociar
En 2013, la reforma energética que perseguía impulsar la generación de energías renovables, fue vista por los expertos como una posible vía de escape para México, pudiendo disminuir su dependencia de los combustibles fósiles y de Estados Unidos, recuperando, al menos parcialmente, su soberanía energética.
En tan solo tres años, logró alcanzar el precio de generación eólica más bajo del mundo, y el segundo más bajo en producción de energía solar. “El problema fue que no hubo una planeación estratégica”, explica Luís Fernando Pérez señalando la incoherencia de hacer crecer las energías renovables sin comenzar de forma paralela un proceso de descarbonización. “La estructura del sistema eléctrico, sostenido con gas, continuó así e incluso de expandió”, apunta.
La llegada de la Cuarta Transformación con López Obrador en el poder, priorizo el control del estado sobre el sistema eléctrico, fortaleciendo la CFE. “La incursión masiva en las energías renovables se mantuvo principalmente por una decisión política, no por un tema técnico”, relata Monroy. El resultado fue una transición energética interrumpida, e inversión pública destinada a mantener abiertas plantas de gas y a revitalizar la industria petrolera.
“México cada vez tiene menos cartas de negociación”, asegura LuIs Fernando Pérez recordando que la expansión de Estados Unidos hacia otros mercados gasíferos, ha hecho que el peso de México sea relativo y la búsqueda de otros proveedores tampoco parece una opción viable, tanto por los costos de infraestructura de transporte de gas que implicaría como por los acuerdos y compromisos ya firmados. “Son muy largo plazo”, explica el investigador de Geocomunes sobre unos acuerdos que asegura “no tienen ningún sentido”. “CFE está comprometida a comprar entre 20.000, y 22.000 millones de pies cúbicos diarios. México consume más o menos 9.000 al día”, señala Pérez.
En un contexto de reconfiguración geopolítica, competencia global y uso estratégico de la energía como herramienta de presión, la vulnerabilidad energética mexicana deja de ser un asunto técnico y se convierte en un problema político de primer orden. “Es una relación altamente beneficiosa para Estados Unidos”, asegura Sandra Kanety Zavaleta, pero no por los beneficios económicos, sino porque la energía funciona como “un instrumento de presión y dominio en una relación históricamente tensa”.
Sin una transición planificada, sin diversificación real y con una producción petrolera en declive que ya no garantiza peso propio en el mercado, México enfrenta un escenario en el que ni el gas ni el petróleo operan como palancas estratégicas. La energía, que durante décadas fue presentada como símbolo de soberanía, hoy limita su capacidad de decisión y negociación en una relación profundamente asimétrica.
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