Derribando ídolos #5: el hombre cazador y la mujer en la cueva

La teoría del hombre cazador se consolidó en Chicago en 1968 y decía que la caza masculina fue el motor de la evolución humana. Las mujeres quedaban relegadas a roles pasivos y secundarios. El problema es que se basó en prejuicios, no en evidencia.
Derribando ídolos #5

Es divulgadora científica
IG: @candeliousfang

15 ene 2026 18:00

Enciendes la televisión, en ella una serie antigua pero familiar: Los Picapiedra. Pedro Picapiedra va a trabajar con su corbata prehistórica y su coche de a pie. En casa, Vilma se queda en la cocina, rodeada de versiones paleolíticas de electrodomésticos. Se supone que estamos en la prehistoria. Pero todo se parece extrañamente a los 50 y 60 estadounidenses, pero con ambientación prehistórica. El ídolo de hoy ha sido alimentado y magnificado por la cultura mainstream y aún puede hallarse campando a sus anchas libremente por redes sociales. Hablo de la idea de que “el hombre iba a cazar y la mujer se quedaba en la cueva” y de la posterior naturalización de estas funciones como las propias de cada género.

Pero ¿es esta imagen cierta? Y con cierta me refiero a si es apoyada por la evidencia arqueológica de la que disponemos a día de hoy. La respuesta es ‘no’. Pero ¿por qué no? Pues bien, comencemos por el principio.

Durante los siglos XIX y XX la arqueología tradicional proyectó sistemáticamente los roles de género de sus sociedades sobre las sociedades prehistóricas

Durante los siglos XIX y XX la arqueología tradicional proyectó sistemáticamente los roles de género de sus sociedades sobre las sociedades prehistóricas. Como señala la arqueóloga Almudena Hernando, la disciplina arqueológica construyó sus interpretaciones desde una perspectiva androcéntrica que asumía como universales y naturales las divisiones de género propias de la sociedad patriarcal contemporánea.

Un breve inciso necesario para definir y diferenciar el sexo del género (que parece ser una cuestión muy controvertida a día de hoy). En ciencia se habla de sexo biológico para referirnos a un conjunto de características biológicas que incluyen el sexo cromosómico (cariotipo), las gónadas, los genitales externos e internos y las estructuras neuroendocrinas, que generalmente se asigna al nacer basándose en la apariencia de los genitales externos (Ramos Frendo et al., 2015).

Por otro lado, el género es una construcción social y cultural basada en, pero independiente de, las diferencias del sexo biológico: se refiere a los roles, comportamientos, expresiones e identidades que las sociedades construyen y asignan a las personas en función de su sexo percibido. Mientras que los términos apropiados para sexo son “macho” y “hembra” (categorías biológicas), los términos correspondientes para género son “masculino” y “femenino”, que son construcciones socioculturales totalmente independientes del sexo biológico (Money, 1955). Naturaleza y cultura marcan esta oposición entre sexo biológico y género social (Lamas, 2000).

Y esto último es de vital importancia, porque el ídolo que hoy nos atañe tiene incluso una construcción deliberada. Estoy hablando de la teoría “Man the Hunter” (hombre cazador) una teoría que fue consolidada formal y deliberadamente durante una conferencia internacional celebrada en la Universidad de Chicago (con posterior publicación en un volumen editado por Richard B. Lee y Irven DeVore en 1968). Lo que vino a decirse en esta conferencia es que la caza de grandes animales por parte de los hombres fue el motor principal de la evolución humana, responsable del desarrollo de capacidades cognitivas, cooperación social, fabricación de herramientas y organización social compleja.

La teoría del hombre cazador se basó en estudios etnográficos profundamente sesgados y en evidencias arqueológicas totalmente fragmentarias

Básicamente la teoría situaba a los hombres como los protagonistas absolutos de la historia evolutiva, relegando por el camino a las mujeres a roles pasivos y secundarios. En realidad, si os fijáis bien aun pueden verse muchos remanentes de esta mal llamada teoría. Y digo “mal llamada” porque se basó en estudios etnográficos profundamente sesgados y en evidencias arqueológicas totalmente fragmentarias.

La televisión muestra a Pedro entrando en su casa exigiendo cerveza y masaje tras su “duro día en la cantera”, mientras Vilma debe justificar haber gastado los ahorros en un triturador de basura. “¿Por qué malgastar el dinero?”, se queja Pedro, autoproclamándose “el rey de esta cueva”. La cuestión es que el trabajo productivo de Pedro se valora y recompensa; el trabajo de mantenimiento de Vilma (gestionar el hogar, los electrodomésticos, la intendencia) se considera un gasto prescindible. En resumen: nuestro ídolo sigue muy vivo en nuestra construcción cultural.

Evidencias

Hoy en día tenemos evidencia rigurosa que desmonta este mito del hombre cazador tan malintencionado. Por ejemplo, un estudio sistemático de 63 sociedades cazadoras-recolectoras de todo el mundo reveló que en el 79% de ellas (50 de 63) las mujeres participan activamente en la caza, y que esta participación no es excepcional sino normativa en todas las regiones geográficas estudiadas (Anderson et al., 2023). 

Un ejemplo paradigmático de cómo los prejuicios de género distorsionaron la interpretación arqueológica es el caso de los enterramientos con herramientas de caza. Durante décadas, la arqueología asumió automáticamente que cualquier esqueleto enterrado con armas de caza pertenecía a un hombre, sin realizar análisis osteológicos rigurosos para verificar el sexo biológico. Esta asunción circular, la de “los hombres cazan, por tanto este cazador es hombre”, se mantuvo hasta que análisis modernos con técnicas genómicas y proteómicas demostraron lo contrario. 

Un estudio sistemático de 63 sociedades cazadoras-recolectoras de todo el mundo reveló que en el 79% de ellas (50 de 63) las mujeres participan activamente en la caza

El caso más emblemático es el de Wilamaya Patjxa en Perú: un enterramiento de hace 9.000 años con un elaborado kit de herramientas de caza de grandes animales que durante años se asumió masculino fue reanalizado mediante proteómica del esmalte dental, revelando que se trataba de una adolescente de entre 17 y 19 años (Haas et al., 2020). Este descubrimiento llevó a los investigadores a revisar 429 individuos de 107 sitios del Holoceno temprano en las Américas, encontrando que entre el 30% y el 50% de los cazadores podrían haber sido mujeres (Haas et al., 2020). Como señala Lacy (2023), numerosos enterramientos previamente catalogados como “guerreros masculinos” o “cazadores masculinos” están siendo reidentificados como femeninos cuando se aplican métodos científicos rigurosos en lugar de asunciones basadas en el ajuar funerario. 

La reinterpretación crítica de la evidencia arqueológica ha demostrado que las ideas utilizadas para apoyar la hipótesis de la caza exclusivamente masculina (desde las formas en que se describen las herramientas de piedra hasta las interpretaciones del arte rupestre) reflejaban más los prejuicios de los investigadores que la realidad prehistórica (Lacy, 2023)1. Como señalan Shipman y Walker (1989), la hipótesis del “Man the Hunter” se basaba más en prejuicios sexuales que en el registro fósil y la ecología real de la obtención de alimentos. La evidencia actual demuestra que la división del trabajo por género era mucho más flexible de lo asumido, que la recolección proporcionaba entre el 60%-80% de las calorías en muchas sociedades, y que las “actividades de mantenimiento” requerían conocimiento técnico especializado comparable al de la caza (Sánchez Romero, 2008). 

Durante décadas, la arqueología asumió automáticamente que cualquier esqueleto enterrado con armas de caza pertenecía a un hombre, sin realizar análisis osteológicos rigurosos

Pero quizás el aspecto más importante que desmonta este mito es la sistemática devaluación de las llamadas “actividades de mantenimiento”. Volviendo a lo que Marga Sánchez Romero (2005, 2008), documenta: estas actividades (procesamiento de alimentos, manufactura textil, cestería, cerámica, curtido de pieles, fabricación de herramientas líticas…) requerían conocimiento técnico especializado transmitido generacionalmente, innovación tecnológica y, por supuesto, habilidades cognitivas complejas. No estamos hablando de tareas “domésticas” simples, sino de procesos productivos fundamentales para la supervivencia del grupo que demandaban años de aprendizaje y maestría técnica. 

La dicotomía producción/reproducción que utilizó la arqueología tradicional para clasificar estas actividades es artificial y anacrónica, pues proyecta categorías capitalistas sobre sociedades prehistóricas (Sánchez Romero, 2005). Además, como señala Hernando (2002, 2005), esta división jerárquica no refleja para nada la realidad del pasado, sino los prejuicios androcéntricos de quienes construyeron las narrativas arqueológicas. Porque, de nuevo, la evidencia demuestra que el procesamiento de alimentos, la manufactura textil, la cerámica y demás tareas de mantenimiento no solo eran complejas técnicamente, sino que proporcionaban la mayor parte de los recursos necesarios para la subsistencia cotidiana. 

Las representaciones visuales de la prehistoria perpetúan estos estereotipos: hombres realizando actividades productivas en primer plano y mujeres en segundo plano cuidando niños o en actitudes pasivas

Pero es que además las consecuencias de este mito trascienden el ámbito académico, de ahí el peligro del ídolo que nos atañe. Como documenta Sánchez Romero (2008, 2014) en su análisis de museos arqueológicos españoles, las representaciones visuales de la prehistoria perpetúan sistemáticamente estos estereotipos. Por un lado vemos a hombres realizando actividades productivas en primer plano, y por el otro vemos a mujeres en segundo plano cuidando niños o en actitudes pasivas. Esta narrativa visual refuerza en el imaginario colectivo la idea de que los  roles de género contemporáneos son “naturales” y han existido siempre. 

Hernando (2005, 2007), por su parte, advierte también sobre el uso político de este “pasado natural” para legitimar desigualdades de género actuales. Cuando se presenta la división sexual del trabajo como universal e inmutable, se naturalizan las desigualdades contemporáneas en el cuidado, la conciliación y la valoración del trabajo. El mito del “hombre cazador” termina por ser una herramienta ideológica que justifica el presente proyectándolo al pasado. 

La televisión se enciende sola. Vemos a Vilma destrozar toda su cocina con un garrote prehistórico, lo deja todo hecho añicos bajo la petrificada mirada de Pedro. Se suelta el moño y grita: A partir de ahora esta cueva es una república. La televisión comienza a sacar humo y se apaga súbitamente. 

El ídolo fue creado por un juego de espejos, por la voluntad de unos cuantos de naturalizar su superioridad. Por ende, derribar este ídolo trasciende el rigor académico para ahondar en el reconocimiento de cómo nuestras narrativas sobre el pasado modelan nuestro presente. 

BIBLIOGRAFÍA 

Anderson, A., Chilczuk, S., Nelson, K., Ruther, R., & Wall-Scheffler, C. (2023). The Myth of Man the Hunter: Women's contribution to the hunt across ethnographic contexts. PLOS ONE, 18(6), e0287101. 

Haas, R., Watson, J., Buonasera, T., Southon, J., Chen, J. C., Noe, S., Smith, K., Llave, C. V., Eerkens, J., & Parker, G. (2020). Female hunters of the early Americas. Science Advances, 6(45), eabd0310. 

Lacy, S. (2023). (Wo)man the hunter: The archaeological evidence. Scientific American, 329(1), 58-65. 

Lee, R. B., & DeVore, I. (Eds.). (1968). Man the Hunter. Aldine. 

Lamas, M. (2000). Diferencias de sexo, género y diferencia sexual. Cuicuilco, 7(18), 1-24. Ramos Frendo, P., Gómez Baya, D., & Sánchez Queija, I. (2015). Abordaje de la sexualidad en la adolescencia. Revista Médica Clínica Las Condes, 26(1), 74-80. 

Money, J. (1955). Hermaphroditism, gender and precocity in hyperadrenocorticism: Psychologic findings. Bulletin of the Johns Hopkins Hospital, 96(6), 253-264. 

Sánchez Romero, M. (2008). Actividades de mantenimiento, espacios domésticos y relaciones de género en las sociedades de la prehistoria reciente. En L. Prados & C. López (Eds.), Arqueología del género: 1er Encuentro Internacional en la UAM (pp. 163-185). Universidad Autónoma de Madrid. 

Shipman, P., & Walker, A. (1989). The costs of becoming a predator. Journal of Human Evolution, 18(4), 373-392. 

Hernando, A. (2002). Arqueología de la identidad. Akal. 

Hernando, A. (2005). Mujeres y prehistoria: En torno a la cuestión del origen del patriarcado. En M. Sánchez Romero (Ed.), Arqueología y género (pp. 73-109). Universidad de Granada. 

Hernando, A. (2007). Sexo, género y poder: Breve reflexión sobre algunos conceptos manejados en la Arqueología del Género. Complutum, 18, 167-174. 

Sánchez Romero, M. (2005). Mujeres, actividades de mantenimiento y complejidad social. En M. Sánchez Romero (Ed.), Arqueología y género (pp. 219-244). Universidad de Granada. 

Sánchez Romero, M. (2008). Actividades de mantenimiento, espacios domésticos y relaciones de género en las sociedades de la prehistoria reciente. En L. Prados & C. López (Eds.), Arqueología del género: 1er Encuentro Internacional en la UAM (pp. 163-185). Universidad Autónoma de Madrid.

Sánchez Romero, M. (2014). Mujeres, arqueología y feminismo: Aportaciones desde las sociedades argáricas. Arqueoweb, 15(1), 1-20.

Una sección de ciencia crítica para tiempos confusos. Dirigida por Candela Antón, divulgadora científica.

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