Energía nuclear
¿Es hora de corregir el rumbo?
Artículo publicado originalmente en Beyond Nuclear International.
Desde que el mundo conoció las armas nucleares en 1945, tras la destrucción de Hiroshima y Nagasaki, se ha reconocido ampliamente la necesidad de abolirlas, empezando por la primera resolución de las Naciones Unidas. Desde entonces, personas de todo el mundo han trabajado para eliminar la amenaza nuclear.
La capacidad de destrucción masiva se ha multiplicado desde 1945 y muchos más países la poseen. Entre todos ellos, los Estados poseedores de armas nucleares cuentan con cerca de 10.000 armas nucleares y han invertido en esfuerzos para garantizar que estas armas sigan siendo destructivas y utilizables. Las amenazas de utilizar armas nucleares se han repetido con regularidad, incluso por parte de funcionarios rusos e israelíes. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha pedido que se reanuden los ensayos con armas nucleares. Los países también están tratando de expandir la energía nuclear, lo que aumentaría la capacidad de los países para fabricar armas nucleares.
Las armas nucleares no son la única forma en que los Estados pueden matar personas. Estas armas, como ha argumentado el activista por la paz Ray Acheson, «forman parte del espectro de la violencia institucionalizada» y operan «en la intersección de las opresiones patriarcales, racistas, coloniales y capitalistas». Por hacer un juego de palabras, no debemos confinar el desarme nuclear a su propio silo.
En este espectro de violencia estatal se encuentran los ejércitos y las armas que manejan. Los Estados amplían continuamente su capacidad para ejercer violencia militarizada. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, el gasto militar mundial en 2024 alcanzó los 2,7 mil millones de dólares estadounidenses, «completando una década completa de aumentos anuales consecutivos», con «más de 100 países» aumentando sus gastos militares.
Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, el gasto militar mundial en 2024 alcanzó los 2,7 mil millones de dólares estadounidenses, «completando una década completa de aumentos anuales consecutivos», con «más de 100 países» aumentando sus gastos militares.
Aunque se podría atribuir este aumento del gasto a acontecimientos concretos —como la invasión de Ucrania por parte de Rusia o el ataque genocida de Israel contra Gaza—, también hay una continuidad. Como argumentó el historiador E. P. Thompson en respuesta al aumento del gasto militar bajo la presidencia de Reagan: «Las largas oleadas de los fabricantes de armas no siguen el mismo ritmo que las oleadas de confrontación diplomática. Cada crisis internacional legitima el proceso y refuerza el auge».
En respuesta, Thompson pidió una «alianza popular» que sirviera de fuerza contrarrestante a la carrera armamentística nuclear y militar de la época. Hoy en día se podría hacer un llamamiento similar. Ningún gobierno o grupo de gobiernos busca contrarrestar activamente esta creciente ola de militarismo, y no hay propuestas realistas de control de armas o desarme en perspectiva. Los movimientos sociales ofrecen la única vía para evitar el desastre.
La importancia de los movimientos sociales se ha reconocido desde los albores de la era nuclear. En enero de 1947, escribiendo en nombre del recién constituido Comité de Emergencia de Científicos Atómicos, Albert Einstein argumentó que no había «posibilidad de controlar» la energía atómica «excepto a través de la comprensión y la insistencia de los pueblos del mundo». Einstein creía que «una ciudadanía informada actuará en favor de la vida y no de la muerte».
La importancia de los movimientos sociales se ha reconocido desde los albores de la era nuclear. En enero de 1947, escribiendo en nombre del recién constituido Comité de Emergencia de Científicos Atómicos, Albert Einstein argumentó que no había «posibilidad de controlar» la energía atómica «excepto a través de la comprensión y la insistencia de los pueblos del mundo». Einstein creía que «una ciudadanía informada actuará en favor de la vida y no de la muerte».
En las décadas posteriores, el movimiento pacifista movilizó a un gran número de personas en diversos momentos. En la década de 1980, por ejemplo, se celebró una gran manifestación a favor del desarme nuclear en Nueva York el 12 de junio de 1982 y una importante protesta en Londres el 22 de octubre de 1983. Historiadores como Lawrence Wittner han documentado cómo esa movilización contribuyó a evitar la guerra nuclear.
Pero la década de 2020 no es como la de 1980. Aunque las personas que buscan el desarme nuclear siguen reuniéndose, es más probable que el número de participantes en las manifestaciones sea de decenas en lugar de los cientos de miles que se veían en la década de 1980.
Esto no se debe a que la gente no esté dispuesta a manifestarse y reunirse: pensemos en las grandes concentraciones que se vieron durante las protestas No Kings de 2025, las manifestaciones de Black Lives Matter en 2020 o los eventos de la Huelga por el Clima de 2019. Lo que podríamos concluir es que la amenaza nuclear no tiene el poder de movilizar a la gente.
Esto no se debe a que la gente no esté dispuesta a manifestarse y reunirse: pensemos en las grandes concentraciones que se vieron durante las protestas No Kings de 2025, las manifestaciones de Black Lives Matter en 2020 o los eventos de la Huelga por el Clima de 2019. Lo que podríamos concluir es que la amenaza nuclear no tiene el poder de movilizar a la gente.
Este desafío, además de la relación entre las armas nucleares y otras formas de opresión mencionadas anteriormente, nos obliga a pensar y organizarnos de manera interseccional. Como ha argumentado el activista por la paz Andrew Lichterman, los movimientos sociales «tendrán que aunar el trabajo por la paz y el desarme con las distintas líneas de trabajo contra la degradación medioambiental, la polarización de la riqueza y la injusticia económica, la erosión de la democracia y la persecución de los migrantes, las minorías nacionales y otras personas vulnerables. Las conexiones entre estas cuestiones tendrán que establecerse a nivel de sus causas comunes en una economía global cuya dinámica central durante siglos ha sido el crecimiento material sin fin, impulsado por la competencia despiadada entre organizaciones autoritarias de tamaño y poder cada vez mayores».
Un requisito fundamental para cualquier movimiento social que tenga como objetivo la abolición de las armas nucleares es que sea internacional. Las armas nucleares y su capacidad destructiva, como argumentó Einstein en 1947, «no encajan en el concepto anticuado de los nacionalismos estrechos». Relacionar la destrucción nuclear con el nacionalismo puede parecer extraño, pero quizá sea de esperar en alguien como Einstein, que fue testigo del auge del nazismo y el fascismo en Europa.
Hoy en día, volvemos a ver el crecimiento de los nacionalismos de sangre y suelo en muchos países. El nacionalismo y la invocación del llamado interés nacional permiten racionalizar la violencia masiva. (El presidente ruso Putin, por ejemplo, racionalizó el posible uso de armas nucleares en caso de que «alguien decidiera aniquilar a Rusia» diciendo: «¿Por qué necesitamos un mundo sin Rusia?»). En un momento así, el movimiento pacifista debe necesariamente enfrentarse y superar también el poder del nacionalismo. El reto es grande, pero la alternativa es peor.
Traducción de Raúl Sánchez Saura.
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