Estados Unidos
Mar Valdecantos: “Cuando llegaron las redadas del ICE, en Minnesota estábamos preparadas”
Mar Valdecantos, activista de la Comisión de Derechos Humanos de Minnesota y de la organización Rice County Neighbors – Barrios Unidos, analiza el endurecimiento de las políticas migratorias en Estados Unidos y sus consecuencias para la población migrante.
Desde Minnesota, uno de los epicentros de las protestas y la resistencia contra el racismo y las redadas y deportaciones masivas del Gobierno de Trump, Valdecantos explica cómo el discurso político ha evolucionado hasta considerar criminal a cualquier migrante que no esté regularizado, el auge de la ultraderecha, el giro del voto de las comunidades migrantes, los mecanismos legales que sostienen las deportaciones y el papel clave del tejido asociativo en la resistencia frente a las políticas de ICE.
Cuando Trump ganó la primera vez, pensábamos que era algo inusitado, que no iba a volver a ocurrir, pero cuando ya está ocurriendo una segunda vez te empiezas a plantear muchas cosas
¿Cómo consiguió Trump que le apoyaran para este segundo mandato?
Cuando Trump ganó la primera vez, pensábamos que era algo inusitado, extraño, que no iba a volver a ocurrir, pero cuando ya está ocurriendo una segunda vez te empiezas a plantear muchas cosas. La realidad es que este país no estaba preparado para [Barack] Obama; su presidencia fue algo excepcional y generó una reacción opuesta muy fuerte. Se crearon muchos grupos internos rechazando la diversidad y cuestionando el rumbo de la nación. Esa resistencia fue el caldo de cultivo de lo que vino después: la supremacía blanca se activó aún más al sentir de que les estaban “robando” el país.
Luego llegó [Joe] Biden en un contexto muy complicado: la salida de la pandemia, la muerte de George Floyd en Minneapolis y todas las protestas contra el racismo. Sin embargo, lo que le sucedió a Biden y a los demócratas en aquella época fue que no sabían hacer publicidad de lo que estaban haciendo. Puedes estar impulsando cosas estupendas, pero si no las das a conocer, la gente no se entera. En contraste, Trump es un publicista y un comunicador excepcional. Es una campaña de marketing con un eslogan que ha sido el mejor en toda la historia de la política mundial: “Make America Great Again”. Es una genialidad que ahora copian políticos en Argentina, Holanda y en todo el mundo. Él se da bombo continuamente, mientras que los demócratas asumen que su trabajo hablará por sí solo.
A esto se suma la economía y la desinformación. Trump vende la imagen de empresario exitoso que sabe lo que hace, aunque haya quebrado mil veces y su fortuna venga de su padre. Esa confusión explica el giro del voto hispano. Muchos hispanos vienen a trabajar y prosperar, y tenían la idea errónea de que Biden estaba del lado de los sindicatos y no estaba ayudando a las empresas. Además, como muchos son católicos conservadores, conectan con los valores tradicionales republicanos. Durante el Gobierno de Biden se hizo mucho hincapié en los derechos de las personas trans y no binarias. Cuando Trump afirmó en un mitin “yo estoy por ustedes, no por los elles”, se posicionó junto a la mayoría no diversa, dejando de lado a la minoría LGTBIQ+, cuyos votos, además, no esperaba recibir.
Comunidades muy conservadoras que votaron a los republicanos, como muchos hispanos o los somalíes, ahora se arrepienten y sienten que han votado a un monstruo que los está devorando
Trump vendió la idea de ir a por los criminales extranjeros. Las comunidades lo apoyaron ya que a nadie le parece bien que las “manzanas podridas” manchen la imagen de todo el grupo, así que muchos apoyaban la idea de deportar a los delincuentes. El problema es que ahora ven que las deportaciones no se limitan a criminales. Comunidades muy conservadoras que votaron a los republicanos, como muchos hispanos o los somalíes, quienes forman una comunidad bastante específica en Minnesota, ahora se arrepienten y sienten que han votado a un monstruo que los está devorando.
¿Por qué la comunidad somalí de Minnesota votó a Trump?
Minnesota tiene la diáspora somalí más grande fuera de Somalia. Como llegaron en calidad de refugiados, desde el principio contaron con el número de la seguridad social y el acceso a vivienda; ventajas que no tienen los inmigrantes a los que aquí llaman “indocumentados”, a quienes les resulta dificilísimo conseguir su estatus legal. Gracias a poder acceder a derechos básicos, la comunidad somalí prosperó y empezó a ganar en influencia política, como es el caso de la representante Ilhan Omar.
El problema surgió durante la pandemia. Se destapó un fraude masivo con los fondos de ayuda del Gobierno. Una organización sin fines de lucro, dirigida por una mujer blanca, pero con una extensa red de empleados somalíes, desvió millones de dólares supuestamente destinados a dar comida a los niños que no podían ir a la escuela. En lugar de eso, compraron coches y apartamentos. Llevamos años arrastrando este escándalo, desde antes de que Trump volviera.
Recientemente, Trump debió ver algún reportaje sobre este fraude en la televisión y ha aprovechado para atacar a toda la comunidad. Ha llegado a llamarles “piratas” a todos y amenaza con sacarlos del país. Es muy grave que un presidente utilice ese lenguaje. Sin embargo, en la práctica no puede deportarlos porque, al haber llegado como refugiados, la inmensa mayoría tiene estatus legal o son ciudadanos estadounidenses.
¿Qué mecanismos legales utilizan para encerrar a los inmigrantes y como se les está defendiendo?
El ESTA [Electronic System of Travel Authorization] es un buen ejemplo. Es una autorización temporal para visitar Estados Unidos y mucha gente desconoce que, si lees la letra pequeña, al firmarlo renuncias a enfrentarte al Gobierno en caso de que decidan deportarte. Es como una trampa legal y muchos abogados te dirían que una vez firmado el ESTA ya no se puede hacer nada. Sin embargo, ante detenciones sin fundamento, los abogados han estado utilizando un procedimiento legal llamado Habeas Corpus [garantía constitucional frente a detenciones arbitrarias] para demostrar que esa persona ha sido retenida sin un motivo real. Con el Habeas Corpus se estaba consiguiendo sacar a la gente de los centros de detención para que pudieran continuar con sus audiencias estando fuera de cárcel. Al final, todo esto demuestra lo que siempre decimos: el sistema de inmigración está roto, y no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo.
Si vas físicamente al juzgado te arriesgas a caer en una trampa; si pierdes el caso, te detienen allí mismo y te deportan sin que puedas hacer nada
El Gobierno se dio cuenta de que muchísima gente estaba saliendo en libertad gracias al Habeas Corpus y reaccionó rápidamente. Han implementado nuevas directrices para justificar que esas detenciones son válidas y dejar de admitir este recurso. Como resultado, los casos que antes se resolvían rapidísimo ahora están estancados y tardan muchísimo más. Además, la situación es tan tensa que ahora se le recomienda a la gente que intente realizar sus audiencias con el juez por internet. Si vas físicamente al juzgado te arriesgas a caer en una trampa; si pierdes el caso, te detienen allí mismo y te deportan sin que puedas hacer nada. Una vez que te detienen o tienes una orden de deportación, regularizarse es prácticamente imposible.
¿Cómo ha evolucionado la ley a lo largo de los años para que ahora casi cualquier persona que no esté regularizada sea tratada como un criminal?
Todo empezó en 1996 con una ley aprobada durante el Gobierno de[Bill] Clinton. A veces se piensa que Trump es el único malo de la película, pero a Obama lo llamaban el “deportador en jefe” y quien empezó a construir el muro fue Clinton. En los años 90 hubo una fuerte oleada antiinmigrante a nivel mundial, muy parecida a la que vivimos ahora. Curiosamente, la última gran regularización en Estados Unidos, en la que muchísima gente logró regularizar su situación, la hizo Ronald Reagan. Después de él vino una enorme reacción en contra que culminó en la ley restrictiva de Clinton del 96. A partir de ese momento, conseguir asilo o un permiso de trabajo se volvió muchísimo más difícil; se penalizaron cosas que no eran delitos y se criminalizó al inmigrante.
El problema es que la ley de inmigración sigue siendo la misma desde entonces; lo que cambia es la interpretación que le da cada Gobierno. Por ejemplo, Obama decía que iba a ir a por los criminales, pero en cuestiones de inmigración, llevarte un chicle de una tienda o aparecer en una lista de faltas menores ya te convierte en uno. Aunque con Obama había cierta tranquilidad porque, si iban a buscar a alguien, se llevaban solo a esa persona y dejaban en paz al resto de la familia, la interpretación actual es extrema: cualquier persona que no tenga su estatus regularizado es considerada criminal y debe ser expulsada. Cuando la gente oye “criminales”, piensa en violadores o traficantes, pero la realidad es que la inmensa mayoría son personas normales que no han hecho nada de eso.
A veces se piensa que Trump es el único malo de la película, pero a Obama lo llamaban el “deportador en jefe” y quien empezó a construir el muro fue Clinton
¿Qué está ocurriendo con los refugiados de países como Afganistán o Somalia?
El recorte de derechos ha sido brutal; han cortado por lo sano. Prácticamente ya no entra ningún refugiado, salvo algunos sudafricanos blancos. Hay gente de Afganistán desesperada a la que no dejan acceder con la excusa de que tienen que investigarlos, cuando la realidad es que las embajadas ya los revisan con lupa. Todo el sistema estaba muy bien organizado, pero recientemente hubo un par de incidentes aislados protagonizados por afganos: uno asesinó a una chica de la Guardia Nacional en Washington D.C., y otro atacó a la comunidad judía. A raíz de esto, ahora se tacha a todos los afganos de dementes y criminales, y quieren expulsarlos a todos. Pero, ¿a dónde los van a llevar? Mandarlos a Afganistán hoy en día es enviarlos a que los maten.
Los somalíes dicen exactamente lo mismo: están aterrorizados de que los devuelvan a Somalia. De hecho, durante el primer mandato de Trump, el pánico de los somalíes en Minnesota era tan inmenso que hubo gente que intentó huir a Canadá cruzando la frontera a pie en pleno invierno. Hubo personas que murieron congeladas y otras que acabaron perdiendo las manos y los pies por el frío extremo. Ese es el nivel de desesperación. Al final, la gente vio que no salía a cuenta ir a Canadá, porque tienen un sistema de admisión muy férreo y te expulsan prácticamente al día siguiente.
Has comentado que Minnesota es una isla progresista. ¿Cómo es realmente la convivencia racial y cómo ha influido el tejido social en la resistencia frente a las políticas del ICE?
Minnesota ha sido históricamente un estado muy blanco, sobre todo tras masacrar a la población indígena original. Con el tiempo, empezaron a llegar comunidades negras de otros lugares, como las poblaciones de Sudán o Somalia, que vinieron a trabajar en las fábricas de procesamiento de aves. Al introducir comunidades diversas en un entorno tan homogéneo, lógicamente surgen fricciones, sumado a que la comunidad negra aquí nunca ha sido históricamente muy grande.
hay una brecha enorme entre la población blanca y la negra: categoría en la que entramos hispanos, asiáticos y negros; yo misma soy considerada una mujer de color
Lo que hemos visto con el paso del tiempo es una brecha enorme entre la población blanca y la negra: categoría en la que entramos hispanos, asiáticos y negros; yo misma soy considerada una mujer de color aquí. Esa desigualdad es evidente en todos los índices: salud, educación o propiedad de vivienda. Cuando estallaron las protestas por el asesinato de George Floyd, el gobernador [Tim] Walz dio una rueda de prensa de una valentía tremenda. Enumeró todos los maravillosos índices de calidad de vida del estado y al final sentenció: “Todo esto es así si usted es blanco; si es negro, en este estado la historia es muy distinta”.
Afortunadamente, para intentar cerrar esa brecha, ya existía un fuerte trabajo de base y organizaciones luchando desde hace años. Gracias a ese tejido asociativo previo, cuando llegaron las redadas del ICE estábamos preparados. La gente respondió inmediatamente, las organizaciones entrenaron a ciudadanos como observadores democráticos para vigilar las detenciones y saber cómo ayudar. Es algo que, por desgracia, no ocurre en estados como Florida, donde se están llevando a la gente sin que haya ningún tipo de reacción comunitaria.
Si logramos que el presidente pierda el control del Congreso y del Senado, podremos pararle los pies. Hasta noviembre seguiremos viviendo con este nivel de estrés diario y global
¿Qué papel pueden jugar las próximas elecciones y la creciente concienciación social de la que hablas para lograr un cambio real?
A pesar de todo, tengo dos grandes motivos para la esperanza. El primero son las elecciones de medio término en noviembre, donde se eligen senadores y congresistas. Ya estamos notando un fuerte empuje a favor de los demócratas, no tanto por convicción partidista, sino por el rechazo absoluto a la locura de la actual administración republicana. Y el problema no es solo Trump, es su equipo. Perfiles como Stephen Miller [Asesor de Seguridad Nacional], que es quien realmente maneja estas políticas, parecen sacados de la Alemania nazi. Si logramos que el presidente pierda el control del Congreso y del Senado, podremos pararle los pies. Hasta noviembre seguiremos viviendo con este nivel de estrés diario y global, preguntándonos cada mañana cuál es el nuevo desastre, pero esa es una vía para frenarlos.
El segundo motivo es la reforma migratoria. Llevo en este país desde 1996 y nunca habíamos estado tan cerca de conseguir un cambio real que revoque esa ley del 96 que criminalizó a los inmigrantes. Paradójicamente, esta situación tan horrorosa ha servido para abrirle los ojos a muchísima gente blanca que vivía completamente ajena a la realidad de las personas que les limpiaban la casa o recogían sus cosechas.
En mi organización gestionamos una tienda solidaria, donde vendemos productos de artesanos de la comunidad. A veces me toca estar de dependienta y veo entrar a personas blancas llorando, diciéndome: “No tenía ni idea de esto, ¿cómo puedo ayudar? ¡Esto no puede estar pasando en mi país!”. Yo les respondo que esto lleva pasando mucho tiempo, pero el hecho de que ahora la ciudadanía esté despertando, exija respuestas a sus ayuntamientos y hable con sus legisladores, nos acerca al objetivo. Quién nos iba a decir que de algo tan terrible saldría esta presión positiva. Ojalá esto obligue a la próxima presidencia a regularizar, por fin, a los más de once millones de personas en situación irregular que viven en este país.
Yemayá Revista
Propaganda, miedo y disuasión: el nuevo paradigma migratorio de Trump
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