Feminismos
Amanda Castillo: “La cultura pedófila irriga toda la sociedad”
“El envejecimiento de las mujeres asusta, pero el de los hombres hace soñar”, dice Amanda Castillo en la introducción de Tenemos derecho a envejecer como los hombres (Continta me tienes, 2026). La autora, de origen español y afincada en Suiza, propone un título para su primer título traducido con cierta trampa. Porque del análisis de los diferentes estándares de belleza, la presión estética sobre las mujeres y las consecuencias de envejecer cuando se tiene cuerpo de mujer, su argumento vira hacia cómo “cultura pedófila” explica esas desigualdades.
Hace unos días, Woody Allen paseaba por el centro de Madrid. Pero las acusaciones de violencia sexual que en su dían hizo su hija, su matrimonio con su hija adoptiva o la aparición de su nombre junto al de Jeffrey Epstein no han formado parte del relato mediático. “Woody Allen no es una excepción”, dice Castillo. “Tendemos a pensar que la pederastia y la obsesión por las chicas jóvenes forman categorías estancas”, recoge en su libro. Pero son dos asuntos que hay que abordar a la vez.
Hipersexualización, cirugías preventivas, productos culturales que son casi unánimes en su mensaje sobre el envejecimiento de las mujeres y popes culturales que han hecho bandera de su misoginia son algunos de los temas de un libro que vuelve a plantear la necesidad de un cuarto propio varias décadas después de que pensáramos que esta conversación ya estaba superada.
¿De verdad queremos envejecer como los hombres?
Cuando alguien nace en un cuerpo de mujer, se da cuenta muy rápido de que no envejece como los hombres, primero porque se sexualiza a las niñas. Yo recuerdo tener pánico a que me sexualizaran ya cuando tenía 10 u 11 años. Y recuerdo también cuando estaba en un internado y había una niña en ese internado de 12 o 13 años a la que violaba un profesor. Y pensé: “Si quiero sobrevivir aquí, tengo que parecer muy joven para que no me violen”. Porque el argumento ahí era que si una ha desarrollado los pechos, ya es una mujer: una mujercita con 13 años…
Crecer era un horizonte bastante angustioso porque veía hombres de 50, 40 años que se acercaban a niñas. Pero sigue siendo el caso, por eso hablo en el libro de “cultura pedófila”. Hoy en día, cuando lees la prensa, entras en un artículo sobre un hombre acusado de violar a una mujer y ves que la víctima tiene 14 años. Si le das la vuelta, esa noticia no la vas a encontrar en ningún sitio. Ese doble estándar, esa objetivización, esa sexualización permanente… empieza cuando somos muy jóvenes. En Francia hay muchísima pedocriminalidad. Y los niños también se ven afectados, pero no al nivel de las niñas. Es impresionante.
Tu hablas de varios prototipos de hombre en el libro, uno de ellos son los “pigmaliones”.
Yo lo que hago en el libro es proponer a las mujeres, porque siempre se nos mira a nosotras, que levanten la cabeza y que empiecen a mirar quién las mira, por qué las miran y qué están mirando. Identifico tres categorías de hombres: los pigmaliones, los angustiados y los hombres cuyo imaginario erótico se ha forjado a través de la cultura pedófila, mirando imágenes de niñas sexualizadas.
Se nos dice que somos viejas cuando tenemos 30 años, pero es que la piel de una chica de 30 no está estropeada, lo que está estropeado es su capacidad de ser maleable
En el caso del “pigmalión”, hablo de escultores o de cineastas. Pero también puede ser un profesor con su alumna, un médico con su paciente, es decir, un hombre con mucho conocimiento en una relación asimétrica. En cuanto esa mujer acumula conocimiento, se siente más segura de ella misma, la descarta. Son gente que quieren tener una relación de vasallaje. Ese es el pigmalión, y eso es un problema porque una no se puede quedar musa toda la vida.
“La sacralización de la extrema juventud no es otra cosa que la sacralización de los vínculos de vasallaje entre un hombre y otra mujer. Todas las mujeres jóvenes que he nombrado al principio del libro se amoldan a los deseos del hombre amado”, dices.
Ese es el ángulo, porque se nos dice que somos viejas cuando tenemos 30 años, pero es que la piel de una chica de 30 no está estropeada, lo que está estropeado es su capacidad de ser maleable. En el caso Pelicot, ella es una mujer “vieja” en el sentido patriarcal a la que violaron hombres de veintitantos años. No se trata de la arruga, sino de dominación.
Las generaciones más jóvenes —que han vivido décadas de feminismo, que están expuestas a publicidad donde hay más diversidad corporal o que incluso han podido ver a alguna actriz de más de 60 protagonizando una película—, ¿tienen otra relación con la idea de envejecer?
Hay quienes me objetan que la cuestión de la desigualdad en el envejecimiento ya se ha superado. Yo digo que no, absolutamente no. Las chicas más jóvenes están más angustiadas aún que las personas de 50 o 60 años, porque la gente que acude más a las cirugías son gente de entre 20 y 25 años que se hacen botox preventivo cuando todavía no tienen arrugas. Y tenemos a, por ejemplo, Kim Kardashian, que sale diciendo: “Yo sería capaz de comerme caca todos los días si me dijeran que va a parar mi envejecimiento”. Y es una millennial.
Y la Generación Z es todavía peor, porque están en las redes sociales donde usan todos esos filtros, de modo que cuando van al cirujano ya no van con la foto de una famosa a la que admiran sino con una versión de ellas mismas filtrada. Y siempre son las mismas caras: una nariz muy pequeña, la frente estirada y los labios enormes. Son todos códigos de esa cultura pedófila que llamo yo, porque son básicamente rasgos que se encuentran en niñas muy pequeñas. Esas caritas inocentes, ingenuas, sin vello. Y luego están las intervenciones íntimas, como cápsulas de estrechamiento íntimo, porque se supone que el marido va a ser no va a estar contento después de que una mujer dé a luz. Este tipo de cosas.
Si tú ves todo el día el cine de Woody Allen o de Polanski, acabarás teniendo miedo a envejecer, porque te nutres de una cultura que te dice que no tienes valor en sí, que eres solamente un producto perecedero
¿Cómo representa la cultura a las mujeres viejas?
Hoy las mujeres están un poquito más representadas, poco a poco se está reparando esa falta de representación porque hay muchas mujeres que cogen la cámara y se ponen a realizar películas. Pero no son ellas las que tienen los mejores presupuestos y los premios. La industria está dominada por hombres, y no son hombres particularmente progresistas. Son hombres que te dan una imagen de la mujer que puede dañarte, volverse paranoica. Si tú ves todo el día el cine de Woody Allen o de Polanski, acabarás teniendo miedo a envejecer, porque te nutres de una cultura que te dice que no tienes valor en sí, que eres solamente un producto perecedero y no tienes individualidad. Eso es lo que dicen básicamente todos estos hombres, que también son pederastas. Woody Allen, es un gran amigo de Jeffrey Epstein. Es todo un sistema. Es esta es gente la que hace la cultura. Por eso digo que la cultura pedófila irriga toda la sociedad a través de todas esas obras de arte que nos comemos.
El caso Woody Allen no lo podemos leer como una excepción y ni si quiera escandaliza o preocupa… // En Suiza, desde luego, no. Lo encuentran genial, porque siempre hay una excepción con el hombre que es un creador. Si el panadero viola a un niño, no van a decir: “Ah, sí, pero es que hace un pan excelente”. Pero de un cineasta que viola se dice: “Ah, pero es que sus películas son fantásticas”.
¿A quién llamas tú las mujeres enmascaradas?
En el libro hablo del caso de Blanche Gardin, que es una humorista que ha ganado todos los premios del humor, cuando nunca había ganado una mujer este tipo de premios. Y resulta que todo su humor es misógino, sexista: ella ha encontrado el truco para ganar los premios, y ese truco pasa por atacar y destruir a las mujeres. Ella se dice feminista. Pero utiliza esta estrategia, la estrategia de la “pick me girl”. Yo creo que cuando uno tiene tanto talento, debe ponerlo al servicio de una causa que sea justa y, para mí, destruir a las mujeres no lo es. Creo que se pone esa máscara porque le ha ido muy bien para sus negocios.
Cuando hablas de mujeres enmascaradas, ¿no es una forma un poco problamética de analizarlo? ¿No se puede acabar culpando a las mujeres de una situación cuya matriz está en el orden patriarcal?
Creo que si estás en un en una posición económica que no te permite dar tu voz y dar tu opinión, tienes que ir enmascarada y no se te puede culpar. Pero cuando has llegado a un nivel de fama y de notoriedad y de poder económico que te permite quitarte la máscara, lo tienes que hacer. Pero, sí, cualquiera de nosotras ha podido ser una mujer enmascarada. Yo la primera: me he conformado muchísimo con todos los códigos, lo he hecho todo según el guión. También porque vivo en una ciudad en la que, si no lo haces, estás totalmente al margen de todo. Cuando vivía en Lyon me decía que cuando hablaba era como una profesora de yoga, porque estaba muy tranquila; en Ginebra soy una feminazi.
Pero tú, irónicamente porque es un término que se utiliza en la manosfera, decides tomar la pastilla roja. ¿Qué es “tomar la pastilla roja”?
Simplemente leer un montón de libros feministas que te deconstruyen. Yo empecé con Mona Chollet, es la feminista que a mí me abrió los ojos. Sus libros son como poner luz en todos los rincones. Además, hay que leer mucho las africanas, porque tienen un feminismo muy interesante interseccional que se nos olvida mucho a las feministas occidentales.
Los problemas que describes en tu libro, ¿son un problema social, en general? ¿No son un problema de la heterosexualidad compulsiva?
Pienso que es un problema del patriarcado, que nos asigna la función de reproductoras y entonces no tenemos otra función en esta sociedad que dar luz y cuidar de los demás. Se dice, y es verdad, que la Generación Z es la primera generación que puede decidir o no vivir con un hombre porque trabaja: es una opción, no una obligación. Por eso hay mucha gente que vive sola y ahora se celebra mucho la soledad femenina. Mientras, los hombres, en lugar de pensar qué pueden hacer, se radicalizan: se vuelven incels y siguen Andrew Tate en las redes sociales.
A las mujeres se nos enseña que nuestras vidas no están completas hasta que un hombre no nos ha elegido. Hay que dejar esa idea de que tenemos que ser elegidas
¿Tú eres heteropesimista?
Yo estoy casada desde hace más de 11 años, llevo 16 con mi marido, que es una persona muy equilibrada, pero me doy cuenta que tengo mucha suerte y que la realidad detrás de las puertas cerradas es bastante sórdida. Doy las gracias por no tener a un marido que me menosprecie. No soy heteropesimista para mí, pero sí para los demás.
¿Entonces puede haber motivos para ser heterooptimista?
Creo que a las mujeres se nos enseña que nuestras vidas no están completas hasta que un hombre no nos ha elegido. Hay que dejar esa idea de que tenemos que ser elegidas, no esperar la validación de nadie y, sobre todo, mantener una independencia económica porque la libertad de ser uno mismo siempre empieza con el dinero necesario para financiarla.
¿No ha tenido ya esta conversación el feminismo? ¿Tenemos que volver al feminismo que reivindica el cuarto propio?
Es que en cuanto que te embarazas, ¿qué haces? ¿Qué hacen todas las mujeres? Hay una voluntad política para que te quedes en casa. En Suiza no tuvimos el derecho a voto hasta el año 1971. Y, hasta el 88, el hombre era jefe de la familia en el Código Civil y no podías abrir una cuenta en banco ni podías trabajar sin el permiso de tu marido. En Suiza, cuando llegó la democracia, no fue para todo el mundo, como en Francia tras la Revolución Francesa. Todas mis amigas que no eran feministas, se han vuelto feministas cuando han tenido un hijo. Porque decían: “¿Qué me pasa aquí? Se me ha caído la casa encima y el hombre sigue ahí tan ligero”. Y aunque vivas con un hombre progresista, ese es el problema.
Vamos a intentar acabar con algún motivo para el optimismo. ¿Quién es Lou Andreas-Salomé?
Me gustan mucho las mujeres del siglo XIX porque en ese siglo se ha quedado Ginebra.. Yo vivo en el siglo XIX y por eso intento buscar soluciones con gente que efectivamente vive en ese siglo que era el siglo más misógino de toda la historia. Lou Andreas-Salomé era una mujer muy magnética que estaba obsesionada por la idea de no ser amputada. En su visión, el matrimonio era una amputación y la maternidad era otra amputación. Se casó con un hombre al que exigió que nunca tuvieran relaciones sexuales. Y luego tuvo muchísimos amantes. Se dice que era la musa de Nietzsche, la musa de Rilke, pero no: ella era verdaderamente una interlocutora de mismo nivel. Me parece que es una mujer muy interesante porque no le tenía horror a los hombres patriarcales. Conozco a muchísimos hombres patriarcales y admiro esa actitud que deconstruya, eso es lo que ella hacía. No tenían otra opción que deconstruirse a su contacto.
Cuentas al final del libro cómo te molesta que alguien te diga que “pareces vieja” en una fotografía. ¿Por qué tiene que molestarnos?
Es que no sé por qué la gente se permite hacer incesantemente comentarios sobre el físico de las mujeres. ¿Tú se lo dirías a un hombre? He aprendido a ignorar esa clase de agresiones.
Si no dices tu edad, la gente no te puede juzgar, no te puede evaluar por dónde estás en la escala de lo que tienes que haber cumplido a tal edad, y te deja en paz
Pero, ¿por qué tiene que ser una agresión que te llamen “vieja”?
Pues por la percepción que la sociedad tiene de la vejez de la mujer, por esa visión en la que las mujeres tienen derecho a envejecer. Tenemos que esforzarnos por aparentar que el tiempo no pasa. Y, si no lo conseguimos, dejar claro que hacemos todo lo posible para que no se note. El sistema es perverso, a la vez se nos dice: “Quédate congelada del tiempo”, pero si haces algo pueden humillarte: “Te has pasado”.
Tú dices que ocultar tu edad es un gesto político. ¿De qué forma es político?
Si no dices tu edad, la gente no te puede juzgar, no te puede evaluar por dónde estás en la escala de lo que tienes que haber cumplido a tal edad, y te deja en paz. A mí no me han dejado en paz, nunca. Ni siquiera de la infancia. Nos maltratan mucho con la edad, muchísimo.
Decías al principio que el feminismo es incómodo para los hombres, también es para las mujeres.
No es nada agradable el abrir los ojos, pero es salvadora porque ilumina con una luz nueva las cosas que me habían dolido, que me habían humillado.
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