Flamenco
Juan Verdú: “Madrid fue la que hizo a Enrique Morente”
Juan Verdú (Guadalajara, 1948) parece el caballero de la triste figura versión castiza, con bastón fino por lanza, acompañado siempre de la presencia del periódico como escudo. Con los cabellos peinados hacia atrás, bigote y perilla, de porte elegante y con una copa de vino blanco en la mano, su mirada destila flamenco. Verdú fue una pieza fundamental a principios de los años 80 en el despegue del flamenco para el gran público como primer director de la Cumbre y la SUMA Flamenca, organizador de numerosos festivales y locutor de radio durante 25 años. Estuvo involucrado en la explosión de la movida flamenca madrileña que tuvo como epicentros el Colegio Mayor San Juan Evangelista, la sala Revolver o el Candela. De esos tiempos cuenta que guarda “cornadas”. Amigo y compinche de Enrique Morente, la entrevista se produce en dos sesiones. La primera en un bar de Antón Martín y la segunda en otro de Carabanchel. En ambos algún cliente le reconoce y le saluda. También le preguntan cómo está. Él responde con un latiguillo robado de su fallecido amigo el guionista Alfredo Mañas: “Hay que ver lo que cuesta morirse”.
¿Cómo empezó la afición al flamenco?
Vivía en Guadalajara capital, en el barrio de los lecheros y los mieleros. La verdad es que cuando somos niños no nos vamos dando cuenta de toda la información que nos va llegando. Mi abuela estaba en la habitación cosiendo y yo en el suelo jugaba a las chapas. Mi abuela escuchaba la radio de aquella época y ahí ponían copla y flamenco. A ella le gustaba mucho y a mí se me iba quedando. Según fui cumpliendo edad me fue saliendo toda esta historia y me di cuenta con el tiempo que fue en esos encuentros con mi abuela que me fui enamorando del flamenco, aquello se me quedó para siempre. Cuando llegué a Madrid me incorporé a todos los movimientos que había de gente joven, especialmente en la universidad, en la Complutense, en el Colegio Mayor San Juan Evangelista y en muchos otros. Poquillo a poco desde ahí empezamos a movernos y sacar unos durillos organizando cosas. El impacto total fue un día que llegué a las fiestas del 2 de mayo en Malasaña, cuando Madrid era la capital de la cultura y del movimiento intelectual más bonito que ha vivido la ciudad. En esas fiestas cantaban José Menese, Carmen Linares y Enrique Morente. Yo estaba en el bar de al lado de la plaza esperando que empezase y apareció Enrique Morente. Le digo a mis colegas “mira está ahí Morente”, me acerqué y le dije: “Maestro, ¿me puede firmar un autógrafo?”. Me preguntó quién era yo, le contesté que yo quería ser un buen aficionao. Yo llevaba el libro La Copla andaluza de Rafael Cansinos Assens en el bolsillo, ahí me lo firmó. Cuando se iba para el escenario me preguntó: “¿A ti quién te gusta cantando?”. En esa época todos eran de Antonio Mairena, pero respondí: “Soy de Pepe Marchena a muerte y de Bernardo el de los Lobitos”. Me respondió que nos volvíamos a ver después del concierto para ir al Café de Silverio en la calle Manuela Malasaña 20 y esa noche ya nos hicimos amigos para toda la vida.
Fue el principio de una larga amistad…
Era el año 1983 y ahí empezó todo. Enrique era un hombre tan simpático y tan afectivo que tenía amigos por todos lados, lo que pasa es que ya luego empezamos a trabajar juntos y cuando entré en Onda Madrid con el programa de radio Madrid flamenco, pues los sábados se venía conmigo y me ayudaba. Ahí empezamos a currar juntos, y así fue hasta unos días antes de morirse en 2010, estuvimos en Lisboa en septiembre y murió en diciembre. Esa es la historia de nuestra amistad, que se mantuvo siempre, trabajando juntos que es todavía más difícil. Lo bueno que hice, que me enseñó mi abuelo, porque él tuvo una compañía de teatro en Guadalajara es hacer caso a lo que me decía: “Nunca seas mánager”. Para los festivales yo contrataba, lo pasaba a los ayuntamientos o a quien fuera y luego ponía en contacto a los mánagers con el contratante, que también me pagaba a mí. Así mantenía mi independencia con los artistas. Conmigo solo se han enfadado a los que no ponía, pero el resto de gente que ha trabajado conmigo siempre han estado muy bien.
¿Cómo valoras con el tiempo esa época flamenca que emergió alrededor de la muerte de Franco?
Tuvimos la suerte a partir de los años 80 y gracias a la actitud de muchos jóvenes e intelectuales, también hay que decirlo de Enrique Tierno Galván. El otro día lo hablaba con Joaquín San Juan, de la escuela de Amor de Dios, en el cante estaban Camarón, Morente, José Mercé, Carmen Linares, El Indio Gitano, Terremoto, Chocolate, Agujetas, Menese… tienes nombres para estar una hora. En el baile, el trío maravilloso que la primera vez que les vi fue en el tablao de Torres Bermejas y no me daba cuenta de la maravilla que eran: Antonio Gades, Mario Maya y El Güito, distintos y geniales. Luego estaban también Manuela Carrasco, a la que yo tengo devoción, y Merche Esmeralda, muy distinta pero muy grandes las dos. Y al toque Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar, Tomate, Tomatito y todos los que había alrededor.
Morente en Andalucía no era admitido completamente, cuando cantaba allí era un follón. Él era un adelantao, siempre me decía “me da coraje que no me comprendan, pero me da lo mismo”
En el momento de vuestro encuentro, Enrique Morente ya había sido polémico entre parte de la crítica y las peñas por los discos Despegando (1977) y Sacromonte (1982).
Morente en Andalucía no era admitido completamente, cuando cantaba allí era un follón. Él era un adelantao, siempre me decía “me da coraje que no me comprendan, pero me da lo mismo”. En Madrid es donde se le entendía bien, había una complicidad maravillosa. Todo este movimiento de los años 80 comenzó en el Café de Silverio con Enrique, Juan y Pepe Habichuela, Carmen Linares, Miguel Espín… A Morente no le llamaban para festivales en Andalucía, yo hablaba con algunos programadores y la respuesta era “cuando cante flamenco le llamamos”. Madrid fue la que hizo a Enrique Morente, especialmente en la Cumbre y Veranos de la Villa. Igual que se hizo en Barcelona con el Taller de Músics y Lluis Cabrera, que le querían mucho.
En ese tiempo en Madrid coincide con José Menese.
Él tenía más suerte, como era un clásico en Andalucía se le quería más y le llamaban para festivales. En Madrid también se le adoraba, sus conciertos en la universidad o en el San Juan Evangelista eran tremendos. Menese fue parte de la revolución de la juventud y de este mundo. Menese era un clásico en el cante y Morente el revolucionario de las nuevas músicas y la creatividad. En todas las artes pasa lo mismo. Con Menese y Enrique de Melchor he trabajado mucho, iban siempre juntos. Cuando yo hacía festivales lo que hacía es que estuvieran las dos cosas, lo clásico y lo más contemporáneo.
En este país resulta que al flamenco no se le hace ni puto caso, vive gracias a la invasión que tenemos de turismo y por los tablaos
De Enrique de Melchor se sabe menos pero fue fundamental.
Fue uno de los grandes guitarristas para cantar, hijo de Melchor de Marchena que fue un crack en su tiempo. Y digo para cantar, no para “acompañar” como dicen algunos flamencólicos. Acompañar es para tomarte una copa o para comer. Él tocaba para cantar, porque sabía tanto de cante y le gustaba tanto que era impresionante. Fue el escudero de José Menese siempre. Enrique de Melchor no es conocido porque aquí el flamenco no tiene sitio en ningún medio. Se lo pregunté hace poco a uno de un periódico y me dijo “no salen porque no son noticia”. En este país resulta que al flamenco no se le hace ni puto caso, vive gracias a la invasión que tenemos de turismo y por los tablaos.
Otros nombres que se curtieron en el Madrid de esos años fueron Chano Lobato, El Gallina, El Torta…
Chano Lobato me enamoró de Cádiz. Un día, cuando estaba en la radio, me llama mi jefe, Miguel Ángel Almodóvar, y me dice “Juan, tienes que inventar algo para darle un puntazo flamenco al San Juan Evangelista, porque solo les gusta el jazz. Inventa algo y lo potenciamos desde Onda Madrid”. Entonces hicimos la Primavera Flamenca en el San Juan Evangelista que fue con Enrique Morente, Carmen Linares, José Mercé y Chano Lobato. Ahí es donde me enamoré de él y luego de su ciudad. Ya no era solo cantando en el escenario, era además una comunicación con el público increíble y eso es muy difícil. Recuerdo un día en Valencia que me invitaron a dar una conferencia en la universidad con él y con Miguel Mora que entonces estaba en El País. Chano me llama por la mañana y me dice que ha tenido un problema y que quiere ir cinco días antes, que si se le puede buscar un sitio allí para dormir porque no quería estar en Cádiz. Llamé a la universidad y me encontraron un sitio. Cuando llegamos Mora y yo para dar la conferencia, me dice el Rector “este tío se ha ganado a la gente que trabaja en la cocina, a los profesores, a los catedráticos, a los alumnos”. Yo pensé que iba a ser una conferencia en un aula chiquitilla, como siempre que hacías algo de flamenco en las universidades, y resultó que en el patio central de la universidad había 800 chavales y Chano dándose un baño de masas. Un momento histórico. Cuando salimos y fuimos a cenar nos contó por qué había ido antes. Se le mató el hijo en un accidente de coche en Argentina y quería alejarse de los recuerdos. Chano era Cádiz puro, había conciertos en los que decía: “Señores, les voy a decir una cosa, estoy algo mal de la voz, ¿qué quieren que cante o que hable?”. Y la gente decía “¡habla, habla!”. Era un genio, un filósofo de la vida. He pasado con él momentos inolvidables, si ibas al extranjero te tirabas por el suelo con él.
¿Trataste al Gallina?
El origen fundamental de la revolución del flamenco en Madrid fue el Café de Silverio en Malasaña, que lo llevaban Pepe Rubio, que era pintor y un gran artista, y Guillermo el Murciano. Tú ibas y estaban Rafael Alberti, Fernando Quiñones y también El Gallina. En los años 80 El Gallina estaba completamente abandonao, muy mayor. Le tenían que haber tenido en palmitas desde la Junta de Andalucía, porque era un genio de Linares, un grande del cante. Pero no, vivía en una casa de protección y se dejaba caer por el Café para que le dieran un dinero los señoritos, así le conocí yo. Le metimos en la primera Cumbre Flamenca y le empezamos a llevar a los festivales y a todos los sitios. Era un sabio, daba gusto hablar con él, porque empezaba a hablar de los cantes y era para haberlo grabao. Era flamenco al cien por cien, si hubiera sido rockero…
¿Y El Torta?
Era de otro mundo. Lo bueno que tiene el arte es que no hay solo una línea, hay muchas. El Torta era la pureza, que no es el nombre de una calle, es un estilo y un camino. Eligió el camino clásico de cantaor, lo que pasa es que tenía un problema que era su cabeza. Con una cabeza más amueblada habría sido un genio maravilloso. Le quería mucho, porque era un tío muy sentido, muy sensible. Lo pasó mal, pero está claro que como cantaor es otro de los grandes genios.
Paco de Lucía decía que él de pequeño llegaba del colegio y su padre le metía en la habitación hasta las diez de la noche con la guitarra, luego cenaba y a la cama
¿Cómo se adquiere la categoría de genio en el flamenco?
Creo que tenía mucha razón Paco de Lucía cuando decía que para genio se nace, por mucho que estudies. Con Paco me veía en el Candela, nos llevábamos muy bien porque yo no le hablaba de falsetas, ni de discos, ni ná de eso. Hablábamos de literatura, de cine, de lo que estaba pasando. Decía que él de pequeño llegaba del colegio y su padre le metía en la habitación hasta las diez de la noche con la guitarra, luego cenaba y a la cama. Merche Esmeralda igual, me decía “yo me tiraba todo el día bailando”. Pero igual que hay que trabajarlo, hay que nacer para ser artista. Puedes ser bueno, ser un buen profesor, dar tus clases, pero artista es otra cosa.
Llevamos una racha de muchas pérdidas de iconos del flamenco, primero fue El Güito…
En el baile El Güito es mi dios, don Eduardo Serrano Iglesias para mí ha sido lo más, he girado por todo el mundo con él. Ahora cuando veo bailar a todos los jóvenes me digo “bailan pero sin estructura”, dan cuatro patadas, se vuelven y nada más. El Güito tenía un baile que era la soleá, montado desde que sale la guitarra y el cante. Yo me enamoré de él. He estado con el Güito en todo el mundo, era mi bailaor. También aguantando el mal humor que tenía, porque a veces me regañaba, “el hotel está muy mal” y esas cosas. Es uno de los grandes maestros de la historia del baile flamenco, con Mario Maya y Antonio Gades. Los tres en baile masculino han sido unos genios. En el Rastro de Madrid tendría que haber un monumento a él o una placa que ponga: “Bailaor que marcó la historia del flamenco”. En cambio tienen la de Agustín Lara. ¿Quién es Agustín Lara? Nadie lo sabe en El Rastro. El Güito salía al escenario y no tenía ni que bailar del estilo que tenía.
¿En mujer?
Para mí de Sevilla indiscutible Manuela Carrasco. Ella sale al escenario andando y solo con mirar y sacar un hombro se cae el público para atrás. Es todo de una belleza tremenda. Su marido, el guitarrista Joaquín Amador, era muy amigo mío, he trabajado mucho con ellos. Para ser artista hay que nacer, por mucha escuela que tengas para ser un artista de verdad tienes que nacer con ello. El Güito o Manuela Carrasco eran así. A ella la vi hace poco en Amor de Dios, que estaba para dar unas clases. Te mira e impresiona, tienes que bajar la cabeza, esa gitana y el Güito son obras de arte.
¿El artista flamenco tiene que mirar también qué pasa en otras disciplinas?
Claro, algunos se iban a ver cómo se bailaba en Rusia, con la guitarra también se empapaban con todo lo que sonaba por ahí, no era solo encerrarse en el flamenco, hay que mirar qué pasa en otros lados. Con Sabicas, otro genio, te dabas cuenta que había escuchado mucho de otras guitarras. Paco de Lucía decía “el Sabas ha conseguido una cosa que no hemos podido conseguir ninguno, cómo le suena la guitarra es imposible”. Y tenía que ver con eso, con lo que había visto en otras músicas.
¿Cuál fue el primer concierto o festival que organizaste?
Comencé haciendo festivales con Miguel Espín por los pueblos. Por Fuenlabrada, por Majadahonda, por ahí. Yo trabajaba en el Ministerio de Educación y Cultura como funcionario y me encontré con el subsecretario y con el ministro Javier Solana, estaba en el partido socialista pero no era de los invitaos. En el programa del PSOE para las elecciones de 1982 ponía que su propósito era “potenciar y apoyar todas las músicas y culturas de este país”. Y les dije: “¿Qué pasa con el flamenco?”. Así empezamos con la Cumbre Flamenca de 1984 en el Teatro Alcalá Palace. Esa primera fue preciosa, con un cartelazo, replicamos en Huelva, Salamanca, Barcelona, Nueva York y París. Luego ya se la cargaron, pero esa primera fue increíble. El problema del flamenco siempre fue la gente que lo rodea, que muchos son unos inútiles que van llegando. Cuando yo empecé me llevé una bronca tremenda de mi familia que no quería saber nada de flamencos, yo era funcionario y me decían que no me metiera ahí, que me iba “a perder”.
¿Esa mala fama era por la relación entre el flamenco y la noche?
Hay un problema fundamental: la noche es maravillosa. Enrique Morente se levantaba tarde, comía y decía “la noche nos gusta porque es mágica”. En la noche está el silencio, el alma relajada y todos los sentidos están atentos a lo que oyes y ves. Por la mañana hay autobuses, taxis, coches pitando, señoras en el mercado con los carritos y gente pegando voces. La noche es mágica, por eso nos gusta tanto a los flamencos, ha sido muy importante para mí porque es cuando pasan cosas.
¿Por qué dejas el ministerio?
Empecé a organizar un montón de festivales y si hubiera seguido me habrían echado. En esos años empecé con la radio los sábados y domingos de 11 a 2 de la madrugada, luego me iba a grabar discos, creé una discografía con un amigo mío, Juan Alberto Arteche, que era un músico de la banda de folklore Nuestro Pequeño Mundo. Convencimos al sello GASA (Grabaciones Accidentales S.A) para hacer una línea de flamenco y comenzamos a grabar. El primer disco fue con Carmen Linares, luego con Gerardo Nuñez hicimos dos discos, Flamencos en Nueva York y otro dedicado a Jerez, también grabamos con Rafael Riqueni. Te metías en el estudio, normalmente por la noche y salías a la mañana siguiente, era incompatible con ir al ministerio. Fue un movimiento, le dimos muchas vueltas a qué podíamos hacer. Recuerdo que me llamó el concejal de cultura de Tierno Galván, Ramón Herrero, y me metieron en los Veranos de la Villa para hacer flamenco en los Jardines de Cecilio Rodríguez con mi amigo Pablo Nacarino. Ahí nos tiramos cinco años, hasta que nos castigó Esperanza Aguirre en 1991 o 1992, cuando llegó dijo que en ese parque a los pavos se les caían las plumas porque les horrorizaba el flamenco.
¿Qué tiradas se hacían de esos discos de Flamencos Accidentales?
Hacíamos tiradas de tres mil o cinco mil discos. Se vendía muy bien el vinilo en esa época.
¿Cómo fue la relación con Mario Pacheco, Cucha Salazar y el sello Nuevos Medios?
Muy buena siempre. Mario era un hombre de paz, muy sensible, un fenómeno.
¿Todo ese mejunje se encontraba en el bar Candela de Miguel Aguilera?
El Candela era un centro cultural. Miguelito, que en gloria esté, ha sido uno de los genios más importantes que ha habido en Madrid. Le echaron de la fábrica donde estaba porque era un revolucionario, le dieron un dinerillo y con ese dinero abrió el Candela con Pablo Tortosa y la Peña Chaquetón. Pablo era un santo bendito, no le gustó aquello, pero es que Miguel lo que montó fue tremendo. En la Cumbre flamenca de 1984 después de cada concierto fuimos todos allí. El Chocolate, la Fernanda, la Bernarda… todos al Candela. Igual con Enrique, Carmen Linares, Gades, todos. Así que el local pilló un viaje tremendo y Miguel lo fue llevando muy bien. Allí Enrique era un auténtico patriarca, le recuerdo muy bien jugando al ajedrez todas las noches a las diez con Miguelito. Y luego, si en Madrid había un festival de danza venía Nuréyev o quien fuera, porque el Candela fue un lugar de pintores, escultores, de todo. Había una mesa junto a la de Enrique y Miguel en la que se ponía muchas noches el actor Juan Diego con Paco Rabal y otros dos o tres actores. Del Candela salió Ketama, estaban todo el día Riqueni, Gerardo Nuñez, Ray Heredia... Una vez me llamaron para que enseñara Madrid a la coreógrafa Pina Bausch, para un encargo que tenía que hacer ella. La llevé a Caño Roto, ahí en Carabanchel Alto, y luego al Candela. Allí se enamoró del flamenco, luego cuando venía a trabajar antes de irse a Mallorca siempre paraba en el Candela. Un lugar importantísimo para Madrid y para el flamenco.
¿Enrique Morente ejerció de líder espiritual de toda esa generación?
Yo creo que en Madrid sí, pero no solo de los jóvenes. Cuando Camarón actuaba en Madrid cenaba en Casa Patas y luego al Candela. Una noche salimos a las 10 de la mañana los tres, cogimos un taxi para llevar a José al hotel y recuerdo que Camarón dijo: “Enrique, ¿toda esta gente dónde va?”. Y Enrique contestó: “José, si esta gente no saliese ahora, tú y yo no podríamos cobrar por cantar”. Qué arte.
¿Cómo fue la relación de Enrique Morente con Nueva York?
Le gustaba mucho, porque Nueva York tiene mucha magia, es muy especial. La primera vez fuimos con la Cumbre de 1984, no lo olvidaré nunca. Paco Sánchez iba con nosotros, él se iba por ahí y yo me quedaba con los artistas. Estaban la familia Montoya, Serranito, Enrique Morente con su equipo y el Güito con el suyo. Les daba las dietas por la mañana y luego todos se venían conmigo. Se me ocurrió un día ir a Little Italy, porque como no hablamos inglés y la liábamos era lo mejor. Y allí que fuimos, nos metimos en un restaurante italiano, el más grande que había en la calle y le dije al dueño que éramos 35 personas. Pasamos a un salón estupendo y en los postres cuando se pusieron a tocar y cantar se montó una tremenda, entró medio Nueva York a ver qué pasaba ahí. A partir de ese día siempre fuimos. Nos hacía el dueño una rebaja, la gente flipaba con todos los gitanos cantando. Una pasada.
Hay una historia genial de Enrique Morente en la Calle 42 de Manhattan. ¿Qué pasó?
Tocaba Enrique en el Lincoln Center, fuimos todos a la prueba de sonido. Cuando íbamos de vuelta hacia el hotel había cuatro chavales negros haciendo percusión con latas y tenían un platito para sacarse un dinerillo, cuatro monedas. Pasó Enrique y le dijo a Tomate, Montoyita y Pepe que sacaran la guitarra, a Bandolero que se pusiera a la percusión. Se puso a cantar Enrique y la calle se puso hasta arriba, fue increíble. Cuando acabó, Enrique me dijo: “Juanillo, patas largas —que es como me llamaba— pasa el sombrero”. Yo llevaba un sombrero negro precioso que me había comprado allí y se puso de billetes hasta arriba, una pasta. Y le dijo Montoyita: “¿Qué hacemos con esto?”. Y Enrique se lo pasó todo directamente a los chavales que nos habían acompañao con su percusión de las latas. Hubo una ovación increíble, Enrique dijo “somos todos mendigos, vamos pa’lante”. Aquello fue tremendo.
¿Cuándo termina ese siglo de oro del flamenco que comentabas antes?
Se juntaron muchas cosas, porque no nos podemos olvidar que hubo un movimiento impresionante al final que fue Omega. Me costó tres años llegar hasta ahí, porque el proyecto primero lo presenté a la compañía de discos Ariola y me dijeron que no les interesaba, lo mismo con Sony, Universal ni devolvió la llamada, nadie lo quería. Hasta que lo comenté con el director de la revista El Europeo y lo entendieron perfectamente.
¿Quién tuvo la idea?
Eso vino de parte de Leonard Cohen, se concretó en una cena en el hotel Palace. Morente flipó con la propuesta y así se fue construyendo poco a poco hasta que dio con los Lagartija Nick. A partir de un momento tuvo claro que era con ellos con los que lo quería hacer. Enrique era una mente privilegiada, distinto de Camarón, que era la naturaleza pura, un regalo de Dios como dijo Antonio Gala.
¿Cuál es el concierto con el que te fuiste a dormir pensando que habías visto algo único?
Son muchos, no podría decir solo uno. Recuerdo uno increíble de Paco de Lucía en el Botánic de Valencia, los de Camarón en el Palacio de Deportes de Madrid. Esos cuatro años de Camarón fueron maravillosos, se llenaba y el público era increíble: gitanos, intelectuales, artistas, punkis, macarras… Eso es irrepetible.
Una crónica de Ángel Álvarez Caballero de un concierto de Camarón en el Palacio tenía por titular: “Camarón los vuelve locos”.
Ya te digo, por eso cuento que eso fue el siglo de oro. Hubo muchas noches inolvidables. Recuerdo una en los Jardines de Cecilio Rodríguez, era 14 de julio y bailaba Merche Esmeralda. La gente se subía por las vallas para colarse y estaba hasta arriba de gente. El concejal de cultura Ramón Herrero me dijo “¿qué hacemos?” y le contesté “nada, hay que celebrar la República francesa”. No veas qué descojono, hubo también otras noches fantásticas con Chano Lobato, con Menese, con Carmen Linares o con Enrique. Aquello te revolucionaba por dentro y terminabas siempre a las tantas de la mañana con una felicidad tremenda. Esos conciertos eran una obra de arte, era acercar el flamenco a la gente joven. Y salió bien, si vives eso no se te quita en la vida.
Estaba también la movida de Sevilla.
Pata Negra fue una revolución, nunca hay que olvidar a Ricardo Pachón. En Sevilla le tendrían que poner una estatua, porque él con Kiko Veneno, los hermanos Amador todo lo que hicieron fue una maravilla. Ricardo Pachón hizo gloria y lo que salió de Sevilla fue impresionante, por distinto. Nos los trajimos a Madrid, porque lo que pasaba aquí es que había un público acojonante, con mucha pasión por los artistas. Pata Negra en el Palacio de Deportes en las fiestas de San Isidro reventó, tocaron con Ketama y Camarón.
Estamos en un momento de transición, la gente canta muy bien, toca muy bien y baila muy bien. Pero faltan artistas, sin menospreciar a nadie. Alguien que llegue al público, que tenga feeling y que congregue seguidores
En algunos de esos conciertos en el Palacio de Deportes llegaron a entrar 15.000 personas. ¿Podrá volver algo así?
Estamos en un momento de transición, la gente canta muy bien, toca muy bien y baila muy bien. Pero faltan artistas, sin menospreciar a nadie. Alguien que llegue al público, que tenga feeling y que congregue seguidores. Es un momento de transición y no pasa nada. Hay que apoyar a los jóvenes siempre. Israel Fernández tendría que estar en todas las radios y televisiones, pero ya te digo, los flamencos no somos noticia.
¿Y Estrella Morente?
Es mi sobrina predilecta. A Estrella la conocí cuando tenía ocho años y Enrique me dijo de ir a recogerla a casa de sus abuelos, en la Puerta de Toledo. Llegué y estaba cantando y bailando, no veas. A los 17 debutó en el Colegio de Médicos en un ciclo que organizábamos que se llamaba “A corazón abierto”. Enrique no apareció porque le daba cosa y luego mira cómo ha ido subiendo. Es la cantaora del siglo XXI, todo lo que hace es una maravilla, le ha caído toda la herencia del padre.
¿Qué queda de ese “siglo de oro”?
Queda alguna gente, como Sara Baras a la que tengo mucha admiración. La conocí porque me fui a descansar a San Fernando, en Cádiz. Estaba agotado entre tanto festival y me encuentro por la calle con otro mago que era Chato de la Isla y me dice “vente conmigo que te voy a presentar la mejor escuela de baile que hay en España”. Era la escuela de Concha Baras, la madre de Sara. Y veo a la niña y les digo de ir a Madrid y presentar la escuela en la sala Revolver. Santi Camuñas llevaba el Revolver y yo organicé los Lunes Flamencos. De ahí fuimos a la Caracol y a Fuenlabrada. A partir de ahí Sara Baras se hizo una de las bailaoras más importantes del flamenco. Con Mercé y Carmen Linares de lo mejor que nos queda, también La Tati que es una pedazo de maestra. El problema es que ahora el baile es contorsionismo y percusión. Decía Mario Maya “se baila con los pies, se adorna con los brazos y los hombros, siempre se mira al público”. Ahora ya no, no sé porqué les ha dado por esas cosas.
¿Qué supuso la sala Revolver y los lunes flamencos?
Santi era de los que venían a los jardines de Cecilio Rodríguez y un día me pilló y me dijo que él y su socio querían programar flamenco los lunes a las 12 de la noche. Le digo, “¿un lunes?, ¡no jodas!”. El primero llevé a Agujetas. Entramos en la sala oscura y me dice Agujetas: “¡Pero esto qué es! ¡Si es la casa del miedo, si hay hasta brujas!”. Le dije que cantase por seguiriyas, martinetes, por tonás, él quería por alegrías. Pero hizo lo que le dije y no se escuchaba ni una mosca, hubo una ovación tremenda. Eso fue en 1991 o 1992, luego fue lo de programar en la sala Caracol que era los fines de semana y se llenaba. Ahí fue más poco a poco, primero Parrita y Manzanita, luego más flamenco. También fueron los Miércoles Flamencos en Suristán, que recuerdo que llevé a Dieguito antes de que se le conociera como El Cigala. Me llevaba muy bien con él y con su mujer Amparo, cuando salió Lágrimas Negras fíjate la que se lío. Eso empezó porque Fernando Trueba trajo a la Plaza de Toros de Salamanca un espectáculo de música cubana y me pidió que llevase al Cigala. Trueba pidió que Diego se animase a subir en medio del concierto con Paquito de Rivera, Bebo Valdés, Chano Domínguez… Al día siguiente llamaron a Amparo y ese disco de El Cigala con la producción de Javier Limón fue un bombazo. Lo que es la vida, en un minuto te cambia y te pone en el cielo. Luego les seguí en la gira, era tremendo Bebo Valdés, un gran tipo, prefería venir conmigo que con Colina y el resto porque decía que se mareaba “con las trompetas” que fumaban.
De la generación de jóvenes flamencos de los años 80, la historia triste es la de Ray Heredia.
El Güito llevaba siempre de percusión a Ray, creía en él. Un sábado estábamos y Ray nos trajo su disco, lo estuvimos escuchando esa noche y alucinamos. Al día siguiente nos enteramos de su muerte. Tuvo mala suerte, era joven y tenía todo por delante. Pero bueno, mira cómo estamos ahora, como decía mi amigo Alfredo Mañas: “Hay que ver lo que cuesta morirse”.
¿Qué pasó con la SUMA?
Mi querida España, esta España mía. Ruperto Merino, de la Comunidad de Madrid, dio un golpe de Estado y se cargó todos los festivales. El festival de otoño lo redujo a cinco días, el de danza a seis y así todo. Se hizo dueño y señor de la Consejería de Cultura y poco a poco su pasión fue pelearse en cuanto me veía. Hasta que acabó conmigo no paró. Me quitó y puso a Aida Gómez, que era directora y bailarina del ballet nacional y la puso para llevar la SUMA flamenca, estuvo poco. Recuerdo que en una rueda de prensa le preguntaron si ella sabía de flamenco y dijo que no, pero que estaba muy bien asesorada. Era la época de Cristina Cifuentes y había un buen mogollón, ese pendejo se aprovechó. También otra gente, pero mejor dejarlo ahí.
Flamenco
La Tati, seis décadas bailando
El hechizo la atrapó cuando era niña y veía bailar a La Quica a través de un tragaluz. El tablao la llevó al teatro y a dar la vuelta al mundo bailando hasta ser reconocida por la Unesco. Ella es La Tati, historia viva del flamenco.
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La canción del insomnio en las ciudades contemporáneas
“Ciudad sin sueño”, pura fantasmagoría, se nos aparece durante los últimos seis minutos de un álbum capital para nuestras músicas populares: Omega, de Enrique Morente y Lagartija Nick.
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‘Los cielos cabizbajos’, el monumento musical de Lagartija Nick (y Jesús Arias) contra la guerra
En una hora, el nuevo disco de Lagartija Nick viaja a Japón, Gernika, Somalia y Sarajevo de la mano de un ambicioso proyecto que dejó inacabado el músico, poeta y periodista Jesús Arias. Su hermano Antonio, líder del grupo granadino, desgrana en esta entrevista los pormenores de la que quizá resulte la última gran obra de una inusual banda de rock que siempre será recordada por aquel disco que hicieron junto al cantaor Enrique Morente.
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La Negri, invisible transmisora del fuego
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