Galicia
Pacheco, el archivo fotográfico más grande de Galicia en el que se pudren 60.000 imágenes por desidia política
Cuando Pablo Prado llegó al Arquivo Pacheco, las placas fotográficas que documentaban un siglo de historia de Vigo se amontonaban en cajas de poliestireno de las que se usan en las lonjas para envasar el pescado. Placas de nitrato mezcladas con acetatos, sin separación ni criterio, generando reacciones químicas que se percibían con la mano a escasos centímetros. “Estábamos hartos de sacar placas en las que el 70% de la imagen estaba comida por los hongos”, recuerda Prado.
El Arquivo Pacheco es el legado fotográfico más completo de Galicia. Sus aproximadamente 140.000 imágenes, que abarcan desde la década de 1870 hasta los años setenta del siglo pasado, constituyen la crónica visual más exhaustiva de la ciudad de Vigo y su comarca. Sin embargo, desde que el Concello de Vigo adquirió la colección en 1991, el archivo ha sido víctima de una desidia sistemática que sigue, a día de hoy, pudriendo un patrimonio irrecuperable.
Cuatro generaciones de un estudio
La historia del archivo arranca en 1870, cuando el italiano Filippo Prosperi, llegado desde Perugia, montó en Vigo su estudio fotográfico junto a la pontevedresa Cándida Otero. Ambos fueron fotógrafos de primera línea; premiados en las Exposiciones Regionales de 1878 y 1880, trabajaron para publicaciones como La Ilustración Gallega y Asturiana y retrataron figuras de la vida pública gallega.
A la muerte de Prosperi en 1899, Otero estableció relación comercial con un fotógrafo portugués que llegó a Vigo en 1907, Jaime de Sousa Guedes Pacheco. Con la muerte de Otero en 1915, Jaime Pacheco tomó las riendas de un estudio que, situado en la calle del Príncipe, se convirtió en uno de los más prestigiosos de la Galicia de la época. Tras él vendrían hijos, sobrinos y otras manos que durante décadas siguieron engrosando un fondo que se estima superior a las 150.000 unidades.
Cuando en 1991 el Concello de Vigo compró la colección, el convenio incluía obligaciones concretas: convocar anualmente el Premio Pacheco, crear una sala de exposiciones permanente, conservar las placas en estuches libres de ácido y publicarlas en colecciones sistemáticas. Ninguna de ellas fue cumplida.
Veinte años de abandono
Durante dos décadas, el archivo permaneció prácticamente inaccesible y sin catalogar. Sucesivos equipos trabajaron en él con mayor o menor continuidad, pero cada cambio de gobierno municipal suponía el cese del personal y el reinicio desde cero. Durante 18 años ni siquiera se convocó el Premio Pacheco, que el convenio exigía con periodicidad anual. Mientras tanto, los hongos avanzaban.
Fue en 2007 cuando el concejal de Cultura, Xesús López Carreira (BNG), abrió la colección y encargó un programa de trabajo articulado. El equipo que comenzó a trabajar en julio de 2008 estaba formado por Pablo Prado y Pilar Abades, licenciados en Comunicación Audiovisual, Isabel Llantada, especialista en digitalización y laboratorio fotográfico, y dirigido por Vítor Vaqueiro, investigador con una tesis doctoral sobre los Pacheco y obra publicada sobre la historia de la fotografía gallega.
Tres años, 25.000 fotografías
Durante tres años el equipo catalogó y documentó más de 25.000 fotografías —frente al cero absoluto de los 17 años anteriores—, digitalizaron cerca de 12.000 placas, pusieron en marcha una base de datos accesible al público con 45.000 imágenes, produjeron tres exposiciones monográficas y editaron libros sobre la colección. Trabajaron más de 15.000 horas en total, en plena crisis económica y con presupuestos menguantes.
La tarea de conservación era urgente. “Las placas estaban en pésimas condiciones”, explica Prado. Isabel Llantada se encargaba de localizarlas, retocar digitalmente arañazos que no afectaran a la imagen, y después guardarlas. “Cogíamos cajas de zapatos que dejaban las zapaterías, reorganizábamos las placas por tipo e intentábamos que también fueran por temas, pero eso era muy complicado porque habían pasado varios equipos con criterios muy distintos”, recuerda Prado. En algún momento anterior alguien había decidido ordenar las placas por tamaño en lugar de por contenido, destruyendo el sistema de organización original. “Se perdió un montón de información documental sobre lo que representaban las imágenes”, dice.
El trabajo de documentación exigía también recuperar la memoria oral. Prado y Abades salían en busca de vecinos que pudiesen identificar personas, lugares o fechas en las fotografías, tejiendo una red de más de cien colaboradores que alimentaban las bases de datos. “Llegabas a nombres propios, a fechas concretas”, recuerda Pilar Abades.
La rampa que nunca terminó
El 6 de septiembre de 2011, la concejala de Cultura, ya en manos del PSOE de Abel Caballero, cesó al director del archivo. El 31 de diciembre, al resto del equipo. El argumento oficial fue que se iba a construir una rampa de accesibilidad en la entrada de la Casa das Artes y que, cuando terminara la obra, volverían a ser llamados. “Seguimos esperando que termine esa obra”, dice Pablo Prado. “No nos volvieron a llamar.”
Pilar Abades recuerda que antes del cierre ya había indicios de lo que se avecinaba: “Redujeron nuestra jornada y dificultaban las condiciones laborales.” El equipo, sin embargo, siguió trabajando en la misma línea. “Estábamos luchando contra los hongos y contra la mala conservación del archivo durante muchos años”, cuenta Abades.
La interpretación del equipo apunta directamente a una decisión política que en ningún momento les fue comunicada ni justificada. Cuando Abel Caballero alcanza la mayoría absoluta, su gobierno elimina a los trabajadores del centro y, de facto, deja el archivo en dique seco y sin ninguna explicación.
El edificio que nunca fue
Mientras el equipo trabajaba, existía un proyecto para crear el Centro Galego de Fotografía: un edificio de 1.300 metros cuadrados y cuatro plantas en el casco histórico de Vigo que sumaría al fondo Pacheco otros archivos fotográficos como los de Llanos o Casado, con salas de exposiciones, condiciones de archivo adecuadas y un proyecto educativo en torno a la fotografía histórica y contemporánea. El edificio llegó a rehabilitarse pero el proyecto también fue paralizado. Hoy es sede de la Diputación de Pontevedra.
“Para mí son dos tragedias”, dice Pablo Prado. “Las pésimas condiciones físicas en las que está el Arquivo Pacheco, que se está pudriendo, y la oportunidad perdida del Centro Galego de Fotografía”.
La dimensión del archivo se hace aún más elocuente en perspectiva comparada. En los cursos de recuperación de archivos históricos fotográficos que Prado y Abades hicieron en Lisboa, representantes de fondos de todo el mundo hablaban de sus dificultades para catalogar colecciones de entre 2.000 y 6.000 placas. “Nos miramos”, recuerda Prado, “diciéndonos: ostras, que allí tenemos 120.000, y estamos guardando todo en cajas de zapatos.”
La nula financiación del archivo tuvo consecuencias que van más allá del deterioro físico de las placas. Pilar Abades recuerda que, cuando el equipo trabajaba, el archivo funcionaba como un nodo vivo: investigadores e investigadoras se acercaban, aportaban datos, identificaban rostros y fechas, y esa retroalimentación permitía configurar de forma ágil una base de datos que, de estar abierta y disponible, habría seguido creciendo.
“Estábamos creando una red y tejiendo algo que ayudara a entender el país que tenemos”, dice Abades. Hoy, con acceso restringido tanto al Arquivo Pacheco como a otros fondos en dependencias municipales, esa red dejó de existir; y con ella, el conocimiento que solo la memoria viva puede aportar: el de las personas que aún recuerdan los nombres, los lugares, las historias que hay detrás de cada imagen. “Hay un montón de fotografía maravillosa que se va a perder”, concluye.
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