Galicia
Una aldea de sacrificio
La carretera general más cercana a la aldea de San Vicente de Leira está a algo más de dos horas caminando. Un desnivel de 400 metros y una pista sinuosa, asfaltada por tramos y llena de baches, la unen con Vilamartín de Valdeorras, el municipio ourensano al que, en los papeles, pertenece y que es su núcleo urbano más próximo. Acercarse en un coche común, aunque acorta el tiempo de viaje, permite observar el abandono de sus principales vías de acceso y un cementerio de castiñeiros milenarios de los que ya solo quedan algunas de sus cortezas abiertas y calcinadas. El día anterior, cayeron más de 40 litros de agua por metro cuadrado en una hora y eso produjo una escorrentía de piedras, troncos quemados y miles de litros de barro que siguió deteriorando el acceso en los siguientes días. Sin embargo, durante el mediodía del domingo 14 de junio, el termómetro marca 30 grados en la sombra.
En agosto se cumple un año desde que el incendio más devastador de la historia de Galicia redujo a cenizas el 80% de San Vicente y otras 30.000 hectáreas. Sesenta casas hechas ceniza de las que solo quedan algunas paredes erguidas y, sobre todo, escombro de piedra y pizarra acumulado dentro de lo que ya son solo solares. Aunque con desperfectos graves, la de Josefa y Alejandro se salvó. Son las únicas personas que vemos, a través de una ventana, tras caminar cien metros por el pueblo vacío.
—No tenemos mucho que decir ya. ¿Tú quieres contar algo, Alejandro?
—¿De qué? —La respuesta viene del fondo de la cocina.
—De los incendios, hombre.
—No.
Alejandro no se separará de nosotros hasta que nos vayamos.
***
Hacia las doce de la mañana del día en que el devastador incendio de Larouco llegó a San Vicente, Alejandro tuvo que bajar a O Barco, capital de la comarca, unas horas antes de que el fuego cercase su casa y la de su mujer, Josefa. Su madre, Celia, nacida en la aldea al igual que ellos, cumplía 90 años e iban a celebrarlo.
—A la una de la tarde, ya empezaron las alarmas, estaba todo lleno de humo y no se veía nada. Ni siquiera sabíamos de dónde venía el fuego. La gente llamó a Emerxencias, al 112 y aquí no venía nadie. Solo vinieron del Concello a desalojar el pueblo cuando ya no se podía hacer nada.
Con la entrada de España en la Comunidad Económica Europea, las aldeas gallegas sufrieron un impacto económico y, sobre todo, social incalculable. El pastoreo tradicional de ovejas y cabras —en menor medida de vacas— vio reducidos sus censos drásticamente tras las decisiones coordinadas desde Bruselas de centrar su esfuerzo en el sector lácteo y también a causa de las nuevas exigencias sanitarias.
—Cuando había pastoreo, existía un equilibrio. Los montes no solo estaban limpios y por lo tanto tenían menos combustible, sino que las quemas controladas por parcelas, para regenerar los pastos, conseguían que, cuando había incendios, porque los había, se detuvieran en las hectáreas que ese año habían sido quemadas. Ahí se acababa.
Aquel día no llegó nadie. Ni un helicóptero ni un hidroavión ni un camión de bomberos. Decenas, cientos, miles de hojas de castaño convertidas en ascuas empezaron a sobrevolar los soutos que rodean San Vicente y todo alrededor se convirtió en una nube naranja y gris, irrespirable y abrasadora, que comenzó a devorarlo todo. Galerías, vigas, tractores, coches, puertas, cobertizos, herramientas, electrodomésticos, libros, ropa, barriles. A juzgar por las botellas de vino derretidas que todavía están tiradas en los suelos de las bodegas en ruinas, es probable que en varias zonas del pueblo se llegasen a superar los 700ºC. Fue una aldea de sacrificio, una comunidad en la que hoy ya solo viven —resisten— 13 personas. Dos de ellas decidieron quedarse cuando hubo que evacuar y, a pesar de todo, sobrevivieron. El resto de vecinos y vecinas dicen que no hablan de ello. Quizá no se atreven a mencionarlo. Solo en algunas ocasiones lo hacen y aquellos les reprochan al resto haber huido.
—Nos dicen “si os hubieseis quedado, hubiésemos defendido la aldea”.
Era imposible.
* * *
Después de la hora de la comida, los vecinos que quedan —los que viven allí y los que aunque ya no, los visitan con frecuencia— se juntan para charlar en un pendello al lado de la capilla de San Tirso, una de las pocas edificaciones que quedaron intactas bajo el fuego. La señora Carmen, que ya tiene 86 años y está casi ciega, llega al alpendre que los protege del sol orientándose con una vara de castaño y con la memoria espacial de quien ha pisado durante casi un siglo las mismas calles. Es el único lugar donde todavía es independiente.
—Teníamos pulpo para comer ese día y mi hijo decía “yo no me marcho sin comer el pulpo”. Al final nos dijeron que el fuego estaba ahí ya y nos fuimos tal cual estábamos, con la mesa puesta. Con el pulpo en el plato.
Carmen no puede evitar llorar cuando recuerda el momento en el que se despidió desde la puerta del que siempre fue su hogar y cómo pasó la noche en vela, sentada en la cama de una habitación de invitados del piso de su hijo en O Barco. A las seis de la mañana del día siguiente, su hijo pudo acceder al pueblo. A su vuelta, Carmen no le dejó ni entrar.
—¿Ardió la casa? No. ¿Y la de Luísa? Tampoco ¿Y la de Dominga? Esa sí. Se me cayó al suelo lo que tenía en las manos. Yo no me caí porque tenía una pared a la que arrimarme.
* * *
Había vigas que seguían ardiendo cuando desembarcó en el pueblo la Unidad Militar de Emergencias. Habían pasado tres días desde que el fuego abandonó San Vicente y su principal labor era abrir paso. Habían dejado arder la aldea y sintieron —todavía hoy lo sienten— que los abandonaron.
—No podíamos llegar a las casas con el coche porque estaba todo lleno de cascotes. No había luz y el agua salía turbia del grifo. Menos mal que a mí me gusta el vino.
Abdón Rodríguez, que está a punto de cumplir 72 años, bromea constantemente con las secuelas del incendio, como si desviase el dolor que le produce amanecer cada mañana en la enorme casa donde vive solo con su hermano y ver la aldea de su infancia en ruinas con la certeza absoluta de que ya nadie vendrá a limpiarla nunca. Esquiva algunas preguntas sobre su estado emocional, tampoco insistimos.
—La mayor parte de la gente está tocada —a Alejandro no le da pudor hablar del estado de ánimo de sus vecinos y vecinas—. Si ves el cambio que pegó la gente, es impresionante. Muy mal, muy mal.
—¿En qué notas que están mal?
—Pues en que la gente está irritada, nerviosa. Tienes que tener mucho cuidado con cómo les hablas y con qué les dices porque saltan a la primera de cambio, ¡pero es que es normal!
El protocolo de emergencias de la Xunta, amparado por las directrices del Colexio Oficial de Psicólogos de Galicia, contempla ya este tipo de escenarios y, en teoría, el Gobierno gallego se comprometió a abordar estos traumas.
—También tienen que entender que mandar, sin más, psicólogos aquí a las aldeas puede generar rechazo. Sienten que nos toman por locos—. Al no abordarlo con una mediación especializada que lo facilitase, aquello quedó en la otra promesa incumplida del Gobierno gallego.
Las consecuencias siguen hoy presentes en lo material y en lo inmaterial. La madre de Alejandro, Celia, que celebraba su 90 cumpleaños la tarde que todo ardió, fue una de las víctimas indirectas. Su hijo y su nuera dicen que hasta entonces estaba perfecta, pero resultaba imposible suavizar u ocultarle el disgusto. Todas las televisiones se desplazaron a San Vicente, todas las radios hacían conexiones en directo desde el corazón del desastre, todos los periódicos enviaron a sus mejores fotógrafos.
—No sé si fue solo esto, pero que afectó en el proceso, seguro.
Celia falleció tras sufrir un ictus en noviembre de 2025, tres meses después del desastre.
* * *
En la década de los años 70, una de las mejores épocas de producción, de San Vicente podían llegar a salir hasta 300.000 kilos de castañas en tráilers que circulaban por la carretera principal que unía el pueblo con la zona más urbana donde los niños iban al colegio. Antes, en la posguerra, fue uno de los principales sustentos de esta y otras aldeas de la Galicia interior. Se secaba y se acumulaba más allá del otoño para poder consumirla durante todo el año.
—Le quitó el hambre a toda la gente y no porque se vendiese. En los años 40, aunque tuvieras dinero, no tenías donde gastarlo. Los que no tenían castañas tuvieron que pasar mucha hambre —recuerda Carmen, que no suelta su vara-guía de castaño ni sentada.
—A nosotros sí que nos la quitó. En el desayuno, lo más normal era andar con caldudas. Echabas en el agua las castañas secas y las comías al día siguiente como si fuera chocolate —reconoce Abdón, que también ase una rama recta de castaño aunque anda y ve con claridad.
Aunque bajo el techo del pendello todos hablan con todos y las voces se pisan en no pocas ocasiones, concuerdan en explicar que las 400 vacas que mantenían el bosque a raya eran el otro gran sustento de la comunidad. Hoy no queda ni una.
—¿Eran para carne o para leche?
—¡Para abono! Y para trabajar—. Hay una pequeña risa en el grupo, pero no es condescendiente.
La tierra de San Vicente es pobre. Siempre lo ha sido, dicen los pocos vecinos que vivieron sus cultivos tradicionales. Al menos, a nivel nutricional. Todavía hoy, en las zonas altas del bosque del pueblo se pueden encontrar cúmulos de piedra apartada hace varias décadas para conseguir pequeñas parcelas sin apenas profundidad en las que poder sembrar centeno gracias al estiércol bovino.
—Cuando pudimos volver a las casas unos días después del incendio, no teníamos ni una azada con la que volver a plantar patatas.
Es la Asociación de Veciños de San Vicente de Leira la que se ha empeñado en recoger su propia historia, la tradición de sus antepasados. Son los propios vecinos y vecinas los que han devuelto a la vida la aldea autoorganizándose. Antes del incendio, llenaron puertas y contras con los versos de Xosé Luís Álvarez, el poeta del pueblo.
Cousas que o tempo nos trai.
Que polo que estamos vendo,
os castiñeiros morrendo
i a augardente non se fai.
Son pesimistas porque quien debería haberlos ayudado los ha abandonado. Dicen que con ellos también se acabará San Vicente. Aunque una de las preocupaciones que más los atraviesa es la incertidumbre, la angustia, de no saber a qué aldea le tocará este año.
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