El único centro social okupado de Galicia abre en Santiago para hacer frente a la especulación

El CSOA A Miñoca, un nuevo centro social autogestionado, el único okupado de Galicia, abre sus puertas para responder a la necesidad de vida comunitaria sin consumo.
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Puerta de entrada de A Miñoca, en Santiago de Compostela. Elena Martín
27 may 2026 13:00

Pocas criaturas son tan importantes para la salud de los ecosistemas como las miñocas (en gallego, ‘lombrices’). Pequeñas y rosadas, definidas muchas veces como feas y desagradables, las miñocas son las ingenieras silenciosas de nuestros suelos. Al airear la tierra, mejorar la retención del agua o ayudar a fertilizar las plantas, estos seres vivos sostienen, sin que se les valore, parte de la vida del planeta.

Los centros sociales en nuestros pueblos y ciudades hacen una labor parecida. Crean espacios de encuentro donde la vecindad puede tejer comunidad y resistir ante una lógica que ya no ve los barrios como espacios de vida y cuidados, sino de productividad económica. Por eso tiene todo el sentido que el nuevo centro social okupado de Santiago de Compostela se llame así: A Miñoca.

Un punto de encuentro en el corazón de Compostela

El Centro Social Okupado Autogestionado Anarquista A Miñoca se localiza en uno de esos edificios que las vecinas de Compostela conocen, aunque sea de oídas. Esta nave se encuentra muy cerca de la Sala Capitol y de la librería y sala de cine Numax, y formó parte, durante años, de la vida del barrio de Sar.

“Es un espacio histórico para el barrio, todo el mundo conocía esta nave. Antes fue una empresa de construcción y después estuvo como diez años vacía”, cuentan desde el CSOA. “Después se intentó hacer un proyecto de teatro, la Sala Montiel, pero acabó cerrando en el año 2017”.

“Ocupamos este edificio porque es un ejemplo de lo que le está pasando a Compostela. No estamos entrando en el espacio de una vecina, sino de un especulador que quiere ganar dinero a base de expulsar a la vecindad del barrio”

Ahora la nave es propiedad de un constructor, Jorge Devesa, que quiere derribarla para construir apartamentos turísticos. Para el colectivo esto implica más cemento y menos barrio, una muestra de cómo los espacios históricos y colectivos acaban al servicio de intereses individuales.

“Ocupamos este edificio porque es un ejemplo de lo que le está pasando a Compostela. No estamos entrando en el espacio de una vecina, sino de un especulador que quiere ganar dinero a base de expulsar a la vecindad del barrio”, alegan las personas que forman parte del colectivo A Miñoca. “Queremos crear un espacio donde las vecinas, la juventud y gente de toda la ciudad pueda venir, encontrarse y crear comunidad sin necesidad de consumir. Buscamos dar respuesta a esa necesidad”, afirman en conversación con O Salto.

Desde A Miñoca recuerdan que Compostela no tiene muchos sitios donde sus habitantes puedan pasarlo bien sin gastar dinero. Los pocos lugares colectivos que aún había, como la Casa do Peixe y la Casa Encantada en el mismo barrio de Sar, o Matadoiro y el CSOA Eskarnio e Maldizer, están cerrados, con este último tapiado hace pocos meses.

Puertas abiertas para quien quiera acercarse

Durante la entrevista, un vecino se acerca hasta el local para avisar, preocupado, de que ayer alguien del colectivo había dejado las llaves en la puerta por fuera y que tengan cuidado. No es el único que parece querer que el proyecto funcione. Desde A Miñoca hacen una labor muy activa para darse a conocer en el barrio, preguntando a las vecinas qué piensan y asegurándose de que no hay opacidad en torno al centro.

De hecho, cuando el colectivo salió por las calles del barrio para presentarse, de cada quince puertas que llamaban, catorce se abrían con una sonrisa. Una realidad que poco tiene que ver con el relato que se está construyendo desde algunos medios.

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“El otro día había una periodista de la TVG que parecía querer forzar que la señora a la que estaba entrevistando dijera que los okupas están mal, pero no lo consiguió”, comentan. “Es más, justo esta mañana, por ejemplo, estábamos tomando el sol en la puerta y una mujer de unos sesenta años pasó por delante. Al vernos, nos dijo que estaba encantada y que podíamos contar con todo su apoyo. Es posible que esta acogida sea en parte porque aquí permanece el recuerdo de otros centros como la Casa do Peixe que hicieron mucha vida de barrio”.

Cada jornada entran al menos dos personas nuevas para conocer el centro, preguntar por el proyecto u ofrecer su ayuda. El colectivo dice que siempre aprenden los nombres de las personas que se acercan hasta allí o con las que hablan. También procuran preguntar por sus oficios y cuántos años llevan en el barrio. “Tenemos que acordarnos de ellas, que son nuestras vecinas”, dicen con una sonrisa.

Para el colectivo también es importante que el espacio sea realmente intergeneracional, con gente de todas las edades sintiéndose a gusto en él. Que el centro esté conformado por toda clase de personas es lo que les da esperanza de hacer barrio.

“El otro día, por ejemplo, fue muy guay porque una madre entró con su hija, que debe estudiar en el colegio que está enfrente. La madre nos contó que la niña tenía interés por saber qué estaba pasando aquí, así que decidió acercarse con ella para que observase por sí misma”, explican. “Y fue genial porque deconstruimos totalmente la imagen de okupas violentos que dan en los medios. Estábamos merendando en medio de una asamblea”.

Existiendo sin pedir permiso

El discurso contra la okupación lleva años siendo muy ruidoso. Los medios repiten la palabra “okupa” como si fuera sinónimo de amenaza, pero las personas que abrieron A Miñoca saben que la realidad es otra. “Al final lo que se está haciendo es criminalizar la pobreza”, dicen. “Mientras alguien con un llavero lleno puede tener la propiedad de media ciudad sin que eso aparezca en los telediarios como un escándalo, nosotros tenemos veintidós años, estudiamos una carrera, tenemos trabajo y necesitamos tres meses de fianza y un aval para conseguir un piso por mil euros, y de eso no se habla como algo terrible”.

Ante esta situación, la okupación, explican, no es solo una necesidad práctica sino también una posición política. En Galicia existe una tradición de propiedad comunitaria en el rural, como son los montes en mano común, y desde A Miñoca se pregunta por qué no puede existir en los espacios urbanos.

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“¿Por qué tenemos que reducir todo a la propiedad privada o a la propiedad pública, ambas sujetas al permiso de alguien?”, se preguntan desde el CSOA. “Reivindicamos una forma diferente de propiedad, realmente autogestionada y en manos de nuestra clase social. Porque nosotros no vivimos del sudor de otra gente, vivimos enriqueciendo a otros para poder sobrevivir en este sistema, y por eso necesitamos espacios donde tejer redes de resistencia ante un sistema que es muy inhumano”.

Por esto, este centro se define también como anarquista, porque no conciben otra forma de estar en el mundo y creen que otras formas de organizarse son posibles más allá de estructuras jerárquicas, autoritarias y conformistas con el sistema.

“Creemos que las propuestas que trae el anarquismo ayudan precisamente a crear toda esta comunidad de la que estamos hablando, a crear estas redes, a confrontar directamente al capital a través de una vecindad organizada y una vecindad fuerte y empoderada”, alegan.

Tejer comunidad en un barrio amenazado

Los barrios de Santiago se vacían a la fuerza de su esencia. El turismo en exceso, el Camino como industria, los apartamentos turísticos... todo apunta hacia la misma dirección: la desaparición de la vida en comunidad, intercambiada por ciudades donde las personas ya no se pueden permitir vivir.

En este contexto, A Miñoca no es solo un centro social, es una demanda de que los barrios son para quienes los habitan. En un tiempo en el que la tecnología digital ha colonizado los espacios de sociabilidad, el colectivo reivindica el encuentro físico, el conocerse de verdad. Salir de la vida digital para volver a encontrarnos cara a cara.

El pasado jueves, hacían una apertura de puertas donde animaban a las personas a acercarse para conocer el centro, ayudar con los arreglos que la nave necesita y traer cualquier cosa que piensen que puede ser de utilidad en el espacio. La intención es arreglar A Miñoca en comunidad y, de paso, aprender entre todas sobre carpintería o cómo arreglar un enchufe. “No es solo rehabilitar el espacio, es aprender también. Igual no tienes otro momento en la vida en el que tengas que cementar un suelo, pero son cosas prácticas”, reflexionan.

En junio está prevista la primera asamblea abierta, y ya tienen en mente una programación que incluya teatro, circo, danza, cursos y talleres. En cuanto al futuro legal, son realistas. El propietario presentó denuncia, aunque a la fecha de este reportaje no había llegado notificación formal al espacio. Los plazos jurídicos hablan de unos dos años hasta una posible resolución.

“Tenemos ejemplos de otros centros sociales ocupados que duraron mucho más. Creemos que hay posibilidades”, comentan. “Pero tenemos clara una cosa: si nos echan de este espacio, abrimos otro hasta que Santiago tenga lugares en los que poder estar en comunidad sin necesidad de consumir”.

La miñoca habita la tierra, la mueve, abre caminos en el suelo, invisibles pero infinitos. Si a una miñoca le cierran una salida, enseguida crea otra. Estos seres son inofensivos, pero indispensables para la existencia de muchos seres vivos. “Somos la imagen contrapuesta a la de los okupas violentos y agresivos, esa imagen en la que se empeñan en insistir los medios”, explican desde el CSOA. “Por eso escogimos ese nombre”.

Así, como las pequeñas criaturas que ayudan a nuestros ecosistemas, desde este centro social seguirán haciendo un trabajo imprescindible para nuestros barrios. Aprendiendo a construir un lugar para todas, con paciencia y en comunidad.

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