Historia
Este 4 de julio el “sueño americano” es socialista
Hoy se cumplen 250 años del nacimiento de la República de los Estados Unidos de América y del “Sueño Americano”. Tanto la República, como el Sueño Americano, como el Imperio, cumplen años en plena crisis: una república menos democrática, un sueño americano roto, más que sueño, distopía, y un imperio que cada vez se tambalea más.
Pero en esta conmemoración se cuela algo, surge algo que, a priori, es contrario a todo lo que simboliza el 4 de julio. Un movimiento socialista azota a la sociedad estadounidense. Estamos en el año 250 de la República estadounidense y coincide con el momento de la historia en que su socialismo ha estado más fuerte en términos de poder institucional y poder popular. Las últimas victorias de los Democratic Socialists of America (DSA) así lo certifican: en Nueva York, en Philadelphia o en Colorado. Pero justamente este socialismo se basa en la recuperación del Sueño Americano; de hecho, son los únicos que discursivamente han sido capaces de reconstruirlo para la clase trabajadora y en sentido progresista-socialista. Desde la victoria de Zohran Mamdani en New York se puso el foco en las condiciones de vida de la clase trabajadora y en las políticas públicas necesarias para mejorarlas, apuntando a un objetivo claro: una sociedad digna y libre. Y el movimiento socialista no ha parado de crecer desde entonces, con victorias electorales y con más de 100.000 afiliados al DSA.
Tocaba a la clase trabajadora, por tanto, terminar la obra: no habrá libertad verdadera “hasta que tengamos libertad económica: es decir, la propiedad de los medios de producción”
Este intento de recuperar del sueño americano, y casi lo que reivindica el 4 de julio, no es una operación nueva, no es una operación discursiva o de comunicación política: hunde sus raíces precisamente en la genealogía del propio socialismo estadounidense, que tiene como padres a los clásicos Marx y Engels, a revolucionarios estadounidenses como Eugene Debs, “Big Bill” Haywood, Joseph Ettor o Elizabeth Gurley Flynn pero, también, una lectura socialista de los padres fundadores como Thomas Jefferson y James Madison. No es solo una operación nacional-popular: es algo que lleva 250 años gestándose y que hoy explota.
Cohetes del 4 de julio (de 1908)
Para entender esta genealogía conviene retroceder a otro 4 de julio, el de 1908. Aquel día, el Industrial Union Bulletin, periódico socialista de los Industrial Workers of the World (IWW) —el sindicato revolucionario fundado en Chicago en 1905—, celebró la fiesta nacional a su manera: con un artículo titulado, precisamente, “Cohetes del Cuatro de Julio”. Los cohetes eran los fuegos artificiales de la conmemoración, pero también munición retórica. Había que honrar ese día más que nunca, decía el texto, y seguir peleando por aquello por lo que habían muerto los antepasados: si en 1776 se conquistó la libertad frente a un rey, ahora tocaba conquistarla frente a los reyes de la nueva época, los capitalistas.
Con un puñado de “Morganiers” —mote que hace referencia al capitalista J. P. Morgan— convertidos en dueños de las principales industrias del país y millones de trabajadores sin empleo, escribieron, “la inauguración de un nuevo Día de la Independencia se vuelve indispensable”. Y lanzaban la pregunta a sus lectores: ¿qué vais a elegir, compañeros? ¿Seguir siendo esclavos del salario o alzaros “imbuidos del mismo espíritu que reinó en 1776”?
Aquello no era una artimaña publicitaria para ganar afiliados envolviéndose en la bandera. Era el gesto fundacional del primer socialismo estadounidense, el de los IWW y el del Partido Socialista de Eugene Debs —la tradición que hoy reivindican los Democratic Socialists of America—: aquellos trabajadores radicalizaron la cultura política republicano-demócrata pilar del país y de la Revolución de 1776.
De Jefferson y Madison habían aprendido que solo es libre quien es económicamente independiente, quien no depende de otro para ganarse la vida. Y cuando el capitalismo monopolista hizo imposible esa independencia individual, cuando ya no quedaba frontera, ni tierra, ni taller propio al que aspirar, extrajeron una conclusión tan estadounidense como revolucionaria: si la propiedad individual ya no puede garantizar la libertad, la propiedad tendrá que ser colectiva para garantizarla.
Libertad es propiedad (y seguridad)
En los meses anteriores a aquellos cohetes, el Bulletin había ido desgranando el razonamiento. En marzo, una llamada a la afiliación al sindicato proclamaba que quien creyera como Jefferson que “el mundo pertenece por derecho a los vivos”, y como Lincoln en el “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, tenía el deber de alistarse como “soldado en los ejércitos de la Democracia Industrial”. Dos semanas después, un artículo sobre la libertad falsa y la verdadera destilaba puro Jefferson pasado por la experiencia de la fábrica: es libre quien posee sus medios de vida y tiene asegurada su posesión; “si depende de otro hombre para ganarse el sustento, no es libre”.
De ahí dieron el paso que convierte el republicanismo de los fundadores en socialismo: la libertad exige seguridad económica. Quien vive “en peligro de miseria, o incluso con miedo a la miseria, no es un hombre libre”, y el país que no lo protege de ese miedo no es un país libre: “libertad y pobreza son incompatibles”. La oportunidad es una cara de la libertad; la seguridad, la otra. Y el remate: la libertas económica es “la clave de bóveda de todo el arco de la libertad” y los constructores de la República la dejaron fuera. Tocaba a la clase trabajadora, por tanto, terminar la obra: no habrá libertad verdadera “hasta que tengamos libertad económica: es decir, la propiedad de los medios de producción”, la tierra, las minas, las fábricas, las herramientas. Libertad económica: la misma expresión que hoy esgrime la derecha con el sentido exactamente inverso.
Releamos la agenda con la que el DSA llevó a Mamdani a Gracie Mansion: congelar alquileres, autobuses gratuitos, supermercados municipales, cuidado infantil universal
En mayo de 1908, los Industrial Workers of the World cerraron el círculo con un gesto que es repetitivo en casi cada movimiento social del país: reescribir el texto sagrado de la Declaración de Independencia. Publicaron a página completa una Declaración de Independencia del Trabajo que enmendaba a Jefferson —“sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres tienen derecho a la igualdad económica”—, desplegaba la consabida lista de agravios, ahora cometidos por el capital, y culminaba proclamando “que la clase trabajadora es, y por derecho debe ser, libre”. La Democracia Industrial era el nombre de su utopía socialista para conseguir la libertad: llevar la democracia al lugar donde la gente pasa la vida, el trabajo. No se trataba de abolir 1776, sino de cumplirlo.
2026: el sueño se ensancha
Hay un detalle que suele olvidarse: aquel sindicato que reescribía a Jefferson era, ante todo, un sindicato de migrantes. Los Industrial Workers of the World organizaban en decenas de lenguas a los obreros que el sindicalismo oficial rechazaba (extranjeros, negros, mujeres, como las tejedoras inmigrantes de la huelga de Lawrence de 1912), y su idea de pueblo era la más ancha de su época. Ya lo habían dejado escrito en 1908: “no podemos estar seguros a menos que todos los demás lo estén”, porque “la inseguridad de los otros es la amenaza perpetua de nuestra propia seguridad”. Pocas frases resumen mejor lo que significa la solidaridad.
Volvamos ahora a 2026 y releamos la agenda con la que el DSA llevó a Mamdani a Gracie Mansion: congelar alquileres, autobuses gratuitos, supermercados municipales, cuidado infantil universal. Es la traducción al siglo XXI de la vieja intuición de los socialistas del pasado para construir el camino a la libertad: la seguridad económica como condición de la libertad, la agenda del abaratamiento del coste de la vida como búsqueda de la felicidad. Pero el sueño recuperado no es solo económico; es también la respuesta a la pregunta de quiénes caben en el “nosotro(a)s” del “We, the people”.
Una ciudad que se planta ante las redadas de ICE y defiende a sus vecinos migrantes; que sale a la calle contra el genocidio en Gaza; que protege a las personas trans y al conjunto del colectivo LGTBIQ+ cuando el poder las señala. Sobre esa coalición (seguridad para todas, y “todas” tomado en serio) acaban de ganar sus primarias al Congreso las candidatas del DSA Claire Valdez, Melat Kiros y Darializa Ávila Chevalier, hija de migrantes dominicanos y curtida en la acampada por Palestina en la Universidad de Columbia contra el genocidio —donde fue detenida—, derrotando a pesos pesados del aparato demócrata.
Cada generación ha reescrito la Declaración de Independencia: como las feministas sufragistas de Seneca Falls, como Frederick Douglass preguntando qué es el 4 de julio para el esclavo, los wobblies en 1908 exigiendo “un nuevo Día de la Independencia”. Más de 100 años después, en el cumpleaños 250 de la República, esa fiesta sigue pendiente por celebrar en condiciones. Pero, por primera vez en mucho tiempo, hay todo un movimiento socialista preparándola. Porque el Sueño Americano, tomado en serio, es socialista.
La utopía en actos
Los wobblies: la cara oculta del american dream
La IWW unió a pobres, migrantes, rebeldes y vagabundos en el Estados Unidos de principios del siglo XX.
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