Europa en la Galería de los Espejos de Versalles

Los paralelismos entre nuestra época y la de comienzos del siglo XX permiten detectar la arrogancia de unas potencias que no supieron ver los indicios de un desastre en ciernes.
G7 Leaders Summit Evian - 1
Reunión del G7 en la localidad francesa de Evian en junio de 2026.

Odd Arne Westad, profesor de Historia y Política Internacional en la Universidad de Yale, ha publicado recientemente un libro, The Coming Storm: Power, Conflict and Warnings from History (Allen Lane), que es a un mismo tiempo un recordatorio y una advertencia sobre cómo estallan las guerras entre grandes potencias y por qué nos estamos acercando peligrosamente a esa misma situación. Lo hace con un método de probada eficacia como es, en sus propias palabras, el de “aprender de la historia e intercalar el análisis de la actualidad internacional con las lecciones del pasado, especialmente de la época anterior a la Primera Guerra Mundial, una época que, en muchos aspectos, guarda un parecido notable con la nuestra”.

Algunas de las similitudes señaladas por el autor son desde luego claras –la inquietud social hacia los vertiginosos cambios tecnológicos o el devenir del comercio global, la multiplicidad de potencias con intereses enfrentados, la polarización política entre posiciones nacionalistas y socialistas, el declive de la entonces potencia hegemónica, Reino Unido–, pero pocas más llamativas que las que hacen referencia a Rusia y China.

Una guerra limitada contra Rusia en el territorio de otro

Sobre las causas del estallido de la Primera Guerra Mundial se ha escrito sobradamente, en particular sobre el sistema de alianzas, y, aunque hoy las responsabilidades por lo general se diluyen entre las potencias participantes, todas las cuales perseguían como es sabido intereses particulares y habían tenido un desarrollo económico –como vieron con claridad varios pensadores marxistas de la época– que conducía, si no a un conflicto como el que finalmente sucedió, sí a repetidos choques militares entre potencias, Alemania ocupó un papel especial en el inicio de las hostilidades.


“Un número de dirigentes políticos y militares pensaba que una guerra con éxito contra Rusia, si ésta decidía apoyar la resistencia de Serbia contra Austria, podría ser beneficiosa para la futura posición de Alemania”, escribe Westad en su libro. Los estrategas militares alemanes, cuyo estudio metódico y puntilloso análisis de la doctrina militar y aplicación de las nuevas tecnologías al combate habían dado tan buenos resultados en el pasado, llegaron a la conclusión de que “Rusia no estaba preparada para la guerra”.

También, por emplear un léxico moderno, de que si un conflicto estallaba podría ser ‘limitado’, sin que se pusiese en marcha el sistema de alianzas que precipitaría una conflagración mayor. “Incluso infligir a Rusia una humillante derrota, sin llegar a la guerra”, continúa este académico, “redundaría en beneficio de los intereses de la monarquía alemana, al asegurar el dominio austriaco sobre la región balcánica y contribuiría a someter a los problemáticos socialdemócratas alemanes ante el estruendoso éxito de la enérgica diplomacia de Guillermo II”.

Los demagogos sostenían “que las antiguas élites habían traicionado al pueblo al invertir más en el extranjero que en Gran Bretaña”

Todo lo anterior explica, concluye Westad, “por qué no hubo ningún intento de los alemanes por contener a sus aliados austríacos en vísperas del ultimátum emitido el 23 de julio”. En efecto, uno de los principales motivos por el que los alemanes no moderaron a Austria fue por la obcecación de los funcionarios alemanes por “infligir una derrota a Rusia en los Balcanes”. Mientras tanto, en San Petersburgo, “las reflexiones se centraban cada vez más en qué podría hacer Rusia para ayudar a Serbia en caso de un ataque austriaco: la simpatía hacia los serbios, las presiones internas y el temor a la agresión alemana y austriaca convergieron para dar lugar a una postura firme”.

Las autoridades políticas y militares del Imperio ruso actuaban movidas por la idea de que el honor y la credibilidad de Rusia estaban en juego, “sobre todo teniendo en cuenta que ya había sufrido numerosos reveses a lo largo de la última década”, en especial la derrota en la Guerra ruso-japonesa (1904-1905). La agitación política en el país, cuyo anticuado sistema de gobierno apenas podía contener los cambios económicos y sociales de su desigual desarrollo, y que era dependiente del comercio externo –un “imperio de la periferia”, en expresión de Borís Kagarlitsky, contribuía no menos a que la corte de los zares se inclinase por un golpe de fuerza.

¿Hace falta subrayar el paralelismo de la Alemania guillermina con una Unión Europea enardecida por su propia propaganda que también cree que puede “infligir a Rusia una humillante derrota” en Ucrania “sin llegar a la guerra” con ella o, incluso, librarla y ganarla?

Declive propio y rivalidad económica: de Alemania a China

El propio Westad hace explícito el paralelismo en su libro cuando escribe que “a principios del siglo XX, la política británica –un poco como la política estadounidense actual– estaba obsesionada con la idea del declive”. Hoy como ayer, “muchos líderes, especialmente entre los conservadores, presentaban el pasado de Gran Bretaña como una época dorada de abundancia, de logros y gloria, de estabilidad social y moralidad”, en contraposición con un presente “de decadencia y fracaso, de retroceso e incompetencia”.

Los demagogos sostenían “que las antiguas élites habían traicionado al pueblo al invertir más en el extranjero que en Gran Bretaña”, que “se estaban perdiendo puestos de trabajo británicos” en el extranjero y que los inmigrantes se quedaban con los puestos de trabajo que pertenecían por derecho propio a la clase obrera británica. Gran Bretaña, en definitiva, “se había visto privada de su posición preeminente en el mundo”, según estos críticos.

Uno de los competidores del Imperio británico era Estados Unidos, hoy irónicamente aquejada por problemas no muy diferentes a los de Reino Unido entonces, como observa Westad: “Gran Bretaña no había logrado fortalecer aquellas industrias que proporcionaban puestos de trabajo bien remunerados a los trabajadores, como la automoción, la química o los bienes eléctricos, y tampoco había formado adecuadamente a su mano de obra para competir en términos de productividad y procesos de producción industrial en general”. Además, “los trabajadores británicos apenas vieron subir sus salarios, lo que condujo al descontento y las huelgas”. En 1912, por ejemplo, “se perdieron más de 40 millones de días laborables a causa de las huelgas, casi veinte veces más que en cualquier año anterior.

Aunque el Imperio británico registraba un déficit comercial mayor con Francia o EEUU, que presentaba el mayor crecimiento industrial, “el foco se centró cada vez más en Alemania debido a una confluencia de factores, de los cuales la rivalidad económica era sólo uno de ellos”. El crecimiento económico de Alemania era, sin duda, remarcable: como recoge Westad, en 1914 “la producción industrial de Alemania era 2,5 veces superior a la de 1870, superando a Gran Bretaña en sectores clave como la siderurgia, los productos químicos, la maquinaria y los bienes eléctricos”.

Este crecimiento, continúa, “se había logrado al mismo tiempo que se creaba un enorme mercado interior y se generaban buenas condiciones para las exportaciones”. Por descontado, este proceso no tuvo lugar mediante mecanismos de mercado a su libre albedrío: el Estado tuvo un papel clave, “creando cárteles industriales, sólidos vínculos entre el sector militar y el industrial, una infraestructura de transporte eficaz e invirtiendo en la formación técnica”, de manera tal que “las instituciones de investigación alemanas eran las mejores del mundo y el país contaba con más patentes de ingeniería que ningún otro”.


Puede que las diferencias culturales y la distancia lingüística tuviesen que ver tanto como el rápido ascenso económico del Reich o sus ambiciones coloniales –que chocaban directamente con las del Imperio británico– como para que el discurso público británico se obsesionase con Alemania. Un ejemplo citado por el autor de The Coming Storm esun libro titulado Made in Germany (1896), de Ernest Williams, en el que se podía leer lo siguiente: “Verás que el tejido de algunas de tus propias prendas de vestir probablemente se ha tejido en Alemania... Recorre la casa y esa marca fatídica te dará la bienvenida a cada paso... [Cuando] te acuestes y mires con ira un texto en la pared, verás que está ilustrado con una parroquia de pueblo inglesa, y que dice Impreso en Alemania. ¿A alguien le recuerda a algo?

La fijación con Alemania llevó a ver con desconfianza a los hablantes de este idioma en Reino Unido, y, por extensión, a los inmigrantes judíos de Europa central que hablaban yiddish. La paranoia se extendió al punto que aparecieron libros como El enigma de las arenas (1903), de Erskine Childer, una novela de espías sobre los supuestos planes de invasión alemanes de la costa oriental de Reino Unido, o Spies of the Kaiser (1909), sobre una infiltración de agentes de los servicios de inteligencia alemanes en el archipiélago británico. Se extendieron los “temores de que camareros alemanes de los hoteles del litoral estuviesen supuestamente cartografiando las defensas costeras, de que los viajantes comerciales alemanes estuviesen recabando información sobre carreteras e infraestructuras, y a globos aeroestáticos alemanes sobrevolando el territorio británico.” Esos temores, claro está, “facilitaron en gran medida que la población en general identificara a Alemania como un enemigo”.

Como recuerda Milanovic, “cuando Francia y Alemania construían mejores productos y más baratos que los demás, se burlaban de esas quejas”, mientras ahora, en cambio, “pierden y eso no les gusta”

Fast forward a 2026, cuando la UE ve a China como un “socio en la cooperación, un competidor económico y un rival sistémico”. Desde que el servicio diplomático del bloque definiese oficialmente en 2023 de este modo al país asiático las quejas respecto a China en el terreno económico han venido multiplicándose. El economista Branko Milanovic expresó el cansancio de muchos comentaristas al responder desde las redes sociales que “nadie puede tomarse en serio las quejas de Europa sobre China: China construye ahora mejores productos y más baratos que Alemania o Francia”.

El sector del automóvil, sobre todo en Alemania, donde atraviesa una grave crisis, es particularmente sensible a esta cuestión. Ahora bien, como recuerda Milanovic, “cuando Francia y Alemania construían mejores productos y más baratos que los demás, se burlaban de esas quejas”, mientras ahora, en cambio, “pierden y eso no les gusta”. Además, añadía este economista, “Europa llegó a esa posición explotando al resto del mundo, mientras que China no lo hizo.”

El mensaje de Milanovic en redes sociales llevó a una polémica que el propio economista recogió y a la que respondió en su blog en Substack. Ya no se trata de las “injustas subvenciones” recibidas por el sector automovilístico chino o de las energías renovables, sino de los salarios. A esto contesta Milanovic sin muchas contemplaciones: “Se trata de una queja habitual que Marx ya identificó hace muchos años: todos los capitalistas quieren que a los trabajadores de otros capitalistas se les paguen salarios más altos para que puedan convertirse en sus clientes, pero quieren que a sus propios trabajadores se les pague lo menos posible”.

Pero es esto, continúa, “exactamente lo que está haciendo ahora Occidente: los periódicos financieros de Londres y Nueva York, que atacan cualquier mejora de las condiciones laborales de los trabajadores en sus propios países, van llenos de artículos que instan a China a ‘relajar los salarios e introducir prestaciones sociales más generosas”. De repente, comenta con sarcasmo Milanovic, “el Financial Times y el Wall Street Journal rebosan preocupación por el bienestar de los trabajadores chinos.”

Por ahora, el eje franco-alemán, que determina en buena medida lo que sucede en la UE, se inclina por endurecer las medidas económicas hacia Beijing. Como señala otro economista, el alemán Wolfgang Münchau, “los europeos perciben a China como una potencia mercantilista que recurre a subvenciones injustas, así como a un tipo de cambio artificialmente devaluado, lo que genera deliberadamente un exceso de capacidad industrial como herramienta para infligir daño económico al resto del mundo”. Una percepción, como se apresura a añadir este analista, que no es correcta, por lo que la respuesta desde la UE, a la fuerza, tampoco puede serlo.

“La respuesta de Europa al creciente dominio comercial de China ha fracasado claramente”, afirma Münchau al precisar que “los aranceles comerciales pueden ser eficaces para reducir las exportaciones chinas a la UE, pero agravan el colapso subyacente de las exportaciones europeas a China, ya que Beijing seguramente adoptará medidas de represalia”. Y lo que es peor, agrega, “las importaciones chinas procedentes de la UE podrían disminuir a un ritmo más rápido que las importaciones europeas procedentes de China”.

“Dadas las complejas dependencias de las cadenas de suministros, no está nada claro que la UE salga airosa de esta situación”, afirma Münchau, quien aclara que, “en general, los países con superávit comercial se ven más afectados por las guerras comerciales que aquellos con déficit, pero los problemas de las cadenas de suministros tienen un gran peso.”

Aquellos que no pueden recordar su pasado están condenados a repetirlo, reza el célebre aforismo de George Santayana. Las élites europeas, como los Borbones, no han aprendido nada y no han olvidado nada. 

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