Opinión
Cómo la IA está destruyendo la carrera de programación que una vez amé

Cuando uno de los últimos vestigios de movilidad social (“aprende a programar”) está siendo cada vez más proletarizado y hecho redundante, envía la señal de que la clase propietaria ha abandonado la noción misma de que un mínimo de calidad de vida debe ser algo posible para los trabajadores, ni que sea aspiracionalmente.
1 jul 2026 07:01

“Guardo muchísima gratitud hacia la gente que escribió un software extremadamente complejo carácter a carácter. Se hace difícil recordar el esfuerzo que hizo falta. Gracias por llevarnos hasta aquí.” Con este tuit de Sam Altman todo quedó al descubierto. Lo que puede sonar como un comentario de agradecimiento hacia la gente que pasó toda su vida aprendiendo a hacer lo imposible —“enseñar a pensar a una piedra”– es realmente un escopetazo y no sólo a la industria de desarrollo de software, sino a prácticamente todos los puestos de trabajo en los que los seres humanos se ganan el sustento con sus medios. Nos estamos precipitando en una época de descualificación impulsada por la inteligencia artificial (IA) que se llevará por delante toda la contribución humana, que será devorada por esta máquina y reemplazada por una pobre imitación que permite a los jefes “trabajar con eficiencia” y despedir a trabajadores cualificados en todos los sectores al mismo tiempo que no se registra una caída de la productividad. Al menos ése es el discurso de venta. Y está funcionando.

Apenas puede entrarse estos días en un subforo de Reddit sin leer mensajes como “ver a los ejecutivos salivar por la IA está acabando con mi pasión por la programación”, “¿Ha echado a perder la IA el desarrollo de software?”, “Hottake: la IA ha arruinado la manera en que veo escribir código y lo odio”, “Las expectativas por el despliegue de la IA me están volviendo loco”. Sé que es difícil tener simpatía hacia estos programadores en la medida que Silicon Valley ha sido responsable de algunos de los peores desarrollos de nuestra época, pero no son estos ‘monos al teclado’ quienes toman las decisiones. Es más, a estos últimos los despreciamos: Sam Altman, el CEO de OpenAI, no es un programador. Jamás ha escrito una línea de código. Tampoco Peter Thiel, Reid Hoffman o Steve Jobs. Todas estas personas que nos han puesto la soga al cuello no son las que escriben código y hacen que los programas funcionen: son buitres capitalistas adictos a la Próxima Gran Idea, quienes nos impusieron los NFT, las criptomonedas y ahora la revolución de la IA sin preguntarnos ni un segundo si la queríamos.

“Aprende a programar”

Yo fui una de las personas que se dejó guiar por este consejo. En 2013, después de un divorcio y un intento fracasado de trabajar por mi cuenta, me vi en la estacada. No podía permitirme volver a la universidad. Tenía una hija de cuatro años y necesitaba encontrar un sector profesional que no estuviese saturado y fuese a prueba de recesiones. Mientras consultaba Facebook vi un anuncio sobre aprender programación y se me iluminó la bombilla. Después de mirar las perspectivas profesionales de los programadores, me convencí de que si me esforzaba por aprender este oficio sería capaz de sostenerme a mí misma y a mi hija sin tener que preocuparme de verme en la calle. Me dediqué en cuerpo y alma. Durante un par de largos años estudié programación desde casa durante 10 horas al día, siete días a la semana. Prácticamente me quedé en la calle intentando llegar a final de mes en esta época, pero finalmente lo logré. Conseguí mi primer trabajo como programadora junior, luego otro, y, poco a poco, conseguí salir del bache, salir adelante y sacarnos a mi hija y a mí de la pobreza.

Por primera vez en toda mi vida pertenecía a la clase media, de manera firme, y no tenía que preocuparme por la próxima vez que fuese al supermercado. Para alguien que, como yo, había crecido comprando comida con cupones de los servicios sociales, esto era un éxito inimaginable a mis ojos. La paz de espíritu que me proporcionaba saber que si perdía un trabajo tenía 10 por cada programador que había ahí fuera era inconmensurable. Fue una buena época.

Por supuesto, ninguno de estos incrementos en la productividad llegaba hasta los desarrolladores, que estaban exhaustos por el trabajo pero seguían percibiendo el mismo salario

Pero en los últimos dos años algo cambió. Comencé a percibir que mis jefes estaban infectándose del virus mental que les vendían los publicitarios de la IA. Comenzaron a creer que ya no se nos necesitaba, o que, si se nos necesitaba, entonces seríamos capaces de producir por diez la cantidad de código en la misma cantidad de tiempo. Se nos comenzó a exigir que usásemos la IA para escribir nuestro código y no se nos dio a la hora de la verdad ningún tiempo para comprender y resolver los problemas por nosotros mismos. Nos convertimos cada vez más en supervisores de código que en programadores de código. No importaba lo que produjésemos, se esperaba que produjésemos cada vez más.

Si la IA podía hacer que un desarrollor hiciese el trabajo de diez, quizá podía hacer que un desarrollador hiciese el trabajo de 20. ¿Por qué no? ¡Sólo tenemos que pagar un poco más por las suscripciones! Por supuesto, ninguno de estos incrementos en la productividad llegaba hasta los desarrolladores, que estaban exhaustos por el trabajo pero seguían percibiendo el mismo salario. En mi equipo no había un solo programador que no estuviese quemado, se sintiese subestimado u obligado a punta de pistola a depender más de lo necesario de una tecnología que ha asesinado todo lo que nos gustaba de nuestras carreras.

Más allá de eso, el cuadro general no podría ser peor. El mercado está saturado con miles de programadores que han sido despedidos de las grandes empresas FAANG (Facebook, Amazon, Apple, Netflix, Google) y el proceso de hacer que tu currículo llegue a verlo un ser humano parece imposible cuando los currículos generados por IA lo inundan todo y los departamentos de recursos humanos utilizan aplicaciones de IA para monitorizar y rechazar a los candidatos sin que una sola persona viva participe. Desde dentro, dejadme deciros que las perspectivas nunca han sido tan sombrías. Y como el resto del mundo fuera del sector, nosotros sentimos que estamos siendo arrastrados contra nuestra voluntad a subirnos a este tren que todo lo destruye en la carrera que una vez amamos, sin que haya nada para reemplazarlo.

Correctamente o no, los oligarcas predicen que jamás ocurrirá una sublevación, incluso si sus sueños  se hacen realidad y el 25% de la fuerza de trabajo pasa a estar desempleada y ser inempleable

Con esto no quiero decir que el lector deba sentirse mal por los pobres y sufridos programadores, sino poner énfasis en lo que representa un patrón más amplio de cómo los capitalistas abordan la cuestión del trabajo en nuestra época. Tener que contratar a trabajadores humanos que pueden ponerse quisquillosos pidiendo un mejor salario, jornada o condiciones laborales no es sino una molestia para ellos. Quieren optimizar sus negocios, idealmente sin tener que contratar a seres humanos. Se les ha vendido el sueño de negocios operados en un 100% por agentes de IA en los que pueden comprar subscripciones en vez de horas trabajadas, y a un coste mucho menor. Después de todo, los agentes no se afiliarán a un sindicato. No necesitan fines de semana libres. No enferman ni se quedan embarazados. No pueden ir a la huelga. No pelean. Cuando uno de los últimos vestigios de movilidad social (“aprende a programar”) está siendo cada vez más proletarizado y hecho redundante, envía la señal de que la clase propietaria ha abandonado la noción misma de que un mínimo de calidad de vida debe ser algo posible para los trabajadores, ni que sea aspiracionalmente.

Los oligarcas de antaño acostumbraban a hablar de un “impuesto a los disturbios”: algunas concesiones mínimas del capitalismo para prevenir que la clase obrera se sublevase, un estándar básico de confort que sofocase una revolución. Nuestros oligarcas modernos ya no sienten ese impulso. Correctamente o no, predicen que jamás ocurrirá una sublevación así, incluso si sus sueños más salvajes se hacen realidad y el 25% de la fuerza de trabajo pasa a estar desempleada y ser inempleable.

Por supuesto, que los capitalistas quieran invertir en tecnologías para ahorrarse la mano de obra no es algo nuevo. Desde el nacimiento del capitalismo los capitalistas han querido siempre destinar menos dinero a la mano de obra y producir más. Esta vez, no obstante, es diferente precisamente debido a la escala, la velocidad y la discrepancia fundamental entre la propia IA y desarrollos que, de alguna manera, hicieron progresar a la humanidad. La revolución industrial puede que desplazase a trabajadores, pero los frutos que dio fueron importantes. El motor a vapor, la desmotadora, el telégrafo y la bombilla fueron cruciales para el desarrollo humano. Y aunque algunos trabajos se volvieron superfluos, otros los sustituyeron. No puede decirse lo mismo de la IA. ¿Qué ganamos nosotros, los trabajadores, de videojuegos o música o arte generado con IA? ¿Qué ocurre al 25% que ahora no tiene nada que hacer con sus vidas en un sistema que no comparte sus plusvalías de este reemplazo o universaliza los beneficios y que no tiene ningún mecanismo para cuidar a quienes no puedan justificar su existencia trabajando para obtener un salario?


Así como gente como Sam Altman han apuntado vagamente al concepto de algún tipo de universalización de los beneficios –“pienso en algo así como un pago fijo en efectivo, que, aunque útil y quizá en algunos sentidos una buena idea, no es suficiente para lo que vamos a necesitar para esta siguiente fase y el tipo de alineación colectiva de beneficios compartidos como un equilibrio entre los desplazamientos de trabajo y capital”– sería erróneo confiar en ellos. Como un informe de 2019 decía sobre Altman: “Sam exhibe un patrón consistente de […] mentiras”.

Los bros de Silicon Valley no quieren realmente avanzar hacia una sociedad igualitaria en la que nadie tenga que trabajar, sino que quieren asegurarse de que la transición a su visión de la “utopía” implica que haya menos gente tratando de incendiar sus hogares con cócteles molotov. Incluso Ilya Sutskever, el científico jefe de OpenAI, dijo en una ocasión que “cualquier persona trabajando para construir esta tecnología que alterará la civilización acarrea una pesada carga y está asumiendo una responsabilidad sin precedentes, [pero] la gente que termina en este tipo de posiciones son con frecuencia cierto tipos de personas, personas que están interesadas en el poder, un político, alguien así”.

Incluso si estos tecnooligarcas se deshacen en elogios sobre una nueva formación social tecnofuturista en la que los robots hacen todo nuestro trabajo mientras nosotros jugamos bajo el sol, el dinero explica otra historia muy diferente. La industria de la IA ha promovido activamente detrás de bastidores el tráfico de influencias con políticos de ambos partidos con cientos de millones de sobornos para que legislasen en contra de la regulación de la IA y a favor de la construcción de centros de datos en todo el país. De manera similar, la IA está siendo usada por Palantir para tareas de vigilancia del ICE y se ha utilizado para llevar a cabo bombardeos de precisión contra escuelas infantiles en Irán. Difícilmente puede llamárselo una tecnoutopía que, se nos dice, está a la vuelta de la esquina.


A medida que las vías para salir de la pobreza se cierran por completo la respuesta no se hace esperar. Ya sea en forma de un miembro del consejo municipal cuya casa recibió disparos por su apoyo a la construcción de un centro de datos contra el cual estaba en contra la comunidad o los ataques contra Sam Altman, la gente está comenzando a entender la IA como la amenaza existencial que es y respondiendo en consecuencia. Las estimaciones hablan de la pérdida de 16.000 puestos de trabajo mensuales como consecuencia de la IA, y las perspectivas no pueden más que empeorar. La opinión pública no está del lado de los oligarcas, aunque no les preocupe ni un ápice nuestro consentimiento. Incluso mientras los datos muestran que los beneficios en productividad no están produciéndose de la manera en que esperaban, este tipo de pérdida de puestos de trabajo tendrá efectos catástroficos en cascada para el conjunto de la sociedad.

Personalmente, este movimiento hacia la llamada “revolución de la IA” ha hecho que una carrera por la que luché con mi sangre, sudor y lágrimas, se haya convertido en una sombra de lo que fue, con la amenaza pendiendo sobre mi cabeza de regresar a la pobreza y sin ninguna manera de salir de ella. Ha sido un momento de radicalización para mí. Puedo sentir el péndulo oscilar encima mío, contener la respiración y esperar, sabiendo que si se cierne sobre mí no tendré ya nada que perder. Ésta es la situación prevaleciente para muchos de nosotros. No puedo hacer pronósticos firmes, pero creo que cuando a millones de personas no les das nada a lo que aferrarse, el tejido deshilachado que mantiene unida a una sociedad se convierte en polvo. Pregúntale a Claude qué ocurre a continuación.

Dialectics of decline
Scarlet es el pseudónimo de una trabajadora estadounidense del sector de las nuevas tecnologías. Su Substack es Dialectics of decline.Traducido con permiso de la autora por Àngel Ferrero.
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