Análisis
Irán y la democracia selectiva de los mejores
Arabista en la Universidad Autónoma de Madrid.
Desde octubre de 2023, la ciudadanía de Gaza sufre un asedio militar, con matanzas y bombardeos de destrucción masiva, a manos del régimen de Tel Aviv. Con anterioridad, los ciudadanos de Gaza se habían manifestado en repetidas ocasiones junto a la frontera israelí para demandar el fin del asedio al que están sometidos desde 2005 y habían sido dispersados a tiros por las fuerzas de seguridad de ese mismo régimen.
A los ciudadanos de Cisjordania se les dispara, no con balas de goma, con fuego real, cuando se manifiestan contra la ocupación, a manos de las fuerzas de represión del régimen de Tel Aviv o de su representante coercitivo local, la policía de la Autoridad Nacional Palestina. Se quejan, asimismo, de la destrucción de casas para hacer más asentamientos o la expulsión de familias, que han vivido en esa tierra durante siglos, para hacer sitio a colonos importados de cualquier parte del mundo.
La población iraní no olvida que los pahlevíes regentaron un sistema policial brutal, tanto o más que el actual, durante casi 30 años, con el apoyo de Estados Unidos
Miles de palestinos, menores de edad y discapacitados físicos y mentales incluidos, languidecen en las cárceles del régimen de Tel Aviv. Según fuentes de procedencia diversa que no han sido desmentidas por los responsables del régimen —más aún, se han felicitado por ello— decenas de reclusos palestinos han muerto en los últimos años por torturas, falta de atención médica o desnutrición. Hemos visto vídeos y oído testimonios, también, sobre violaciones y agresiones sexuales a presos palestinos, muchos de ellos detenidos sin cargos o acusados de supuestos que apenas se sustancian.
Sin embargo, el presidente de Estados Unidos no muestra ningún asomo de empatía con la gente de Palestina que sale a la calle a demandar cosas muy razonables. Por ejemplo, el fin de un régimen colonial y racista que les está robando la tierra, la memoria y la existencia. Hace unos meses ese mismo presidente recibió en su despacho al heredero de la corona en Arabia Saudí y gobernante de facto del reino, en donde se prohíben las manifestaciones y se mete en la cárcel a quien se le ocurra publicar un mensaje en las redes sociales poniendo en duda la legitimidad o el buen hacer de la familia gobernante.
Los dirigentes saudíes son de sobra conocidos por su capacidad para castigar, con “depuraciones físicas” si es preciso, a todo tipo de disidentes. También, por su ya consagrada habilidad para atraer a sus supuestos aliados, incluidos miembros de la familia, y tomarlos como rehenes para que se avengan a sus intereses políticos, bajo amenaza de todo tipo.
Así lo han hecho con primos, tíos y parientes que no deseaban pagar “las tasas” o renunciar a sus privilegios tras haber caído en desgracia; o con el ex primer ministro libanés, Rafiq al Hariri, que estuvo un tiempo enclaustrado en Riad antes de avenirse a una serie de medidas favorables, se supone, a los intereses saudíes en Líbano; más recientemente, tenemos el caso de los miembros llamados a capítulo, hace unas semanas, del Consejo Transitorio que, dicen, gobierna el sur de Yemen, tras la disputa abierta con Emiratos Árabes Unidos sobre cómo gestionar el expediente yemení.
Pero el presidente de Estados Unidos no se muestra preocupado por la calidad democrática del reino ni los derechos de las mujeres, que siguen siendo precarios a pesar de los últimos “avances” —permitir que conduzcan, desde 2017; asistencia a conciertos públicos o que puedan entrar al restaurante por la misma puerta que los hombres, desde 2019, ¡toma ya, impresionante!—. Lo recibió, le dio unas palmaditas muy reconfortado porque el reino va a invertir miles de millones en su maltrecha economía y porque el feo asunto del opositor con nacionalidad estadounidense Jamal Khashoggi, asesinado en el consulado saudí de Estambul en 2018, había quedado atrás.
En Egipto hay unos 70.000 presos políticos, islamistas, izquierdistas, liberales y, en definitiva, cualquiera que ose hablar de dictadura o de la corrupción ejercida por los generales
El presidente de Estados Unidos cuenta en la región de Oriente Medio con otro gran amigo a quien suele llamar, o solía, “mi dictador favorito”. Un gran contribuidor a la política exterior de EEUU y mejor demócrata: llegó al poder tras un golpe de Estado en su país, Egipto, en 2013 y ha impuesto desde entonces un auténtico Gobierno policial y militar. Según datos de fuentes oficiales estadounidenses, no de otro sitio, en Egipto hay unos 70.000 presos políticos, islamistas, izquierdistas, liberales y, en definitiva, cualquiera que ose hablar de dictadura o de la corrupción ejercida por los generales.
Las reuniones, no digamos las manifestaciones, están prohibidas y en los últimos dos años hemos observado cómo se ha detenido a jóvenes por participar en concentraciones a favor de… Gaza. O da lo mismo la razón, el caso es detener. Si visitan Egipto reparen en que las principales plazas y espacios públicos, o un buen número de ellos al menos, han sido reacondicionados para evitar que la gente pueda aglomerarse en un lugar determinado u organizar marchas nutridas.
No obstante, el presidente de Estados Unidos dice sentirse muy satisfecho con el desempeño de su partner egipcio, que está llevando a su país a la ruina económica al tiempo que pone todo su empeño en sofocar desde la base cualquier atisbo de disidencia pública. Por lo mismo —y permítanme que abandonemos por unas líneas Oriente Medio—, decía en marzo pasado que el líder supremo de Corea del Norte seguía siendo “un (otro) gran amigo”. De nuevo, las fuentes oficiales y organizaciones de derechos humanos estadounidenses repiten que Corea del Norte compone uno de los sistemas políticos más represivos, opacos y anti democráticos del planeta. Pero, vaya por Dios, el líder del llamado “mundo libre” y el de una república autocrática y hereditaria mantienen una notable amistad.
Irán es otra cosa: una vez más, y van varias desde las multitudinarias de 2009, un buen número de ciudadanos iraníes han salido a las calles para protestar contra la crisis económica, la corrupción y el inmovilismo del reaccionario régimen de Teherán. Ahí sí, el presidente de Estados Unidos les ha lanzado mensajes inequívocos de apoyo, llamándolos a “tomar las instituciones”. Para este sujeto hay manifestaciones y ciudadanías de primera y de segunda. Si en su propio país le organizan marchas de protesta acusándolo de autoritario, carca y estúpido, las tilda de radicales y dirigidas por la “extrema izquierda”. En la mayor parte de estas marchas no hay vandalismo ni enfrentamientos con las fuerzas del orden, pero él y su cohorte de fámulos descerebrados denuncian la “excesiva virulencia de los antifa”.
En Irán, los servicios de inteligencia mismos del régimen de Tel Aviv han confirmado que han activado a sus células para “agitar” las calles y desestabilizar al Gobierno
Por enero de 2021, sus seguidores asaltaron el congreso de su país, con mucha mayor violencia de la que muestran sus opositores hoy, pero aquello representó un acto patriótico, parece. Con estos mimbres de mandatario coherente y ecuánime no debe extrañarnos padecer esta política exterior tan infame.
En Irán, los servicios de inteligencia mismos del régimen de Tel Aviv han confirmado que han activado a sus células para “agitar” las calles y desestabilizar al Gobierno. O sea, actos de sabotaje como los hemos llamado siempre. Muchos iraníes que participan en las protestas, porque están hartos de sus gobernantes, su inoperancia o por las restricciones absurdas que les imponen, hablan de grupos armados, de operaciones de acoso a la policía muy bien orquestadas en forma de guerrillas, de dispositivos de comunicación cifrada entre células diseminadas aquí y allá, de medios tecnológicos sofisticados para sortear el apagón de internet decretado por el régimen, de concentraciones “espontáneas” que se convocan en lugares cercanos a bases militares más o menos secretas y que acaban terminando en “confusas” explosiones en los alrededores…
Nada de estos actos, que recuerdan más una planificación de guerrilla urbana, tiene que ver con las aspiraciones de buena parte del pueblo iraní. Algunas consignas, como las coreadas a favor del hijo del último sah y dictador de Irán, como el “Yavid- e shah” (eterno sah), no responden al sentir general de una población que no olvida que los pahlevíes regentaron un sistema policial brutal, tanto o más que el actual, durante casi treinta años; y que los garantes estadounidenses de la libertad provocaron, junto con los británicos, la caída del reformista primer ministro Mohammed Mosaddegh en 1953. Lo acusaron, entre otras cosas, de hacer algo tan antidemocrático como nacionalizar el petróleo para que la ciudadanía lo controle, no las multinacionales -o de ser prosoviético, cosa que Moscú siempre negó-. El golpe de estado consiguiente dio lugar a un reinado de corrupción, despotismo y despilfarro que hizo que la inmensa mayoría de los iraníes, desde los comunistas a los islamistas, se alzase en las calles en 1979. La usurpación o monopolio final de la revolución por parte del ayatolá Jomeini y los suyos forma parte de la historia fallida de lo que podría haber sido un nuevo Irán, plural y democrático.
Algunas consignas, como las coreadas a favor del hijo del último sah y dictador de Irán, como el “Yavid- e shah” (eterno sah), no responden al sentir general de una población
Esta deriva la está pagando hoy la gente de Irán, cansada de imposiciones absurdas, del velo y la vestimenta normativa, de las martingalas moralistas del líder supremo, de la corrupción enquistada en todos los estamentos de la sociedad, del militarismo que ha desviado miles de millones de tomanes, la moneda nacional, a proyectos de expansión regional y desarrollo nuclear a costa de la sanidad, la educación y las infraestructuras civiles; de la inflación galopante, la falta de aprovechamiento racional de sus recursos, no sólo el petróleo, también el agua: a pesar de sus ingentes ríos, manantiales y pantanos Irán sufre escasez de agua potable, debido, cierto, a la sequía pertinaz pero, asimismo, a la incuria de los dirigentes locales y estatales.
Las sanciones impuestas por occidente durante décadas —no porque Irán carezca de un sistema democrático sino porque su Gobierno se muestra renuente a ejecutar las consignas occidentales, empezando por el seguidismo al régimen de Tel Aviv— han machacado la economía nacional; pero la corrupción, la ineptitud y el desvío de fondos a cosas que parecían interesar más a la república islámica, como las aventuras militares en Siria o Líbano, o la consolidación de fuerzas paramilitares que exigen una cantidad desorbitada de fondos, han hecho el resto.
El guía supremo de la Revolución, Ali Jamenei, lo ha dicho en más de una ocasión: estamos en crisis económica por las sanciones, pero también por el efecto nocivo de la corrupción. El que a pesar de los avisos de una población exangüe no hayan tomado medidas drásticas para atajarla dice poco de la aptitud de los gobernantes iraníes, los religiosos, los militares y los civiles.
La policía y las fuerzas paramilitares reprimen con saña las manifestaciones, aun las pacíficas en las que no se ve rastro de las “células desestabilizadoras”. Manual de régimen represivo. Pero, ¿por qué las grandes democracias occidentales, paradigmas de la libertad y los derechos humanos, se centran tanto en la lucha “heroica” de los iraníes —como si los iraníes les importaran gran cosa— y obvian otras luchas tan encomiables por la libertad de los pueblos?
El guía supremo de la Revolución, Ali Jamenei, lo ha dicho en más de una ocasión: estamos en crisis económica por las sanciones, pero también por el efecto nocivo de la corrupción
Una pregunta infantil, ociosa, retórica, lo sabemos, pero no está de más que nos la formulemos, de vez en cuando al menos. La Unión Europea y portavoces, cómo se les ve de cómodos hablando sobre la represión en Irán, anunciando sanciones nuevas, declamando la carta de derechos humanos; qué contraídos, incómodos, por el contrario, cuando tienen que responder a preguntas suspicaces sobre los bombardeos indiscriminados de hospitales y escuelas a cargo de las hordas del régimen de Tel Aviv. Hay política y políticas, que decía el clásico. O democracias, como leyes, del embudo.
Los grandes analistas de la geoestrategia internacional afirman que esto, menuda sorpresa, no va de la población iraní ni del derecho a manifestarse y cambiar de gobierno, sino de la obsesión estadounidense con China: imponer un régimen aliado ferozmente occidental en Irán supondría taponar la expansión económica y comercial de Pekín hacia Asia Central y el Golfo Pérsico, reduciendo de paso las opciones chinas de acceso a fuentes baratas de petróleo y gas.
Es muy probable, si bien tal cosa exigiría una revolución interna que acabara con el régimen actual, lo cual no está ocurriendo porque muchos iraníes, por muy anti islamistas que sean, sospechan que les están preparando un guion similar al de Siria tras 2024. O podría exigir una intervención militar en toda regla, imposible si los aliados regionales de Washington no se apuntan a la tarea. Y no lo van a hacer porque, al igual que los iraníes mismos, recuerdan bien el desaguisado generado tras la invasión de Iraq en 2003.
Imponer un régimen aliado en Irán supondría taponar la expansión de Pekín hacia Asia Central y el Golfo Pérsico, reduciendo de paso las opciones chinas de acceso a fuentes baratas de petróleo y gas
La actitud dispar de nuestros gobiernos europeos y norteamericanos ante lo que ocurre en lugares como Gaza o Irán debería constituir un toque de atención. En primer lugar para la consistencia de nuestros discursos, huecos, sobre la sagrada libertad y bla bla bla. No nos tomamos ya en serio ni a nosotros mismos ni las moralinas de rigor que provocan sorna en medio planeta. Pero debe apelar asimismo a quienes sostienen, por ignorancia o maldad, que prolongar este tipo de raseros y política exterior sirve a nuestros intereses de bienestar. El desarrollo material y cultural. Oh, qué nobles palabras. El imperio está demostrando, en Groenlandia sin ir más lejos, que en plena decadencia hegemónica sólo prevalecerán sus intereses particulares. Washington no paga a súbditos; a traidores puede que sí.
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