Opinión
Anatomía de una juventud dispuesta a cambiarlo todo
Hay una imagen de las últimas semanas en Madrid que me vuelve una y otra vez a la memoria. El pasado 2 de octubre, mientras paseaba por el interior de esa ciudadela en miniatura en la que se ha convertido la acampada de Sol, comenzó a llover a mares. El agua se colaba por todos los rincones calando cada trozo de tela de las tiendas en un abrir y cerrar de ojos, sin embargo en ningún momento hubo sensación de caos. Por contra, quienes estaban a mi alrededor rápidamente se concentraron en gestionar equipos improvisados de limpieza, secado y reorganización espacial. No había tiempo que perder. Un gabinete de crisis informal e impecable de chicas de no más de 22 años que volvían a demostrar su responsabilidad militante para sostener lo común.
Las televisiones, como de costumbre, se esfuerzan concienzudamente en centrar el foco sobre una juventud hiperderechizada que invierte su tiempo libre en inocular odio sobre feministas, minorías racializadas y colectivos vulnerables. Un relato estandarizado y sobredimensionado que poco se corresponde con las muestras radicales de empatía, madurez política y compromiso social que muchas hemos apreciado orgullosas por las calles estas últimas semanas. La de los adolescentes escorados cada vez más hacia el precipicio del fascismo deviene hoy una narrativa tan desmovilizante como injusta hacia toda una generación que está más decidida que nunca a cambiar las reglas del juego.
Pero situar a la mayor parte de la chavalada como potenciales votantes de Vox es tremendamente funcional a aquellos sectores reaccionarios que se nutren de la sensación de desafección, apatía y derrota colectiva.
Reconocer la enorme peligrosidad que entraña que miles de adolescentes hoy coqueteen con la extrema derecha más rancia es un deber social si queremos evitar la vuelta a un pasado de opresión. Pero situar a la mayor parte de la chavalada como potenciales votantes de Vox es tremendamente funcional a aquellos sectores reaccionarios que se nutren de la sensación de desafección, apatía y derrota colectiva.
Sería fácil acallar esas voces intrusivas simplemente ofreciendo algunas imágenes de las acampadas por Palestina durante el genocidio en Gaza, las movilizaciones masivas los servicios públicos o las manifestaciones por la vivienda en decenas de ciudades del Estado este último año. Miles de rostros adolescentes desbordantes de energía exhibiendo sonrientes sus pancartas, conscientes de que están en el lado correcto de la historia. Contra el pronóstico de muchos, durante el 4 de octubre, cientos de aquellos jóvenes que normalmente son percibidos como protoadultos adictos a Tiktok o niñatos seducidos por ideas fascistoides habían decidido pasar una mañana entera protestando por sus derechos.
Las estadísticas son casi siempre tramposas cuando se trata de abordar la presencia joven en los espacios de poder popular: a día de hoy a penas existen datos que reflejen la participación política de los adolescentes, que midan la combatividad de la juventud de menos de 20 años. No sabemos cuántos acudieron, por ejemplo, a las últimas manifestaciones por Gaza o a las concentraciones contra el odio xenófobo en Ceuta, pero es innegable que ahí estaban y no eran pocos. La chavalada casi siempre está borrada del mapa de los movimientos sociales, lo que a su vez es el reflejo de una tendencia generalizada a obviar a la población adolescente en todos los ámbitos de la vida comunitaria.
Si bien la generación Z vota menos que las generaciones anteriores, una cuarta parte de los jóvenes ha expresado su voluntad de formar parte de acciones colectivas como protestas.
Las encuestas sobre posicionamiento ideológico juvenil casi siempre toman como base el voto, lo que implica subestimar otras formas de intervención política y social que se practican incluso antes de los 18. Los menores de edad quedan siempre fuera de toda representación, lo que genera sensación de incomprensión constante por parte del universo adulto: hablamos de un conjunto de población con ideología, aspiraciones y demandas propias. Por otro lado, un estudio de la Fundación Cotec indica que, si bien la generación Z vota menos que las generaciones anteriores, una cuarta parte de los jóvenes ha expresado su voluntad de formar parte de acciones colectivas como protestas. Además, se sienten interpelados por cuestiones clave como la crisis climática o el auge del racismo.
Asimismo, están más sindicalizados y muestran una mayor conciencia antifascista y de clase que en décadas pasadas, esto es algo que reconocen sin parar activistas que protagonizaron el 15M. Para ilustrar esta realidad con un ejemplo rápido, pongamos en una balanza la proporción de jóvenes exaltados que acudieron a Sol para increpar a otros de su misma edad el pasado 12 de octubre y aquellos que estaban acampando pacíficamente: Si este último grupo superaba los 2.000 miembros (había cerca de 40 colectivos instalados en las carpas), los que llevaban banderas de España podían contarse en pocas decenas, al igual que el resto de ultras que se habían acercado puntualmente los días anteriores con simbología nazi. Con todo esto sobre la mesa y retomando el citado informe, “los jóvenes han sido a menudo estereotipados, deslegitimados y marginados en los periódicos en lo que respecta a su participación política”.
El estudio pone igualmente de manifiesto que las redes sociales y la tecnología han abierto estos últimos años nuevas formas de intervención social ciudadana. Estas deben tenerse en cuenta a la hora de analizar cómo se involucran políticamente los jóvenes. La participación online, aseguran, puede actuar como motor de la participación política offline.
Los adolescentes son ciudadanos no sólo infrarrepresentados mediáticamente sino acostumbrados a sentirse escuchados, vistos —aunque sea de forma negativa— únicamente cuando esparcen odio y bulla con descaro. Es atronadora la presencia mediática que obtienen cada vez que salen a ondear con furia sus banderas preconstitucionales. Habría que plantearse, pues, por qué ir en contra de los postulados feministas o antirracistas se ha convertido en una forma de subversión y qué responsabilidad tenemos las adultas ante todo ello. A veces me pregunto si parte de esa rebeldía facha, esa performance nacionalista exacerbada no es más que un grito desesperado para atraer la atención. Un intento desatado de que sus voces obtengan un espacio de escucha y legitimación, aunque sea desde un lugar terrible que a su vez es el único que les ofrece visibilidad.
Pese a todo, vemos en paralelo que buena parte de la chavalería ha demostrado estos meses una capacidad de organización colectiva e imaginación política que invita sin duda a mirar al horizonte con optimismo: Muchachos que han creado en Sol un ecosistema sociopolítico propio donde todo queda al servicio de la comunidad. De ese ejercicio desbordante de creatividad y solidaridad surgieron grupos de gestión de alimentación y enseres, seguridad, un punto de cuidados, otro de teletrabajo, de información general, un punto violeta autogestionado y varias comisiones —como la de Urbanismo o la de Mediación— para distribuir tareas. Se produjo noche y día un discurrir constante de ideas, propuestas y fórmulas novedosas para amenizar el día a día de los convivientes. Ni una sola disputa, ni una falta de respeto nacida del desgaste diario, ni un desmán que haya podido ensombrecer la imagen de “la comuna”.
Están construyendo día a día otros mundos posibles, más habitables y justos, y ser testigo de todo ello multiplica la esperanza. También es digna de admiración la actitud dialogante y cooperativa de quienes han sido capaces esta semanas, pese a su corta edad, de dejar de lado las diferencias ideológicas entre organizaciones con propuestas muy distintas para luchar mano a mano. La mayoría no se conocía previamente, algunos era la primera vez que acampaban por razones políticas. Sin ese esfuerzo colectivo por llegar a acuerdos en ocasiones difíciles no habrían logrado su objetivo fundamental: tensionar al gobierno y forzar cambios legislativos para la mayoría social trabajadora.
Bien podían tomar ejemplo aquellos que desde sus escaños en el Parlamento acostumbran a hacer del exabrupto y la bronca la normalidad democrática, que anteponen el espectáculo partidista al consenso fructífero contra los intereses del pueblo.
Bien podían tomar ejemplo aquellos que desde sus escaños en el Parlamento acostumbran a hacer del exabrupto y la bronca la normalidad democrática, que anteponen el espectáculo partidista al consenso fructífero contra los intereses del pueblo. El odio es a menudo ruidoso, estridente, mientras que la cimentación pacífica de horizontes deseables se desarrolla de manera mucho más silenciosa y paciente.
Conversando el otro día con un integrante del Sindicato de Estudiantes, organización juvenil que aglutina a desde chicos y chicas en la ESO hasta alumnos universitarios, me transmitía con sinceridad su impotencia a través de la pantalla: “Estáis todo el día sacando a los cayetanos, cuando habláis de nuestra generación es para decir que somos unos vagos o unos violentos. Ya pasamos de combatir esos estereotipos sobre nosotros”, contaba. A las que nos estéis leyendo y necesitáis escuchar esto, sabed que nos quitamos el sombrero al ver vuestra labor porque sabemos que sois el motor de la revolución.
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