Opinión
El panal de la lengua
A menudo insistimos en señalar el origen de la escritura en el daño. “Toda escritura es la manifestación de alguna forma de desesperación”, dice Ada Salas. “El arte expresa la desdicha”, sigue Olvido García Valdés. Y es verdad que, si no oyésemos al fondo, zumbando, el desamparo, si nuestro pensar/sentir apareciera siempre bajo la forma de la reconciliación y la avenencia, no habría necesidad o impulso de escritura. Pero no es menos cierto el fulgor que nos atrae hacia el texto, el puro destello que brilla en la lengua, intermitente. Explica Hélène Cixous, en La llegada a la escritura, que la literatura se le presentó primero como un deseo, un deseo de signo. Había algo humano en ese signo que ante ella titilaba, un “parpadeo de ser”: “Lo que me sucedía era la Belleza”, escribe.
Durante mucho tiempo, yo también concebí la potencia de lo literario únicamente en su capacidad de decir el mal, la herida colectiva de la que surgimos todas. En mi caso, las razones eran claramente políticas: la escritura como señalamiento y lugar de la hermandad, espacio donde la vulnerabilidad de una se volvía la vulnerabilidad de todas y el dolor compartido daba lugar, por un lado, a la compasión (en la línea maillardiana), y, por otro, a la organización conjunta en pos de la transformación de ese semillero de desigualdades y tristezas que es la vida. Sin embargo, cada vez soy más suspicaz con esa escritura de la herida. La exacerbación de la desdicha en el arte conlleva un peligro evidente; cuando tras ella no hay ni conciencia ni intención político-crítica, da lugar a una especie de pornografía emocional, de exhibición morbosa que comienza y acaba en el yo. Cuando trata de usarse como herramienta política, a menudo solo logra ahondar en la angustia y el abatimiento, el inmovilismo y el miedo.
Escribir es prolongar la pregunta, postergar la respuesta, hallar la dicha ahí, en esa suspensión donde los pensamientos se encabalgan, el cuerpo al acecho, rastreando, salivando por algo que aún no llega
La escritura sondea lo real, lanza al agua opaca de la vida su escandallo, trata de averiguar cuán profundo es su fondo, qué criaturas lo habitan. Está claro que no habría nada que buscar en el lenguaje si el mundo se presentara ante nosotras transparente. Pero toda búsqueda implica al tiempo falta y afán, y ese afán es siempre gozoso, en tanto nos deja imaginar, concebir como posible lo que solo es deseable todavía. Escribir es prolongar la pregunta, postergar la respuesta, hallar la dicha ahí, en esa suspensión donde los pensamientos se encabalgan, el cuerpo al acecho, rastreando, salivando por algo que aún no llega. Cada vez creo más en ese deseo. En la necesidad de politizar el gozo, la esperanza. De entender que la escritura nos permite imaginarnos otras, fantasear con cambios que, de alguna manera, al performarse en el lenguaje, están mucho más cerca de ocurrir. En el panal de la lengua, el mundo es una miel que se desborda. Quien escribe busca lo derramado, contiene con sus dedos algo que no deja de mermar, saborea el dulzor al tiempo que lo pierde. Pero eso dulce está. Escribir nos permite de algún modo convertirlo en un unto brillante, soñar con el día en que colme las bocas, soñar con el día en que lo cubra todo.
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