Opinión
Acuerdo amplio o accidente múltiple
El espectáculo de las distintas familias de la izquierda institucional intentando o fingiendo que intentan cerrar un posible acuerdo de lista unitaria para el 29 de noviembre ha caído, otra vez, como una losa entre la base de sus posibles, y menguantes, votantes. Cuando las acampadas y el movimiento de vivienda han generado un entusiasmo como no se vivía igual desde los 8M de finales de la pasada década y el fallecimiento de Maricarmen Abascal ha alimentado la rabia, expresada de forma pura y directa como rabia de clase, es decir, cuando surge una nueva realidad de lucha política, el día a día de la futura candidatura o de su posible ruptura definitiva genera una curiosidad morbosa: es como mirar los restos de un accidente múltiple de tráfico con tráiler de carretera / vehículo longo incluido. Algo que preferiríamos no hacer, pero que no podemos dejar de hacer.
En este momento, las cero horas del 10 de octubre, el acuerdo de todas las partes parece casi imposible y es mucho más plausible la hipótesis de que cada una de las camarillas —especialmente Más Madrid y Podemos, dado que son los que más tienen que ganar-perder— están organizando las justificaciones para que el atestado periodístico del desastre les deje en un lugar un poco mejor que a las otras partes.
Por supuesto, ese no-acuerdo beneficiará al PSOE, que podrá sin problemas atribuirse todos los aciertos e iniciativas sacadas adelante desde el Gobierno y derivar la responsabilidad de los malos presagios electorales en sus incompetentes socios y en la incompetente izquierda. Tendrá efectos también en aquellos territorios con partidos de izquierda al margen del acuerdo, en cuanto Madrid, donde se gestó la ruptura, marca discursos y tendencias políticas. Pero, además de ser una invitación sin fisuras al llamado “voto útil” en todo el Estado, también allí donde las listas de izquierdas tienen diputados asegurados, tendrá efectos severos en la campaña electoral, que coincide en el tiempo con una movilización sostenida que desembocará en la huelga general del 11 de noviembre. El acuerdo no se trata solo de aritmética, se trata de que el próximo mes y medio la atención no se desvíe hacia las miserias de una izquierda que, de nuevo, se enfrentó con su propia sombra y acabó en la UCI.
El arte de la guerra
Hay quien dirá que nos va la vida en un acuerdo amplio-claro-que-podemos, pero conviene no ser maximalista. Incluso con sus errores groseros, ni la izquierda del cambio en su conjunto ni sus líderes tomados de uno en uno, con el sistema Dowdall, lista plancha o en las combinaciones que se prefieran, tienen toda la responsabilidad del probable fracaso electoral.
Por mal que lo hayan hecho Yolanda Díaz, Irene Montero, Mónica García Ernest Urtasun o inserte aquí el nombre que más rabia le dé, su responsabilidad en un futuro Gobierno de la derecha subida al monte y la extrema derecha aupada al poder siempre será menor que la de Elon Musk o el consejero delegado de Mediaset que se llama, por cierto, Alessandro Salem. No es cuestión de voluntad, ni de egos ni de errores, son años de una inversión exagerada de tiempo y de recursos económicos por parte del capital destinada al objetivo de que la derecha dirija una agenda política de desposesión y exclusión descarnada, para lo que se ha reforzado el flanco extremo derecho y se ha castigado a la izquierda sin excepción en todo el mundo.
Sin embargo, pese a la dureza de ese ataque, la falta de ambición y pericia para contrarrestarlo sí es una responsabilidad de quienes una vez fueron señalados como los mejores para la tarea de la representación en las instituciones. Contagiados de las formas de su adversario, los líderes de esos espacios parecen más a gusto en la cuadrícula que les ha destinado Musk, Atresmedia o Mediaset que en la realidad de un presente político de ruptura. Salirse de lo que el enemigo tiene destinado para uno siempre es una buena idea, también lo es no hacer un paripé de búsqueda del acuerdo si nunca fue un objetivo. Como dijo Sun Tzu en El arte de la guerra: un poquito de por favor.
“Sí se puede”, “hay esperanza”, “remontada” o “elijo creer” son lemas pasables que solo serán digeribles si finalmente hay un pacto, si el accidente queda en un susto y no en un siniestro total
El oficio de los representantes de la política del cambio les obliga a enarbolar una vez más la bandera de la esperanza y la ilusión durante el mes y medio que queda hasta las elecciones. “Sí se puede”, “hay esperanza”, “remontada” o “elijo creer” son lemas pasables, que solo serán digeribles si finalmente hay un pacto de todas las partes, si el accidente queda en un susto y no en un siniestro total. La idea de que cada uno por separado dispare esos mensajes de fingido optimismo puede resultar hasta cómica y, después del 29 de noviembre, helar la sonrisa.
Un acuerdo de mínimos no devolvería la credibilidad de un espacio tocado, pero permitirá gestionar mejor una campaña que, por fuerza, para la izquierda se va a basar en tratar de vampirizar hasta la última gota de la energía que sale de las acampadas por la vivienda. El no-acuerdo tendrá el agravante añadido de que los dos espacios se disputen a cara de perro la atención de los movimientos políticos vivos de las acampadas, generando posibles disputas y pérdidas de tiempo en el interior de los mismos. Planazo.
El acuerdo por sí solo no tendrá un efecto multiplicador, pero sí permitiría a la izquierda “a la izquierda del PSOE” retomar su propia historia y subsanar el error mayúsculo que se cometió en 2023, otro acuerdo mal llevado. Un acuerdo amplio-claro-que-podemos, por insatisfactorio que sea para las partes en disputa, permitiría a su menguante electorado desviar la mirada del accidente múltiple y seguir un camino que promete ser apasionante por motivos distintos al cálculo electoral.
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