Opinión
Un bofetón sin guantes

La madurez de la extrema derecha desde 2016 hasta hoy ha dado como resultado que de la antipolítica se ha pasado a una infrapolítica, centrada en el goce que la violencia genera para gran parte de la población.
Campaña Electoral VOX 2023
Cartel de la campaña electoral de Vox en 2023. David F. Sabadell
17 oct 2026 05:16

Vox va como un tiro. Lo constata lo último barómetro del CIS y se aprecia cada vez que alguien decide que es buena idea ponerse una bandera española como si fuera la capa del capitán cavernícola. Tras un primer mandato de tanteo, el segundo gobierno de Trump comprendió que su lugar en el mundo ha sido cumplir la demanda de orden del capital, entendido el “orden” como la explotación violenta de los cuerpos destinada a facilitar el disciplinamiento de esos cuerpos para la obtención de plusvalor. Pero el capital comprendió otra cosa más importante: lo provechoso que es el goce que genera esa violencia. Eso dio lugar a Vox y lo pone ahora en disposición de formar un Gobierno con el Partido Popular si no se produce la tercera resurrección del “perro”, Pedro Sánchez. 

La madurez de la extrema derecha desde 2016 hasta hoy ha dado como resultado que de la antipolítica se ha pasado a una infrapolítica, centrada en las pasiones violentas, el pánico sexual y un miedo cerval a la pérdida de una posición social determinada camuflada como una promesa de “seguridad”. Las tres características confluyen en la xenofobia, primer y único tema real de Vox en esta campaña electoral.

El factor determinante que ha disparado a Vox en las encuestas es la asunción de la purga como un escenario de disfrute y no de penitencia

El malismo que definió el dibujante Mauro Entrialgo no es un añadido a la política del miedo que promueven Vox y la extrema derecha, sino su estímulo fundamental. Un premio de consolación, barato y banal, sin consecuencias penales, para los hombres y mujeres alienados y airados que defienden el programa del fascismo en la era de las redes sociales. Se trata de un reparto desigual de la capacidad de infligir sufrimiento en dosis controladas según el género, la edad, la escala social, el gremio al que se pertenece, el color de la piel o el idioma materno. La estratificación crea entonces capas de sádicos que van desde el anónimo troll de internet que llama feas a mujeres con éxito mientras come snacks con sabor a canela hasta los más peligrosos policías y soldados, cuya potestad para infligir dolor es casi ilimitada en cuanto es “tolerada” por los gobiernos socialdemócratas y aplaudida por la extrema derecha como muestra de supervivencia del macizo de la raza.

Esta semana, la publicación por parte de Gabriela Sánchez (ElDiario) de unos audios en los que un grupo de militares se jactan de los golpes que propinan a los cientos de personas que permanecen varadas en Ceuta desde julio ha mostrado la tendencia hacia la expansión perversa del sadismo. No se trata únicamente de que la policía o las fuerzas armadas peguen, porque pegan duro desde hace tiempo, sino de la naturalidad del lenguaje de la violencia y la conciencia de la impunidad. El desparpajo reaccionario de estos militares es premiado con la cínica respuesta del Ministerio de Defensa (socialista) de que se “investigarán” los hechos. Sucede lo mismo con la represión violenta de las protestas de la educación pública madrileña por parte de la Policía Nacional. Anunciar la investigación es la manera de garantizar que no ocurrirá nada. Llamarla “investigación urgente” es la manera de lanzar el mensaje de que en unos días ya se habrá olvidado.

Administrar dolor

En 2012, antes de ser derrotado en las calles por el feminismo, el que fuera ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón emitió una frase que pretendía explicar la bofetada con guantes que la austeridad promovida por el Ejecutivo del que formaba parte estaba descargando sobre la sociedad. Su “gobernar, a veces, es repartir dolor” mantenía el tono curil y quedo del programa democristiano. Las lágrimas de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría para anunciar unas medidas insuficientes sobre vivienda en lo más alto de la preocupación por los desahucios de 2013 quedaron fijadas entonces como la lógica de “esto me duele más a mí que a ti” que acompañó al Gobierno de Mariano Rajoy. Y es que, con alguna excepción, el PP de la austeridad llevó a cabo su programa de acumulación bajo el principio del rigor católico. Penitencia, privación, cilicio. Ruega por nosotros pecadores.

El giro del padre estricto al padre sádico era previsible. El factor determinante que ha disparado a Vox en las encuestas es la asunción de la purga como un escenario de disfrute y no de penitencia. Donde Alberto Núñez Feijóo habla de sacrificio, en Vox hablan el lenguaje de la motosierra: no se trata de que haya que apretar la correa porque sea necesario, sino porque apretándola será posible ver sufrir a otros. Es un matiz, pero también algo que sigue estrechando la distancia de intención de voto de PP y Vox.


Con guantes o sin guantes, el programa es el mismo. Un nuevo asalto a las pensiones, reducción de salarios por la vía del incremento de las horas trabajadas, castigo de los cuerpos enfermos a través de las mutuas empresariales, regalos fiscales a las grandes fortunas a costa de los servicios públicos. La diferencia es el lenguaje y el lenguaje solo va después del ejercicio violento del poder. La extrema derecha en la era de las redes sociales y la derecha del capitalismo tardío solo discuten sobre si golpear con guantes o sin guantes. En el resto de temas están tan de acuerdo que nadie duda de que gobernarán juntos en cuanto tengan la ocasión. Y nadie duda de que, llegado el momento, los representantes del PP dirán algo así como “Hay que ser buenas personas; hay que usar guantes”.

Asalto Podcast
Podcast | Motosierra y ‘sacrificio’, las propuestas económicas de PP y Vox para el 29N
La derecha ha empezado la campaña con propuestas sobre las pensiones, IRPF, horas extras, bajas laborales y abonando el terreno para pedir un “sacrificio” que no es necesario.
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