Opinión
Con la pata quebrada no
Muchas veces los artículos no se escriben el día que se teclean. Casi nunca, en realidad. Esto que hoy tecleo el miércoles 30 de septiembre, con los decretitos recién horneados y listos para la degustación del viernes, se escribía en mi cabeza el domingo 27, en mitad de la acampada, escuchando los gritos, hablando con las compañeras, reflejando las sonrisas y la rabia de quienes nos rodeaban, en nuestros preciados veinte centímetros cuadrados de plaza desde los que intentábamos seguir lo que ocurría a nuestro alrededor.
La pandilla feminista, en un bar cerca de Sol, apostábamos aquella tarde sobre qué llevaría el decreto del gobierno. Pero, poco después, no lo podemos evitar, empezamos a darle vueltas a cómo sería “nuestro decreto”, que para eso estábamos en el lugar que a muchas de nosotras nos había enseñado a soñar. No era tanto pensar cómo lo arreglaríamos, sino ¿qué queremos?
“¡No nos vamos, nos quedamos!”, se escuchaba a lo lejos. Muchas de las medidas que se manejaban se articulaban alrededor de esa idea: renovación automática, contratos indefinidos, prórrogas de los alquileres en activo, congelación del precio de los alquileres vigentes, prohibición de los desahucios...
Me sorprendía que entre las medidas que se manejaban, se mencionara tan poco la de regular el alquiler según un índice público de precios. La famosa intervención en el mercado, vaya
Entendíamos que eran las medidas “posibles” y urgentes. Luego ya nos podríamos lanzar a expropiar a los fondos buitres, revertir la privatización del parque de viviendas público... Pero me sorprendía que se mencionara tan poco otra medida: que todo alquiler se regulara según un índice público de precios, como el que ya tiene el Ministerio de Vivienda pero más baratito, eso sí. La famosa intervención en el mercado, vaya.
Para mí habría sido el primer mandamiento, dotado de la belleza de las máximas éticas autosuficientes. Un imperativo categórico casi kantiano, con validez universal, una medida que no exceptúa a ninguna propiedad en alquiler. Complementado con un segundo mandamiento que obligara a poner en alquiler las viviendas vacías, este menos universal. A partir de la tercera, la cuarta, la quinta vivienda en propiedad, por ejemplo... En realidad no me parece muy importante: a quien realmente tiene una o dos viviendas, a ese pequeño propietario que “redondea” su sueldo o su pensión, le suele interesar tenerla alquilada. Buscamos obligar a quienes tienen edificios cerrados y pueden permitirse chantajear con la oferta.
Sin ser yo economista, barrunto que sería la vía por la que incluso se podría cambiar lentamente el sentido común y empezar a ver la vivienda como un bien social, con un precio máximo, como lo tuvo el pan y como se intenta hoy tímidamente que lo tenga el gas. Para quien tuviera capital, seguiría siendo una inversión, pero no un bien de mercado, sino algo así como unos bonos del tesoro, eso que mi madre llamaba “fondos de viuda”, con una rentabilidad limitada, prevista y discreta, o como un plan de pensiones.
No deseo confrontar el posibilismo con la radicalidad, ni priorizar luchas: alquileres regulares o clandestinos, hipotecas, desahucios... Todo lo que rodea a la vivienda es un horror y hay que pelearlo
En cualquier caso, ni es mi intención ni está dentro de mi capacidad debatir si unas medidas son más eficaces que otras, no tengo ni la formación ni los datos necesarios para eso. Entiendo que el fin de todas las medidas es el mismo: casas dignas y asequibles, o gratuitas, para todes. No deseo aquí confrontar el posibilismo con la radicalidad, ni priorizar luchas: alquileres regulares o clandestinos, hipotecas, desahucios, derribos, infravivienda, asentamientos, padrón... Todo lo que rodea a la vivienda es un horror y hay que pelearlo, eso es así.
Pero querría pelearlo desde un imaginario distinto al que nos conforma el miedo. Nos imaginamos expulsadas del barrio y de la ciudad, nos vemos reflejadas en la violencia del desahucio y ponemos por un momento entre paréntesis que tenemos pisos de mierda a precios desorbitados; recordamos con nostalgia el piso de renta antigua de la abuela sin recordar los largos años en los que la abuela vivió allí, sin otra posibilidad.
[Inciso: La primera vez que escuché la expresión “renta antigua” fue recién llegada a la facultad, en octubre de 1988, hace casi cuarenta años, en los primeros años tras el decreto Boyer. Marta nos dijo: “Yo vivo con mi abuela”. “¿Porque vienes de fuera? ¿Por cariño o por refugio?”, preguntamos. No. La familia había decidido que se trasladaría a vivir a la casa de su abuela hasta que esta muriera porque, así, a su debido tiempo, podría subrogarse el contrato y quedarse allí a buen precio. Abuela y nieta, en casa y con la pata quebrada].
Las mujeres, las disidencias, las adolescencias queer o quienes hayan crecido en entornos familiares asfixiantes, mezquinos o directamente criminales sabemos que muchas veces quedarse no es una opción, que hay que poder marcharse
Las mujeres, las disidencias, las adolescencias queer o quienes hayan crecido en entornos familiares asfixiantes, mezquinos o directamente criminales sabemos que muchas veces quedarse no es una opción, que hay que poder marcharse. Pero quien dice marchar, dice también reagruparse, dice encontrarse, dice hacer comuna, dice okupar, dice buscar un hogar para la familia, que ahora está hacinada en habitaciones sin derecho a padrón, dice construirse una casa, dice hacer barrio, dice cambiar, dice buscar una vida mejor. Resignifiquemos “irse”, que sea : “Ahí te quedas, piso mierda, con el horno churretoso y las goteras en el baño. Ahí te quedas, subida de alquiler con cara de perdonavidas. Adiós, zulo sin luz. Me voy al piso de enfrente, que me está poniendo ojitos, donde caben plantas y sobrinas... con balcón y un salón para bailar”.
Se escribe esto en mi cabeza en mitad de la acampada, mientras la gente trae esterillas y tiendas y buscan dónde montarla. “¿Nos ponemos aquí?”, pregunta una. “Da igual”, le contestan. “Si eso, luego nos movemos”. Todas las ciudades como esta, queremos.
[Gracias, María, Arantxa, Belén, Carmen, Jimena, Olga, Paloma, por las ideas, las risas, la lucidez...].
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