Anne Carson, la inteligencia del error

La poeta canadiense Anne Carson, traductora de Safo y autora, entre otras obras, de ‘Autobiografía de Rojo’, recibe el Nobel de Literatura 2026 después de cuatro décadas escribiendo a contrapelo.
Ann Carson
Anne Carson. Foto: Jay Dixit / Wikimedia Commons

Empezaremos por el final. En 2024, Anne Carson publicó Wrong Norma, inédito en castellano, un libro que intercala facsímiles de páginas mecanografiadas con tachones rojos. Frente al ideal de Ovidio, el de un arte que sabe esconderse, Carson deja a la vista el proceso, con sus arrepentimientos y sus posibilidades. Ya en “Ensayo sobre aquello en lo que más pienso”, incluido en Hombres en sus horas libres (Pre-Textos, 2007, traducción de Jordi Doce), definía la poesía como “la creación a voluntad del error”. Y en “Ensayo de cristal”, que abre Cristal, ironía y Dios (Vaso Roto, 2022, traducción de Jeannette L. Clariond), se detiene en una supuesta falta de ortografía en los manuscritos de Emily Brontë, se niega a corregirla y construye con ella toda una nueva imagen de la escritora de Yorkshire.

Los clásicos

A Carson le interesan los clásicos cuando llegan incompletos, abiertos todavía a otra lectura. Es el caso de Safo, de cuyos nueve libros solo se conserva entero un poema. En Si no, el invierno (Vaso Roto, 2020, traducción de Aurora Luque), Carson traduce cada fragmento, aunque de él quede una sola palabra, y marca con corchetes todo lo que se ha perdido, lagunas que llama “un espacio libre de aventura imaginaria”. Es la traducción llevada al extremo, con el andamiaje de las ruinas a la vista.

Su obra más aclamada, Autobiografía de Rojo (Pre-Textos, 2016, traducción de Jordi Doce) parte de los fragmentos de Estesícoro sobre Gerión, el monstruo rojo y alado que Heracles mata para llevarse su ganado, poco más que un obstáculo en la aventura del héroe. Carson le cede el protagonismo y hasta le hace escribir su autobiografía. Gerión es un muchacho tímido, fotógrafo, que se enamora de Heracles. En su historia entra lo que el mito dejaba fuera: la vergüenza, el deseo, el amor por la persona equivocada. La Nobel va, por tanto, mucho más allá de la actualización de un mito, pues desplaza el centro de gravedad de la historia del héroe al monstruo.

La libertad con que Carson trata los mitos alcanza también a los géneros, otra de sus señas más reconocibles. La belleza del marido. Un ensayo narrativo en 29 tangos (Lumen, 2019, traducción de Andreu Jaume) se presenta como ensayo y es, en realidad, un largo poema. Lo cuenta una mujer cuyo matrimonio se derrumba: su marido la engaña una y otra vez, y ella no consigue dejarlo por ser tan bello. Keats escribió que la belleza es verdad, pero este marido es la prueba de lo contrario. En esa contradicción está el nervio del libro. Por eso avanza en 29 tangos, el baile en el que la pareja se acerca y se aleja sin llegar a soltarse. Difícil no rendirse ante Carson. El libro recibió en 2001 el T. S. Eliot Prize.

En Nox (Vaso Roto, 2018, traducción de Jeannette L. Clariond), Carson escribe a partir de la muerte de su hermano, fallecido tras años de distancia entre ambos. Mientras intenta reconstruir algo de aquella vida, traduce el poema 101 de Catulo, escrito también por la muerte de un hermano. El libro, un largo acordeón guardado en una caja, reúne fotografías, cartas, notas familiares y una entrada de diccionario para cada palabra del poema latino. “Nunca logré la traducción del poema 101 como me habría gustado”, reconoce Carson. La voz avanza tanteando, diciéndose y desdiciéndose; traduce y recuerda sin ocultar las dudas, la borrosidad.

La zanja

Carson se enamoró de la lengua y de los autores griegos en el instituto, leyendo a Safo con un profesor a la hora de comer. En una entrevista conThe Paris Reviewdescribió el oficio de traducir con una imagen muy física: el traductor vive en una zanja entre dos carreteras o dos países, con las dos lenguas en la cabeza a la vez. Es un lugar intermedio en el que conviene demorarse. Como ejemplo de alguien que cava esa zanja sin salir de su propio idioma puso a Emily Dickinson, por su costumbre de dejar en los manuscritos varias palabras posibles para el mismo hueco sin decidirse por ninguna.

Esa misma preocupación recorre Flota (Cielo Eléctrico, 2020, traducción de Andrés Catalán y Jordi Doce), un estuche con 22 cuadernillos sueltos que pueden leerse en cualquier orden. Uno de ellos, “Variaciones sobre el derecho a permanecer en silencio”, trata de lo intraducible, que según ella ejerce una atracción enloquecedora. Un ejemplo es el final del poema que Celan escribió en homenaje a Hölderlin, “Tubinga, Enero”: “(Pallaksch Pallaksch)”. Se trata de una palabra que el propio Hölderlin inventó y que, según explica Carson, empleaba unas veces para decir sí y otras para decir no. “Tiene que permanecer intraducible —escribe—, como clave de sí misma". Los idiomas, concluye Carson, “no son algoritmos unos de otros, no se pueden emparejar pieza a pieza”. Para demostrarlo, cierra el ensayo traduciendo varias veces un mismo fragmento del poeta griego Íbico con palabras equivocadas, como las del manual de su microondas.

Carson escribió esto en 2008, mucho antes de que la IA generativa campase a sus anchas invadiéndolo todo con su lenguaje de la muerte, estadístico y uniformizador, su thanatologos, tal como lo caracteriza Éric Sadin. La vida y sus posibilidades están, justamente, en el momento en que la palabra todavía no ha sido escogida.

Luciérnagas

En 1975, el año en que lo asesinaron, Pasolini escribió que en los campos italianos habían dejado de verse las luciérnagas, apagadas por los reflectores de un fascismo nuevo, el del consumo. Nos gusta pensar que la gigantesca Carson pertenece, no obstante, al mundo de las luciérnagas, el de las luces resistentes. Ella misma lo escribe, a su manera, en Nox: las palabras humanas carecen de interruptor principal, “tan solo son chispazos en la oscuridad”.

En su poderosa constelación de luciérnagas, brillan otras dos. Una es Ingeborg Bachmann, a quien Carson cita en Antigo Nick (La Pollera, 2022, traducción de Bernardita Bolumburu): recuerda el verso de la austríaca “Yo pierdo mis gritos” y promete que la Antígona que ella está traduciendo no perderá los suyos. La otra es Fleur Jaeggy, a quien algunas vemos también llamada al Nobel, más insólita y “deliciosamente maligna”. En este 2026, coincidiendo con el centenario de Bachmann, Jaeggy, que se había hecho amiga suya en Roma, publicó en Adelphi Gli ultimi giorni di Ingeborg, unas cuarenta páginas sobre aquella amistad y sobre la muerte de Bachmann en 1973. Según se acerca el final, el texto se adelgaza y crecen los espacios en blanco, como en las páginas de la Safo de Carson. La luz de las tres escritoras va y viene, alumbrando a la vez lo que hay y lo que falta.

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