Rosa Chávez Yacila: “Las autoras peruanas estamos rezagadas en visibilidad”

Periodista y autora de ‘Las nerviosas’, esta escritora peruana propone una mirada desde la autobiografía al cruce entre salud mental y clase en un libro que “parece de limón, es de jamaica y sabe a tamarindo”.
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Rosa Chavez Yacila. Anabel Rivas

Rosa Chávez Yacila explica su libro con una escena de El Chavo del Ocho. En ella, El Chavo vende aguas frescas en un puesto en la calle y le preguntan por los sabores de sus bebidas: “Parece de limón, es de jamaica y sabe a tamarindo”. Así expresa que su libro Las nerviosas (Yegua de Troya, 2026) es una memoria y ensayo personal pero parece una novela y, además, tiene ingredientes periodísticos, aunque no es una crónica.

Escritora y periodista, esta autora peruana de Lima que se define como “conera” —un adjetivo que describe peyorativamente a las personas que viven en los “conos” de la capital, que un día fueron periferia— ha trabajado para varios medios internacionales y peruanos y es profesora en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas y reportera freelance.

En Las nerviosas propone un acercamiento autobiográfico a la conversación sobre salud mental y clase que necesariamente plantea otra trama sobre la herencia material e inmaterial. En su texto, la narradora combina un yo periodístico (“la gente pobre tiene más probabilidades de presentar síntomas de depresión y de ansiedad que las familias de clase media o alta”), con uno poético (“hay una envidiable franqueza / en la voluntad de los gatos / bajo el sol”) y uno colectivo (“sin pasados ilustres, los nadies fuimos confundidos en un sujeto colectivo y anónimo”).

Dice que su editora, Gabriela Wiener, responsable de la colección Yegua de Troya —adaptación de Caballo de Troya, el sello independiente de Penguin que funciona con editores invitados— ha sido “implacable, dura y honesta”, y que eso le parece bien

¿Cómo llegas a las yeguas de Gabriela?
Yo conocí a Gabriela hace como diez años ya. Me inscribí a un taller suyo que recuerdo que se llamaba algo así como Gabriela Wiener en su cama...

¿Y lo impartía desde su cama?
Algo así.

Capaz.
Sí, claro, ese era el concepto. Cuando yo me inscribí, yo ya la leía a ella, ella es una escritora conocida en Perú. Obviamente me gustaba lo que hacía y ahí empezamos a frecuentar, a hacer amigas, porque yo vine ese mismo año a estudiar acá la maestría Creación Literaria en la Pompeu Fabra, en Barcelona. Pasaron los años y una de las cosas que yo le agradezco mucho a Gabriela es que ella siempre me preguntaba por cómo estaba mi proyecto. 

La idea original sale del proyecto de este máster, pero al principio era muy distinta, de ese proyecto queda menos del 5%. Yo estaba en una redacción periodística, reporteando todos los días, trabajando más de ocho horas al día. Quisiera tener la fuerza física para poder levantarme a las cinco, escribir dos horas y luego emprender mi día de trabajo, pero me es físicamente imposible. En 2022 nos encontramos en Arequipa para el Hay Festival y Gabriela me dijo: “Bueno, ¿tú en qué estás? ”. Y, como se dice en Perú, me desagüevó, me sacudió. Me dijo: “Necesitamos autoras”. Este fue un momento de quiebre, porque a partir de ahí yo retomé en serio el proyecto. 

Una cita que incluyes en tu libro: “Debido a que los pobres tienen un acceso limitado al lenguaje de la enfermedad mental, su depresión no suele manifestarse en el plano cognitivo”. ¿Cómo se aborda la salud mental cuando no hay palabras para nombrarla? 
Creo que no se aborda. No se aborda médicamente, la abordas de otras maneras. En mi familia, eran estas palabras afines a nuestro vocabulario, nuestro léxico familiar, que le digo yo tomando el término de Natalia Ginzburg: “Nerviosismo”,  “nerviosa”. Pero no te ocupas de ello.  

Llevo casi diez años leyendo sobre salud mental pero no encontraba ese cruce donde la clase social, el trabajo, el dinero eran fundamentales 

No se le da entidad de enfermedad. 
Así es. Sí, claro. No se considera una enfermedad. O también, como hay mucho tabú y prejuicio por los cuadros de salud mental, creo que es difícil asumir que tal vez necesite ir al psicólogo, o que tal vez necesito tomar antidepresivos por un tiempo, qué sé yo. Pero, además, llevo casi diez años leyendo sobre salud mental, específicamente sobre depresión, ansiedad y otros cuadros de salud mental. Libros extraordinarios, superdocumentados que me han servido mucho... pero no encontraba ese cruce donde la clase social, el trabajo, el dinero eran fundamentales en la educación sentimental y en la emocionalidad de las personas y en la salud mental. 

Y yo veía mucho eso, no solo en mi familia, sino en gente, amigos, amigas, colegas que comparten un origen parecido al mío. Es determinante en tu salud mental y en tu modo de afrontar el mundo, afrontar tus relaciones personales, tu trabajo. 

Dices, en plural, que formas parte de un grupo social, de los “coneros”. ¿Qué es ser “conero” y qué connotaciones tiene esta palabra?
Los conos en Lima son los barrios que se les llama populares y también se les llama, y que yo no estoy de acuerdo, periféricos, como si estuvieran en las afueras de Lima y en realidad ya no es más así. Eran periféricos tal vez al inicio, a partir de los años 50, cuando empezaron a surgir en el siglo XX y había un centro muy marcado en Lima. Y, claro, estos empiezan a surgir como puntas y por eso el nombre de “conos”, fundados por los migrantes andinos, en especial en esa época que empiezan a poblar estas zonas alejadas o periféricas. Ahora los conos son los barrios donde la mayoría de Lima vive. Igual hay gente que ya no utiliza ese término porque claro, tiene una connotación peyorativa. Conero es un insulto. Es como el “villero” en Argentina o no sé cuál es el sinónimo aquí... 

¿Barriobajero?
Claro, es como un barriobajero, el “conero” o la “conera”. Y además es que esto es, por supuesto, una estética. “Estás vestida como conera” quiere decir que estás vestida cutre, con cierta estética que se considera kitsch o chafa, que se llama en Perú. Y, por supuesto, eres una persona que no tiene acceso a buena educación, puede ser gente de origen o ascendencia andina y/o indígena. Muchos de los que viven en los conos no quieren vivir ahí porque es un estigma. Hay literatura sobre estos barrios, cada vez van surgiendo autores, autoras, siempre lo ha habido. Pero me parece que no es un asunto aún en la literatura peruana. Y yo creo que los barrios definen Lima, son Lima, los barrios fundados por migrantes. Lima es una ciudad migrante. 

Yo siempre digo que soy conera, mis padres viven ahí, yo vuelvo ahí todas las semanas y no he cambiado mi dirección de mi casa del cono. No quiero. Yo vivo en Magdalena, que es otro barrio. Pero no le he puesto la dirección oficialmente a mis documentos y mi marido me lo toma como que yo todavía no me siento parte de nuestra casa.

¿Has mencionado este concepto de “léxico familiar” que hace referencia a un libro de Natalia Ginzburg. ¿Qué es y por qué te interesa?
Todas las familias o grupos tienen un vocabulario en común, palabras que repites. Son esas palabras que son muy propias de las personas que comparten un espacio, una convivencia. Natalia Ginzburg hace un libro entero de eso y de su familia italiana. Y yo asumo que, por mi vena escritora y periodista, tengo una fijación con las palabras muy fuertes y siempre me han llamado la atención los términos que usa mi padre, mi madre, para referirse a las cosas. De hecho, yo tenía un proyecto, que está ahí, en una carpeta, en el cual quería escribir sobre ese léxico familiar. 

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Rosa Chavez Yacila. Anabel Rivas


Por ejemplo, mi padre usa muchas palabras quechuas, en nuestra habla. “¿Me pasas la wisllita?”, que es una cuchara, wislla. O: “Ay, estás laqpi”, que es cuando tienes legañas. O las típicas interjecciones o expresiones como “alalau” o “añañau”, que es cuando sientes frío, o cuando sientes ternura por algo. Y palabras castellanizadas del quechua de la zona donde es mi padre, que es de Ancash. Tenemos “wistushimi” que es cuando estás con la boca torcida. Yo las tengo anotadas todas ellas en un cuaderno y quiero escribir sobre eso. Mi padre es un gran contador de historias y además es un gran personaje literario para mí. Eso es lo que me gusta a mí, esas pequeñas historias, que se considera que no son relevantes.

En tu familia, dices, parte de ese léxico es paradójicamente el silencio. 
Es el silencio o es el reemplazo. Hace un rato citabas a Andrew Solomon, que es quien dice que cuando las personas no entienden el lenguaje, no manejan ese lenguaje, entonces no hay una forma de tener agencia sobre sobre cosas que te pasan. No es un disimulo o algo así, es otra manera de nombrar las cosas, pero que te quita agencia sobre sobre ellas.

Las nerviosas son mujeres trabajadoras del hogar, empleadas domésticas, lavanderas, cocineras. Mis primas, mis tías, mi madre

¿Quiénes son las nerviosas? 
Resumidamente, diría que las mujeres o varias mujeres de mi familia materna: mi madre, mis tías, primas, mi abuela, yo, o la narradora, que comparten además un origen pobre, que no han accedido a la universidad, no han terminado la escuela y presentan esta serie de síntomas nerviosos que le dicen ellas, que podríamos decir que muchos de ellos son depresivos o ansiosos. Son mujeres trabajadoras del hogar, empleadas domésticas, lavanderas, cocineras. Mis primas, mis tías, se dedican a eso en Piura, por ejemplo. Mi madre, que ya no trabaja pero se dedicó a eso gran parte de su vida. 

Tú eres de esa genealogía de nerviosas, la primera que se salta o que utiliza ese “ascensor social” y sí tiene acceso a un trabajo cualificado, a vivir fuera de los conos. 
Para empezar, soy la primera que va a la universidad, por ejemplo, la primera de las nietas. Eso ya dice algo no sobre mí, sino sobre sobre mi familia y sobre las familias como la mía y sobre el acceso a la educación, a la capacidad de poder elegir. Tengo acceso a cosas que otros de mis familiares no han tenido. 

Soy la primera en mi familia que va a la universidad. Cuando haces ese movimiento, hay algo ahí que permanece: una incomodidad, una sensación de no pertenecer y de siempre mirar hacia tu familia y sentir entre culpa y vergüenza

¿Lo sientes como una traición de clase? ¿Como una traición a tu genealogía?
Creo que es un síntoma común de la gente que comparte origen pobre o racializado. Cuando haces ese movimiento, tú te vas a otro lado pero hay algo ahí que permanece: una incomodidad, una sensación de no pertenecer y de siempre mirar hacia tu familia y sentir entre culpa y vergüenza. Hay un poema de Silvina Giaganti que yo cito ahí, que cuando yo lo leí para mí resumía esa sensación de esa culpa de clase que se experimenta cuando haces movimiento o esta movilidad social. Ella dice algo sobre su padre: “Ahora gano más que su jubilación y me da una vergüenza enorme”.

Y es que esto es así. Hay una culpa que yo también asumo que tiene que ver con el cristianismo, que también es muy de la culpabilidad, una sensación que no sé si alguna te deshaces de ella, o la superas, pero aprendes a convivir un poco. Y yo creo que ese es un sentimiento que yo solamente lo comparto. No me gusta hablarlo con gente que de pronto va a sentir una necesidad de justificarse ante mí. Gente que no comparte mi origen y va a tener una necesidad de justificarse. Me pone un poco incómoda. Pero lo hablo mucho con gente que también comparte ese sentimiento y que nos podemos sentir como comprendidas. 

¿Cuánto de periodismo hay en tu escritura o cómo se contagian tu yo narrativo y tu yo periodista? 
No es un libro periodístico, no es una crónica, digamos, además no lo es por el tipo de periodismo que ejerzo, que siempre estar  muy en control, escribir en tercera persona, no dar mucho como un juicio de valor sobre algo. Entonces no es un libro periodístico, es una memoria y es un ensayo personal. Sé que lo definen como novela también, bueno, no pasa nada si dicen que es una novela, tiene la apariencia de una novela. ¿Aquí saben lo que es El Chavo del Ocho?

Por supuesto. 
Hay un capítulo en el que vende aguas frescas, que son las bebidas y decía: “Esta es de tamarindo, pero sabe a fresa, pero parece de limón”. Yo diría que algo así es. Esto es una memoria ensayo que parece una crónica, pero sabe a una novela, es uno de esos libros híbridos. Pero tienen mucho periodismo, claro que sí. Es que no podía escribir o dar ciertas aseveraciones sobre la salud mental, sobre la causa social, sobre pobreza y salud mental que no estuvieran verificadas, digamos. Y sí, me parecía importante poner esos, esos datos, todos los datos que aparecen son verdaderos y son verificables en el sentido periodístico. Es también literatura del yo, que tiene mil nombres ahora que le ponen, literary fiction en inglés...

¿Qué riesgos corre una escritora que debuta desde el yo, desde la autoficción?  
Oooootra mujer escribiendo de sí misma, ya estamos hartos de las mujeres, noséqué, dónde están las mujeres narradoras. Dónde está la imaginación, la creatividad. Bla, bla, bla, bla. 

¿Qué respondes a eso? 
Siempre he considerado la no ficción —la no ficción literaria, obviamente— como literatura. Hay creatividad en hacer esto. La memoria es un aparato narrativo, no hay una forma de organizar los recuerdos. Te decía que no es periodístico porque muchas de las escenas, por ejemplo, que están narradas, están basadas en mi memoria, yo no puedo decirte cómo era cuando yo jugaba a yases con mi mamá en el suelo. Esa es una construcción de una escena y yo he decidido alumbrar ciertas partes y otras no, yo he elegido ahí.

Puede parecer que estoy diciendo algo que es duro y que tal vez yo estoy confesando, algo se está revelando, el narrador está revelando, pero es que yo no lo estoy contando todo. Estoy eligiendo qué poner, qué no poner, cuánto poner, las palabras que quiero utilizar. Es un proceso creativo. A mí me encanta la literatura del yo, la narrativa personal, el ensayo personal es uno de los géneros que de hecho más he consumido en los últimos años. Me alejé de la ficción, no lograba enganchar con las novelas, sobre todo. Las mujeres son grandes exponentes por esta cuestión también, creo, esta esta crianza emocional en la que son entrenadas las mujeres y los hombres. 

Diría que hay mucho interés por escritoras latinoamericanas. ¿Puede decirse que hay interés por las autoras peruanas?
No sé si cuánto más va a permanecer o si sigue en realidad esto de que las escritoras latinoamericanas están de moda, creo que hay una vuelta más a la literatura del siglo XX, a las grandes novelas de autores hombres. Pero también están las argentinas, que son las que un poco lideran el frente latinoamericano: Mariana Enríquez, Samanta Schweblin... 

¡Buah! Con un premio de un millón de euros... ¿Es tu aspiración?
No, pero ¿quién no quiere un millón de de euros? Está Gabriela Cabezón Cámara, que también ha ganado importantes premios. Sofía Balbueno, Magalí Etxebarne. Hay mexicanas también: Brenda Navarro, Cristina Rivera Garza, Fernanda Melchor. Me preguntabas por las peruanas y yo te podría preguntar a qué peruanas conoces acá, aparte de Gabriela.

Perú tiene un perfil narrativo menos conocido que Argentina, creo que estamos rezagadas en visibilidad

¿A ti?
Claro, ahora. Hay un par más que también tienen un perfil o un alcance internacional: Katya Adawi, Claudia Ulloa Donoso, que es cuentista también, Karina Pacheco, que es una novelista que también ha publicado fuera, pero creo que una de las más conocidas es Gabriela. Está esta creencia, creo que ingenua, de la meritocracia. ¿Qué está pasando? Supongo que hay ciertos intereses editoriales, ciertos perfiles que de pronto son más atractivos que otros. Entiendo que Perú tiene un perfil narrativo menos conocido que Argentina, creo que estamos rezagadas en visibilidad. 

Como autora, ¿cómo se lleva que tu editora tenga tanta visibilidad? 
Gabriela es un personaje muy conocido, como la gran figura pública que es. Tiene muchos detractores también, yo lo sé. Hay gente a la que un poco le intimida o le asusta o de plano rechaza el que ella sea vocal en sus convicciones políticas: que hable de racismo, de clase social. Pero a mí me parece sumamente necesario, es importante hablar de eso. No existe la literatura que no tenga una posición política, por más que haya gente que diga que sí. 

¿Dirías que tu obra es una obra política? 
Plantea asuntos de salud mental, de políticas públicas. Habla del sistema de salud peruano aunque no se nombra, está ahí el tema de la discriminación social, la discriminación racial o racismo. Plantea  asuntos políticos, definitivamente. Y yo tengo una posición también que es la de la narradora acerca de la clase social y de las historias que permanecen y las que quedan detrás. Honestamente, mi intención al escribir no fue esa pero hay reacciones y eso me gusta mucho. 

¿Qué le deseas a tu libro? 
Le deseo que sea leído, que siga pasándose la voz. Sé que el de España es un mercado enorme y que salen cientos de autores y autoras y cambian los estantes todas las semanas, sé que es fugaz. Pero sí quiero que sea, que sea leído, discutido y compartido. Y doblado en las esquinas, subrayado, ajado. Me encanta cuando hacen eso con los libros, aunque yo por mis TOC  no lo hago. 

Hay una herencia familiar que, en familias como la mía, es una herencia de personajes que no son ilustres. Como cronista, a mí siempre me han importado un montón esas historias pequeñas

Terminas el libro hablando de un archivo familiar encontrado...
Sí, en ese momento separé muy intuitivamente las fotos, pero ahora quiero ordenar los documentos. Hacerlo me da una sensación de control. Las palabras me dan una sensación de control. Yo trabajaba en un medio en Perú y ahí había un especialista en datos. Él me decía que eso le daba calma porque era preciso y las palabras más bien le parecía que se escurrían, que era muy intuitivo. Y sí, es intuitivo, pero también te da una sensación de control. A mí me importa mucho eso. Mi abuelo guardó esto, mi tía lo guardó. Y de pronto llego yo y lo acepto como una herencia. 

Me parece que la herencia es el gran tema del libro en realidad...
La herencia inmaterial, sobre todo. Al final hay una herencia física, digamos, que es la que me importa a mí. Pero está también esa herencia familiar que en familias como la mía es una herencia de personajes que no son ilustres, que se considera que no son importantes o valiosas o no son destacables. Como cronista, a mí siempre me han importado un montón esas historias pequeñas. 

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