Memoria histórica
El principio y el fin de la segunda República en la ciudad de Gijón

La candidatura republicana obtuvo en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 el 71 por ciento de los votos, pero el el 21 de octubre de 1937 la rendición y el miedo se asomó a los balcones con sábanas blancas.

Proclamación de la segunda República en el Ayuntamiento
Proclamación de la segunda República en el Ayuntamiento

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14 abr 2020 09:52

Hubo de ser casi de inmediato, al poco de ser ocupada la ciudad por las tropas sublevadas el 21 de octubre de 1937. Había nombres en el callejero de Gijón cuya permanencia quizá no pasó de algunas horas desde que las Brigadas Navarras hicieron su entrada en la villa de Jovellanos.

Ese día el coronel José Franco Mussio confirmaba la rendición del ejército republicano de Asturias ante el coronel Camilo Alonso Vega, jefe de la IV Brigada de Navarra, poco después de las seis y media de la tarde y según el siguiente parte: “El día de hoy las fuerzas de la Brigada partiendo de las posiciones que ocupaban al oeste de Villaviciosa, avanzaron con servicio de seguridad propio por la carretera de Arroes sin encontrar resistencia y marchando después, por estar volados los puentes, por Peón e Infanzón dos Agrupaciones y los elementos motorizados de la Brigada, mientras que la otra Agrupación prosiguió su marcha por la carretera de Arroes a Cugeñas [sic], reuniéndose todas las fuerzas y marchando una Agrupación por Somió y otra por la carretera de desviación al sur de la anterior hasta Gijón, que tomó a las 18 horas, siguiendo hasta Musel [puerto exterior] y túneles de Tamón y Veriña, situados a 18 y 8 kilómetros respectivamente de Gijón en dirección a Avilés”.

Una de las primeras placas arrancadas del callejero gijonés no podía ser otra que la del régimen instaurado el 14 de abril de 1931 entre el entusiasmo popular, régimen contra el que se levantaron los generales felones. La celebración multitudinaria de la proclamación de la segunda República española ocurrió no muy lejos de donde estaba ubicada la placa de la imagen, que por el edificio que asoma al fondo –la antigua Escuela de Comercio- es una esquina del actual Viejo Instituto, en la calle de Begoña. Se observa cierta celeridad en la empresa por parte de los protagonistas, sin necesidad de escalera portátil alguna que indique que se trata de una tarea preestablecida. 


Dos soldados sostienen a un tercero, encargado de eliminar para siempre el rótulo, mientras otro parece colaborar de modo menos entusiasta. Dos de los militares fuman. Acaba de caer en poder de los sublevados la última plaza del frente Norte y puede que sus mandos les hayan hecho creer que el episodio del que han sido partícipes puede marcar la trayectoria victoriosa del ejército al que sirven. Se les supone, por lo tanto, pletóricos de doctrina triunfal y dinámica represora.

Ninguno de los cuatro puede imaginar quizá que aún faltan 18 meses para que la guerra acabe. Es muy posible que entre los ciudadanos gijoneses, que recibieron a las tropas facciosas con sábanas blancas en los balcones, fueran también mayoría los que pensasen que el conflicto no podía prolongarse demasiado tiempo después de que la Asturias revolucionaria de octubre de 1934 hubiera caído en poder de los sublevados. Muchos habrán contemplado la desaparición de esa placa como el final de una corta etapa cuya fecha de nacimiento en la Plaza Mayor de la ciudad, ante el edificio municipal, supuso sin duda alguna uno de los hechos más esperanzadores de nuestra historia contemporánea.

Ocurrió -según las crónicas- pasadas  las cuatro de la tarde del 14 de abril. A esa hora la bandera tricolor fue izada en el balcón principal de la casa consistorial. Se utilizó para ello la enseña del Partido Republicano Federal, entre el entusiasmo de la multitud congregada y los acordes de La Marsellesa. Según el diario El Noroeste, los millares de personas que se encontraban en la plaza se descubrieron durante el acto y el silencio durante dos minutos fue absoluto. Algunas lágrimas asomaban a la mirada de los más viejos, que quizá recordasen en el fondo de su memoria el tiempo de su niñez en el que instauró la primera república. Una vez izada la tricolor, se desbordó el júbilo con gritos y abrazos entre los reunidos, y muchas gorras al aire. 

También se escucharon los primeros discursos, entre ellos el del joven abogado Dionisio Morán Cifuentes, que luego militaría en Izquierda Republica, el partido de Manuel Azaña. Sus palabras denotan el clima ambiental de pacífica exaltación con el que se vivió la jornada. También, una voluntad de defensa del nuevo régimen que, por desgracia, resultaría premonitoria: “Seguid dando pruebas de sensatez y cordura, y demostraremos como hasta ahora hemos hecho, que los  del desorden son ellos. Ha caído la monarquía  podrida y vosotros, con vuestras papeletas en la elección del domingo, le preparasteis el sudario. Levantad los corazones, y ya dado este paso, con la misma decisión, con la misma serenidad y confianza con que hemos sabido izar esta bendita  enseña de una patria que nace, aprestémonos a defenderla, dando por ella incluso la vida”.

También hizo uso de la palabra el ex alcalde republicano Ramón Fernández, insistiendo en la necesidad de que impere la serenidad y la calma, y que el comité revolucionario disponga solicitar al presidente de la Audiencia la libertad de los presos políticos, libertad que fue concedida. “Ni que decir tiene -leemos en el diario El Noroeste- el júbilo que a todos causó la noticia, comunicándose prontamente al público que no cesaba de aplaudir, viéndose a muchas mujeres llorar de emoción. [...]. Cuando los veintitrés presos políticos liberados hicieron su entrada en un autocar en la Plaza de la Constitución se intensificaron los aplausos y el entusiasmo de la muchedumbre”. El diario gijonés calcula que en el recinto y alrededores había más de quince mil personas. A requerimiento del público volvió a dirigirse a los congregados el abogado Morán Cifuentes: “Ya veis como la naciente República cumple sus compromisos. Nuestro primer esfuerzo fue devolver a sus hogares a los seres queridos, a estos perseguidos que perdieron la libertad por defender un ideal sacrosanto. Seguid teniendo confianza en el Comité y, sobre todo, conservar la serenidad, dando un alto ejemplo de civismo. Nada de algaradas inútiles. Retiraos tranquilos a vuestros hogares con la satisfacción de lo realizado en este gran día”.


Después de tomar la palabra Isidro del Río, primer alcalde democrático de la ciudad, y el anarcosindicalista Segundo Blanco, último ministro de Instrucción Pública del Frente Popular durante la guerra, el pueblo fue desalojado tranquilamente de la plaza, pasando el comité revolucionario a asumir todos los poderes. Por disposición de dicho comité, la banda municipal de música de Gijón dio un concierto en la Plaza del Carmen, que pasó a llamarse desde ese día Plaza del Capitán Galán, en homenaje al militar republicano fusilado en Jaca por sublevarse contra la monarquía junto al capitán Hernández. La banda de música recorrió las principales calles de la ciudad interpretando La Marsellesa y La Internacional, entre los constantes aplausos del vecindario aglomerado en las aceras.  

En la crónica periodística de la jornada se insiste en que “el orden fue perfectísimo” en todo el día, no registrándose ni el más mínimo incidente. Todos los servicios se realizaron dentro de la más absoluta normalidad y los comercios permanecieron abiertos, aun en aquellos lugares donde el gentío se agolpaba.  “La alegría popular fue indescriptible. Mujeres gijonesas de todas las clases sociales -seguimos leyendo en el citado periódico-, pues en todas tiene partidarias la naciente y gloriosa República española, lucían escarapelas o banderas con los colores republicanos. Nuestras calles, aun las más distantes del centro de la población, presentaban animado aspecto. La gente menuda las recorría cantando y luciendo la bandera de la República. Y, en medio de tanto alborozo, de tanta libertad, ni el más mínimo incidente desagradable”. 

El anónimo redactor se hace en este punto una consideración reflexiva a propósito del cívico comportamiento de la población: “¿Quiénes son las gentes de orden: éstas que ayer en medio del mayor entusiasmo, sin el menor freno, dieron tal sensación de cordura, o las que se vinieron llamando de orden mientras perseguían, encarcelaban y arrancaban de sus hogares a los ciudadanos pacíficos por el solo delito de tener un noble ideal? El Comité que por delegación de los diversos partidos republicanos y socialistas se ha hecho cargo provisionalmente del Ayuntamiento de Gijón, se complace en expresar su satisfacción por la cordura y sensatez con que el pueblo ha tomado parte en el desarrollo de los acontecimientos y espera del elevado espíritu de todos que continúen en la misma cívica actitud, cooperando cada uno en la medida de sus fuerzas a la consolidación de la naciente República española. Tan pronto como este Comité reciba las instrucciones que espera del Gobierno de la República, se apresurará a constituir el nuevo Ayuntamiento en la forma en que se le indique”.


En Gijón la candidatura republicana había logrado el 71 por ciento de los votos emitidos en las elecciones municipales del 12 de abril. La erradicación del rótulo de la calle 14 de abril que vemos en la imagen tuvo que ser muy desalentadora para esa mayoría de la población que había cifrado en el nuevo régimen tantísimas expectativas. Por primera vez en la historia de España, unas elecciones relativamente libres habían permitido que la oligarquía y el caciquismo vieran amenazados sus privilegios. La bandera tricolor despertó unas esperanzas desmesuradas entre las clases populares, pero la instauración de la segunda República apenas alteró el equilibrio del poder social y económico hasta entonces establecido. La defensas de la reacción estaban preparadas en varios frentes partidarios y gozaban de consistente fortaleza para repartirse su cometido e iniciar desde los primeros meses una un laborioso y constante activismo desestabilizador, en el que las conspiraciones golpistas dieron paso un primer intento contra el régimen a cargo del general Sanjurjo, en agosto de 1932.

Al rey Alfonso XIII no se le había arrojado -en palabras del escritor Ramón del Valle-Inclán- por anticonstitucional, sino por ladrón. Era la cabeza visible de una monarquía corrupta, culminada por una dictadura que no lo fue en menor medida. No abdicó el monarca, se le dejó ir con una fortuna valorada en 85 millones de pesetas, habiendo formado la Federación de Juventudes Socialistas en torno al Palacio Real una barrera humana de militantes para proteger la marcha de la familia real con destino al puerto de Cartagena. 

El día en que esos cuatro soldados arrancaron el rótulo del 14 de abril de una calle gijonesa, una nueva dictadura se abría paso en España después de una cuarta guerra civil. El régimen franquista hizo posible a su término la restauración de la monarquía borbónica sin que la calle 14 de abril, con el nuevo Estado constitucional derivado de la Transición de 1978, haya vuelto a nombrar en Gijón la memoria de aquella efemérides, siquiera fuese como uno de los hechos históricos más celebrados sin duda por su ciudadanía, como corresponde a lo que escribiera el poeta Antonio Machado en recuerdo de esa fecha: “La República había venido por sus cabales, de un modo perfecto, como resultado de unas elecciones. Todo un régimen caía sin sangre, para asombro del mundo. Ni siquiera el crimen profético de un loco, que hubiera eliminado a un traidor, turbó la paz de aquellas horas. La República salía de las urnas acabada y perfecta, como Minerva de la cabeza de Júpiter”. 

Por todos cuantos creyeron en esa república, se nos debe su memoria histórica, porque la memoria democrática de este país nació ese 14 de abril de 1931, inscrito en una placa que unos soldados facciosos se apresuraron a retirar del callejero gijonés cuando la ciudad recibió con sábanas blancas de rendición y miedo a los sublevados.

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