Opinión
León XIV en España: ¿de qué memoria nos está hablando?
La reciente visita de León XIV a España ha dejado una intensa agenda de discursos, encuentros y gestos que han sido analizados desde perspectivas muy diversas. Si hubiera que resumir los grandes temas presentes durante estos días, destacarían la doctrina social de la Iglesia —migraciones, pobreza, guerra, derechos sociales o ecología—, la cuestión de los abusos sexuales en contextos eclesiales y, en menor medida, los debates relacionados con la doctrina moral. Sin embargo, existe una ausencia llamativa: la memoria histórica y democrática española y el papel desempeñado por la Iglesia durante el nacionalcatolicismo franquista y sus epílogos.
A lo largo de la visita, el Papa ha recurrido en varias ocasiones a términos como memoria, tradición, raíces o herencia. Quizá la expresión más significativa fue aquella en la que llamó a construir “una sociedad renovada donde la cultura custodie la memoria y favorezca el diálogo”. La frase posee una evidente fuerza simbólica. Pero precisamente por ello plantea una pregunta fundamental: ¿de qué memoria está hablando?
España es uno de los países europeos donde el debate sobre la memoria ocupa un lugar central en la vida pública. La Guerra Civil, la dictadura franquista, las exhumaciones, las víctimas de la represión o los denominados bebés robados forman parte de un proceso de construcción de memoria democrática todavía abierto. Sin embargo, León XIV no ha realizado referencias explícitas a ninguno de estos debates. Ello no implica necesariamente una oposición a la memoria democrática, pero tampoco permite afirmar que la haya asumido como marco interpretativo.
León XIV parece situarse en una larga tradición eclesial que ha privilegiado conceptos como reconciliación, encuentro y concordia
La memoria que emerge de sus discursos parece ser principalmente una memoria cultural, espiritual y civilizatoria. Una memoria vinculada a las raíces compartidas, al patrimonio y a la historia común. En este sentido, León XIV parece situarse en una larga tradición eclesial que ha privilegiado conceptos como reconciliación, encuentro y concordia.
Esta aproximación no resulta ajena a la propia reflexión de la Iglesia. El documentoMemoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado (2000), de la Comisión Teológica Internacional, defendía la necesidad de una “purificación de la memoria” capaz de reconocer críticamente los errores históricos para que el recuerdo del pasado contribuyera a la reconciliación y no a la perpetuación de los conflictos. Memoria y reconciliación no aparecen, así como conceptos opuestos, sino como dimensiones inseparables de un mismo proceso ético y espiritual.
Resulta significativo que León XIV haya aplicado esta lógica con especial claridad al referirse a los abusos sexuales en la Iglesia, que describió como una “plaga” y una “llaga” que viene de lejos. En este ámbito insistió en la escucha a las víctimas, el reconocimiento del daño y la necesidad de afrontar la realidad con honestidad. Es probablemente el momento de toda la visita en que más claramente se aproxima a una memoria entendida como verdad, reconocimiento y responsabilidad.
Pero la visita también mostró otra dimensión de su pontificado. León XIV recuperó la herencia de la Escuela de Salamanca y la contribución española al nacimiento del derecho internacional moderno, reivindicando una tradición humanista basada en la dignidad humana y los límites del poder. Del mismo modo, expresó una firme preocupación por las migraciones, especialmente durante su visita a Canarias, y denunció en Barcelona el drama de los feminicidios. Son referencias que muestran a un Papa especialmente sensible a las formas contemporáneas de vulnerabilidad y exclusión.
Precisamente por ello, la cuestión de la memoria adquiere una relevancia aún mayor. Si la memoria sirve para iluminar el presente y orientar el compromiso con quienes sufren, resulta legítimo preguntarse qué lugar ocupan en ella las experiencias históricas de sufrimiento que siguen reclamando reconocimiento.
Aquí emerge una cuestión especialmente relevante para la sociedad española. El informeHacia una memoria democrática inclusiva: investigación multidisciplinar sobre el robo de niñas y niños en el Estado español desde una perspectiva de género recuerda que una memoria verdaderamente democrática exige incorporar también aquellas experiencias históricas que durante décadas permanecieron invisibilizadas. Entre ellas se encuentra el fenómeno de los bebés robados, una de las heridas más persistentes de nuestro pasado reciente. No se trata únicamente de una reivindicación asociativa. La propia proposición de ley sobre bebés robados refleja la progresiva incorporación de estas demandas de verdad, reconocimiento, justicia y reparación al ámbito institucional.
La cuestión de fondo es si la memoria propuesta por León XIV incorpora también esta memoria de las víctimas o si se orienta principalmente hacia una memoria integradora y reconciliadora. Los indicios apuntan más bien hacia la segunda opción. El Papa ha insistido en el diálogo, la convivencia y el encuentro, evitando entrar en los conflictos memoriales concretos que atraviesan la sociedad española.
Si León XIV ha demostrado durante esta visita que es capaz de abordar algunas heridas desde la perspectiva de las víctimas, la pregunta que permanece abierta es cómo proyectar esa misma lógica sobre otras memorias dolorosas presentes en nuestra sociedad.
Sin embargo, una reconciliación auténtica difícilmente puede construirse sobre el olvido. No puede haber reconciliación sin verdad, ni reconocimiento sin escucha. Si León XIV ha demostrado durante esta visita que es capaz de abordar algunas heridas desde la perspectiva de las víctimas —como ocurre con los abusos en la Iglesia—, la pregunta que permanece abierta es cómo proyectar esa misma lógica sobre otras memorias dolorosas presentes en nuestra sociedad. ¿No tienen todas las víctimas la misma importancia?, ¿acaso hay víctimas de un Dios menor?
Quizá una imagen ayude a comprender mejor esta cuestión. La Piedad de Miguel Ángel, en la Basílica de San Pedro, no representa una victoria ni un triunfo, sino a una madre sosteniendo el cuerpo herido de su hijo. En ella aparecen condensadas la vulnerabilidad, el duelo y la memoria. María recuerda a tantas mujeres que han sostenido la memoria frente al silencio y el olvido, desde las madres de los bebés robados hasta tantas otras víctimas invisibilizadas por la historia.
Tal vez una memoria verdaderamente reconciliadora deba parecerse más a esa imagen: una memoria capaz de mirar de frente las heridas, escuchar a las víctimas y reconocer su dignidad. Una memoria que, precisamente porque recuerda, no renuncia a la justicia. Ojalá que estas palabras lleguen a Su Santidad.
Derecho a la vivienda
Un niño, un desahucio, el papa y la gloria eterna
Para comentar en este artículo tienes que estar registrado. Si ya tienes una cuenta, inicia sesión. Si todavía no la tienes, puedes crear una aquí en dos minutos sin coste ni números de cuenta.
Si eres socio/a puedes comentar sin moderación previa y valorar comentarios. El resto de comentarios son moderados y aprobados por la Redacción de El Salto. Para comentar sin moderación, ¡suscríbete!