Opinión
Un diploma para una muerte sin investigar
El suelo del patio del reformatorio Nuestra Señora del Pilar en San Fernando de Henares había soportado miles de pisadas de adolescentes que, encerradas entre sus muros, paseaban de un lado a otro sin mucho que hacer, algunas buscando la salida. También las de las cruzadas evangélicas, mujeres que pertenecían a un instituto secular de la Iglesia católica que gestionaba el lugar y cuya misión era reeducar, vigilar y, a ratos, torturar a las internas. También evitar sus fugas. El 19 de septiembre de 1983, ese mismo suelo soportaba el cuerpo inerte de Inmaculada Valderrama, una de las internas.
Desde una ventana de la tercera planta de la Torre B del reformatorio colgaba una colcha verde anudada a una toalla amarilla. El caso se cerró como un suicidio. Dos años después, el Patronato de Protección a la mujer, institución franquista al que pertenecía el reformatorio de San Fernando de Henares, tocaba a su fin. Voy a ahorrar detalles para que leáis Inmaculada, la muerte que precipitó el final del Patronato (Libros del K.O., 2026), de Marta García Carbonell, Esther López Barceló y María Palau Galdón. Solo diré que el trabajo de estas tres investigadoras deja claro que hubo mucha prisa por cerrar la causa y que esta acabara con cero responsabilidades institucionales.
La muerte se produjo en democracia, porque esta institución, donde se encerraba a adolescentes que no habían cometido ningún delito más allá de salirse de la norma nacional-católica, fue la más longeva del franquismo y no cerró sus puertas hasta diez años después de la muerte del dictador. Por tanto, este caso no entraría dentro de la ley de amnistía, esa en la que la justicia se ampara para no investigar los crímenes del franquismo. “Ni un solo euro ha recibido la familia”, se quejan las investigadoras. Inmaculada tenía 14 años y era lesbiana. La inspección del lugar de la muerte solo duró cuarenta minutos.
“Nos deben diez años de democracia”
“Nos deben diez años de democracia”, suele decir Consuelo García del Cid, superviviente del Patronato y pionera en la búsqueda por la verdad, la justicia y la reparación de las mujeres que sufrieron crímenes a manos de instituciones y congregaciones religiosas. Mujeres embarazadas, quienes vieron cómo les arrancaban a sus hijos. Mujeres rebeldes, castigadas con trabajos forzados por llevar la falda demasiado corta. Mujeres que volvieron tarde del cine, que se atrevieron a ir a una discoteca a escondidas. Mujeres que se enamoraron de otras mujeres.
Se sabe muy poco de lo que sufrieron las lesbianas dentro del Patronato. Posiblemente una violencia específica que interseccionó con su identidad sexual. No lo sabemos, pero lo podemos imaginar. La ausencia de documentación al respecto, debido a la mala conservación de los archivos, la poca clasificación de los mismos y la custodia de muchos de ellos en manos de las congregaciones religiosas, contribuyen a ese vacío. En la parte posterior de su brazo derecho, Inmaculada llevaba un tatuaje con un nombre: Bego. Ese es de los pocos rastros que tenemos de ella.
El pasado 20 de marzo, 50 años después de la muerte de Franco, el Gobierno reconocía como víctimas del franquismo a 53 mujeres supervivientes del Patronato. Ese día, los familiares de Inmaculada recogían el reconocimiento en su nombre. En el acto, otra de las supervivientes, Paca Blanco, apelaba al derecho a tener un presente en dignidad, después de vivir un pasado indigno. “Que a ninguna de nosotras nos falte un techo donde vivir; que tengamos una pensión digna que nos permita comer y pagar el alquiler; que podamos pagar los recibos”, decía. Inmaculada ya no está. Su familia no ha sido indemnizada. Ese día abandonaban la sala con un diploma. Un diploma que sigue sin oler a dignidad.
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