Opinión
La chica de los cuidados

Marcela llegó desde Honduras hace cinco años a España. Cuida de Carmen, que llegó a Madrid a los 16 años para servir en una casa. Las dos son migrantes y las dos trabajaron y trabajan sin derechos.

Carmen pasea todos los días. De 17:00 a 17:30, haga frío o haga calor, tiene que salir de casa un rato acompañada de Marcela. Con ambas manos en su andador y, mientras Marcela sujeta su cintura, le cuenta historias de cuando llegó a Madrid. Lo hace en formato vodevil. Carmen canta cuplés con un hilo de voz y cambia la letra para contar su historia.

Así es como la chica del 17 de la plazuela del Tribulete se convierte en la chica del 23 de la calle Ferrocarril, a donde Carmen llegó con 16 años para servir. Explica que, cuando podía quitarse la cofia, lo que sucedía dos horas al día, se emperifollaba todo lo que podía. Mientras se quitaba el mandil se calzaba unos zapatos de charol, que aún guarda en el armario, y un vestido de gasa que, combinado con diferentes pañuelos, cada día ofrecía una cara diferente. Salía también a pasear, pero por aquellas, para que la vieran. Le gustaba dar que hablar. Todas las vecinas murmuraban a su pasar. No entendían que una chica del servicio aparentara tener tantos posibles. “La que quiera coger peces que se acuerde del refrán”, tararea Carmen.

Las dos son migrantes: una llegó desde un pueblecito de Extremadura, la otra desde Honduras. Las dos trabajaron y trabajan sin derechos

Marcela no escucha atenta. Ya no hace falta. Conoce la historia de sobra. Lleva dos años acompañando a Carmen y siempre es la misma canción. Las dos son migrantes: una llegó desde un pueblecito de Extremadura, la otra desde Honduras. Las dos trabajaron y trabajan sin derechos. Esa tarde, mientras pasean, Marcela tiene su mente en los papeles que ha presentado. Espera que salgan adelante. Marcela llegó hace cinco años a España. Aún no ha conseguido el permiso de residencia y trabaja sin contrato como cuidadora de Carmen. También cuida de otras dos mujeres más. En Honduras dejó a su hija, de cuatro años, a su madre y a nueve hermanos. Todos salen adelante gracias al trabajo de Marcela.

Dicen que es un trabajo clandestino, pero todo el mundo la ve en el barrio paseando a mujeres. Todas las vecinas saben que Marcela está dispuesta a cuidar a cualquiera que lo necesite. En Honduras hay mucha necesidad. Es así como contactaron con ella los familiares de Leocadia, que va en silla de ruedas y apenas mueve una mano, y los de Faustina, que está con principio de alzhéimer y tiende a escaparse del barrio. A la primera la levanta todas las mañanas, la ducha y le da el desayuno. Con la segunda pasa el resto de la mañana hasta que llega su familia. Va corriendo de un sitio a otro y si enferma no cobra.

“Te mereces todos los peces”, expresa Carmen. “Solo necesitamos que nos dejéis ya la caña”, sentencia Marcela

El pasado 26 de enero, el movimiento Regularización Ya anunciaba un acuerdo histórico entre los partidos políticos PSOE y Podemos para regularizar de manera extraordinaria a más de 800.000 personas migrantes que ya viven en nuestro país pero que caminan en los márgenes, sin una documentación en regla. Este proceso inició en abril y ya toca a su fin. Mucha gente está a la espera de una resolución favorable. Si Marcela la consigue podrá trabajar de manera legal e incluso traer a su hija a España. Está impaciente.

“Yo lo pasé muy mal cuando llegué a Madrid. Muy mal. Estaba sola, era muy joven, mi madre estaba lejos, en el pueblo. Pasaba las noches llorando. Por eso, me vestía de colores y me ponía los tacones. Para lavar mis penas”, comienza a explicar Carmen en un ataque repentino de lucidez y saliéndose del guion de todos los días. “Marcela, tú también estás sola. Te presto mis zapatos de charol, están en el armario. Póntelos cada día y sal a pasear tu sola cuando acabes tu jornada. Y al que te mire, le cantas mis canciones, ¿vale?”, le sugiere Carmen. Marcela vuelve a tierra, se aclara la voz y entona: “¿Dónde se mete, la chica de los cuidados?”. Se ríen las dos. “Te mereces todos los peces”, expresa Carmen. “Solo necesitamos que nos dejéis ya la caña”, sentencia Marcela.

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