Opinión
Dar la batalla de la imaginación política
En un artículo pulicado en El País en octubre de 2025, Jordi Costa señalaba “un inesperado resurgimiento del cine comprometido en Hollywood sobre el telón de fondo de la imparable construcción de la distopía trumpiana”. Encabezando el pelotón de ese retorno, Costa situaba Una batalla tras otra, dirigida por Paul Thomas Anderson.
La película es una adaptación de Vineland de Thomas Pynchon, que recoge su espíritu pero lo traslada al presente. Si en la novela unos personajes aquejados de la resaca contracultural de los años 60 navegaban como podían la reacción conservadora de la era Reagan, en la película la acción sucede en los Estados Unidos del presente, con un gobierno autoritario en guerra contra las personas migrantes. Contra esa opresión luchan los integrantes del French 75, un grupo guerrillero que pone bombas en centros de detención de migrantes y asalta bancos. Quince años después, nos encontramos con Bob, un antiguo militante del 75 que dejó atrás la revolución y ahora ejerce de padre fumeta desastroso de su hija Willa. Bob se verá obligado a emprender una nueva huida cuando vuelvan los fantasmas del pasado.
Como dice Costa, Una batalla tras otra adopta las formas del blockbuster de acción, pero bajo la adrenalina de la persecución se despliega un paisaje social que estimula la imaginación política. Sí, la trama sucede en un EEUU militarizado y fascistoide, pero a él se opone una increíble gama de resistencias, como una suerte de ferrocarril clandestino del siglo XXI con bazares que ocultan pasadizos hacia un refugio, skaters antifascistas y monjas guerrilleras. La película muestra las miserias de los revolucionarios que fracasaron en su lucha armada, pero no para oponer un relato cínico que caiga en la impotencia. Anderson parece decir que hay que seguir intentándolo, hay todavía mucho que hacer… solo que no serán Bob y sus compañeros de vanguardia revolucionaria quienes protagonizarán los cambios.
Poco después del estreno de Una batalla tras otra, llegaba a las librerías la traducción al castellano de Entra el fantasma (Anagrama, 2025), de la palestino-británica Isabella Hammad. En ella Sonia, una actriz de raíces palestinas, viaja a Haifa (Israel), donde pasaba los veranos de su infancia, para visitar a su hermana. Ahí conoce a Mariam, una directora teatral que está poniendo en marcha un montaje de Hamlet en Cisjordania, quien le convence para que se una a la representación. Sonia pasa de ser una turista con el privilegio del pasaporte británico, para quien lo que sucede en su país de origen era un trasfondo lejano, a sentirse parte de una colectividad, como actriz, como palestina.
La novela sucede antes del 7 de octubre de 2023, pero lo que narra se lee como un preludio al genocidio que vino después: los controles fronterizos, las detenciones arbitrarias, las demoliciones de casas. La experiencia de la ocupación es una constante, imbricada en el día a día de los personajes, presente aunque no se quiera ver, como el fantasma del padre de Hamlet. La compañía se topa con esas dificultades, pero no renuncia al empeño de seguir adelante: aunque precinten el teatro, aunque haya que hacer la obra en la calle, rodeados de soldados. A pesar de todo (y a pesar de lo que sabemos que sucedió después en Palestina), el viaje de Sonia nos deja con la certeza de que hay que seguir dando una batalla tras otra.
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