Rafael Amador, archivo RTVE
Rafael Amador, fallecido el 8 de febrero de 2026. Imagen de archivo de RTVE.
12 feb 2026 11:00

Hoy en día regalan el título de revolucionario de lo flamenco en las bolsas de chucherías, pero Rafael Amador, que partió el 8 de febrero, fue revolucionario hasta el final. Tanto que se descolgó de los engranajes de la industria musical, que durante 17 años vivió en silencio su enfermedad degenerativa, y que se negó —con mucho aje— a que diesen su número de teléfono a quienes quisieran volver a aprovecharse de su ingenio para después dejarle donde mismo estaba.

Canastero, punky, poeta. Su sensibilidad sabía encontrar gitanería en los sonidos modernos y abrirse a ellos como las margaritas se abren al sol, siempre y cuando hubiera verdad detrás.

Vestido de rojo, en un alegre segundo plano y con un mechón blanco en el tupé y purpurina en la ceja, tocaba sus bulerías eléctricas para que La Kaíta se luciera cantando “mi suegra me ha dicho puta porque voy a la discoteca, y yo le digo a mi suegra que yo paso de las viejas. Oh mare, lere lere…”.

Antes de actuar tenía que comprarse, a contrarreloj y arrastrando a otros artistas a divertirse en el apuro, unos zapatos nuevos para la ocasión

Como a Federico García Lorca, le fascinaba la simbología oculta en los zapatos. Cuando observaba a la gente, con vocación de narrador externo, les inventaba un nombre acorde a la identidad de sus zapatos: “Aquel se llama Manolo. Este se llama Alberto”. Antes de actuar tenía que comprarse, a contrarreloj y arrastrando a otros artistas a divertirse en el apuro, unos zapatos nuevos para la ocasión. Así le recuerda su amiga Cathy Claret, que unas veces tocó con él en Barcelona o París y otras tuvo que parar el coche en un campo de maíz para que Rafael pudiera asar panochas en la lumbre.

“Genoveva”, single de Pata Negra
Rafael Amador, en la cubierta del single “Genoveva” de Pata Negra. Imagen cortesía del Museo Flamenco Pop de Cathy Claret.

Cuando los camareros le ofrecían la carta de pizzas, les preguntaba si también las tenían de jazmín, de caracol o de hierbabuena. Una vez compuso un tema para un mosquito que le había caído bien, en su coche, de camino a la romería:

En las Tres Mil hay un mosquito, en casa de una gitana,
y dice que se llama Joselito y que nació en Triana.
Yo, como gitano, le he hecho un trato: si no me pica, yo no lo mato.
Un mosquito con bigote, con chaleco y con sombrero;
no hay quien se meta con él, porque dice que es canastero.

(“El mosquito canastero”, Rafael Amador)

Los obituarios han mencionado una vez tras otra su papel en el grupo Veneno, y poco apuntan que aquel álbum [Veneno, 1977] está publicado en plataformas como únicamente perteneciente a Kiko Veneno. ¿¡Por qué!?

Rafael y su hermano Raimundo debían ser entonces una sombra, una circunstancia muda. El ingrediente exótico que justifica adornar un producto con términos como “salvajismo”, “gitanos de las Tres Mil” o “de raza”.

Decenas de despedidas a Rafael señalaban esta semana, como un mérito fascinante, que este músico ha sido así de revolucionario pese a venir de un lugar como las Tres Mil Viviendas

Es curioso: la imagen de estos dos hermanos ha folclorizado ya unos cuantos carteles de charlas institucionales sobre los sonidos modernos del Polígono Sur —que luego siempre han organizado, protagonizado y cobrado payos, sin que un solo Amador estuviera presente en el diálogo más allá del marketing visual—. Decenas de despedidas a Rafael señalaban esta semana, como un mérito fascinante, que este músico ha sido así de revolucionario pese a venir de un lugar como las Tres Mil Viviendas.

Supongo que ya lo explicaba él mismo en el “Rock del Cayetano” [1990, Pata Negra]: “Sevilla tiene dos partes bien diferentes; una, la de los turistas y, otra, donde vive la gente”. A los de afuera les sirve el Polígono Sur para sazonar un poco su propuesta artística, y a los de adentro este origen verdadero les encorseta en afirmaciones paternalistas sobre las que no tienen voto ni voz.

Rafael seguía viviendo en ese extrarradio al que exiliaron a los gitanos al expulsarlos del barrio de Triana, episodio que los historiadores comparan con la noche de los cristales rotos de la Alemania nazi.

Interrumpieron sus centenarias vidas vecinales, laborales y culturales en las corralas, los mandaron al barrio más periférico y alejado de aquel centro que querían gentrificar y, además, los castigaron por recurrir a la delincuencia como único medio para subsistir ante dicho destierro.

Algunas de las asociaciones que ahora lamentan en redes la muerte de Rafael saben muy bien que durante años han ignorado, a conciencia y en vida de él, las peticiones desesperadas de su familia. No es sencillo cuidar a un familiar mayor, enfermo y dependiente. No es sencillo verlo apagarse y tener que decidir entre dejar de trabajar para pasar más tiempo con él o aceptar cualquier trabajo, por abusivo que sea, para costear su cuidado y existencia.

Las Tres Mil Viviendas no son un decorado de cartón piedra, un lugar en el que ocasionalmente hacer una obra de caridad pública, ni un disfraz o recurso literario: sus gentes habitan a diario las calles, conforman las estadísticas burocráticas sobre los índices de pobreza en Sevilla y viven una exclusión impuesta de la que nadie quiere oír quejas, pero de la que todo el mundo tiene una opinión.

Los fascinados por la cultura musical que de allí surge necesitan tallar sus propios rostros en el monumento, lo mismo que el ejército israelí no se conforma con asesinar a los ciudadanos palestinos, sino que también masacra sus olivos y se apropia de sus comidas tradicionales. Como dejó escrito Francisco Umbral, “el hombre sólo ha sabido erigir escaleras de peldaños humanos. Todo se hace a costa de alguien”.

Como consuelo: en 2025, desde el anhelo por un futuro en el que no haga falta luchar por un reconocimiento a tiempo hacia artistas tan indispensables, Cathy Claret y la Fundación Punjab entregaron a la familia de Rafael un premio que celebraba su trayectoria, sin la cual casi no sería posible ni el debate actual sobre los sonidos urbanos en el flamenco.

Hasta sus últimos días, Rafael incitó a su hija Lisarda a que se buscara un bajo y se monte un grupo flamenco punk junto a Cathy. Sus nietos, embelesados de admiración por él, gestionan en Instagram una cuenta que comparte su obra y archivo fotográfico [@rafaelamadorpatanegra]. Su tío Bastián, que tiene casi 90 años y llegó a ser guitarrista de Carmen Amaya, comparte con Rafael los dones de la sencillez humana y de arrancar algo fascinante a cualquier instrumento que caiga en sus manos. Aunque le falte para comer mañana, te invitará a subir a su casa y compartir con él su puchero; te recitará sus poemas acompañándose de su guitarra y te pedirá que le cantes, le toques o le recites algo tú antes de irte. Emilio Caracafé, quien hizo junto a Rafael el álbum Como una Vara Verde [1994, Pata Negra], sigue estimulando la creatividad de los niños gitanos en la Fundación Alalá, alejado del foco mediático más absorbente.

Quien quiera acercarse a lo que fue Rafael tiene, desde luego, dónde hallarlo. Descansa en paz, Gitanillo de Corbata. Gracias por tu verdad.

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