Opinión
El acto político de mirar
Conocer el pensamiento de John Berger en torno a la fotografía implica ubicarlo en la Europa de finales de los años 60, entre quienes buscaron la playa bajo los adoquines. En 1972, Berger presentó Modos de ver en la BBC y advirtió que el arte no es neutral: la producción de imágenes responde a intereses políticos, sociales y económicos, y los modos de ver dependen de la época, del género o la clase social.
Berger hereda las reflexiones de Walter Benjamin y la tradición marxista que entendió el arte como reflejo de los modos de producción. Analizó la fotografía del Che Guevara asesinado recién publicada. Fue el primero en vincularla con Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, de Rembrandt, y con Lamentación sobre Cristo muerto, de Mantegna, aportando una mirada nueva sobre la fotografía de prensa. Reaccionó con urgencia ante una imagen destinada al escarmiento y desmitificación del héroe. Su análisis muestra que el dilema no era si la fotografía es técnica o arte, sino qué visión del mundo transmite. Lo que importa es cómo hace consciente nuestra observación.
En Para entender la fotografía (GG, 2015), Berger sostiene que cada fotografía es, en realidad, un medio de comprobación, de confirmación y de construcción de una visión total de la realidad. De ahí el papel crucial de la fotografía en la lucha ideológica. Lo decisivo no es que la fotografía revele lo invisible ni el contenido que registra, sino el enfoque con que construimos su significado.
Berger distingue dos usos de la fotografía: el privado, ligado a la memoria afectiva, y el público, ese “ojo sobrenatural”. El uso público convirtió el mundo en espectáculo mediante la cámara, instrumento clave para la supervivencia del capitalismo y su lógica de producción. Berger mantuvo cierto optimismo y confió en revertir el proceso acelerado por el cine, las cámaras ligeras, el fotoperiodismo y la publicidad, cuando “el texto comienza a seguir a la imagen”. Formuló esa esperanza a finales de los años 70, antes de las redes sociales, la IA y la casi desaparición actual de la imagen privada. Creyó que devolver a la fotografía “el tiempo narrado” —divergente como la memoria— permitiría desmontar su uso como instrumento de consumo.
Una fotografía no significa nada por sí misma: el contexto, el espectador y el tiempo en que se mira le dan sentido. Su análisis de una fotografía de August Sander, con tres jóvenes granjeros vestidos de domingo (1914), revela los sutiles mecanismos con que el capitalismo distingue las clases sociales. Al compararla con otra imagen del mismo Sander, aprecia que la ropa de los campesinos revela cuerpos formados por el trabajo manual. “La contradicción física es obvia”: una ropa delata el trabajo físico y otra idealiza el trabajo urbano y sedentario. Al aceptar el traje como uniforme, las clases trabajadoras asumieron valores de la clase dominante y parte de su hegemonía cultural.
La fotografía carece de un “lenguaje” propio: su significado reside en el acto de mirar. La gran aportación de Berger fue entender la fotografía no como recurso mecánico, sino como imagen que encarna un modo de ver lo visible: no la realidad, sino el conjunto de imágenes que el ojo crea al mirar.
Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.
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