Arte
El lúcido siglo de John Berger
Un gesto extraordinario dentro de un evento de lo más ordinario: en la ceremonia de entrega de un premio literario de relumbrón, el escritor ganador lo celebra mordiendo la mano que le da de comer. Lo hace, además, explicando sus razones y justificándolas. El 23 de noviembre de 1972, John Berger asistió en Londres a la gala del Premio Booker, uno de los más prestigiosos de la literatura en lengua inglesa, que le había sido concedido por su novela G., una narración fragmentada con vocación experimental sobre la identidad y el deseo sexual masculino a principios del siglo XX. En el discurso de aceptación cargó duramente contra la misma existencia de los premios literarios y criticó al propio mecenas de este, Booker McConnell, quien “comerció e hizo negocios en el Caribe durante más de 130 años, siendo la actual pobreza del Caribe el resultado directo de esta explotación”, según soltó Berger en la cara del jurado. También anunció que iba a compartir la cuantía económica del premio con la sección británica del grupo de autodefensa de la población negra Panteras Negras porque “ellos, en cuanto negros y en cuanto trabajadores, resisten para que no continúe la explotación de los oprimidos”. Berger no rechazó el dinero del certamen sino que lo aprovechó: con la mitad que se quedó financió su siguiente proyecto, Un séptimo hombre, un trabajo junto al fotógrafo Jean Mohr sobre la migración masculina en Europa después de la Segunda Guerra Mundial.
“Lo más relevante de G. es lo que hizo con el premio. Evidentemente, no volvió a ganar ningún premio del nivel que podría haber ganado”, opina Leticia Ruifernández, quien ilustró la edición que Nórdica publicó en 2017 de Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos. Un título que, muchos años antes, le abrió los ojos y le descubrió a Berger. “Es un libro inclasificable. Para mí fue totalmente revelador: alguien que ponía palabras a lo que yo sentía y nunca había conseguido verbalizar en torno a la relación del arte con lo político, esa mezcla de géneros, esa herencia de lo oral”, recuerda.
Para la ilustradora Leticia Ruifernández, Berger es uno de esos autores que “alimentan las raíces, de los que van por debajo de la tierra”
Crítico cultural, pintor, poeta, narrador, guionista, el de Berger no es un apellido muy conocido por el gran público, pero su pensamiento y obra son referencias ineludibles al hablar del siglo XX en el ámbito de las artes y aún resuenan con fuerza en el XXI. Para Ruifernández, se trata de uno de esos autores que “alimentan las raíces, de los que van por debajo de la tierra”. El hijo del artista, Yves, la acompañó durante el proceso de ilustrar el libro, que para ella fue también un duelo ya que Berger falleció poco antes de que llegara a las librerías. Se habían conocido personalmente en el año 2000 en la presentación en Madrid de King. Una historia de la calle, donde ella le regaló un dibujo como pago afectuoso por lo que su obra le había dado. Dos semanas después recibió en el buzón de casa una carta manuscrita de Berger agradeciéndole el encuentro. Mantuvieron el contacto y en 2002 colaboraron de forma imprevista en el primer libro que Ruifernández ilustró, un cuaderno de viajes sobre los proyectos de reconstrucción tras los terremotos en El Salvador. Ella le contó la idea y le mandó los bocetos en los que había trabajado, él le respondió que quería aportar el epílogo. Pero en lugar de escribir un texto, le envió un cuento dibujado por él para dedicárselo a uno de los niños que ella había retratado. Como corolario, Ruifernández cita a Katya, hija de Berger, quien dijo “lo más bonito” que han dicho de él: “Cuando hablaba era como una fuente y cuando escuchaba era como un pozo”.
Farmeando aura
Nacido en Londres el 5 de noviembre de 1926, Berger pasó la infancia en un internado en Oxford del que huyó a los 16 años para estudiar arte en la capital británica. Su formación allí fue interrumpida en 1944 al ser llamado a filas y destinado a un centro de instrucción en Belfast. Fue su primer contacto directo y cotidiano con personas de clase obrera, una experiencia que le marcó profundamente. Tras retomar y finalizar los estudios superiores una vez concluida la guerra, impartió clases de dibujo y expuso algunas de sus pinturas. En la década de los 50 publicó críticas de arte en Tribune y New Statesman, recopiladas en el libro Permanent Red. Su primera novela, Un pintor de hoy, llegó en 1958 y retrató las tensiones políticas que vivían los artistas en la Europa bajo influencia soviética. Su perspectiva marxista sobre el arte y la vida siempre fue heterodoxa. En alguna ocasión se le ha descrito como un marxista sin partido. Como conclusión de un artículo publicado en 2005, él mismo aseguró que, entre otras muchas cosas, seguía siendo marxista.
El escándalo de la gala del Booker no fue el único que protagonizó Berger en 1972. Con el programa de televisión Modos de ver, emitido en la BBC, causó revuelo y se hizo famoso, casi una estrella del rock en el mundo del arte. Dirigió y presentó cuatro capítulos de media hora de duración en los que diseccionó de forma amena las circunstancias que condicionan al ojo que observa un cuadro, un anuncio publicitario o a una mujer desnuda. Algunas ideas básicas de esta serie que han perdurado son, por ejemplo, que la vista llega antes que las palabras; que nunca miramos solo una cosa, sino que siempre miramos la relación entre lo mirado y nosotros mismos; o que los hombres actúan y las mujeres aparecen, es decir, que los hombres miran a las mujeres y estas se miran a sí mismas siendo miradas. En Modos de ver, convertido en ensayo el mismo año 1972, Berger también desvistió al emperador, mostrando el filtro ideológico con el que se cuenta el ayer: “El arte del pasado está siendo mistificado porque una minoría privilegiada se esfuerza por inventar una historia que, en retrospectiva, justifique el papel de las clases dirigentes, cuando tal justificación ya no tiene sentido en términos modernos”.
En todo lo que Berger firmó encuentra Alfonso Armada una apelación a la “posibilidad de hacer algo con tu propia vida, de no renunciar a intervenir en la realidad”
Según el periodista Alfonso Armada, director de la web cultural fronterad.com, tanto en la obra narrativa como en la ensayística o poética de Berger había “una conciencia muy firme del valor del ser humano, de la dignidad de cada persona”. En todo lo que el autor británico firmó encuentra Armada una apelación a la “posibilidad de hacer algo con tu propia vida, de no renunciar a intervenir en la realidad”.
El escritor Manuel Rivas, Premio Nacional de las Letras Españolas en 2024, entiende a Berger como una lengua materna. “Lo que escribe es una forma de crear una relación ecológica con el lenguaje, constantemente intenta recuperar el sentido muchas veces perdido de las palabras”, explica el fundador de la revista Luzes. En su opinión, la mirada en profundidad de Berger sobre el mundo, lo que nos ocurre o las obras de arte se materializa a través de las palabras de manera no utilitaria ni banal: “Esa lengua materna nos lleva a una disposición activa, a no conformarnos con el texto que tenemos delante. Hay algo ahí siempre de confabulación. Nunca transmite una excitación destructiva, ni siquiera cuando hace denuncias de las más radicales o duras. Nunca triunfa la desesperación”.
Para Modos de ver, Berger tomó prestadas muchas ideas de uno de sus autores preferidos, Walter Benjamin. Concretamente del texto La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, en el que el pensador alemán analizó cómo el aura, lo irrepetible, la singularidad de la obra de arte, se extingue al poder ser reproducida infinitas veces. Rivas considera toda la creación de Berger como “anillos de un árbol, no cultivos separados” donde se da precisamente una “desextinción del aura”, ya que las palabras “vuelven a tener ese brillo de los seres vivos, vuelven a escarabajear”.
Junto a Benjamin, Berger también admiró y estudió a Goya y a Albert Camus. Armada, que lo entrevistó varias veces y escribió el prólogo para la edición española de Mirar (GG, 2001), añade otro nombre que ayuda a explicar a Berger: “Simone Weil era una figura muy cara para él, una filósofa con una actitud política radical que aplicaba a su propia vida, donde trataba de ser fiel a eso, lo cual tiene un coste tremendo. Berger también intentó acercar al máximo su forma de pensar, su forma de escribir y su forma de vivir”.
El pan y las rosas
En 1974, Berger y su familia se instalaron en Quincy, una aldea campesina de la Alta Saboya francesa donde se olvidaron de la ciudad y se mancharon de tierra: pagaban el alquiler en especie, ayudando en las tareas del campo. Allí Berger siguió escribiendo, muy influido por el entorno y consciente de su relación con el territorio y con quien lo habita. “No soy campesino, soy escritor: mi escritura es al mismo tiempo un vínculo y una barrera, el hecho de escribir acerca de los campesinos me separa y asimismo me aproxima a ellos”, explicó en el prólogo de Puerca tierra, una recopilación de relatos sobre la vida tradicional en un pueblo de montaña en los que trabajó entre 1974 y 1978. Este libro se cierra con un epílogo analítico sobre la conciencia de clase del campesinado, su evolución histórica y su futuro. Puerca tierra es el primer capítulo de la trilogía De sus fatigas, continuada por Una vez en Europa, en palabras de Berger, “una colección de historias de amor cuyo fondo es la desaparición o modernización de esa vida rural”, y que concluye con Lila y Flag, donde narra el periplo de los campesinos que dejan sus pueblos para establecerse en una metrópoli.
Según María Sánchez, en ‘De sus fatigas’ hay contradicción y conflicto porque “hay vidas enteras, no simples personajes puestos de forma deliberada para sostener una idea previa de lo que debería ser ‘el rural’”
La veterinaria y escritora María Sánchez señala que, en esta trilogía, Berger se acerca muchísimo a ese mundo, pero no intenta hacerse pasar por campesino ni borrar su posición, “no hay una performance de lo que uno no es”. En su opinión, esa aproximación no convierte lo rural en el “refugio de una autenticidad perdida” ni embellece a quienes lo habitan. Tampoco los deja “quietos y sin voz dentro de una estampa”, ya que los vemos “trabajar, desear, cuidar, herir, ser generosos o mezquinos, equivocarse”. Ella subraya que en De sus fatigas hay contradicción y conflicto porque “hay vidas enteras, no simples personajes puestos de forma deliberada para sostener una idea previa de lo que debería ser ‘el rural’”.
Sánchez, autora de Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019) y Almáciga (Geoplaneta, 2020), ha desarrollado una relación casi familiar con la obra de Berger, ya que lo siente uno de esos creadores en los que percibió que podía encontrar a los suyos, y destaca de ella algo “tal vez importante para él”: la idea de que barro y cultura no pertenecen a mundos separados. “Con él entran también el trabajo, la tierra, los animales, los cuerpos, todo aquello que tantas veces queda fuera cuando ciertos lugares deciden qué merece ser mirado, conservado o nombrado. Berger nunca pareció aceptar del todo esa separación, aprendí con su palabra que no tenía que dejar fuera de la escritura el mundo del que uno viene”, resume.
En las páginas de De sus fatigas no hay adornos ni boato, el lenguaje está rebañado hasta el hueso. Su acercamiento literario a lo rural es naturalista. “Hay una especie de desdén a la literatura puramente anecdótica, la que busca el entretenimiento y el olvido; también hay una suerte de lucha contra el sentimentalismo, contra esa visión edulcorada de la realidad. Muestra las cosas de forma cruda, pero, al mismo tiempo, eso no quita para que intente trabajar sobre la belleza”, valora Armada acerca de la narrativa de Berger. Rivas aprecia que hay mucho estudio detrás para escribir de esa forma: “La sencillez no tiene nada que ver con la superficialidad, es más bien un viaje en profundidad. Las palabras todavía quieren decir, no están corroídas”.
El periodista Javier Morales firma Mientras quede una rosa (Cuatro Lunas, 2026), un paseo por rincones y personas de la península ibérica donde Berger dejó huella. Él apunta que para el novelista no existían los géneros literarios cerrados, sino que lo suyo era “una literatura híbrida, sin fronteras, como tendría que ser el mundo”. También sostiene que toda la obra del británico está atravesada por el compromiso con su tiempo, su entorno y la propia literatura: “Fue muy permeable al mundo en el que le tocó vivir, pero sin una visión didáctica ni moralizante”. En ese sentido, Armada afirma que Berger mezcla “una alta exigencia estética y una profunda conciencia filosófica” para poner al ser humano por encima de todo, pero advierte que también había “una cautela contra la ideología, para no caer en una visión que se acaba convirtiendo en prejuicio. Es una línea difusa, complicada, pero intentaba mantener siempre esa conciencia crítica”. Según Morales, donde sí se observa más esa “base marxista heterodoxa y de mirada amplia que tenía” es en los ensayos y textos breves, como la correspondencia que mantuvo con el subcomandante Marcos. “En su narrativa también está presente, pero no de una manera fácil ni bobalicona, no antepone el mensaje a la forma. Cuestionaba el mundo en que vivimos y todas sus injusticias, pero sin renunciar a la belleza”, contrapone.
Algunos de esos artículos más explícitamente situados se pueden leer en Encuentros y despedidas (Alianza, 2026), una colección de textos de procedencia diversa publicada previamente en España como Siempre bienvenidos (Huerga y Fierro, 2004). Es el caso de “Mineros”, original del catálogo de una exposición de 1989 en el que Berger se interroga sobre el papel del arte en la justificación de la violencia como herramienta para la defensa de clase frente a la violencia del poder empresarial e institucional. O de “El alma y el ser en quien obra”, de 1990, una reflexión sobre política y religión que parte de la caída de los gobiernos prosoviéticos del Este de Europa, transita por cómo el mercado condiciona la vida (“convierte la mercancía, el producto, en algo con aura, algo que se muestra con alas radiantes, que promete una especie de inmunidad temporal contra el sufrimiento, una especie de salvación provisional; en un acto, en fin, en el que todo lo maravilloso queda reducido al verbo comprar”) para concluir que la democracia es, a la vez, una demanda política y moral: “Brotó del principio de la consciencia y no, como pretende hacernos creer la libre economía de mercado, del principio de elección —si es que eso es un principio— de lo trivial”.
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