Opinión
Lo que falta y la memoria

En los detalles más pequeños (un texto que pierde el foco en una línea, un diálogo extraviado en el cine, un desnudo que no fue) se conserva la esencia de las historias que, a veces, y sin que nadie pueda remediarlo, terminan por esfumarse.
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La primera vez que mi madre fue al cine se volvió a casa desconcertada. Lo que acababa de ver no tenía sentido. Se parecía a un libro o a una actuación de teatro, pero le faltaba algo. Algo tan importante como la continuidad. Unas escenas no casaban con las otras, como tampoco lo hacían los diálogos o los gestos de los protagonistas. 

Hace poco, corrigiendo uno de mis textos, mis editores me cazaron. Una elipsis. En medio de una historia, se me ocurrió desarrollar otra, y lo que empezó siendo una estampa de una tarde de fiesta en un pueblo del sur de Teruel se convirtió en una especie de homicidio involuntario con una escalera como protagonista. El abanico de la imaginación no se cierra siempre con facilidad y eso tiene consecuencias. Había perdido el foco, así que opté por eliminar la trágica escena (que atesoro en una carpeta de mi ordenador, lista para salir a pasear en cualquier momento) y seguir con la música y las variedades que ofrecen los festejos de verano. Mis editores lo vieron enseguida. Faltaba algo dentro de un diálogo y, solo por un instante, mi escena inicial había perdido el hilo. Eso ya está corregido, menos mal.

Algo parecido le sucedió a mi madre en su primera incursión como espectadora de cine. Aunque sintió cierta decepción cuando llegaron los créditos y se encendieron las luces que le indicaban que tenía que salir del cine y volver a sus quehaceres diarios, regresó de nuevo y tras sucesivos intentos descubrió el problema inicial. Los protagonistas a los que se les había presentado como hermanos eran, en realidad, amantes y el diálogo de tanto suavizarlo había perdido todo el sentido. Aquí, una escena recortada; allí, un parentesco diluido; por acá, tres palabras alteradas y el cóctel de la corrección ya estaba servido. Lo que faltaba, por poco que fuera, quebraba el argumento y la historia, que era un drama o una historia imposible —mi madre y yo no acertamos a descubrir el título de aquella primera película visionada— terminaba por ser cómica e irreal.

La anécdota que mi madre me contó en las últimas navidades hubiera quedado en eso, en una anécdota más, de no ser porque al mismo tiempo que ella la recordaba yo sostenía entre mis manos un libro que trataba la censura en el cine en los años de posguerra. En Esa puta tan distinguida (Lumen, 2016), última novela publicada de Juan Marsé, un proyeccionista asesina a una prostituta en la cabina de un antiguo cine donde están reponiendo la película Gilda, de 1946. Gilda no escapó de la censura de posguerra y, tal y como relata Marsé, ese proyeccionista con sus propias manos eliminó el metraje díscolo para decepción del público de la época.

La última novela de Marsé habla de la memoria, de cómo los recuerdos se transforman y se pueden olvidar incluso en contra de tu voluntad. De cómo en los detalles más pequeños (un texto que pierde el foco en una línea, un diálogo extraviado en el cine, un desnudo que no fue) se conserva la esencia de las historias que, a veces, y sin que nadie pueda remediarlo, terminan por esfumarse. 

Los artículos de opinión no reflejan necesariamente la visión del medio.

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